Capítulo 67
Maddox
El ambiente dentro de la oficina es tenso. Mis últimas palabras dejan un silencio incómodo flotando en el aire. Algunos me miran con sorpresa; otros, con absoluta neutralidad. Mi padre parece procesar la brutalidad de mis órdenes, y a Lucchese... a Lucchese le importa una mierda.
—De acuerdo —murmura Pablo, con la vista fija en los planos de la ciudad.
—Mañana a primera hora los quiero en el centro de entrenamiento —ordena Matthew.
Me mira y asiente. Hago un esfuerzo titánico por ignorar el hecho de que sus ojos llevan dos horas quemándome la piel—.
Los hombres de Lucchese también estarán ahí.
Lo principal es que todos memoricen el perímetro y sus posiciones.
—Yo tendré listas las armas para la tarde —aporta Jace.
—En dos días tendré los códigos de seguridad del lugar —dice Will. Alzo una ceja y él exhala un suspiro—. Aún no he terminado de desencriptarlos...
—El ataque es en cinco días. ¿Lo tendrás o no? —presiono.
No dudo de Will. En lo que respecta a ciberseguridad, es un genio. Pero no hay margen de error. No cuando estamos tan cerca de saborear la venganza.
Los ojos grises de Will me sostienen la mirada y noto su mandíbula tensa.
—Lo tendré —asegura—. Dame dos días.
—Mi especialista podría tenerlo antes —canturrea Lucchese desde su rincón.
Nunca había visto una mirada tan asesina en Jace. El rubio se gira hacia Harry, a punto de saltar sobre la mesa para molerlo a golpes.
—Cierra la puta boca —sisea Jace.
Lucchese sonríe, abandona su postura relajada y apoya ambos puños sobre el escritorio.
—Escuchen. Maddox fue muy clara sobre la misión —suspira, perdiendo su tono burlón—.
Pero si son lentos, se los resumo: cero errores.
No solo por ella, sino por mí. Me estoy jugando el cuello en una guerra que no es mía; lo hago porque quiero, pero no voy a permitir que nos maten a todos porque alguien necesita más tiempo para teclear un maldito código.
—Lucchese —advierte Matthew en un gruñido grave.
—No me tientes, porque te juro que voy a reventarte —escupe Jace.
Mi padre luce fastidiado por la interrupción. Yo también lo estoy, pero la cruda realidad es que Lucchese tiene razón. Will no aparta los ojos de mí, ignorando el caos a su alrededor como si solo le importara mi veredicto.
—Dos días —sentencio. Will asiente. Lucchese vuelve a sonreír con arrogancia—. Es todo por hoy. Nos vemos mañana a primera hora.
Uno a uno, los soldados abandonan el despacho.
Dejo salir el aire contenido en mis pulmones.
Siento la mirada verde de mi padre clavada en mi perfil.
Matthew y Lucchese siguen aquí, por supuesto.
Matthew me ha dado mi espacio a regañadientes, manteniéndose cerca, como mi sombra fiel.
Y Lucchese... bueno, no se perdería el drama por nada del mundo.
—¿Estás bien?
Giro el rostro hacia mi padre y arqueo una ceja.
—Por supuesto. Estoy a punto de conseguir lo que llevo esperando dos años. ¿Cómo iba a estar mal?
Veo su garganta moverse al tragar saliva.
—Yo he estado ahí —murmura, su voz cargada de sombras—. Sé lo que te espera al final del camino de la venganza, mia cara .
Trago saliva en seco, pero aprieto los labios en una línea dura.
—Yo no soy tú.
Asiente. Por una fracción de segundo parece herido, pero luego se recompone.
—Por supuesto que no —susurra—. Y me alegra que no lo seas.
Sus palabras flotan en la oficina, densas y cargadas de una sinceridad que me descoloca. Lo observo en silencio. Bajo la luz tenue, las arrugas alrededor de sus ojos parecen más profundas. Siempre vi a mi padre como alguien invencible, pero hoy parece que los años le hubieran caído encima de golpe.
Lo he odiado estos días. Lo he repudiado por cada secreto, por mover las piezas en la oscuridad mientras yo creía ciegamente en su lealtad.
—Si de verdad te alegrara, no me habrías heredado un imperio construido sobre tus malditas mentiras —suelto.
