Traición y Sangre II (Draghi 2) Capítulo 68
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Capítulo 68

Maddox

El frío de Chicago se me cuela por las costuras del abrigo. Agradezco llevar el gorro y los guantes, aunque la verdad es que de poco sirven. Diciembre ya pesa sobre la ciudad y el cielo amenaza con descargar la primera nevada de la temporada en cualquier momento.

Le dije a Matthew que me quedaría durmiendo en mi departamento.

Mañana es el último día de entrenamiento, el día clave, y se supone que debería estar descansando.

Pero las palabras de nuestra última charla se me quedaron incrustadas en el cráneo y no me dejan en paz.

Ya no me quedan excusas reales para alejarlo. Solo me queda mi maldito ego.

Él sufre por mí. Me lo demostró hace tres días en mi despacho.

Y la peor parte, la más oscura de mí, es que necesito que sufra más; necesito que su agonía empate con lo que me destrozó su mentira.

Quizás por eso estoy aquí, congelándome en la azotea del edificio frente al de su hermano, con el rifle de precisión montado sobre el trípode y la mira clavada en la ventana por donde Máximo debería aparecer.

Will y yo desenterramos mucha mierda estos últimos días. Eso, sumado a lo que Máxmo me entregó en aquel USB, me dejó el panorama muy claro. Máximo y Matthew comparten sangre, sí. Son igual de manipuladores y mentirosos. Pero ahí terminan las malditas similitudes. No se rigen por el mismo código.

Matthew tiene algo que en este mundo es una rareza: lealtad.

Sí, me mintió. Exactamente como lo hizo mi padre y como lo he hecho yo toda mi vida para sobrevivir.

Pero Matthew no me tiró a los lobos por una venganza barata.

Al contrario, se manchó las manos para evitarlo.

La diferencia abismal entre los hermanos es a quién le rezan: Máximo se idolatra a sí mismo. Matthew me venera a mí.

A veces me jode darme cuenta de lo mucho que me parezco a Máximo. Yo también confío únicamente en mí —y a veces ni eso— y no le rindo cuentas a nadie. Pero yo jamás entregaría al hombre que amo a una sala de tortura.

Me costó sangre, sudor y lágrimas entender que Máximo nunca me quiso.

Ni siquiera a su manera enferma y retorcida.

Fui un simple peón. Me dejó jugar a ser la reina en su tablero, pero él siempre movió las piezas.

Y cuando decidió que yo era el precio a pagar por su venganza, me entregó.

Dejó que me rompieran. Fui un medio para un fin, y cuando ya no le serví, partió el tablero conmigo adentro.

Pero subestimó un pequeño detalle. Debió asegurarse de reducirme a cenizas. Porque aquí estoy.

Levanto los binoculares y apunto hacia su ventanal.

Todo está a oscuras hasta que, de golpe, las luces se encienden.

Ahí está. Máximo se pasea por el departamento que alquiló con una tranquilidad que me revuelve el estómago.

Mi posición es inmejorable: tengo visión directa a su sala y a la mesa de centro frente al televisor. Justo donde dejé el paquete.

En cuanto ve la caja, se congela. Se acerca con pasos cautelosos, se sienta en el borde del sofá y duda.

A través del cristal, lo veo inclinarse, pasar las manos por el cartón y olfatear el aire.

Tiene buen instinto, lo sé, por eso me aseguré de sellar el contenido dentro de un compartimento aislante.

No iba a arruinarle la sorpresa antes de tiempo.

Quiero que la abra. Quiero que vea exactamente lo que hay dentro y que entienda el puto mensaje de una vez por todas.

Saca una navaja del bolsillo y corta la cinta de embalar.

Abre las solapas y, gracias al aumento de los lentes, capto cómo frunce el ceño.

Está desconcertado. Saboreo el momento. Mete las manos, extrae la hielera blanca del interior y aparta el cartón.

La coloca sobre la mesa y la inspecciona.

Incluso acerca la oreja, buscando el tic-tac de un explosivo.

Me muerdo el interior de la mejilla y aprieto el agarre de los binoculares.

—Vamos —susurro contra el viento helado—. Ábrela.

Como si el eco de mi voz lo alcanzara, rompe el sello hermético y levanta la tapa.

Sonrío al ver su reacción.

Da un salto hacia atrás, trastabillando. Su rostro se deforma en una mueca de asco visceral, y leo perfectamente los insultos que escupen sus labios. Llevo una mano al interior de mi abrigo, saco el móvil desechable que Will me consiguió y marco el número del teléfono que metí junto al regalo.

Todavía no pulso el botón de llamar. Aguardo unos segundos más. Máximo vuelve a inclinarse sobre la caja, tapándose la boca y la nariz con una mano. Lo entiendo. No todos los días te envían por correo un corazón humano intacto.

Presiono el botón de llamada.

Da un respingo al escuchar el timbre salir de la caja. Abre los ojos de par en par, se acerca de nuevo y gesticula una maldición. Mi sonrisa se ensancha. Lo veo dudar pero al final mete la mano, apartando la carne, saca el móvil ensangrentado y responde.

—¿Quién demonios eres? —exige. Su voz suena grave, pero el ligero temblor de fondo lo delata.

Exhalo un suspiro suave.

—¿No te gustó? Lo elegí yo misma.

—¿Maddox? —La palabra abandona su garganta en un ahogo. Esa confusión pura es un manjar—. ¿Qué...? ¿Quién...?

—Tomas —respondo con frialdad. Lo escucho soltar una maldición ahogada. Sabe perfectamente de quién hablo—. ¿Lo recuerdas?

