Traición y Sangre II (Draghi 2) Capítulo 61
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Capítulo 61

Maddox

El siseo de la tapa de la cerveza al saltar acompaña el rítmico e irritante clic que Jiashu hace con el control remoto frente al televisor. Doy un suspiro largo y pesado antes de llevarme la botella fría a los labios.

—¿Los estadounidenses no ven programas o qué? —pregunta Sima, sin dejar de cambiar de canal.

Cierro los ojos, dejando que el alcohol me raspe la garganta. Ya me estoy arrepintiendo de haberle permitido quedarse en mi departamento. Es casi tan molesto como Lucchese, aunque parece tener menos problemas de ego.

—Maddox —insiste. Abro un ojo y lo veo agitando el control remoto en mi dirección—. ¿No te gusta hablar o qué?

—¿La verdad? —pregunto. Él asiente, expectante—. No. Preferiría estar en absoluto silencio.

—Eres muy aburrida —murmura, regresando su atención a la pantalla—. ¿Qué haces cuando quieres ver una película, entonces?

—¿Sabes lo que son las plataformas de streaming ?

—Por supuesto que lo sé.

—¿Entonces?

—Es más divertido hacer zapping y tropezar con una película al azar —se encoge de hombros, recostándose en los cojines—. Cuando era niño me gustaba hacerlo y encontrar alguna de Harry Potter.

—Por Dios —murmuro, frotándome la sien—. Eres insufrible.

—No, tú eres aburrida.

—¿Cuántos años tienes? ¿Quince?

—Treinta, de hecho. —Gira el rostro hacia mí, me dedica una sonrisa ladeada y me guiña un ojo—. Tengo una genética excelente.

Le doy otro trago a mi cerveza porque me niego rotundamente a darle la razón en voz alta.

Lo cierto es que parece de mi edad. Su cutis es impecable, lo cual no tiene ningún puto sentido considerando el estrés y la sangre que conlleva liderar una facción de la Tríada.

O el infeliz se somete a rutinas de skincare de diez pasos cada noche, o de verdad tiene una genética privilegiada. Conociéndolo, probablemente sean ambas.

—Escucha, tenemos que hablar de lo que haremos —lo corto, devolviendo la conversación a la realidad.

Jiashu suspira, apaga el televisor y se gira hacia mí, apoyando un brazo en el respaldo del sofá con una actitud irritantemente relajada.

—Ya te dije que hablé con mi tío. Estoy esperando su respuesta.

—¿Y cuánto va a tardar en responder?

—Qué ansiosa nos pusimos —se burla.

Maldigo entre dientes y abro la boca para soltarle una amenaza, pero dos golpes secos en la puerta me interrumpen. Jiashu se encoge de hombros. Me pongo de pie con lentitud, pero por puro instinto recojo la Mossberg que descansa en la mesa ratona antes de avanzar.

Al llegar al recibidor, echo un vistazo a la pantalla de la cámara de seguridad y dejo escapar un suspiro, esta vez de alivio. Quito el seguro y abro.

La radiante sonrisa de Penny me recibe de inmediato y da un chillido de emoción, entra al departamento, esquivándome como un torbellino.

—¡Pensé que podríamos tener una noche de chicas! Conseguí los últimos productos de skincare coreanos y... —Se congela a mitad de la sala cuando clava los ojos en Jiashu—. Oh. Creí que estarías sola.

Cierro la puerta con el pie y suspiro.

—Créeme, Pen. Me encantaría estarlo.

—Maddox, no me dijiste que tenías amigas tan lindas —dice Jiashu. Su sonrisa es amplia, y veo cómo Penny se contagia de inmediato—. Soy Jiashu Sima. Un placer.

—Penny —responde ella, acercándose valientemente para estrecharle la mano. Él se la acepta con encanto, y yo pongo los ojos en blanco—. Y para que lo sepas, soy su única amiga.

—Eso tiene mucho sentido —susurra él, guiñándole un ojo.

Penny suelta una risita cristalina y se gira hacia mí, apoyando ambas manos en las caderas.