Mi tono ya no tiene el veneno habitual. He evitado analizar demasiado mi furia hacia él y hacia Matthew, porque muy en el fondo, una parte retorcida de mí los entiende.
Levi se apoya en el borde de la mesa de caoba.
—Las mentiras son lo único que mantiene en pie estas paredes, Maddox —responde con calma ronca—.
Te engañé, sí. Le mentí a Nora, a nuestros enemigos, a mis hombres y a ti.
Pero mírame. —Se golpea el pecho con el índice—.
Sigo respirando. Y lo más importante: tú estás aquí, sentada en la cabecera, viva y al mando.
Desvío la vista. Mi furia choca de frente con la lógica de este mundo. Levi no me engañó por maldad; lo hizo porque en este mundo, la transparencia es una sentencia de muerte. Me protegió a su manera, tóxica y cruel, pero efectiva.
De reojo, veo a Matthew tensarse. Sigue en su silla, inamovible, evaluando cada microgesto en la habitación. Lucchese finge un interés repentino en el cristal de su reloj, apoyado contra la biblioteca.
Me clavo las uñas en las palmas por debajo de la mesa. Me juré que mi reinado en Draghi no sería una réplica del suyo. Pero pienso en Marcio Silva encadenado en mi sótano dentro de cinco días, en las atrocidades que voy a hacerle... y la hipocresía me da una bofetada.
Voy a secuestrar, torturar y destruir bajo la excusa de la justicia.
Exactamente como mi padre.
Exactamente como el bastardo que me secuestró.
Exactamente como Matthew.
¿Quién carajos decide quién es el monstruo en esta historia?
—Tendré que aprender a mentir mejor que tú, entonces —admito al fin, rompiendo el silencio.
La comisura de mi padre se eleva un milímetro. Exhala un suspiro largo y se aparta de la mesa. Asiente hacia Matthew y Lucchese, dirigiéndose a la salida, pero se detiene en el umbral.
—Te veo en cinco días.
Asiento sin decir una palabra.
En cuanto la puerta se cierra, Lucchese suelta un suspiro tan dramático que Matthew y yo compartimos una mirada.
—Wow. Eso fue... intenso —dice Harry, caminando hacia nosotros—. Como soy huérfano, no recuerdo lo que es discutir con papá. —Se encoge de hombros y le da una palmada en la espalda a Matthew—. Esta noche tenemos pijamada, galán.
—Ni me lo recuerdes —gruñe Matthew.
Lucchese se inclina hacia su oído.
—Siempre puedo ir a dormir acurrucado con Maddox...
En menos de un segundo, Matthew le clava el cañón de su arma directamente en el estómago.
—¡Matthew! —grito.
—Creí que ya habíamos superado esto de las armas —suspira Lucchese.
—No me provoques —sisea Matthew, bajando la pistola de mala gana. Lucchese rueda los ojos y retrocede hacia la puerta—. Podría degollarte mientras duermes.
—Ya, ya, fiera. —Harry le resta importancia con la mano—. Te veo en el bar, guardaespaldas. Necesito alcohol en sangre antes de dormir contigo y con Sima.
El silencio nos envuelve en cuanto nos quedamos solos. Aunque estamos separados por la inmensidad de la mesa ovalada, el ambiente cambia al instante.
—¿Podrías prometerme que no vas a matarlo?
—No.
—Matthew...
—Maddox —murmura, esbozando una sonrisa cansada—. Es insoportable y yo estoy al borde del colapso mental. No haré esa promesa.
Bufo.
—¿Lo intentarás, al menos? —Hago una mueca—. Por mí.
Su sonrisa se ensancha un poco, negando con la cabeza.
—De acuerdo —suspira—. ¿Llevarás a Marcio a tu calabozo personal?
—Por supuesto... Espera, ¿cómo lo sabes? —Fui cuidadosa, solo Will lo sabía. Mierda—. ¿Will te lo dijo?
Se encoge de hombros con naturalidad y suelto una maldición.
—Pensó que podríamos encontrarte ahí cuando... bueno, ya sabes. —Asiento, recordando la noche que escapé—. No sabía que Luc seguía encerrado ahí. Me di cuenta de lo furiosa que estabas cuando vi en qué estado lo dejaste.