Fue una jugada arriesgada. Cuando Will se enteró, intentó detenerlo.

Lucchese tampoco estaba convencido, pero acató mis órdenes.

Necesitábamos atraer a uno de los hombres de confianza de Marcio antes de la misión principal, un infiltrado que nos abriera el camino; el vacío lo llenaría un soldado de Lucchese.

Pero era un secreto que debía mantenerse blindado, una carta bajo la manga contra Sima.

Tal como mi padre, he aprendido a no confiar en todos.

Supongo que sí soy más parecida a Levi Salvatore de lo que me gustaría admitir.

Así que busqué al guardia. Me reconoció de inmediato en aquel bar de mala muerte a las afueras de Chicago. Estaba demasiado ebrio para reaccionar a tiempo. Cuando intentó desenfundar, el arma de Lucchese ya estaba presionada contra su nuca.

Lo siguiente fue abrirle el pecho.

—Estuvo en mi secuestro. En mi tortura —continúo, arrastrando las palabras—. ¿Estuvo él también a tu lado mientras mirabas?

—Maddox, escúchame...

—¿Qué? —lo corto en seco.

Máximo niega frenéticamente con la cabeza. Se aparta del sofá y camina hacia el ventanal. Sus ojos barren la oscuridad, buscándome, pero es inútil. Planeé esto con días de anticipación; mi posición es invisible para él.

—¿Creíste que después de tu pequeña ayuda volverías a serme útil?

—¡Mierda, Maddox! —grita, pateando una de las sillas del comedor—. Viste el contenido de la memoria, ¿verdad? —Arqueo una ceja detrás de la mira—. La viste y aun así... ¿quieres asesinarme?

—Lo siento, creo que me perdí la parte donde entregarme un puto USB borra el hecho de que me vendiste como carne de matadero.

—¡Todos mienten! —ruge a través de la línea. Alejo el aparato unos centímetros de mi oreja y pongo los ojos en blanco—. ¡Matthew no es mejor que yo!

—Creo que nadie es mejor que nadie en este mundo, Máximo. Solo que algunos somos mucho más inteligentes.

—¡Lo hice para sobrevivir! Lo hice por mis padres, lo hice...

—Lo hiciste por ti —sentencio.

Él sigue negando. Se pasa las manos por el cabello, tirando de las raíces con desesperación. Está perdiendo el control, y me fascina verlo así. Sabe que soy capaz de jalar el gatillo en este mismo instante. Camina en círculos por la sala.

—Todo lo que has hecho en tu miserable vida, lo has hecho por ti. Tu única lealtad es hacia tu propio ego.

—¡Somos iguales en eso!

—Sí. Pero yo no te traicioné.

—¿Follarte a mi hermano no es traicionarme?

Ruedo los ojos, hastiada.

—Vete al diablo, Máximo —murmuro, perdiendo la paciencia—. En fin. Solo llamaba para avisarte que cuides tu espalda. No vaya a ser que el próximo corazón que aparezca dentro de una caja de cartón sea el tuyo.

Niega con la cabeza y se gira de lleno hacia la ventana. Apoya una palma contra el cristal y clava la mirada en el vacío. Casi parece que me está mirando directamente a los ojos. Pero sé que no ve más que su propio reflejo asustado. Y aunque me viera, me daría igual; no tiene escapatoria.

—¿Quieres saber qué es lo que realmente creo? —susurra.

—Ilumíname.

—Creo que todo esto es un puto juego para ti. Porque así eres. Te excita jugar con la comida, eres adicta el control y tener poder sobre la vida de todos.

—En eso no te equivocas...

—Pero no me harás nada —asegura—. No puedes hacerme nada. No quieres hacerlo. Porque te enamoraste de este monstruo, Maddox. Puedes ir a refugiarte a la cama de mi hermano todo lo que quieras, pero escúchame bien: siempre vas a ser mía.

Dejo escapar una risa fría que se pierde en la brisa nocturna.

—Máximo, Máximo... —chasqueo la lengua—. ¿De dónde sacas tantas estupideces?

Sus ojos brillan bajo la luz artificial de su departamento.

—Te conozco —insiste, intentando sonar arrogante, pero percibo el pánico latente bajo su tono—. Si quisieras verme muerto, habrías jalado ese gatillo hace mucho tiempo.

Trago saliva, soltando los binoculares para acomodarme contra la culata de mi arma.

—¿Este es el momento en el que intentas apelar a mi corazón? —Suelto una carcajada hueca—. Golpe bajo, Máximo. Hace mucho tiempo que me lo arrancaron.

Me inclino sobre el rifle de precisión, cierro un ojo y ajusto la mirilla.

—No... no te creo. No serías...

Máximo baja la vista hacia su propio pecho. Noto el segundo exacto en que la sangre se le hiela en las venas, el instante en que todos sus músculos se petrifican. Acaba de ver el láser rojo clavado directamente sobre su corazón.

—¿Qué...?

—¿Recuerdas lo que te prometí hace dos años? —susurro al teléfono, con el dedo acariciando suavemente el gatillo—. Te dije que, si me traicionabas, te usaría para practicar mi puntería.

—Maddox... espera. ¡Espera, joder!

—Mmh —murmuro, arrastrando el sonido—. Aquí está la parte donde ruegas por tu patética vida. Lástima que me importe una mierda.

—¡Maddox!

—Oh, ¿el soldati va a llorar? —ronroneo—. Tienes razón en una sola cosa, Máximo. Siempre seré tuya. Seré tu karma, tu ruina y la que cave tu maldita tumba. Así que disfruta el latido de tu corazón mientras siga latiendo dentro de tu pecho.