Capítulo 71
Matthew
Cuando tenía dieciséis años, desperté en una habitación de hospital sin tener la más mínima idea de qué demonios había pasado.
Mis últimos recuerdos eran una ráfaga caótica: mis padres en los asientos delanteros del coche, un semáforo parpadeando y el estallido ensordecedor de cristales rotos.
Abrí los ojos en aquella cama de sábanas ásperas y lo primero que vi fue a Levi Salvatore sentado frente a mí.
Estaba en una silla de plástico, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados.
Recuerdo la sensación asfixiante de la confusión, esa densidad en el pecho como si estuvieras atrapado en una pesadilla de la que no puedes escapar, rogando estar en cualquier lugar menos ahí.
Entonces, Levi abrió los ojos. Y lo supe.
No hicieron falta palabras ni explicaciones médicas.
El rojo de sus ojos, surcados de lágrimas contenidas, fue la única confirmación que necesité para entender que mi mundo acababa de saltar por los aires.
Fue la primera vez en mi vida que me derrumbé frente a alguien. Lloré durante horas, hasta que la garganta me ardió y me quedé sin aire. En algún momento, Levi también se quebró y tuvo que abandonar la habitación porque no soportaba verme así.
No me contó los detalles del choque hasta que me dieron el alta, cuatro días después.
Máximo, por su parte, había acabado en un centro de menores tras un altercado y los servicios sociales estaban a punto de llevárselo definitivamente.
Pero Levi no iba a permitirlo. Le había prometido a mi padre que nos cuidaría, y eso hizo.
Porque Levi Salvatore será el monstruo más calculador y despiadado de Chicago, pero cuando le empeña su palabra a alguien que considera familia, la cumple a sangre y fuego.
No regresamos a nuestra antigua casa. En su lugar, Levi nos instaló en un departamento de lujo cerca de la central de Draghi . Nos visitaba siempre que podía, lo cual era un puto milagro considerando la cantidad de trabajo que tenía y que Maddox apenas tenía seis años en ese entonces.
Un día, le dije que dejara de hacerlo. Que no era justo para su propia hija. Entonces contrató a Vittoria. En los papeles era nuestra niñera, pero en la realidad, era la esposa de Marcellino, su guardia personal y por aquel entonces, su consigliere .
Vittoria era una mujer mayor, firme pero dulce.
Al no haber podido ser madre, la excusa de criar a dos adolescentes huérfanos le devolvió la vida.
Es una de las pocas personas en este maldito mundo a las que respeto, y le agradezco todo lo que hizo.
No fue tarea fácil lidiar con Máximo y conmigo; éramos dos bestias a punto de explotar.
Creo que fue en esa misma época cuando el abismo entre mi hermano y yo empezó a ensancharse. Nunca fuimos los típicos hermanos unidos; de niños, nos pasábamos el día peleando y mi madre tenía que separarnos para que no nos sacáramos los ojos. Pero nunca pasó de ahí.
La muerte de nuestros padres fue la herida que terminó de pudrirlo todo.
Máximo se la pasaba haciendo preguntas, obsesionado con los detalles del accidente, y jamás me creía cuando le aseguraba que solo había sido eso.
Y lo cierto es que, en ese entonces, yo no le mentía.
No del todo. Ignoraba por qué mis padres querían huir del país a escondidas, aunque mi instinto me gritaba que Levi Salvatore tenía las manos metidas en el fango.
El problema era que la obsesión de Máximo me empujó a mí a buscar respuestas. Y empecé a acorralar a Levi.
Supe la verdad semanas después. Me planté en la mansión Salvatore y Levi, acorralado, me lo dijo todo.
Me habló de las finanzas sucias que manejaba mi padre para Draghi , de cómo un error los había condenado y cómo el plan original era que solo él escapara a Europa.
Pero entonces Milenka apareció en el despacho de Levi cubierta de sangre, advirtiendo que Marcus, el gemelo del líder de Onyx , había ido a cazar a mi padre y, en su lugar, había encontrado a mi madre.
Y joder... sí había alguien en este mundo más aterradora que Levi, era Milenka Kuznetsova.
Sobrevivió al ataque, pero todos sabíamos que Onyx tomaría represalias masivas.
Así que el plan mutó: huiríamos todos. Toda la familia.
Y entonces... un semáforo en rojo. Un coche saliendo de la nada. Y el fin.
Recuerdo haberle exigido a Levi el nombre del hijo de puta.
