Capítulo 55
Matthew
—¿A dónde diablos estamos yendo?
Mi pregunta es un intento patético de rasgar el silencio opresivo que satura el interior del coche. Fracaso estrepitosamente. Dejo escapar un suspiro pesado, aferro la palanca de cambios y acelero, siguiendo la ruta que Will me indicó hace unos minutos.
Luego de escuchar la verdad, la expresión de Jace fue un poema trágico.
Jamás imaginé que alguien tan cínico como él se pondría en mi contra, pero parece que aquí todos han elegido el bando de Maddox.
Y, si soy honesto, no los culpo. Ver que sus propios hombres la priorizan a ella por encima de cualquier rango me llena de un orgullo retorcido. Me tranquiliza saber que la respaldan.
Pero ninguno de ellos sabe toda la verdad. Ni siquiera Levi.
Levi solo abrió la puerta de su mansión hace años esperando ver a cualquier otra persona, y en su lugar, se encontró al hijo adolescente de su mejor amigo muerto, bañado en sangre, con la mirada vacía y el alma podrida. Desde ese puto día, acaté cada orden de Levi. Jamás lo cuestioné.
El verdadero problema empezó cuando Maddox creció y se metió de lleno en la mafia.
Empezaron las preguntas. Máximo me había traicionado, sí, pero al principio incluso sus dudas eran válidas, pero ¿cómo iba a cargar a un niño con la culpa de la muerte de nuestros padres?
Fui un imbécil intentando proteger a la misma sangre que luego nos traicionaría hasta el punto de entregar a Maddox para que la torturaran.
A mi Maddox.
Levi quiso ser honesto. Quiso apartarla de todo, confesarle mi pasado y limpiar su conciencia. Pero yo se lo supliqué. Le pedí que me dejara decírselo a mí cuando fuera el momento adecuado.
Pero el momento nunca llegó. Maddox desapareció en Francia durante dos años y regresó convertida en una máquina letal.
¿Cómo se suponía que iba a confesarle que su agonía era el precio de mi venganza?
Solo quería evitar que cayera en el mismo abismo en el que yo me ahogué a los dieciséis años, cuando mis padres murieron frente a mis ojos.
Necesitaba protegerla. Mierda, necesitaba que no se convirtiera en el mismo monstruo que yo.
Porque yo no tengo redención, estoy condenado desde hace mucho, pero ella…
yo creía que ella aún podía salvarse. Lo hice por ella.
Pero, sobre todo, lo hice por mí. Porque soy un puto egoísta, como todos los hombres de este mundo que viven bajo sus propias reglas.
¿Pero cómo diablos le explico eso ahora? Es inútil. Tiene todo el derecho a odiarme, a desaparecer y a exigirme que abandone el país.
¿La entiendo? Sí.
¿Me voy a alejar de ella? Ni en esta vida ni en la siguiente.
—¿Pensabas decírselo alguna vez?
La voz de Will me saca de mis pensamientos. Me giro un segundo; sus ojos grises me escrutan con frialdad, y antes de que responda, niega con la cabeza.
—Por supuesto que no.
—Claro que sí —gruño, apretando la mandíbula—. Solo… necesitaba tiempo.
—¿Tiempo? —El grito de Jace estalla desde el asiento trasero, cargado de un asco que me quema—. ¡Es una puta broma! ¡La secuestraron y la torturaron por tu maldita culpa, Hardaway!
Bajo la vista hacia el volante.
Sí.
Es mi culpa. Toda esta puta pesadilla es mi culpa.
Trago saliva, pero un nudo denso y asfixiante se aloja en mi garganta.
El aire no me llega a los pulmones. Mi corazón late desbocado, golpeando mis costillas como un animal rabioso encerrado en una jaula.
Aprieto las manos alrededor del volante hasta que los nudillos se me ponen blancos y hundo el pie en el acelerador.
El motor ruge, pero el ruido no logra tapar la voz de mi propia conciencia.
—Matthew, frena. —La voz de Will suena distorsionada, lejana—. ¡Matthew!
No me detengo. Sigo acelerando hasta que Will me agarra del brazo y da un tirón brusco. El volantazo me hace reaccionar y clavo los frenos de golpe. Los neumáticos chirrían contra el asfalto.
—¡Joder! Vas a hacer que nos matemos, ¿qué demonios te pasa?
