Capítulo 57
Maddox
Me detengo en seco. Mis dedos se deslizan instintivamente hacia el bolsillo de mi abrigo hasta rozar el metal frío de mi cuchillo mariposa. Llevo mi arma reglamentaria en la cintura, pero si necesito defenderme en las distancias cortas, la cuchilla será suficiente.
Trago saliva y contengo la respiración un segundo, agudizando el oído y escaneo los callejones a mis costados. Nada. Definitivamente estoy paranoica.
Niego con la cabeza, soltando el aire retenido, y sigo caminando.
Llevo tres días en Los Ángeles. Debo admitir que el anonimato de esta ciudad me agrada lo suficiente como para considerar esconderme aquí un tiempo más, pero sé que es una fantasía infantil.
Ya me ausenté demasiado de mis responsabilidades y Chicago debe ser una bomba a punto de estallar.
Levi podría tomar el control total otra vez, y no me extrañaría que lo hiciera; después de todo, a Levi Salvatore solo le importa él mismo. Eso me ha quedado dolorosamente claro.
Alzo la vista y mis ojos se topan con un bar de mala muerte.
Su fachada lúgubre desentona con el brillo artificial de la ciudad.
En cuanto empujo la puerta, me recibe un ambiente deprimente y cargado a humo rancio.
Está casi vacío, a excepción de dos hombres solitarios bebiendo en mesas separadas.
Es perfecto. Mi plan es volar de regreso a Chicago esta noche, pero antes, pienso anestesiarme un día más.
Camino hacia la barra y me acomodo en un taburete desgastado.
Al cabo de unos segundos, un barman mayor, con gafas de marco grueso, aparece limpiando una copa de cristal.
Alza el mentón a modo de saludo, pero en cuanto la tenue luz del local ilumina la cicatriz que me cruza el rostro, su nuez tiembla visiblemente.
Sonrío de lado y dejo un fajo de billetes sobre la madera pegajosa. Capta el mensaje de inmediato. Un parpadeo después, una botella entera de whisky y un vaso limpio descansan frente a mí.
Aparto el dinero a un lado, destapo la botella, lleno el vaso hasta el borde y me lo bebo de un solo trago. Cierro los ojos, dejando que el líquido amargo y ardiente me queme la garganta, intentando que el fuego borre los recuerdos de hace tres días, pero es imposible.
Me obligo a abrir los ojos y clavo la vista en el cristal vacío.
Dieciséis años. Matthew apenas tenía dieciséis años cuando ejecutó al asesino de sus padres.
Un nudo denso se forma en mi garganta. Me sirvo otro trago y me obligo a tragarlo, aunque el estómago se me revuelva.
¿Qué demonios estaba haciendo yo a los dieciséis años?
Mientras yo pasaba mis tardes junto a Penny, yendo de compras o viendo películas estúpidas en la seguridad de mi burbuja, Matthew estaba manchándose las manos de sangre para no ir a prisión. Y Levi lo encubrió.
Sabía que Matthew había abandonado el instituto para estudiar a distancia, pero jamás imaginé el infierno que lo obligó a hacerlo. Niego con fuerza.
Te mintió, me recuerdo a mí misma, apretando los dientes. Te mintió. Es igual a Máximo .
Pero por más que me repito esas palabras, no se sienten reales.
Cuando miro a Matthew, no veo al traidor de su hermano.
Y quizás por eso hui como una cobarde sin enfrentarlo: porque sabía que la parte más oscura y retorcida de mí lo entendería.
Si me quedaba un segundo más a escucharlo, mi máscara de rectitud se habría hecho pedazos y me habría resultado imposible mantener la rabia.
Y necesito estar furiosa. Necesito que el odio hacia él y hacia Levi me consuma, porque jugaron a ser dioses con mi vida, moldeando mi realidad a su antojo. Me asquea saber que otros decidieron qué porción de la verdad me merecía.
Necesito detestar a Matthew Hardaway.
Entonces, ¿por qué me resulta tan jodidamente difícil?
Lleno el vaso por tercera vez y lo vacío de golpe. Pierdo la noción del tiempo sumergida en el alcohol, creo que podría quedarme anclada a este taburete hasta que caiga la noche y largarme al aeropuerto para tomar el primer vuelo disponible.
El chirrido metálico de la puerta principal rompe la quietud, pero ni siquiera me digno a mirar. Continúo bebiendo, fingiendo ser invisible, hasta que una presencia pesada y dominante ocupa el asiento vacío a mi lado. Decido ignorarlo.
—¿Sabes qué hora es?
Cierro los ojos y doy otro sorbo directo de la botella.
—La hora de que te largues a molestar a otra parte —digo entre dientes.
—Es demasiado temprano para que estés ahogándote en alcohol.
—No me jodas, Lucchese —gruño.
Lo miro de soslayo, él suspira, niega con la cabeza y le hace una seña al barman. Sin inmutarse por mi hostilidad, Lucchese recibe su vaso, bebe un trago y gira todo su cuerpo hacia mí, invadiendo mi espacio personal.
—¿Qué haces en Los Ángeles? —Me encojo de hombros y vuelvo a beber, dándole la espalda a medias—. Maddox...
