Traición y Sangre II (Draghi 2) Capítulo 62
77%

Capítulo 62

Maddox

Me quedo paralizada, clavada en el sitio como si mis zapatillas se hubieran fundido con el suelo de mármol. Trago saliva con dificultad antes de obligar a mi mano a empujar la pesada puerta de vidrio.

Matthew está ahí, a apenas un metro de distancia.

Él parece a punto de entrar y yo a punto de salir; la absoluta sorpresa grabada en sus facciones es el reflejo exacto de la mía.

Al abrirse la hoja de cristal, el viento helado de Chicago me azota la cara sin piedad, provocándome un escalofrío instantáneo.

Mierda, olvidé ponerme el abrigo antes de bajar.

Visto una simple sudadera gris holgada y pantalones deportivos a juego; ropa cómoda para estar encerrada en casa, nada apta para un reencuentro de esta magnitud.

Y aun así, al ver cómo sus ojos oscuros descienden por mi cuerpo, un pensamiento traidor me cruza la mente: ¿Por qué demonios sigo queriendo gustarle?

Debería estar destilando furia. Tendría que estar gritándole, descargando toda mi rabia acumulada, lanzándole lo primero que tuviera a la mano para obligarlo a comprender el infierno por el que me hizo pasar con sus mentiras.

Tendría que exigirle que desaparezca de mi maldita vida, escupirle que lo aborrezco y que rezo por no volver a cruzármelo jamás.

Pero la sola idea de borrarlo de mi mapa hace que algo en mi pecho se contraiga con violencia.

No sé si son los fragmentos astillados de mi orgullo o qué, pero es como si una cuchilla invisible se me clavara en el pulmón, cortándome el aire.

Porque sería una mentira. No lo odio. No soporto la distancia que hay entre los dos y, por todos los cielos, me asquea la idea de fingir indiferencia.

Me engañó, manipuló mis hilos a su antojo, y mi instinto de preservación me exige que levante un muro de desprecio.

Pero soy incapaz de mantenerlo cuando lo tengo enfrente. Al mirarlo, el rencor se evapora y cede el paso a ese sentimiento oscuro, denso y retorcido que cobra vida propia cada vez que respiramos el mismo aire.

—Estoy cansada —susurro, rompiendo el silencio.

Matthew asiente con lentitud. Mantiene las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón negro y noto que sus ojeras son todavía más profundas bajo la luz mortecina de la entrada.

Lleva el cabello desordenado, la mandíbula sombreada por una barba descuidada y una camiseta negra arrugada.

Nada de ese desastre debería conmoverme, pero solo sirve para confirmar que ambos somos una ruina cuando estamos separados.

—Así que haremos una tregua —decreto, clavando mis ojos en los suyos—. Solo por hoy. O quizás por los días que nos tome llevar a cabo la misión con la Tríada .

Los ojos color chocolate de Matthew brillan con una intensidad renovada al escucharme. El alivio suaviza la tensión de sus hombros.

—De acuerdo —responde con la voz queda.

—No tengo fuerzas para desenterrar el pasado ahora mismo, pero que te quede claro: tenemos que hablar de lo que hiciste.

—Lo sé...

—Bien. Entonces, tregua.

Asiente, y veo cómo su nuez de Adán se mueve bruscamente al tragar saliva.

—Maddox...

—Iré por pizza —lo interrumpo, cortando cualquier arranque de sentimentalismo. Él parpadea, confundido por el cambio de tema, y yo me encojo de hombros—. Es una larga historia. ¿Me acompañas?

—Claro. Vamos en mi coche —dice en voz baja, dando un paso atrás para dejarme pasar—. ¿Milano’s?

Una sonrisa traicionera me curva los labios al escuchar el nombre de mi pizzería favorita. Por supuesto que se acuerda. El hecho de que retenga cada uno de mis gustos no debería afectarme, pero lo hace. Como todo lo que hace o dice Matthew Hardaway.

El viaje en su coche transcurre en un silencio cómodo, roto únicamente por la melodía baja que emiten los altavoces.

Tarareo la canción casi sin darme cuenta mientras apoyo la mejilla en la mano, viendo cómo las luces de Chicago se difuminan a través de la ventanilla.

Por suerte, Milano’s no está lejos. En cuanto Matthew estaciona frente al local, abandono el vehículo y me adentro en el establecimiento a paso rápido, sin esperarlo.

Él me alcanza en tres zancadas, colocándose a mi espalda mientras aguardamos en la barra.

Una cajera joven, con pecas y una coleta alta, nos mira con una sonrisa ensayada que se vuelve notablemente más brillante cuando se clava en Matthew.

Le sonríe con coquetería, ignorando mi presencia por completo.

—Bienvenidos a Milano’s. ¿Qué les puedo pedir? —pregunta, arrastrando las palabras con la vista fija en los hombros de mi consigliere .

Matthew hace una mueca incómoda y desvía los ojos hacia mí. Siento cómo mi vena territorial da un latigazo.

—Oye, linda —digo entre dientes, inclinándome ligeramente sobre el mostrador—. Si no quieres perder esos ojos tan bonitos, más te vale que dejes de mirarlo como si fuera tu cena.

