Capítulo 63
Matthew
Maddox se cruza de brazos frente a mí. Su cabello negro quedó completamente desordenado después de que la bajara de mi hombro, y no puedo evitar que se me escape una sonrisa.
—Eres un bruto —murmura, empujándome el pecho con fastidio.
Antes de que logre dar un solo paso atrás, la sujeto firmemente por los brazos y la estampo contra mi cuerpo. Sus ojos verdes se abren de par en par, tomados por sorpresa, y la siento tensarse por completo bajo mi agarre.
—Matthew... —advierte, su voz apenas un susurro.
—¿Ya te dije lo hermosa que eres? —le devuelvo en el mismo tono, acortando la distancia.
Separa los labios para protestar, pero lo único que logra emitir es un suspiro tembloroso.
Me muerdo el labio inferior, incapaz de apartar la mirada de sus facciones.
Todo en mi maldita existencia sería más simple si no llevara años locamente enamorado de ella.
Pero la amo demasiado como para dejarla ir.
Pensar que me aborrece me revienta el pecho; sé perfectamente que mi actitud es la de un bastardo egoísta, pero no puedo cambiarlo.
No puedo cambiar lo que soy ni lo que hice para mantenerla a salvo.
—Matthew —repite, y noto un brillo húmedo en sus ojos.
—Sé que me detestas —admito, hablando a milímetros de su rostro—. Sé que me odias por lo que pasó, sé que...
—Matt...
—Pero dioses, eres tan jodidamente hermosa que me dejas sin aliento —confieso—. Y te extraño. Te extraño hasta volverme loco.
Traga saliva con dificultad y desvía la mirada hacia mi pecho. Se queda fija exactamente donde late mi corazón, justo encima del dragón que llevo tatuado en la piel por ella.
—Lo siento —susurro. La libero despacio, dando un paso atrás para darle aire. Ella retrocede, recuperando el aliento. Alzo ambas manos a la altura de mis hombros, recordándole nuestro pacto—. Manos quietas.
Maddox esboza una sonrisa amarga, niega con la cabeza y se gira sobre sus talones hasta desaparecer en el baño. En cuanto escucho el clic de la puerta al cerrarse, exhalo el aire que me quema los pulmones y me dejo caer pesadamente contra la madera.
Joder. Paso una mano por mi cabello, frustrado, y recorro la habitación con la mirada.
La cama sigue exactamente igual a como estaba hace meses.
Demasiado grande para una sola persona. Demasiado repleta de fantasmas.
Lo que tuvimos antes del colapso fue breve y jodidamente frágil; quizás porque supe desde el primer segundo que todo estaba mal.
Desde la forma en que manejé las cosas hasta el silencio que mantuve.
Intentamos ganarle una partida al tiempo y perdimos.
Ahora soy más consciente de eso que nunca.
El sonido del agua corriendo detrás de la puerta del baño corta mis pensamientos. Cierro los ojos apenas un instante.
Maldito error. Mi cabeza me traiciona de inmediato.
La memoria me arrastra a sus piernas enredadas alrededor de mi cintura. A sus uñas marcando mi espalda con desesperación. A su respiración agitada contra mi oído mientras pronunciaba mi nombre como si tuviera el poder de destruirme con él.
Aprieto la mandíbula, sintiendo una punzada de dolor en la entrepierna.
—Manos quietas —me ordeno a mí mismo en un gruñido.
Camino hacia el ventanal y observo el perfil iluminado de Chicago expandiéndose bajo la noche.
Desde esta altura, el mundo parece pequeño, controlable y fácil de manejar, pero no es más que una ilusión.
Ahora mismo tengo dos guerras frente a mí junto a Maddox: su propia venganza contra Marcio y la red de mentiras que nos rodea.
Y ni siquiera sé por cuál de los dos frentes debería empezar a disparar.
Miento. Sí lo sé. Mi prioridad absoluta es mantenerla viva, aunque eso signifique que deba odiarme un poco más cada día.
El eco del agua golpeando los azulejos me resulta ensordecedor.
Apoyo una mano contra el cristal helado, dejando que el frío empañe mi reflejo.
Un soldado de la mafia no tiene el lujo de jugar limpio; nunca lo tuve.
Desde el momento en que me obligaron a mancharme las manos de sangre por primera vez, entendí que en este maldito entorno solo sobreviven los que jalan el gatillo antes que el resto.
Con Maddox, jalé el gatillo contra su propia confianza para evitar que viera al monstruo debajo de mi piel.
No podía permitir que me mirara así. Yo vi la lástima en los ojos de Levi la noche en que me convertí en un asesino.
Sabía que Maddox me miraría igual: primero con lástima, luego con miedo, y terminaría aborreciéndome.
Bueno, la realidad actual no dista mucho de ese escenario.
Me odia, o al menos intenta hacerlo con todas sus fuerzas, a pesar de la tregua que me concedió.
Lo cierto es que no me arrepiento de nada. Si el tiempo volviera atrás, tejería la misma red de engaños, falsificaría los mismos informes y enterraría los mismos secretos. Prefiero mil veces verla enfurecida, que saberla muerta.
