Capítulo 60
Matthew
Y una reverenda mierda , pienso.
De hecho, la propuesta del imbécil de Sima es una jugada estratégica perfecta. Nos acortaría el camino hacia Marcio, pero… Dioses, ¿por qué demonios tuvieron que aparecer juntos esta mañana? ¿Pasaron la noche bajo el mismo techo? ¿En la misma cama?
Lo detesto. Lo odio con una intensidad que casi me asfixia, incluso más de lo que odio a Lucchese.
Ninguno de los dos me ha hecho nada personal, su único pecado es haberse acercado a Maddox.
Y eso me quema la sangre. Me destruye por dentro, sobre todo porque yo mismo me comporté como el peor de los bastardos y ahora he perdido cualquier derecho a reclamarla.
—¿Y qué propones?
Parpadeo, regresando a la realidad al escuchar la voz de Maddox.
Sus iris verdes brillan con esa frialdad calculadora que tanto me fascina, pero no me mira.
Desde que entró, apenas hemos cruzado miradas, y cada vez que sus ojos chocan con los míos en esta oficina, me aferro a ese instante como un condenado.
Sé que, durante mucho tiempo, esas migajas serán el único contacto que tendré con ella.
—Mi tío no es estúpido —responde Jiashu, acomodándose la chaqueta—. Puedo seguir fingiendo que aún no sé quién asesinó a Kai, pero lo descubrirá tarde o temprano. Para cuando eso suceda, quiero estar preparado.
—¿A qué te refieres con estar preparado?
Levi interviene, pareciendo haber olvidado que hace menos de media hora estaba desesperado por ver a su hija.
El aire en la habitación sigue siendo tóxico.
Levi está furioso conmigo, yo estoy furioso con él, y, por encima de todo, me odio a mí mismo.
Llevo demasiado tiempo haciendo las cosas mal, jodiendo lo único que me importa, pero no voy a cargar con toda la culpa de Levi.
Él también cavó esta fosa y es hora de que se trague su propia mierda.
Tú también deberías hacerlo , me susurra la voz en mi cabeza.
Aprieto los párpados un segundo para acallar el pensamiento.
—Nadie en mi familia aprueba los negocios paralelos de Zixuan con la trata, pero rebelarnos no es tan sencillo. Las cosas no funcionan así en la Tríada —Jiashu niega con la cabeza.
Alzo una ceja. Observo a Levi y luego a Maddox. Ella parece intrigada pero irritada en partes iguales. La conozco lo suficiente para saber que odia alterar sus planes por culpa de un tercero.
—Lo que quiero es enfrentarme a él y asesinarlo —concluye.
—Eso ya lo dejaste claro —gruño entre dientes.
Maddox asiente lentamente, ignorando mi interrupción. Hunde las manos en los bolsillos de su abrigo oscuro, con la vista clavada en la alfombra negra de la oficina. Casi puedo escuchar los engranajes de su mente girando a toda velocidad, calculando probabilidades.
—¿Llevas cinco días siguiéndome por todo Chicago con la esperanza de que te ayude a matar al líder de la Tríada ?
—sisea ella, mirándolo de soslayo antes de chasquear la lengua—.
Matthew le voló la cabeza a Hiroshi, de acuerdo.
Pero eso no nos arrastra a una guerra directa a menos que Zixuan lo confirme.
¿Por qué iba a ayudarte? ¿Qué gano yo cediéndote mis hombres?
—No te estoy pidiendo un ejército, Maddox.
Jiashu pone los ojos en blanco con una familiaridad que me revuelve el estómago. Me remuevo incómodo, tensando los nudillos, luchando contra el impulso de levantar la Glock y vaciarle el cargador. Me contengo solo porque sé que ella me mataría si interfiero.
—Tengo mi propia gente —continúa Sima—. Lo que necesito es tu influencia para orquestar una reunión donde mi tío no sospeche de mis verdaderas intenciones.
—¿Tu intención de meterle una bala en el cráneo?
Jiashu esboza una mueca cínica.
—Exacto. Mira, podría hacerlo por mi cuenta. Podría contactar a Marcio, decirle que busco mercancía para mi tío, y forzar a Zixuan a viajar personalmente a Estados Unidos para supervisar la transacción ante la ausencia de su mano derecha.
—Y cuando aterrice, lo ejecutas —deduce ella.
—Claro.
—Pero no es tan simple. —La sonrisa que curva los labios de Maddox es brillante—. Porque sabes perfectamente que a Marcio Silva no le conviene que mates a un socio tan lucrativo como Zixuan. Menos aún si sospecha que tu nuevo mandato cortará esos negocios.
—Me advirtieron que eras sumamente inteligente —murmura Jiashu, borrando cualquier rastro de burla.