Antes de que pueda articular palabra, Will sale del coche y Jace le sigue. Cierro los ojos, dejo caer la cabeza contra el respaldo y trato de respirar. El nudo en la garganta sigue ahí. Dudo que alguna vez desaparezca.
Salgo del coche. Estamos en los límites industriales de la ciudad, frente a un depósito de aspecto decrépito y abandonado. No recuerdo este lugar en ninguno de los planos operativos de Draghi .
—¿Qué es esto? —pregunto, acercándome a ellos.
—Propiedad de Maddox Salvatore —explica Will.
Se acerca a la valla de seguridad oxidada, teclea un código en un panel oculto, y las pesadas rejas se deslizan en silencio.
En cuanto entramos, se cierran a nuestras espaldas con un sello hermético, como un búnker militar—.
Mientras estaba en Francia, me pidió que hackeara el sistema del gobierno.
Encontró esta propiedad fuera de los radares, la compró y… digamos que la reacondicionó.
—¿Para qué?
—Ya lo verás.
El lugar es masivo, al menos mil metros cuadrados. Es una fortaleza que podría rivalizar con las instalaciones centrales de Levi. Hay vehículos blindados y cajas de munición apiladas. Esto debió costar una fortuna, y me revuelve el estómago pensar cómo Levi no notó el desvío de capital.
—¿De dónde sacó el dinero para montar todo esto en secreto?
Will esboza una media sonrisa carente de humor mientras se acerca a la puerta principal. Digita un código, coloca su mano en un escáner biométrico y acerca el ojo al lector de retina.
—Digamos que encontré la forma de hacerle un desvío fantasma al sistema financiero de su padre.
—Abro los ojos de par en par. Jace suelta una maldición por lo bajo—.
Y no, no me arrepiento. Mi lealtad está con Maddox, por encima de cualquiera.
—Will se gira en la penumbra del pasillo y me clava la mirada—. Incluyéndote a ti.
Asiento lentamente. Es lo justo.
Debería alegrarme saber que tiene perros guardianes dispuestos a morder la mano de cualquiera para protegerla. Aunque ese trabajo debería ser mío. Parpadeo rápido para disipar el escozor en mis ojos.
—Esto es obra de un arquitecto de seguridad militar —murmura Jace, impresionado, mientras avanzamos por el pasillo de concreto. Hay puertas blindadas a cada lado, en total silencio—. ¿Planeó todo esto mientras estaba en el extranjero? Ese pequeño monstruo es una genio.
—Deja de llamarla así —siseo.
Llegamos al final del corredor. La última puerta es más grande y robusta que el resto. Will duda un segundo antes de pasar su tarjeta de acceso. El cerrojo mecánico hace clic y las luces fluorescentes parpadean, revelando el interior.
Me quedo paralizado en el umbral.
No sé qué esperaba encontrar, pero desde luego no era una réplica exacta de una cámara de tortura. Frente a nosotros, un enorme cristal polarizado divide la sala. Del otro lado, la escena es una carnicería absoluta.
—Jo-der —silabea Jace a mi lado—. De verdad la hiciste enojar.
—Necesitaba desquitarse con alguien —murmura Will.
—Creía que… que Luc estaba en los calabozos de Levi.
—Maddox construyó esto específicamente para los que la torturaron —aclara Will—. Lo diseñó para replicar exactamente lo que le hicieron, pero empeorando el sufrimiento.
—Así que aquí lo escondió. —La voz de Jace tiembla un poco, aunque intente ocultarlo.
—Su plan original era mantenerlo sedado hasta cazar a su padre y torturarlos juntos —se encoge de hombros Will—. Pero parece que anoche necesitaba una válvula de escape.
Trago saliva, acercándome al cristal.
Luc Silva está tirado en el suelo de concreto, encadenado de pies y manos por un complejo sistema de rieles.
Su cuerpo es un mapa de cortes profundos y carne viva.
Hay un charco denso a su alrededor, y tirados por el suelo descansan látigos, tenazas y bisturís cubiertos de sangre seca.
Pero lo que me hiela la sangre es lo que hay ordenado meticulosamente en una mesita metálica a su lado.
—Dejó gasas, suturas y alcohol —murmuro, sintiendo un escalofrío—. Quería que se curara solo...
—Para que no muera desangrado y poder seguir torturándolo. Muerto no sirve, ¿verdad? —Will se acerca hasta quedar a centímetros de mi rostro y baja la voz a un susurro letal—. ¿Vas a seguir convenciéndote de que no es el monstruo que claramente es?