Esta vez, soy yo la que se encoge de hombros.
Esa noche necesitaba desquitarme. No llamé a nadie para que limpiara mi desastre; solo me aseguré de dejarle lo básico para que no se desangrara. Lo he estado visitando. Sigue respirando, que es lo único que me importa, porque planeo asesinarlo frente a su padre.
—Sí, lo estaba —admito en voz baja.
—¿Ya no lo estás?
El brillo oscuro en su mirada me paraliza. Trago saliva; un escalofrío me recorre la espina dorsal.
—No presiones, Matthew.
Él asiente y comienza a rodear la mesa con una lentitud depredadora. Mi corazón arranca como un motor fuera de control. Bajo la vista, pero cuando lo siento cerca, la levanto de nuevo. A medio metro de distancia, Matthew Hardaway se deja caer de rodillas frente a mí.
Toma mis manos, que descansan sobre mi regazo, y se las lleva a los labios. Besa mis nudillos con una delicadeza que me quiebra. Mi pulso enloquece. Escucho los latidos retumbar en mis oídos. El olor de su colonia, mezclado con su calor corporal, me marea.
Mierda. Cómo lo extraño.
Guía mis manos hasta su pecho. Las presiona exactamente sobre su corazón, justo donde las líneas rojas del dragón que se tatuó por mí le marcan la piel.
«No tengo corazón, Maddox. En su lugar te tengo a ti, porque eres dueña de todo, incluso del aire que respiro. Eres dueña de mi jodida vida.»
Sus palabras me golpean la memoria. Me las dijo una tarde, enredados en sus sábanas después de hacerme el amor, cuando le pregunté qué sentía al llevar ese tatuaje.
Mis ojos pican. Sus iris color chocolate brillan con una intensidad desgarradora.
—Te fallé —murmura.
Su voz es áspera, cargada de una desesperación tan cruda que, por un instante, no queda ni rastro del soldado que orquesta masacres con frialdad. Y detesto que eso me destruya.
—Y pasé cada maldito segundo desde entonces quemándome vivo por ello —presiona mis manos con más fuerza contra su pecho.
Contra el tatuaje. Contra ese corazón salvaje que late bajo mis palmas con una violencia enfermiza, como si quisiera romperle las costillas para llegar hasta mí—.
Dije que eras la dueña de mi vida y no era una puta metáfora, Maddox.
—No aparta los ojos de los míos ni un milímetro—.
Lo eres. Desde el segundo en que te conocí.
Nací el día que me miraste por primera vez, y dejaré de respirar el día que decidas apartar la mirada.
Eres mi reina. Mi jefa. Mi mujer... Mi puta religión, Maddox.
Mi respiración tiembla.
—Matthew —logro decir, sin aliento.
—Me equivoqué. Fui un imbécil. Y si sigues furiosa, castígame. Rómpeme. Hazme sangrar. Saca tu arma y vacíame el puto cargador en el pecho ahora mismo si eso es lo que necesitas para cobrarte mi error.
Acorta el último milímetro de distancia y apoya su frente contra la mía. Cierro los ojos, temblando al sentir su aliento caliente chocando con el mío, envuelta en la intensidad abrasadora que irradia.
—Pero no me apartes —suplica. Y que un asesino tan feroz y orgulloso como él me ruegue de esta manera hace que mi mundo entero se colapse—. No me mires como si fuera un maldito extraño. Porque prefiero morir mirándote a los ojos que vivir sabiendo que fui yo quien destruyó esto.
Dios.
Que él, un hombre capaz de arrancarle la garganta a alguien con sus propias manos, esté arrodillado suplicándome... me hace sentir que el suelo desaparece bajo mis pies.
Suelta una de mis manos para ahuecar mi mejilla. Su pulgar atrapa la lágrima traicionera que se escapa de mis pestañas.
—Me arrastraré sobre cristales rotos y quemaré este puto mundo hasta los cimientos si eso es lo que cuesta que vuelvas a confiar en mí —sentencia.
Cada sílaba es un juramento oscuro e inquebrantable—.
Porque prefiero morir de rodillas a tus pies, que vivir un solo segundo en un mundo donde no me permitas tocarte.
Haz conmigo lo que quieras, Maddox. Pero déjame quedarme.