—¿Por qué quieres saber eso? —preguntó él, sirviéndose dos dedos de whisky puro.
—Quiero saber dónde encontrarlo —le respondí. Recuerdo estar sentado en el cuero negro de su sofá, tenso como un resorte, la barbilla alzada desafiándolo por primera vez—. Quiero matarlo.
Levi se detuvo, parpadeó con lentitud y ladeó la cabeza.
—¿Qué?
—Quiero vengar la muerte de mis padres.
—No —me cortó en seco, con una frialdad que me heló los huesos—. No harás absolutamente nada.
—Pero...
—Escúchame bien, niño —me apuntó con el dedo índice—. Yo me encargaré de esto. Yo vengaré a mis amigos. Le prometí a tu padre que te mantendría a salvo, y eso es lo que haré. Vuelve a tu maldita casa, duerme, y mañana vas a ir a la escuela.
—No. —Me negué con una firmeza que lo descolocó por completo—. Sé lo que haces, Levi. Sé cómo funciona la mafia, sé exactamente lo que hacía mi padre para ti. Y quiero entrar. Quiero ocupar su puto lugar y vengarlo, quiero...
—¿De qué demonios estás hablando?
—Quiero entrar a Draghi .
Me miró como si me hubiera vuelto loco. Soltó una carcajada breve, y su rostro se endureció como el granito.
—No —sentenció—. Eres un crío.
—¿Qué necesito hacer para ser parte de Draghi ?
Jamás olvidaré la mirada que me dedicó.
—Necesitas ser un monstruo. Y tú, Matthew, no lo eres.
No tardó demasiado en tragar sus palabras.
Un par de semanas después, aparecí en el umbral de su mansión bañado en sangre ajena, con la mirada perdida en el vacío y las manos temblando por la adrenalina.
La policía me arrestó días después, era lo lógico, pero Levi movió sus hilos, borró los registros y me convirtió en un fantasma para el sistema.
Tres años después, había asesinado a tantos bastardos en nombre de Draghi que había perdido la cuenta.
Y no solo me había ganado mi lugar en la organización; me había convertido en su sicario de confianza, y finalmente, en su consigliere .
Había vengado a mis padres, y en el proceso, había vendido mi alma.
Un pitido de los monitores me arrastra de vuelta a la maldita realidad. Parpadeo, alejando los fantasmas, y mi mirada recae en Maddox.
Está sentada al borde de la silla, frente a la cama de hospital donde Levi descansa conectado a una red de cables y tubos.
Sostiene una de sus manos entre las suyas y acaricia sus nudillos con delicadeza.
No ha dejado de hacerlo desde que nos permitieron entrar, hace casi tres horas.
La operación de urgencia le salvó la vida, pero el coma inducido es la única garantía de que su cuerpo aguante el impacto de la bala que, irónicamente, interceptó para salvar a su hija en medio del caos del depósito. Sus signos vitales son estables.
Debería ser un consuelo, pero no lo es.
Me destroza ver a Maddox así. Conozco esa parálisis.
Conozco el frío que te cala los huesos cuando miras a alguien que amas debatirse en una cama de hospital.
Y, muy en el fondo, también me está partiendo el cariño visceral que le tengo al hombre que me sacó del infierno solo para enseñarme a gobernar en él.
— Tesoro —murmuro.
Maddox se gira lentamente. Su cabello oscuro cae como una cascada desordenada sobre su hombro, y sus ojos verdes se encuentran con los míos.
El brillo depredador, la furia implacable que la caracterizan...
todo ha desaparecido. Sus pupilas están apagadas, vacías.
Un nudo de plomo se me instala en la garganta.
—¿Quieres que salga por un café?
Sé la respuesta, pero tengo que intentarlo.
Ella niega en silencio y vuelve a clavar la mirada en el rostro pálido de su padre.
Exhalo un suspiro largo y me hundo contra el respaldo de la silla.
Al parecer, vamos a echar raíces en esta habitación.
No pienso moverme de su lado ni un milímetro, y ella no va a abandonar a Levi.
De pronto, el eco de unos pasos apresurados en el pasillo nos alerta a ambos. Nos miramos, confundidos, y nos ponemos de pie por instinto. Antes de que podamos acercarnos a la salida, la puerta se abre de golpe.
Nora Müller entra como un huracán. Sus ojos se clavan directamente en el cuerpo inerte de su marido.
—Mamá —murmura Maddox.
Nora levanta la vista hacia ella. Tiene los ojos inyectados en sangre, rebosantes de lágrimas no derramadas, y su pecho sube y baja erráticamente, como si hubiera cruzado la ciudad corriendo.
