Capítulo 56
Matthew
—¿Cómo es posible que nadie pueda encontrarla?
Cierro los ojos y dejo escapar un suspiro cargado de pura frustración. Lo último que necesito en este momento es escuchar los lamentos de Levi, pero no tengo escapatoria. Vine a su despacho buscando respuestas, aferrándome a la esperanza de que sus contactos hubieran dado con ella.
Maddox lleva veinticuatro horas desaparecida. Solo un maldito día. Y, sin embargo, siento que me estoy ahogando en una espiral de oscuridad de la que no voy a poder salir.
—No quiere que la encuentren —murmuro, con la voz ronca.
—Me importa una puta mierda lo que ella quiera, Matthew. —Levi clava sus ojos en los míos.
El impacto de su mirada me descoloca. Su barba está crecida, su cabello es un desastre y su piel tiene un tono pálido que acentúa las profundas ojeras que le hunden el rostro. Parece enfermo. Dista mucho del imponente Don de Chicago al que estoy acostumbrado a ver.
—Hay que buscarla y…
—Basta —lo corto, arrastrando las palabras con agotamiento—. No puedes obligarla a aparecer, Levi. En este momento nos detesta. A los dos.
Él niega con la cabeza, apoyando ambas palmas de golpe sobre el escritorio de caoba.
—No. Solo está molesta. Lo solucionaré —su voz se quiebra, traicionando su fachada de hierro.
—No puedes solucionar esto como has solucionado todo en tu maldita vida —le escupo, sin piedad—. Y yo tampoco. Aunque nos joda, debemos aceptar que no le veremos la cara a menos que ella lo decida.
Me interrumpe con una risa sarcástica, un sonido áspero que me crispa los nervios.
—¿Y tú te vas a quedar así? ¿Quieto como un cobarde sin hacer nada?
Sostengo con fuerza el vaso de whisky que me serví al llegar. Lo llevo a mis labios y bebo de un trago, fingiendo una tranquilidad que estoy a kilómetros de sentir.
—¿Qué esperas que haga, Levi? —dejo el vaso de cristal sobre el escritorio—. Ya hice suficiente. Los dos hicimos suficiente, y el resultado es este.
—¡No! —ruge, irguiéndose como una bestia acorralada—. Tú y yo no conseguimos nada juntos. Esto es tu puta culpa, Hardaway. Mi hija no quiere verme porque…
—¡Porque eres un puto experto en la mentira, Levi!
—digo entre dientes, acercándome al escritorio para enfrentarlo.
Apoyo mis manos sobre la superficie, invadiendo su espacio, sin dejarme intimidar por el Don.
Levi puede estar furioso con el mundo entero, pero no me va a cargar con el peso de sus propios pecados—.
Yo le mentí, sí. Pero tú también lo hiciste.
Y Maddox es tu hija. No me hagas responsable de las decisiones de mierda que tomaste y del porqué lo hiciste.
Quizás a mi padre lo manejabas a tu antojo, pero te aviso de algo: yo no soy él.
Sus ojos verdes destellan con una ira asesina. Está a un segundo de sacar un arma, pero me da igual. Yo también estoy a un segundo de perder la cabeza.
—No. No eres él —escupe Levi, con asco.
Alzo el mentón, sosteniéndole la mirada.
—Vete al diablo, Levi.
Me doy la vuelta y salgo del despacho sin mirar atrás.
Recorro los pasillos de la mansión a zancadas hasta cruzar la puerta principal.
El frío helado de la tarde me golpea los brazos, pero ni siquiera me estremezco.
Paso saliva con dificultad, sintiendo que trago cristales, y me encierro en mi coche.
Conduzco sin rumbo fijo. Intento apagar mi cerebro, silenciar el ruido ensordecedor de mi propia culpa que me taladra el cráneo.
No he pegado ojo desde que Maddox desapareció.
No tendré un puto segundo de paz hasta verla cruzar una puerta.
Sé que si la encuentro, el rechazo en sus ojos me va a destruir, pero me bastaría con saber que respira. Que está a salvo.
Sé que no estará bien y no solo por mi engaño, descubrir que el hombre que te dio la vida te manipuló con la misma frialdad que el psicópata que te secuestró, es algo que te pudre el alma.
Levi me llamó cobarde. Quizás tenga razón. Quizás debería estar quemando la ciudad buscándola. Pero cada vez que imagino el momento de tenerla frente a mí, me paralizo.
Porque la verdad más cruda es que no me arrepiento de lo que hice.
Y sé que si se lo digo a la cara, la perderé para siempre.
No me arrepiento de haber ejecutado a los asesinos de mis padres.
Si retrocediera el tiempo, volvería a hacerlo.
Y le volvería a mentir a Máximo en la cara, porque en ese entonces era la única forma de proteger a mi hermano menor.
De lo único que me arrepiento es de haber engañado a Maddox.
No temo por su seguridad física; anoche me demostró que tiene la oscuridad suficiente para destripar a sus propios demonios.
Mi verdadero terror es que le mentí porque dudé de ella.
Dudé de que fuera lo bastante fuerte para soportar mi negrura.