El dolor de una mentira se asimila; la muerte es definitiva. Y yo no voy a perderla.
Una parte de mí, la más retorcida, disfrutó ver ese destello de deseo en su mirada antes de que se encerrara en el baño.
Disfruté comprobar que, aunque esté furiosa, le provoco exactamente el mismo cortocircuito que ella me provoca a mí.
Maddox sabe perfectamente qué clase de bastardo soy.
No puede odiarme por completo porque entiende las reglas del juego: en Chicago nadie se salva siendo un santo, y yo soy el demonio que ella necesita para consumar su venganza.
Un hilo de vapor empieza a filtrarse por la rendija inferior de la puerta, trayendo consigo el aroma dulce de su champú de vainilla.
Cierro los puños dentro de los bolsillos del pantalón, tensando la mandíbula hasta que me duele.
Me aterra perderla, es mi única debilidad, el único cabo suelto que cualquiera podría usar para ponerme de rodillas.
Por eso mismo, no voy a dejar que se aleje.
Al principio pensé que el ataque iba dirigido a ella porque sabían que Maddox era mi punto ciego.
Pero esa teoría carecía de sentido, especialmente después de que involucraran a mi propio hermano.
La confirmación llegó cuando ella me contó que los hombres de Marcio no dejaban de preguntar por un tal Marcus.
Ahí lo entendí todo: Marcio Silva busca venganza porque cree que Levi Salvatore asesinó a Marcus.
Al imbécil jamás se le cruzó por la cabeza que un maldito mocoso de dieciséis años fuera capaz de cometer semejante atrocidad.
El ruido de la puerta me obliga a girarme.
Maddox sale del baño usando una camiseta negra enorme que reconozco al instante: es mía.
El aire abandona mis pulmones con tanta violencia que llego a marearme.
La tela oscura le cae por debajo de los muslos, y trago saliva al ser plenamente consciente de que muy probablemente no lleve nada debajo.
Sigue secándose el cabello con la toalla, manteniendo la vista al frente.
Camina como si no tuviera idea del efecto devastador que causa en mí.
O tal vez lo sabe perfectamente y lo usa como un arma. Verla así es peor que tener el cañón de una Glock apoyado directamente en mi pecho.
—Dejaste tu camiseta aquí —comenta al pasar por mi lado.
—Lo noté —respondo, con la voz más ronca de lo normal.
Ella arquea una ceja, deteniéndose.
—¿Qué?
—Que lo noté —repito, incapaz de desviar los ojos de sus piernas desnudas.
Maddox rueda los ojos, pero capto el sutil color rosado que le sube por el cuello.
Está furiosa conmigo, me odia, y aun así decide dormir usando mi ropa.
Se acerca a su lado de la cama y comienza a apilar las almohadas justo en el medio del colchón, construyendo una barrera deliberada.
La observo en silencio, arqueando una ceja.
—¿Qué se supone que haces?
—Una pared.
Suelto una risa seca, carente de humor.
—¿Una pared?
—Sí, una pared. Para asegurarme de que no intentes nada raro.
—Maddox, cariño —le digo, dando un paso al frente—, si yo quisiera intentar algo raro esta noche, esa maldita fila de almohadas no haría ninguna diferencia.
Me apunta con un dedo acusador, fulminándome con la mirada.
—Precisamente por comentarios como ese necesito la pared.
Una pequeña sonrisa se me escapa. Es la primera vez en días que la dinámica entre nosotros se siente normal.
Como antes. Pero el juego se termina en cuanto deja de moverse y me clava la mirada; el silencio vuelve a caer sobre la habitación de manera aplastante.
Es un ambiente incómodo, denso, cargado de todas las verdades que ninguno de los dos se atreve a pronunciar.
Evita mi contacto visual mientras se desliza bajo las sábanas. Yo sigo de pie junto al ventanal.
—¿Vas a quedarte ahí quieto toda la noche? —pregunta finalmente, dándome la espalda.
Niego y trago saliva.
La observo unos segundos más antes de apagar el interruptor. La habitación queda sumida en la penumbra, iluminada únicamente por el reflejo azulado y frío de la ciudad que entra por los cristales.
Me quito el pantalón y la camiseta, quedando únicamente en ropa interior.
Camino hacia mi lado de la cama y me acuesto sobre las sábanas, marcando una distancia prudente.
La barricada de almohadas nos separa en el centro.
Maddox gira la cabeza levemente hacia mí.
Siento sus ojos verdes fijos en mi perfil y debo morderme el labio inferior para controlarme; lo único que quiero es mandar a la mierda los cojines, arrastrarla hacia mi cuerpo y fundirme en ella.
—No puedo creer que estemos haciendo esto —murmura hacia la oscuridad.
—Yo sí —respondo, con la vista fija en el techo—. Toda nuestra relación consiste en tomar malas decisiones y fingir sorpresa después.
Maddox suelta una pequeña risa ahogada.
Joder. Ese maldito sonido casi me destroza las costillas, porque la extraño con una intensidad dolorosa.