—Por eso me necesitas. Necesitas que yo me encargue de destruir a Marcio mientras tú te encargas de tu tío.
Jiashu asiente con solemnidad. Maddox lo escruta de arriba a abajo, evaluándolo, y luego desvía la mirada hacia su padre. Levi la observa con el mentón apoyado en la mano y una ceja alzada, en silencio.
—¿Y por qué estás tan seguro de que yo te necesito a ti? —lo desafía ella.
A estas alturas, la estrategia del joven Sima es impecable. El plan obligaría a Marcio a salir de su escondite y, de paso, purgaría el mercado negro de uno de los peores líderes de la trata. Sé que Maddox ve el beneficio. Su única barrera es su puto y hermoso orgullo; jamás admitirá debilidad.
—Te he seguido por cinco días —repite Jiashu. Otra vez esas malditas palabras. Me hierve la sangre—. ¿Hace cuánto secuestraste al hijo de Marcio y le enviaste el mensaje?
La sonrisa de Maddox se desvanece de golpe. Aprieta los labios, y ese silencio es toda la respuesta que Sima necesita.
—Exacto. El gran Marcio Silva no ha asomado la cabeza. Creíste que su punto débil sería su familia, pero te acaba de demostrar que le importa una mierda su propio hijo con tal de salvar el pellejo. Es un cobarde, pero no es ningún imbécil.
—En eso estamos de acuerdo —concede Maddox, tensa.
—Por lo tanto, me necesitas tanto como yo a ti.
—Detesto el uso de esa palabra.
—Vamos, Maddox. Admitir que necesitas apoyo no te hace menos letal —Jiashu se encoge de hombros—. Yo lo digo sin problemas: te necesito para matar a mi tío y recuperar el trono que me robaron.
Ella aparta la vista hacia el ventanal, considerando el tablero de ajedrez. Piensa igual que yo: el trato es un pase directo hacia su venganza. Cuando vuelve a mirarlo, su rostro es una máscara de hielo.
—De acuerdo —sentencia con voz grave—. Trabajaremos juntos.
—Perfecto.
—Pero ten algo muy claro, Sima. Si me traicionas...
—Tendré una bala incrustada en la frente antes de poder pestañear. Me quedó clarísimo.
Maddox asiente, satisfecha. Jiashu mete la mano en el bolsillo interno de su chaqueta. Mis músculos se tensan al instante, preparado para desenfundar, pero solo saca su móvil.
—Debo hacer un par de llamadas para poner esto en marcha.
Ella asiente y, sin añadir nada más, el asiático abandona la oficina, dejándonos solos a los tres.
El silencio cae sobre nosotros como una losa de cemento.
Clavo mis ojos en Maddox. Ella gira el rostro y me sostiene la mirada.
Por un segundo minúsculo, creo ver que el verde de su iris tiembla, suavizándose, pero la ilusión muere rápido.
Su expresión se blinda, volviendo a ser esa pared de piedra impenetrable que me dedicó cuando regresó de Francia.
Trago saliva, sintiendo un nudo de alambre de púas cerrándome la garganta.
—Has estado inusualmente callado —comenta Maddox, dirigiéndose a su padre, rompiendo mi contacto visual.
Levi suspira. Entrelaza las manos sobre su regazo, apretando los puños, y se encoge de hombros con pesadez.
—Eres la líder de Draghi . No me corresponde interferir en tus decisiones.
Maddox suelta una carcajada seca, carente de humor.
—Ya. Qué conveniente. Es muy fácil adoptar esa postura comprensiva ahora, después de haber manipulado cada puto hilo de mi vida.
—Sí, tienes razón.
La confesión golpea la habitación. A Maddox la sorprende tanto como a mí. Bajo la vista hacia el suelo, sintiendo que piso un campo minado.
—Te he manipulado y te he mentido desde el día en que naciste —añade Levi.
Maddox rompe su postura relajada. Avanza a zancadas cortas hasta detenerse frente al imponente escritorio de su padre.
Levi parece un rey derrotado. La vitalidad y el aura intocable que siempre lo han caracterizado parecen haberse esfumado, dejando a un hombre que envejeció diez años en un par de minutos.
—Debo admitir que me resulta fascinante que lo confieses en voz alta —la voz de Maddox es fría.
Sé que no debería estar aquí. Soy un espectador en una guerra familiar. Doy medio paso atrás, con la intención de girarme y salir por la misma puerta que Jiashu, pero el movimiento llama su atención. Maddox me mira de reojo, paralizándome.
—No. Quédate —me ordena—. Has formado parte de este circo desde que era una niña. Vas a escuchar esto.
Trago grueso y asiento, enderezando la espalda. Soy su soldado. Siempre he sido su soldado. Debo mantenerme firme, incluso si por dentro me estoy haciendo pedazos.
