Traición y Sangre II (Draghi 2) Capítulo 58
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Capítulo 58

Maddox

El aire helado de Chicago me golpea como una bofetada en cuanto cruzo las puertas automáticas del aeropuerto.

Para mi desgracia, el vuelo sufrió retrasos insoportables y apenas logré aterrizar pasada la medianoche.

Estoy exhausta, con los nervios a flor de piel y la cabeza maquinando a mil por hora.

Necesito cafeína, un plan, y recuperar mi maldito puesto en Draghi .

Eso si mi padre no ha decidido hacerme a un lado definitivamente, claro.

Aunque, siendo honesta, mi venganza contra Marcio sigue en pie, sea yo la Regina de la organización o no.

Mi apellido no es un requisito para apretar un gatillo.

Agradezco al universo cuando diviso el letrero de neón parpadeante de una cafetería abierta a escasos metros del aeropuerto.

Entro y el olor a granos tostados me inunda.

Voy directo al mostrador, pero mis instintos se disparan al instante.

Escucho pasos a mi espalda. Por el rabillo del ojo, capto la silueta de un hombre entrando justo detrás de mí.

Se acomoda en una mesa cerca del ventanal. Decido ignorarlo; llevo días paranoica.

—Un café negro, por favor —le pido a la dependienta, forzando una sonrisa cortés mientras dejo un billete sobre el mostrador. Dos minutos después, el vaso de cartón humeante está en mis manos—. Quédate con el cambio.

La mujer me sonríe y se da la vuelta. Camino con intención de sentarme, pero me detengo en seco cuando mis ojos se clavan en el ventanal. El hombre sigue dándome la espalda, pero no es él lo que me congela la sangre.

Aparcado en la acera, bajo la luz mortecina de una farola, hay un Aston Martin negro.

Un coche idéntico al que me estuvo pisando los talones hace cuatro días.

No necesito ser una genio para sumar dos más dos: el dueño es el sujeto que acaba de entrar detrás de mí.

Trago saliva. Doy un sorbo a mi café; el líquido me quema la garganta. Doy media vuelta y camino hacia la salida, manteniendo un paso fluido, sin alterar mi respiración. Sin levantar sospechas. Me sigue. Por supuesto que lo hace.

Salgo al exterior, giro en la esquina y me adentro en el primer callejón oscuro que encuentro.

La oscuridad me envuelve. Escucho el eco de sus suelas contra el asfalto, acercándose, confiado.

Cuando lo tengo a menos de dos metros, giro sobre mis talones y le aviento el café hirviendo directo a la cara.

—¡Mierda! —gruñe, llevándose las manos al rostro—. ¡¿Qué demonios, Maddox?!

No le doy tiempo a recuperarse. Saco la Mossberg de mi cintura en un movimiento fluido, me abalanzo sobre él y lo empotro contra la pared de ladrillos húmedos, encajando el cañón del arma justo debajo de su barbilla, es más alto que yo pero me importa una mierda.

—¿Quién eres? —exijo, con voz fría.

El hombre intenta moverse, pero es inútil. No parece tener más fuerza bruta que yo, o quizás es lo bastante inteligente para saber que resistirse con una bala acariciándole el mentón es un suicidio. Deja caer las manos, soltando un suspiro exasperado, y se quita la capucha empapada de café.

Su rostro queda al descubierto bajo la escasa luz del callejón, y mi cerebro trabaja a contrarreloj. No tengo ni la más remota idea de quién es. Hago una mueca de fastidio y presiono el acero con más fuerza contra su piel. Él pone los ojos en blanco, como si esto fuera un simple inconveniente.

—¿Podrías soltarme? —murmura, sacudiéndose el líquido de la chaqueta—. Esa porquería estaba hirviendo...

—Llevas días siguiéndome. —Quito el seguro del arma con un clic metálico que reverbera en el silencio. Palidece—. No tengo idea de quién demonios eres, así que te sugiero que empieces a hablar.

—¿De verdad no lo sabes? —Suelta una risa seca, carente de humor—. Vaya golpe a mi ego. Y yo que creía que todos los herederos de la mafia tenían un expediente mental de la competencia.

Arrugo la frente, escrutándolo. Cabello negro azabache, lacio y pulcro; ojos oscuros, ligeramente rasgados; tez pálida y facciones afiladas, sin rastro de barba. Hay algo vagamente familiar en su arrogancia, pero mi paciencia está en números rojos.

—Mira —siseo, acercando mi rostro al suyo—. He tenido unos días de mierda...

—Vaya que lo sé, te he estado siguiendo...

Hundo el cañón en su garganta, cortándole la frase. Su nuez sube y baja al tragar saliva.

—Entonces ya habrás notado que soy una maldita bomba de tiempo. Si no quieres que te vacíe el cargador en la cabeza, dame un nombre. Ahora.

—Por Dios, ¿no te resulto nada familiar? —niego con lentitud—. Soy Jiashu Sima.