—Siento que me va a dar un maldito infarto —confieso en voz alta, cerrando los ojos.
—¿Qué?
—Si vuelves a reírte así... —Niego con la cabeza, soltando el aire que me quema por dentro—. Te extraño tanto que me duele el pecho a un nivel físico, Maddox.
—Matthew...
—No me arrepiento de haberte protegido, pero sí de la forma en que lo hice —giro el rostro para encararla—. Lo siento. Debí buscar otra manera. Te juro por mi vida que quise hablar contigo un millón de veces, que estuve a punto de confesar todo.
Un destello de duda cruza su mirada. Entrecierra los ojos, apartando la vista durante un segundo eterno antes de volver a sostener la mía.
—Eso no es una excusa, y lo sabes perfectamente.
—Lo sé —murmuro, sintiendo el peso de la culpa en la lengua—. Pero tenía miedo.
—¿De qué podrías tener miedo?
—De perderte —confieso, y la voz se me quiebra de una forma que detesto.
Siento una presión brutal detrás de los ojos.
No soy un hombre que llore; la última vez que lo hice tenía dieciséis años y las manos empapadas con la sangre del asesino de mis padres.
Pero tenerla a centímetros y sentirla a un océano de distancia me está matando—.
Tenía terror de que me miraras y solo pudieras ver al monstruo que soy.
—¿Lo eres? —Su voz es un susurro apenas audible que corta el aire.
—Lo soy. Desde los dieciséis años. Quizás desde mucho antes. Pero no me pesa mi pasado, Maddox, porque lo repetiría mil veces si con eso garantizo que sigas respirando. No me avergüenzo de mi maldita naturaleza.
—Lo sé —murmura, tensando la mandíbula bajo la luz de la luna.
—Asesinaría a cualquiera que intente ponerte una mano encima. Le arrancaría el corazón a mi propio hermano si tú me lo pidieras —la crudeza de mis palabras llena el espacio, pero no hay un solo gramo de falsedad en ellas. Es la realidad—. Y no sentiría ni un ápice de remordimiento.
Maddox se remueve incómoda, girándose sobre el colchón hasta quedar por completo de costado, encarándome de frente.
—Y no estoy molesta por eso, mierda, Matthew. Me encantaría odiarte por ser un bastardo despiadado y sin límites. Me encantaría tener el valor de pedirte que te largues de mi vida, pero...
—¿Pero? —insisto. Mi corazón martillea contra mis costillas con una fuerza salvaje, esperando la estocada.
—Pero necesito estar molesta porque me mentiste —su voz se tiñe de una frustración rota—. Me miraste a los ojos y me sostuviste una farsa durante meses.
— Tesoro ...
—He pasado el último año intentando huir de la sombra de mi padre, haciendo lo imposible por no convertirme en él —confiesa, y sus ojos brillan con una capa de lágrimas que se niega a dejar caer—. Y resulta que me enamoré de un hombre que manipula y miente de la misma maldita manera.
Ese golpe duele más que cualquier impacto de bala que haya recibido. Trago saliva, parpadeando para disipar la niebla en mis propios ojos.
—Lo siento —admito, con la voz rota—. De verdad, yo...
—Lo sé —me interrumpe con un suspiro pesado, cerrando los ojos—.
Sé que te quema el remordimiento por haberme engañado, pero necesito tiempo, Matthew.
No quiero que te alejes. Te necesito a mi lado, te necesito como mi consigliere en la guerra que se viene, pero por favor... dame espacio para procesar esto.
—Lo que me pidas, tesoro . Siempre.
Vuelvo a colocarme boca arriba, fijando la vista en el techo oscuro.
Soy más consciente que nunca de la corriente eléctrica que su cercanía provoca en mi cuerpo, de una necesidad física de tocarla que me está volviendo loco.
Termino agradeciendo internamente la barrera de almohadas que ella misma improvisó; es mi contención para no saltar sobre ella.
De pronto, siento el movimiento a mi lado y abro los ojos de golpe.
Maddox empieza a quitar las almohadas una a una, arrojándolas al suelo.
Me quedo completamente paralizado, con una ceja alzada, sin atreverme siquiera a respirar.
Lo siguiente que hace me deja sin aliento: toma mi mano derecha, la arrastra hacia su cuerpo y se desliza por el colchón hasta acurrucarse contra mi costado, buscando mi calor.
Mierda.
— Tesoro ... —murmuro, impactado.
—Abrázame —susurra contra mi pecho.
No me lo pide dos veces. Me giro por completo, envolviéndola en mis brazos con una fuerza casi desesperada, como si temiera que fuera a desvanecerse entre mis dedos si aflojo el agarre.
Escondo el rostro en su cabello, aspirando el aroma a vainilla que desprende su piel, mientras mi corazón late desbocado contra su oído.
Cierro los ojos con una sola certeza en mente: que se mude el mundo entero si quiere, pero de este lado de la cama, ella sigue siendo mía.
Y mañana jugaré mis cartas para recuperarla por completo.