—Necesitaba un cambio de aire —murmuro.
—Ya. ¿Y ese milagroso cambio de aire no tiene nada que ver con Matthew, de casualidad? —Lo fulmino con la mirada, y él sonríe con sorna—. Jamás en mi vida creí que escucharía a un hombre sonar tan desesperado por teléfono.
—No me interesa.
—Claro. Sí, por supuesto.
Bufo, exasperada.
—¿Cómo demonios me encontraste?
Él se encoge de hombros con elegancia, observando el ámbar de su vaso.
—No fue tan difícil. Después de todo, si Matthew no ha puesto el país patas arriba buscándote, es por dos simples razones. —Arqueo las cejas, girándome hacia él a mi pesar—. La primera, es que tiene pavor de que le pegues un tiro en cuanto lo veas.
Me muerdo el labio inferior, sintiendo el escozor de la culpa.
—¿Y la segunda?
—Tiene miedo de tus palabras —murmura, y su tono pierde toda la burla.
Chasqueo la lengua, a la defensiva.
—¿Mis palabras? —Él asiente despacio—. ¿Cómo puede ser eso peor que asesinarlo?
Los ojos oscuros de Lucchese brillan con una intensidad que me desarma.
—Te ama, Maddox —dice en voz baja. Aparto la vista bruscamente, negándome a escucharlo—. Ese hombre preferiría que le perfores el cráneo con una bala antes de escucharte decir que lo odias.
Niego frenéticamente.
—Si me amara de verdad, no me habría mentido —murmuro, pero la oración me raspa la garganta.
—Claro, porque tú eres la inmaculada Virgen María que jamás le ha mentido a nadie.
—Vete al diablo.
Lucchese suelta un suspiro pesado, hastiado.
—¿No te cansas de fingir que eres perfecta? —Lo miro, incrédula por su tono. Ya no me observa con diversión, sino con una molestia genuina—. Cuando te conocí, tardaste exactamente una hora en asesinar a mi tío sin que te temblara el pulso.
—Porque tú lo planeaste...
—Pero no te obligué a hacerlo —me corta—. No quieras fingir que tu moral es superior a la del resto.
Niego, sintiendo que el aire me falta. Me giro para abandonar el taburete, pero la mano de Lucchese se cierra como una garra sobre mi brazo, anclándome al sitio.
—Me mintió —digo sin aliento, luchando contra él—. Fue su maldita culpa que me secuestraran, él...
—¿Debo recordarte que secuestraron a Penny hace menos de una semana por tu culpa?
Trago saliva. Un balde de agua helada me cae encima. Siento las lágrimas agolparse detrás de mis párpados, quemándome.
—No... no es igual.
—¿Cuántos putos años la engañaste? —sisea entre dientes, tirando de mí hasta acercarme—.
Dime. ¿Cuántos años le mentiste a tu mejor amiga en la cara?
¿Cuántos años fuiste lo suficientemente egoísta como para privarla de la verdad?
Esa chica es pura luz y tú le quitaste el derecho a elegir si quería o no ser la mejor amiga de un puto monstruo.
—No... —mi voz se quiebra, frágil. Siento que me derrumbo—. No, es diferente...
—Es exactamente lo mismo, Maddox —sus ojos destilan pura furia—.
¿Sabes cuál es la única diferencia aquí?
Que tu amiga y todos los demás parecen dispuestos a darte una segunda oportunidad a pesar de tu oscuridad, pero tú te crees tan jodidamente superior que se la niegas al hombre que te ha demostrado devoción absoluta.
Sacudo la cabeza, desesperada.
No. No puedo sucumbir a las verdades de Lucchese. No me importa qué tan ciertas sean. Necesito aferrarme a mi rabia, usarla como escudo; porque si la suelto, tendré que aceptar que mi hipocresía es tan grande como los pecados de mi padre.
Intento zafarme de su agarre, pero su mano es una tenaza. Lejos de soltarme, ejerce más presión y me da un tirón brusco, arrastrándome hacia él hasta que nuestros rostros quedan a centímetros.
—Deja de fingir que eres una santa, Maddox.
Llevas el apellido de los mafiosos más sanguinarios del país.
—Bajo la vista, incapaz de sostenerle la mirada, pero su mano libre vuela hacia mi mentón y lo presiona con fuerza, obligándome a encararlo—.
En este mundo, todos somos monstruos. Y los monstruos mienten, matan y hacen cualquier cosa para proteger lo que es suyo. Nadie mejor que tú lo sabe.
Me suelta de golpe. Trastabillo hacia atrás, mis botas resbalan en el suelo pegajoso, pero logro recuperar el equilibrio. Lucchese se gira plácidamente hacia la barra, se sirve más whisky y se lo bebe en silencio. Trago saliva, sintiendo que me asfixio con mi propia culpa.
Doy media vuelta y huyo del bar. En cuanto el aire de Los Ángeles me golpea la cara, alzo la mano y detengo el primer taxi amarillo que cruza la avenida, me dejo caer en el asiento trasero.
—Al aeropuerto —le ordeno al chófer, soltando un suspiro tembloroso.