Traición y Sangre II (Draghi 2) Capítulo 65
80%

Capítulo 65

Maddox

Frunzo el ceño en cuanto abro los ojos. El lado del colchón que debería estar ocupando Matthew está completamente vacío, y las sábanas han perdido su calor.

Me estiro, obligando a mis músculos a desperezarse, y me siento de golpe.

Froto la piel de mis brazos con las palmas de las manos en un intento inútil por generar fricción; tendré que ajustar la calefacción si no quiero enfermarme antes de tiempo.

Bostezo, abandonando la cama, y me dirijo directo al baño.

Mientras me cepillo los dientes, no puedo evitar soltar una risa seca al ver mi reflejo en el espejo.

Llevar su enorme camiseta negra para dormir había sido un golpe bajo, pero necesitaba verlo sufrir.

Aunque recuerdo el tono roto de su voz anoche y la desesperación de su abrazo, me queda claro que ya lo está haciendo.

Bien. Si mi maldito corazón es incapaz de odiarlo por sus mentiras, al menos lo haré agonizar un poco en el proceso.

Me inclino sobre el lavabo y me observo con detenimiento.

Las ojeras bajo mis ojos ya no son tan cadavéricas.

Dormir me sentó bien, aunque un par de horas no bastan para reparar el desgaste mental de las últimas semanas.

No puedo darme el lujo de derrumbarme, primero tengo una venganza que ejecutar a sangre fría.

Después, y solo después, decidiré qué demonios hacer con el elefante en la habitación que es mi inestable relación con Matthew.

Me lavo la cara, aplico crema hidratante y, antes de salir, me pongo unos pantalones deportivos.

La puerta de la habitación de invitados está cerrada al pasar por el pasillo. Espero, por el bien de todos, que Lucchese se haya comportado y Penny no esté a punto de cortarle la garganta.

Al entrar a la cocina, el aroma a café recién hecho me recibe.

Matthew está parado frente a la isla, preparando tostadas, se gira en cuanto me escucha y me dedica una sonrisa contenida.

Se acerca con una taza humeante y me la ofrece.

La tomo sin dudarlo, pero justo cuando estoy a punto de dar el primer sorbo, se inclina y presiona sus labios contra mi frente en un beso suave.

Parpadeo aturdida y doy un paso atrás.

—¿Cómo dormiste? —pregunta. Su voz tiene ese timbre ronco, profundo y rasposo de las mañanas. Lo había olvidado, y volver a escucharlo es como recibir una bofetada de realidad que me debilita las piernas—. Yo dormí excelente.

—Ya —murmuro, dándole otro trago largo a la taza para ganar tiempo—. Dormí bien.

Me siento en uno de los taburetes y mi mirada recae en el sofá de la sala. No hay nadie allí. Está impecable, con cada cojín alineado simétricamente y una manta negra doblada en un extremo.

—¿Viste a Jiashu? —pregunto.

Matthew niega con la cabeza, acercándome un plato con tostadas y mermelada de fresas.

—Qué extraño...

—Asumo que ese bolso deportivo es suyo —comenta él, señalando hacia la entrada con la barbilla antes de beber de su taza. Asiento; es el mismo equipaje que dejó la noche que regresamos de nuestro encuentro en el callejón—. Quizás salió a resolver algo.

Tomo una tostada y le doy un mordisco, pensativa.

—No hemos hablado de su repentina aparición —señala con tono casual.

—Bueno, no hemos hablado de muchas cosas últimamente —suspiro, esquivando la indirecta—. No lo sé. Lleva siguiéndome cinco días. No me ha causado problemas, pero es... un poco raro. Como tener otro Lucchese rondando por ahí.

Matthew se tensa a mi lado de forma instantánea. Su mandíbula se cuadra y alzo las cejas, incapaz de contener una pequeña risa.

—¿Qué te causa tanta gracia? —gruñe, acomodando su postura—. No me agrada en lo absoluto que te sigan.

—¿Y que duerma aquí en mi sala tampoco?

—Por supuesto que no —sentencia.

Niego con la cabeza, riendo por lo bajo.

—Eres increíble.

—¿Confías en él?

Termino la tostada y me limpio las comisuras con una servilleta, evaluando mis palabras.

—Sí. Al menos lo suficiente.

—¿Qué significa eso?

—Lo suficiente como para unir fuerzas, no para firmar una alianza de negocios —me encojo de hombros—. Le pedí a Will que lo investigue a fondo.

Siento el peso de sus ojos color chocolate sobre mí. Matthew apoya ambos codos sobre el mármol negro de la isla, inclinándose en mi dirección con una ceja arqueada.

—¿Solo eso? —murmura en voz baja.

Me vuelvo a encoger de hombros con falsa inocencia. Él niega lentamente con la cabeza, pero una sonrisa de puro orgullo tira de sus labios.

—No esperaba menos —admite.

Estoy a punto de replicar cuando mi móvil vibra sobre la encimera.

Arrugo la frente al leer el nombre en la pantalla: Nora.

No debería sorprenderme que mi madre llame a estas horas.

Después de enterarme de toda la verdad, hablé con ella y le conté los detalles, incluido lo de Matthew.

Debería haberle confesado mis planes de regresar a Chicago para cobrar sangre, pero me dijo que era obvio; que jamás se tragó el cuento de que solo venía de visita.

Suspiro, preparándome mentalmente, y respondo.

—Hola, mamá.

—¡Maddie! —exhala, y escucho el alivio en su tono—. Anoche te escribí y no recibí respuesta. Me tenías preocupada...

—Sí, tuve una cena un tanto inusual —hago una mueca. Matthew capta la indirecta y sonríe sobre el borde de su taza—. Pero estoy bien, no te preocupes.