—¿Entonces? —Arquea una ceja, exigiendo respuestas—. ¿Nada para contarme?

—Es una historia larguísima...

—¿Eso quiere decir que eres otro hijo de mafiosos? —le pregunta Penny a Jiashu de soslayo. Él asiente con la cabeza—. Oh. ¿Esto es una especie de reunión de negocios turbios?

—Se podría decir —concedo.

—¿Y por qué parece que vive aquí?

La sonrisa de mi mejor amiga destila pura travesura.

—Porque lleva cinco días siguiéndome por todo Chicago y ahora necesitamos planear una misión. Es complejo, pero básicamente trabajaremos juntos por un tiempo.

—Oh, de acuerdo —asiente Penny, fingiendo comprender. Vuelve a mirar a Jiashu, quien se encoge de hombros—. ¿Es una alianza para conquistar el mundo criminal?

—Algo así, dulzura —le sigue el juego Jiashu—. Pero debo confesar que la idea de una noche de skincare también me resulta muy tentadora.

—¡Perfecto!

Me paso una mano por el rostro. No puede ser verdad.

—No —me apresuro a intervenir, cruzándome de brazos—. No tendremos una noche de chicas.

Ambos me miran con confusión. Penny se deja caer en el sofá junto a él y empieza a sacar frascos de sus bolsas.

—Pero Jiashu quiere, Maddox.

—Sí, Maddox. Quiero mis poros limpios.

—Tenemos un asesinato a gran escala que planear —siseo entre dientes.

—Y ya te dije que no podemos mover un dedo hasta que mi tío responda.

—Pero...

—Vamos —insiste Jiashu, mirándome con pura diversión—. Solo nos relajaremos. O, si estás muy amargada, vete a dar una vuelta y yo me quedaré cuidando a Penny.

—Ni en tus sueños.

Antes de que pueda echarlos a los dos, la puerta vuelve a sonar.

Gruño con pura frustración. Me giro sobre mis talones, marcho hacia la entrada y, esta vez, abro sin siquiera molestarme en mirar la cámara. Maldigo en voz alta.

—Tiene que ser una puta broma.

—¿Cómo está el monstruito más lindo de Chicago? —Lucchese se abalanza sobre mí y me envuelve en un abrazo aplastante. Me tenso de pies a cabeza, forcejeando para soltarme, pero se aferra como una garrapata gigante—. Deja que te quiera, Maddox...

—Esto es surrealista —escucho murmurar a Penny desde el sofá.

Al oír su voz, Lucchese me suelta, me agarra por los hombros y me aparta del camino para entrar al departamento con paso de dueño.

En cualquier otro contexto, Harry estaría encantado de ver a Penny, pero al registrar la presencia de Jiashu sentado muy cómodamente a su lado, su rostro se oscurece.

Me muerdo el interior de la mejilla para no reírme de su repentino cambio de actitud.

—¿Jiashu Sima? —suelta Lucchese, deteniéndose en seco.

—¿Cómo? ¿Lo conoces? —pregunto, cerrando la puerta.

Harry me lanza una mirada cargada de reproche.

—¿Tú no? Creí que tendrías un expediente completo de él, considerando quién es.

—Yo le dije exactamente lo mismo —apunta Jiashu.

—¿Todos los mafiosos tienen expedientes de los otros mafiosos? —pregunta Penny, fascinada.

—Solo de los herederos más importantes —le susurra Jiashu, inclinándose hacia ella y apoyando una mano con confianza en su rodilla.

—Quítale la puta mano de encima o te haré tragar tus propios dientes.

—Lucchese —advierto, alzando la voz.

Harry tiene los puños apretados y los labios en una línea fina. Jiashu le sostiene la mirada con una sonrisa que busca pleito.

—Cálmate, psicópata —dice, levantando las manos en señal de rendición. Extiende la izquierda—. Estoy comprometido. —Un anillo de compromiso destella en su dedo.

Arqueo una ceja.