Para aceptar que se acuesta todas las noches con un monstruo.
El sonido estridente de mis propios frenos me arranca de mis pensamientos. Parpadeo, desorientado. Mi subconsciente me ha traído al único lugar donde empezó todo este infierno.
El cementerio.
La última vez que pisé este lugar fue con Máximo, pocos días después del accidente. Él tenía diez años. Yo hubiera dado mi propia vida por estar en cualquier otra parte, pero tenía que sostenerlo.
Levi también estaba ahí. Fue la primera vez que vi al jefe de la mafia llorar como un hombre roto frente a los ataúdes de mis padres.
Máximo lloraba a mares. Yo no derramé una sola lágrima.
Estaba demasiado ocupado planeando a quién iba a matar primero.
Un par de semanas después, con diecisiete años, me cobré mi primera vida en sangre.
Ese fue el día en que nació la bestia que siempre intenté ocultarle a Maddox.
Ella no es idiota, siempre supo de qué era capaz su consigliere , pero otra cosa era verme como adulto y otra muy diferente imaginar al monstruo como un crío.
Palpo el asiento del copiloto hasta que mis dedos rozan el metal de mi petaca.
La destapo y me la bebo entera. El licor arde en mi garganta, luego arrojo el envase vacío al suelo y bajo del coche.
Avanzo entre las lápidas de mármol gris.
El viento aúlla bajo un cielo plomizo. Han pasado más de diez años.
Si me detengo a pensar, daré media vuelta.
Pero mis botas se clavan en la tierra húmeda y el aire abandona mis pulmones de golpe al ver que, frente a la tumba de mis padres, está Máximo.
Viste de negro, envuelto en un abrigo grueso.
Como si hubiera notado mi presencia, gira la cabeza despacio.
Con las manos hundidas en los bolsillos y un cigarrillo a medio consumir entre los labios, alza el mentón.
—Me preguntaba cuándo ibas a dar la cara —se quita el cigarro, lo arroja a la tierra y lo aplasta con la bota—. Ya te estabas tardando.
—¿Qué demonios haces aquí?
Se encoge de hombros, con una tranquilidad que me hierve la sangre.
—Visito a nuestros padres.
—No te atrevas —doy un paso al frente, apretando los puños—. ¿Qué haces en Chicago?
Una sonrisa cínica, casi imperceptible, le curva los labios.
—¿Tú qué crees?
—Creo que solo viniste a joderlo todo.
—No me culpes de las consecuencias de tus propios pecados, Matthew.
—¡Tus pecados! —rujo, acortando la distancia entre nosotros—. Eres un maldito traidor.
—Y tú un mentiroso empedernido —avanza un paso, sin amedrentarse—. Aún no decido quién de los dos es peor.
Niego, ciego de rabia.
—Traicionaste a Levi. Traicionaste a Maddox. Pero, por encima de todo, me traicionaste a mí. A tu propia sangre.
—Ahórrate el drama de los códigos de honor, Matthew. No somos italianos, los Salvatore juegan con otras reglas, nosotros...
—No hay ningún nosotros, Máximo —lo corto en seco—. Desde el segundo en que decidiste venderla, dejaste de ser mi hermano.
Máximo frunce el ceño, pero la sonrisa ladeada no desaparece.
—Tú me engañaste toda mi puta vida, ¿lo olvidas? No hay que ser un genio para darse cuenta de quién es el verdadero villano en esta familia.
—¿Has hablado con Maddox? —exijo saber.
Él resopla.
—Maddox solo quiere verme con una bala entre ceja y ceja. Prefiero evitarla... por ahora.
Mi cuerpo entra en alerta máxima.
—¿Qué significa eso?
Se acerca hasta quedar a menos de un metro. Tiene que inclinar la cabeza hacia arriba para mirarme a los ojos, pero su desprecio es colosal.
—Significa que espero que cambie de opinión respecto a mí. Después de todo, ahora sabe que el verdadero mentiroso comparte su cama...
No lo dejo terminar. Mi puño impacta contra su mandíbula con un crujido sordo. El impacto lo hace trastabillar hacia atrás, pero recupera el equilibrio antes de tocar el suelo.
—¡¿Qué coño...?!
Me abalanzo sobre él. Siento cómo sus huesos ceden bajo mis nudillos, pero no me detengo. Necesito destrozar algo. Todo esto es su maldita culpa. El secuestro. Las torturas. Su desaparición de dos años. Todo.
Le lanzo otro puñetazo, rozándole el pómulo, y luego le reviento la nariz de un impacto directo. La sangre le brota al instante.
—¡Joder! ¡Matthew, detente!
Lanzo otro golpe, pero esta vez logra agarrarme de la muñeca.
No tiene mi fuerza, pero usa mi propio impulso para desequilibrarme.
Caemos juntos sobre la tierra húmeda del cementerio.
Ruedo para posicionarme sobre él, pero el alcohol y el agotamiento mental me pasan factura.
Mis movimientos son torpes. Máximo aprovecha el milisegundo de debilidad, me agarra del cuello de la camiseta y me retuerce la muñeca hasta que suelto un gruñido de dolor.