El apellido me golpea la memoria.

—El hijo de Zixuan —murmuro.

Él tuerce el gesto, ofendido.

—Zixuan es mi tío, de hecho —aclara, recuperando un ápice de altivez—. Pero debes conocerlo, por supuesto. Es el jefe...

—De la Tríada 14K —lo interrumpo.

Mi corazón da un vuelco, bombeando adrenalina. Levi siempre me enseñó que a la mafia china no se le apunta a la cabeza a menos que estés dispuesto a iniciar una guerra, pero ya es tarde para retroceder, y ni en sueños voy a bajar el arma.

—¿Qué demonios hace un Sima en territorio de Draghi ?

—Es una larga historia...

—Tengo tiempo —gruño.

Jiashu suspira, casi aburrido.

—¿Podrías... alejar el arma?

—No.

Cierra los ojos un segundo, y una sonrisa cínica le curva los labios.

—He escuchado mucho sobre ti, Maddox.

—Habla de una maldita vez —le advierto entre dientes.

Se muerde el labio inferior, conteniendo la diversión, y asiente con lentitud.

—Ya. También escuché sobre tu legendaria falta de paciencia. —Me encojo de hombros, impasible, y él prosigue—: Zixuan tomó el mando cuando mi padre falleció. Un detalle que, debo admitir, no me agrada en absoluto.

—Déjame adivinar: tú eras el heredero legítimo. —Jiashu se relame el labio, asintiendo—. Los hombres deberían ir a terapia para tratar sus problemas de ego y posesividad sobre lo que creen merecer.

—¿Me vas a decir que a ti no te molestaría que te quitaran Draghi ?

—replica, clavando sus ojos oscuros en los míos, desafiante.

Entrecierro los ojos—. ¿No te jodería que te arrebataran lo que te pertenece por sangre, por legado y por la forma en que te criaron para gobernar?

No me mientas, Maddox. Tú y yo nacimos en el mismo pozo.

Trago saliva y tenso la mandíbula. Tiene un punto, aunque jamás lo admitiría en voz alta. Saber que la mitad de Chicago preferiría a un hombre sin el apellido Salvatore antes que a mí me había estado consumiendo por dentro.

—¿Y tu drama familiar qué demonios tiene que ver conmigo?

—Tranquila... de acuerdo. —Alza ambas manos en señal de rendición, sintiendo la presión de mi pistola cuando intenta moverse—. Zixuan es un hijo de puta egocéntrico. Tuvimos nuestros roces, pero terminé aceptando que me había robado el trono.

—Hasta que...

—Hasta que cruzó un límite que mi propio padre dejó muy claro hace décadas —interviene.

Arqueo una ceja, intrigada—. Su mano derecha le trajo un negocio con «nueva mercancía» y Zixuan aceptó.

Al resto de la familia Sima no le hizo gracia, pero mi tío impone una dictadura. Nadie respira sin su permiso.

Suelto aire por la nariz.

—Sigo sin ver qué pinto yo en esta ecuación.

—La mano derecha de Zixuan es Kai Hiroshi.

El nombre cae en mi estómago como plomo. Lo suelto instintivamente y doy un paso atrás. Mi brazo cae por inercia, bajando el arma. Clavo la vista en el asfalto mojado por la lluvia reciente, sintiendo un zumbido agudo en los oídos.

La última vez que escuché ese nombre fue hace dos años. En la redada.

—La mercancía son niñas —murmuro—. Hace dos años, Hiroshi hizo negocios con Silva.

—El psicópata que te secuestró y te dejó esa cicatriz. —Asiente, observándome con fijeza. Aparto el rostro, ocultando el lado marcado, como si pudiera borrar el pasado—. Todo el mundo ha hablado de ti.

—No lo entiendo —sacudo la cabeza, tratando de enfocarme—. No llegamos a cazar a Hiroshi. Cuando irrumpimos, ellos ya se habían esfumado.

—Pero ustedes se quedaron con el cargamento —replica Jiashu. Trago grueso—. Es decir, rescataron a las niñas.

—¿Y eso enfadó a tu tío?

Jiashu hace una mueca de dolor, llevándose la mano al hombro para masajear la zona donde lo empotré contra la pared.

—Solo un poco.

—Pero no lo suficiente como para declarar una guerra abierta.

—Exacto.

Le pongo el seguro a mi Glock y la deslizo en el bolsillo de mi abrigo. Doy un paso hacia él y Jiashu reacciona pegando la espalda a los ladrillos.

—Pero ahora sí está molesto —deduzco, atando cabos—. ¿Por qué?

Jiashu parpadea, su máscara de arrogancia resquebrajándose por un segundo. Mira hacia ambos lados del callejón con cautela. Sigo su mirada hasta la calle, asegurándome de que su Aston Martin sigue solo. Cuando vuelvo a encararlo, se aclara la garganta.

—Porque Kai Hiroshi está muerto.