—Mierda. —Jace se pasa la mano por el pelo, alterado—. Es tan jodidamente inteligente que roza la psicopatía.
Vaya que lo es.
—Espera —Jace frunce el ceño—. Si dejó a Luc así anoche, ¿dónde demonios está ella ahora?
Me encojo de hombros, desesperado.
—Fui a su apartamento y no estaba. Creí que estaría con ustedes.
—Yo di por sentado que pasaría la noche aquí —suspira Will—. Pero parece que se aburrió de despellejarlo y siguió su camino.
—Podría estar con Penny —sugiero, aunque en el fondo sé que es una estupidez. Maddox jamás arrastraría a su mejor amiga a esta oscuridad.
—No —confirma Jace—. Penny me escribió hace un rato. Me pidió que le avisara si la veía, porque Maddox no le ha respondido los mensajes.
Se hace el silencio, noto la mirada gris de Will sobre Jace por un segundo.
—¿Nueva York? —pregunta. Son las dos palabras que más temo en este momento.
—Espero que no —mascullo—. Odio a Lucchese. Si fue a buscar refugio con él...
—Ahórrate los celos, Matthew. —Jace pone los ojos en blanco—. No estás en posición de reclamar absolutamente nada.
Cierro los ojos y asiento.
—Esperen. Voy a ver si logro rastrearla —dice Will, apartándose hacia una esquina de la sala con su teléfono, escucho la puerta de la celda cerrarse cuando sale.
Jace se coloca a mi lado, metiendo las manos en los bolsillos, sin apartar la vista del cuerpo agonizante de Luc.
—No debería sorprenderme —murmura Jace—. Lleva la sangre de Levi Salvatore en las venas.
Ese fue siempre mi maldito error. Intentar luchar contra su verdadera naturaleza.
Maddox es esto. Es la carnicería al otro lado del cristal. Es la mujer capaz de arrancar un dedo como mensaje, tanto como es la mujer que se derrumbaba llorando en mis brazos, la misma que ha dormido pegada a mi pecho casi todas las noches.
La subestimé. Creí que la oscuridad de su linaje solo la había rozado, que yo era su escudo contra el mundo de los hombres crueles. Jamás consideré que de quien debía protegerla era de ella misma.
Y lo más enfermo de todo, lo que me confirma que estoy tan roto como ella, es que ver esto no me aleja. Me atrae. Esta es Maddox. Esta es la mujer de la que estoy enfermizamente enamorado. ¿Por qué me costó tanto aceptarlo?
Me giro hacia la puerta y salgo de forma sigilosa, Will está hablando en voz baja por el móvil, pero el eco del búnker me permite escuchar cada palabra.
—¿Y qué vas a hacer, Maddox? ¿Huir? ¿Dar la espalda a todo tu imperio?
—Will suelta un gruñido—. Esa no es la Maddox a la que yo le juré lealtad.
Vamos, no me jodas. Dime que vas a volver...
—Hace una pausa, escuchando, y su rostro se crispa—.
Joder, dejaste un desastre bíblico aquí.
¿Dónde demonios te metiste? Oh, venga ya, ¿no me lo vas a decir?
... De acuerdo. Prométeme que te cuidarás la espalda, estés donde estés.
Finaliza la llamada. Doy un paso hacia él, desesperado por un puto hilo de esperanza.
—No me va a decir dónde está —anuncia Will, cruzándose de brazos—. No quiere verte la cara y mucho menos a su padre.
—Lo sé, Will, pero…
—No me lo dijo, Matthew. Fin de la historia.
—Pero podemos rastrear el móvil —la desesperación hace que las palabras salgan atropelladas—. Tienes acceso a los satélites, joder. Solo dame una ubicación...
Will sonríe con pura sorna.
—Serías capaz de poner el país de cabeza, ¿verdad?
—Quemaría el puto país entero solo para recuperarla.
Él asiente despacio, reconociendo por fin mi determinación.
—Guárdate esa energía para cuando decida volver.
—Pero...
—Rompió su teléfono, Matthew. Me acaba de llamar desde uno desechable, y lo va a destruir. La conozco —sentencia Will—. No quiere ser encontrada. Y no la vas a encontrar.
El nudo en mi pecho se aprieta hasta cortarme la respiración. No. Me niego a aceptarlo.
—¿Va a regresar? —pregunto. Mi voz suena patética y rota.
—Eso espero. Por el bien de todos.