Su mano sigue apretando el pomo de la puerta hasta que los nudillos se le ponen blancos.
Maddox me lanza una mirada de reojo; sé que cree que fui yo quien le avisó, pero no tengo idea de cómo demonios se enteró tan rápido.
—Hija —la voz de Nora sale estrangulada. Recorre a Maddox de pies a cabeza con desesperación, buscando rastros de sangre—. ¿Estás herida?
Maddox niega con la cabeza.
—¿Fue Marcio?
En un abrir y cerrar de ojos, la vulnerabilidad desaparece. Su tono se vuelve frío y cortante.
—No —responde Maddox, en voz baja—. Fue uno de sus guardias.
—¿Dónde está?
Maddox traga saliva y me busca con la mirada. Aprieto los labios, no sabe si es buena idea soltarle la ubicación del maldito responsable cuando Nora está al borde de un colapso.
—Maddox Francesca. —El nombre completo de su hija suena a amenaza. La furia se esculpe en las facciones de Nora—. ¿Dónde está el hijo de puta que le metió una bala a mi esposo?
Trago saliva.
—Está encadenado en un depósito clandestino, a las afueras de Riverwalk —responde.
Nora asiente, vuelve a mirar a Levi, y por un segundo de duda, creo que va a romperse. Pero se da la vuelta sobre sus talones, implacable.
—Regresaré —promete en un susurro.
Sale de la habitación, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria. Maddox y yo nos quedamos en silencio.
—¿Tú le dijiste...?
—No. Joder, no —me apresuro a aclarar, negando con la cabeza—. De hecho, con toda la mierda del operativo, ni siquiera pensé en llamarla.
—Yo tampoco —susurra Maddox, bajando la vista a sus botas.
Acorto la distancia entre nosotros con pasos lentos. Tomo una de sus manos frías y tiro de ella con suavidad, atrayéndola a mi espacio. No opone la más mínima resistencia. Levanto la mano libre y ahueco su mejilla, acariciando la piel suave bajo sus ojeras.
—Hey —murmuro en un tono ronco—. ¿Segura que no quieres que vaya por ese café?
Maddox asiente lentamente. Sus ojos se llenan de lágrimas mientras se muerde el labio inferior con fuerza para no echarse a llorar.
Le acaricio el pómulo con el pulgar e intento apartarme para salir de la habitación.
Pero antes de que dé el primer paso, sus manos se aferran a la tela de mi chaqueta y tira de mí.
Me rodea por el torso, abrazándome con una fuerza desesperada.
Me quedo rígido por una fracción de segundo, completamente descolocado por el contacto, hasta que mi cerebro reacciona.
La envuelvo entre mis brazos y la estrecho contra mi pecho, protegiéndola del mundo entero.
Ella esconde el rostro en mi cuello, buscando refugio.
Cierro los ojos con fuerza y aspiro el aroma a pólvora, sudor y vainilla de su cabello.
Apoyo los labios en su coronilla, dejándole un beso largo y profundo mientras trazo círculos lentos en su espalda.
Tiembla contra mí, y ese ligero estremecimiento me rompe todas las malditas defensas.
La aferro con más fuerza, enterrando el rostro en su pelo.
Cuando finalmente afloja el agarre e intenta apartarse un poco, yo no la suelto.
Mantengo los brazos a su alrededor, anclándola a mi calor.
Levanta la vista. Me dedica una sonrisa agotada, con los bordes de los ojos enrojecidos.
Subo una mano hasta su rostro y le limpio el único rastro húmedo que se escapó por su mejilla.
—Gracias —susurra.
—No tienes que agradecerme nada, tesoro .
—Claro que sí —su voz se quiebra, y un sollozo ahogado se le escapa de la garganta—. Estás aquí, soportando todo esto, cuando podrías estar en tu casa, lejos de...
—Te lo he dicho y te lo repito, Maddox —la interrumpo con suavidad, tomando su mano derecha y llevándola directo a mi pecho, obligándola a presionar la palma sobre las líneas de mi dragón—.
Estaré donde tú estés. En las sombras, en la luz, en la puta cima o en el fondo del infierno. Donde tú quieras que esté. ¿De acuerdo?
Ella me mira a los ojos, con la respiración entrecortada. Finalmente, esboza una sonrisa y asiente. Me inclino, le dejo un beso suave en la frente y doy un paso atrás a regañadientes.
—Iré por el café.