—¡Basta ya! —grita, con la respiración agitada. Parpadeo, sintiendo que el aire frío me devuelve la cordura de golpe—. ¡No vine aquí a pelear contigo, imbécil!
—¡¿Entonces a qué viniste?! —rujo en su cara—. ¡Todo esto es tu culpa! ¡Ella...!
—¡No! —me interrumpe, apretando los dientes—. ¡Porque no estás furioso conmigo, Matthew! ¡Estás furioso contigo mismo!
—¡Cállate!
—¡No! —sus ojos brillan con una ira cruda—. ¡Estás rabioso porque la estúpida máscara de salvador que usaste toda tu vida se hizo pedazos! Y ahora ella te ve exactamente como lo que eres: un monstruo. Un maldito y egoísta mentiroso.
—No tienes ni puta idea...
—¡Claro que la tengo! —asiente con fiereza—. A mí también me engañaste. Pero ¿quieres que te diga la verdad que no soportas, Matt? —Acerca su rostro al mío; el olor a cobre y sangre inunda mis fosas nasales—. Eres igual que yo. No eres mejor. Eres incluso peor.
Me empuja con brusquedad, soltándome. Caigo de espaldas contra la tierra y cierro los ojos. El latido desbocado de mi corazón golpea mis costillas mientras escucho sus pasos alejarse.
Sé que se ha ido. Y una parte retorcida de mí lo agradece, porque si me ponía de pie, lo habría matado a golpes, sin importarme que compartiéramos sangre.
Porque no miente. Tiene toda la maldita razón.
No mentí por Maddox. Mentí por mí.
Fui un cobarde que no soportaba la idea de que ella descubriera que no queda nada limpio dentro de mí.
El dolor me quema detrás de los párpados. Los aprieto con fuerza, pero las lágrimas calientes se escapan resbalando por mis sienes manchadas de tierra. Maldigo en voz alta, tragándome el sollozo de pura desesperación.
Me incorporo a duras penas, sacudiéndome la tierra húmeda de la ropa. Al alzar la vista, los nombres de mis padres, grabados en el mármol, parecen juzgarme desde el más allá. Un nudo me asfixia al recordar la voz de mi padre, resonando como un eco fantasma en mi memoria:
«Los Hardaway somos buenos mentirosos, pero no se le miente a la mujer que amas».
—Te he fallado —susurro al viento gélido frente a su tumba.
Me doy la vuelta y camino a ciegas hacia la salida. Cuando llego a mi coche, saco el móvil del bolsillo. Mis dedos marcan el número en automático. Sé que es un error. Will me dejó claro que buscarlo a él era una pérdida de tiempo, pero ahora mismo me importa un carajo el orgullo.
—Matthew Hardaway. Qué sorpresa escuchar tu voz.
El tono melódico y arrogante de Lucchese me hace apretar la mandíbula.
—¿Ella está bien?
La línea permanece en silencio un segundo más de la cuenta.
—¿De quién me estás hablando? —La genuina confusión su voz me cae como un balde de agua helada.
—No juegues conmigo, Lucchese. Sé que Maddox fue a buscarte.
Lo escucho bufar. De fondo, resuenan pasos y el eco de otras voces; parece estar saliendo de una sala de reuniones.
—¿Por qué perdería mi tiempo jugando contigo, Hardaway? No la he visto. ¿Qué pasó? ¿Problemas en el paraíso de Chicago?
Hago una mueca de dolor.
—Desapareció hace veinticuatro horas —confieso, odiando cómo suena en voz alta—. No está en la ciudad. Di por hecho que...
—¿Que cruzaría el país para venir aquí? —Mi silencio es toda la respuesta que necesita—. Pues lamento reventar tu burbuja, pero no la he visto. Y si el pequeño monstruo de Salvatore estuviera en mi territorio, mis hombres ya me lo habrían notificado.
—¡Mierda! —Estallo, pateando con toda mi fuerza el neumático del coche—. ¡Jodida mierda!
—Matthew... ¿qué demonios pasó? —Su tono cambia por completo—. ¿Se la volvieron a llevar?
—No —niego, pasándome una mano temblorosa por el pelo—. Ella... joder. Se largó porque discutimos, descubrió cosas…
—Ya. Lo capto. —Lucchese suelta un suspiro pesado, cargado de exasperación—. Y yo que creía que eras el hermano honesto.
Trago saliva, sintiendo el escozor de la humillación.
—Lo soy —murmuro, a la defensiva—. No soy Máximo, yo...
—Sí, claro. Lo que tú digas —me corta, sin una pizca de empatía—. Escucha, no soy nadie para juzgarte, pero hazte un favor y deja de mentirte a ti mismo, ¿quieres? —Cierro los ojos, encajando el golpe—. Mantén la cabeza fría. Te avisaré si mis radares detectan algo.
Asiento al vacío. El tono de línea muerta resuena en mi oído.
Abro la puerta del coche y lanzo el móvil con violencia contra el asiento del copiloto. Arranco el motor, quemando rueda sobre la grava del cementerio, y conduzco de vuelta al centro.