La joven traga saliva, palideciendo al instante, y asiente con la cabeza gacha. Por el rabillo del ojo, capto la sonrisa abiertamente divertida que Matthew intenta ocultar. Pestañeo, aclarándome la garganta.

—Quiero cuatro pizzas de pepperoni grandes.

—¿Cuatro? —se extraña Matthew a mi lado, arqueando una ceja.

—Sí, bueno... tengo el departamento invadido —suspiro, fastidiada. Dudo un segundo, debatiéndome conmigo misma, hasta que vuelvo a mirar a la cajera—. Y añade una de piña, por favor.

La sonrisa de Matthew se ensancha.

—Perfecto. En cinco minutos sale su pedido —anuncia la chica, ansiosa por librarse de nosotros.

Camino hacia la zona de despacho. Una de las razones por las que amo Milano's, además del sabor, es la velocidad con la que trabajan.

—¿Eso significa que estoy invitado a la cena? —murmura su voz ronca, demasiado cerca de mi oreja.

Lo miro de reojo, alzando una ceja, pero no puedo evitar que se me escape una pequeña sonrisa.

—Claro —murmuro—. A menos que prefieras quedarte en el coche muriendo de hambre. Puedo cancelarla si quieres...

—Por supuesto que no —se apresura a decir, cruzándose de brazos. Debo reclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada debido a la diferencia de estatura. Matthew se inclina hacia mí, acortando la distancia—. Gracias por pedirla. Sé cuánto detestas la piña en la comida.

Me encojo de hombros, intentando desesperadamente fingir indiferencia ante su cercanía y el calor que desprende su cuerpo.

—A veces me sorprende tu pésimo gusto, Hardaway.

—Tú me gustas —suelta con una ligereza letal, mirándome fijamente—. Así que mis gustos son impecables.

Siento el impacto de sus palabras directo en el estómago.

—Es cierto —susurro, incapaz de rebatirlo.

Su risa ronca reverbera a mi espalda, un sonido que extrañaba tanto que me escuece el pecho.

Fieles a su palabra, las pizzas están listas cinco minutos después. Matthew carga las cinco cajas en una sola mano con una facilidad insultante, mientras que con la otra me abre la puerta del copiloto. Ruedo los ojos por puro hábito.

—Puedo llevar la mitad.

—No es necesario —responde, acomodándolas en el asiento trasero antes de subir al lado del conductor y arrancar—. ¿Necesitamos pasar por algo más?

—No, estamos bien —murmuro. Me inclino hacia el tablero para encender la radio, pero al no encontrar ninguna estación decente, resoplo—. Debería conectar mi teléfono.

—Toma, usa el mío. —Lo saca del bolsillo de su pantalón y me lo extiende sin apartar la vista de la carretera—. Ya está emparejado.

—De acuerdo. —Tomo el aparato, enciendo la pantalla y el aire se me atora en la garganta.

El fondo de bloqueo es una foto de los dos frente al espejo del baño de su departamento. Recuerdo perfectamente ese amanecer; yo misma tomé la fotografía la mañana siguiente a nuestra segunda noche juntos. Me muerdo el labio inferior, obligándome a mantener la compostura.

—¿La clave?

—Tu cumpleaños.

Tecleo la fecha y el móvil se desbloquea al instante, revelando el fondo de pantalla principal: otra foto mía, esta vez sola.

Estoy usando una de sus camisetas negras, con los ojos adormilados y una mueca de fastidio adorable mientras acuno mi rostro con las manos.

La tomó una mañana mientras desayunábamos.

Niego con la cabeza en silencio. ¿Por qué demonios tiene que hacerlo tan difícil?

Busco una lista de reproducción aleatoria y reproduzco el primer tema que capta mi atención.

El interior se inunda con los acordes melancólicos de Older , de Lizzy McAlpine.

Trago grueso al escuchar la letra; es demasiado acertada para el momento actual.

Clavo la vista en la ventanilla, perdiéndome en las calles oscuras de Chicago hasta que vislumbro mi edificio.

Subimos juntos en el ascensor. Intento concentrarme en cualquier maldita cosa que no sea su presencia invasiva, que parece devorar todo el espacio reducido de la cabina.

Mis ojos descienden inevitablemente hacia las cajas que sostiene; al subir la mirada por sus brazos, trago saliva al ver cómo los músculos de sus antebrazos se tensan por el peso.

Mierda. Definitivamente necesito poner a cargar mi vibrador esta noche.

En cuanto las puertas se abren, me apresuro a salir al pasillo.

Matthew me sigue con paso tranquilo y rítmico.

Saco las llaves e intento abrir la cerradura, pero mis manos tiemblan ligeramente por los nervios.

Por el rabillo del ojo, noto cómo la comisura de su boca se eleva en una sutil sonrisa de suficiencia.

Maldigo entre dientes, empujo la puerta y entro.

Me detengo en seco y Matthew choca de lleno contra mi espalda.

Sentados en mi sofá de diseño están Harry, Jiashu y Penny.

Los tres llevan mascarillas faciales de arcilla verde y observan la televisión con absoluta naturalidad.

Al vernos entrar, tres pares de ojos se desvían hacia nosotros con sonrisas que se borran instantáneamente al registrar la enorme silueta que se alza detrás de mí.

—¿Estas son tus visitas? —susurra Matthew cerca de mi oído—. Increíble.