—¿Estás en un matrimonio arreglado? —indaga Penny, con los ojos abiertos de par en par. Cuando Jiashu asiente, ella da un pequeño salto en el asiento y me mira—. ¡Wow! ¡Es exactamente como en los libros que leo!

Vuelvo a poner los ojos en blanco. Toda esta escena parece sacada de una comedia absurda y me está dando jaqueca.

—¿Alguien me explica qué demonios haces tú aquí? —le exijo a Lucchese.

—Vine a verte —se defiende, encogiéndose de hombros—. ¿Y qué hace Sima en tu sofá?

—Es una historia larga —repetimos Penny y yo al unísono.

—Están planeando conquistar el mundo juntos —añade mi amiga—. Algo sobre unir fuerzas.

—Penny —gruño, cerrando los ojos—. Por el amor de Dios.

—Espera, espera un segundo —Lucchese levanta ambas manos y luego señala a Jiashu con un dedo acusador—.

Si crees que puedes aterrizar en Chicago y convertirte en su nuevo compañero de asesinatos, estás muy equivocado, Sima.

—Lucchese acorta la distancia, me rodea los hombros con un brazo posesivo y me pega a su costado—.

Ella ya tiene un mejor amigo para descuartizar gente, y ese soy yo.

—Dios mío, mátenme ya —murmuro hacia el techo.

Penny se muerde el labio inferior para ahogar una carcajada.

—Relájate, rarito —le responde Jiashu, rodando los ojos—. No estoy aquí para robarle la amiga a nadie. Tenemos un objetivo en común y nos necesitamos mutuamente, es todo.

—¿Y cuál es la gran misión? —Lucchese me mira desde arriba.

—Digamos que todavía no pudimos trazar una estrategia porque no dejan de interrumpir mi paz mental —siseo. Lucchese hace una mueca de ofensa y se señala el pecho.

—¿Yo?

—Sí, tú. Y Penny también.

—¡Oye! —se queja ella—. Yo solo quería ponerles mascarillas faciales.

—Tú y yo podemos tener una noche de chicas, dulzura —le guiña un ojo Lucchese. Penny bufa, pero noto cómo un sutil rubor carmesí le sube por el cuello—. En fin, ¿pedimos unas pizzas o qué?

—¿Qué? —Me zafo de su agarre y retrocedo un paso—. ¿Qué clase de invasión es esta? ¿Todos decidieron acampar en mi casa?

Los tres me miran en silencio. Y asienten.

—Son increíbles —gruño, negando con la cabeza—. Yo me encargo de ir a buscar la cena. Necesito salir de este manicomio antes de asesinarlos.

Me dirijo a la isla de la cocina, dejo mi arma sobre el mármol, agarro mis llaves y el abrigo. Les lanzo una última mirada asesina desde la puerta, pero los tres me sonríen con la inocencia de unos malditos ángeles. Salgo al pasillo dando un portazo.

Camino hacia las escaleras en lugar del ascensor. En el fondo, agradezco la interrupción de esos tres idiotas. Si me hubiera quedado sola entre estas cuatro paredes, mi cabeza habría sido mi peor enemiga, y no precisamente por pensar en Marcio Silva o en la estrategia con la Tríada .

Estar en silencio significa pensar en Matthew.

Significa revivir el momento en el despacho, recordar cómo casi me derrumbo al verlo tan destrozado.

Significa aceptar que, debajo de mi armadura de Regina, lo único que quiero es a él; que lo extraño hasta que me duelen los huesos.

Debería odiarlo. Debería querer destruirlo por las mentiras.

Pero la parte más oscura, rota y retorcida de mi alma me susurra que no estoy siendo justa.

No quiero ser justa. Quiero estar enojada. El enojo es más fácil de manejar que el dolor.

Llego al último escalón de la planta baja y empujo la pesada puerta que da al lobby del edificio. Saco el móvil del bolsillo para ver la hora y buscar el número de la pizzería mientras avanzo hacia la salida.

Levanto la vista hacia las puertas de cristal de la entrada y me congelo.

Matthew está ahí, parado al otro lado del cristal, mirándome.