—Me alegra escucharlo, cielo. —Hace una pausa, y su tono cambia a uno más denso—. ¿Has hablado con tu padre?

El nudo de tensión se forma de inmediato en mi garganta.

—Claro —respondo, y la frialdad de mi voz me sorprende—. No salió bien, por supuesto. Lo enfrenté. Digamos que descubrí cómo llegó exactamente a sus manos la carta que le diste a Milenka.

Escucho a mi madre soltar una maldición entre dientes al otro lado de la línea.

Observo a Matthew de reojo; bebe su café en silencio, pero su mirada está clavada en mí.

Me pregunto si él habrá vuelto a cruzar palabra con mi padre.

No tuve en cuenta que él también descubrió cosas, y ni siquiera le he preguntado cómo lidia con eso.

Lo cierto es que solo he tenido espacio mental para procesar mi propia miseria.

—Hija, cielo... —murmura mi madre, cautelosa—. Debes hablar con tu padre.

—Ya lo hice.

—Bien, entonces debes darle una oportunidad para explicarse.

Niego con la cabeza, apretando el teléfono como si ella pudiera verme. La escucho bufar con frustración.

—No…

—Maddox Francesca. Sabes que debes hacerlo.

—No sé si debo hacerlo, pero no me importa. No quiero escucharlo. Al menos no aún —confieso, rotunda.

—¿Entonces cuándo?

—Primero debo encargarme de otro asunto.

—¿Te refieres a asesinar a Marcio Silva? —pregunta, sin inmutarse.

Hago una mueca.

—Sí.

Nora exhala un suspiro pesado.

—De acuerdo. Solo... cuídate, por favor. ¿Hablaste con Matthew al menos?

Cruzo la mirada con él. Levanta una ceja, perfectamente consciente de que acaba de entrar en la conversación.

—Digamos que sí. Aunque todavía tenemos mucho de qué hablar... —Me callo de golpe. Una voz grave, anunciando algo a través de un altavoz, resuena de fondo en la llamada—. Espera, ¿estás en un aeropuerto?

—Por supuesto que no —responde, demasiado rápido.

—Mamá...

—Maddie, por Dios, ¿por qué estaría en un aeropuerto? La Semana de la Moda de Londres empieza en una semana, no pienso moverme a ningún lado salvo a Inglaterra.

Suspiro, nada convencida.

—De acuerdo —murmuro. Mi teléfono vuelve a vibrar en mi mano; alejo el aparato de mi oreja un segundo para ver la pantalla. Es un mensaje de Will—. Mamá, debo irme. Hablamos luego, ¿sí?

—Está bien, hija. Cuídate, por favor.

—Claro. Adiós.

Cuelgo y abro el mensaje de Will de inmediato.

—Al parecer, Zixuan por fin se puso en contacto —le anuncio a Matthew.

Él frunce el ceño, dejando la taza.

—¿Cómo...?

El sonido de la cerradura lo interrumpe.

La puerta del departamento se abre y Jiashu cruza el umbral.

Se ve irritado. Camina a zancadas hasta la cocina y planta ambas palmas sobre el mármol de la isla.

Lleva su teléfono móvil en una mano con la pantalla hacia abajo, y me fulmina con los labios apretados en una línea fina.

—Mi tío se contactó —anuncia con seriedad.

—Esa es una buena noticia... —empiezo a decir.

—No finjas que no lo sabes —me corta en seco. Levanta el teléfono a la altura de su rostro—. Pinchaste mi puto teléfono, Maddox.

—Ups —murmuro, encogiéndome de hombros sin un ápice de culpa.

Veo a Matthew morderse el labio inferior, conteniendo una sonrisa mientras niega con la cabeza.

—¿Es que no confías ni en tu propia sombra? —me recrimina Jiashu.

Trago saliva. Siento un pinchazo de incomodidad cuando recuerdo las palabras de mi padre: «Quizás me asustaba lo mucho que se parecía a mí: siempre desconfiaba de todos».

—Estás completamente loca —sentencia Jiashu.

En una fracción de segundo, la atmósfera cambia.

—Hey. Cálmate o te arranco los putos ojos de la cara exactamente como lo hice con Hiroshi —gruñe, y el tono amenazante de su voz hace que Jiashu se tense de pies a cabeza—.

Me importa una mierda que seas el heredero de lo que sea.

Vuelve a hablarle así y vas a acabar de regreso en China dentro de una caja de madera sin nombre.

Jiashu lo evalúa en silencio, pero antes de que la tensión escale a los golpes, una tercera voz rompe el hielo.

—Ufff, qué bien que la mañana inicia tan tranquila y zen —Lucchese aparece arrastrando los pies por el pasillo, con aspecto de recién levantado y rascándose la cabeza con pereza—. Buenos días, pequeños girasoles mafiosos.

Pongo los ojos en blanco.

—¿Es que en este país todos tienen que ser tan jodidamente extraños? —murmura Jiashu, frotándose la cara. Niega y vuelve a mirarme—. En fin. Voy a olvidar que pinchaste mi móvil, pero por favor, necesito que confíes en mí.

—Confío en ti —me defiendo, alzando la barbilla—. Solo me cuido la espalda.

Jiashu me clava una mirada intensa.

—¿Y no es agotador cuidarte la espalda tú sola todo el tiempo?

Trago saliva. ¿Por qué demonios la conversación se ha vuelto tan personal y aguda de repente? Siento la mirada fija de todos sobre mí, quemándome la piel. Bajo la vista un segundo, exhalando el aire acumulado en mis pulmones para despejar la tensión.

—¿Dónde está Penny? —pregunto.

—Dándose una ducha —responde Harry.

—Bien —asiento. Alzo la vista de nuevo hacia Jiashu—. ¿Cuál es el plan?