—Habla —le exige a su padre—. Es la única oportunidad que vas a tener.
Levi apoya ambas manos sobre el escritorio y se yergue un poco. Hay un brillo húmedo en sus ojos cansados.
—Cuando tu madre decidió que quería separarse, me sentí al borde del abismo.
Así que te usé. Te usé como ancla para retenerla, pero fracasé.
No porque ella no te quisiera, Maddox. Sino porque su desesperación por escapar de mí era mucho más fuerte.
—La voz le tiembla levemente. Hace una pausa, tragándose el nudo de su propia miseria—.
Tuve terror de que tú crecieras y pensaras como ella.
Así que decidí borrarla de tu vida. Dejé que te acercaras cuando cumpliste quince, sabiendo...
—Sabiendo que yo ya estaba moldeada —lo interrumpe ella, asqueada—. Esperaste a que la convicción de que mi madre me abandonó estuviera tan arraigada en mi cabeza que nada pudiera hacerme cambiar de opinión.
—Exacto. No tuve que hablarte mal de ella. Simplemente dejé que se convirtiera en un fantasma.
—Y por eso nunca me diste su carta.
—Nunca vi esa carta, Maddox. Supongo que Nora...
—Se la dio a Milenka —sentencia Maddox.
El nombre de mi madre me golpea en el pecho, dejándome sin aire. Parpadeo, aturdido.
—Nora le confió esa carta a Milenka porque sabía que tú la destruirías antes de entregármela —continúa ella, implacable.
Levi asiente, bajando la mirada.
—Tiene sentido.
El escozor me invade los ojos. Un temblor sordo me recorre los brazos al darme cuenta de que mi propia madre estuvo enredada en esta telaraña de mentiras.
—Lo que no encaja —prosigue Maddox, acorralándolo— es cómo esa carta terminó archivada en un expediente fechado después de su asesinato.
Asumo que, cuando los mataron, fuiste tú quien recogió sus pertenencias.
Encontraste la carta entre las cosas de Milenka.
Quizás pensaste que era para Matthew, o para cualquier otro.
Pero como te aterra perder el control, como eres un adicto a manipularnos a todos, simplemente la archivaste y la pudriste en tu caja fuerte.
—Levi... —murmuro, con la voz rota, incapaz de contenerme—. ¿Es verdad? ¿Te quedaste con todas sus pertenencias? ¿Tenías miedo de que pudiera… traicionarte?
El Don de Draghi levanta el rostro y nos observa. No hay rastro de culpa en su semblante. Y la verdad, no debería sorprenderme. Pero siempre creí, en mi estupidez, que él tenía límites. Que Maddox era su línea roja. Que la versión oficial sobre Nora era cierta.
Maddox tenía una madre que la amaba. ¿Qué demonios me ocultó sobre los míos?
Aprieto la mandíbula, procesando la magnitud de la confesión.
—Choqué mucho con Milenka a lo largo de los años —murmura Levi, justificándose—.
Siempre fue un espíritu libre, una puta bomba de tiempo.
A veces, la forma en que me miras me recuerda demasiado a ella.
—Se dirige a Maddox. Veo cómo los hombros de ella se tensan bajo el abrigo—.
No me sorprendió hallar un expediente sobre mí entre sus cosas.
Tenía uno hasta de Jacob. Supongo que me asustaba lo mucho que se parecía a mí: desconfiaba de su propia sombra.
Maddox niega con la cabeza, asqueada.
—¿Alguna vez has querido a alguien que no seas tú mismo?
Levi hace una mueca de dolor genuino.
—Amé a tu madre con la misma fuerza con la que te amo a ti. Y Jacob... Jacob siempre será mi hermano. Él...
—Tus palabras ya no valen nada, Levi. Al menos para mí.
Maddox se da la media vuelta y camina hacia mí. Se detiene a un palmo de mi rostro. Sus ojos verdes me atraviesan y parecen a punto de llorar.
—Puedes creerle o no. Me da exactamente igual —susurra, y sus palabras son cuchillos hundiéndose en mis costillas—. Al final del día, son igual de mentirosos.
Me esquiva y avanza hacia la salida. Segundos después, el golpe seco de la pesada puerta de caoba retumba en el silencio de la oficina. Me quedo paralizado. Levi tiene la mirada clavada en la madera cerrada.
—No me sorprende que me hayas engañado a mí —confieso, con la voz ronca. Levi gira la cabeza lentamente para verme—. Pero siempre creí que tu límite era Maddox.
Él asiente. Suelta un suspiro cargado de resignación y me devuelve una mirada vacía.
—Podría decir exactamente lo mismo de ti, Matthew.