Traición y Sangre II (Draghi 2) Capítulo 54
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Capítulo 54

Matthew

Me congelo en el umbral del despacho de Levi.

El escenario frente a mí parece el resultado de una explosión.

El lugar está destrozado, arrasado con violencia.

Hay expedientes confidenciales desgarrados sobre la alfombra persa, esquirlas de cristal incrustadas en los sillones, e incluso los cuadros de millones de dólares que Levi tanto idolatraba han sido reventados.

Mierda, hasta los gruesos marcos de roble están astillados.

Levi está de rodillas, recogiendo documentos en silencio. No parece un hombre que acaba de sufrir un atentado, físicamente no tiene ni un solo rasguño, pero su piel está pálida como el mármol, las ojeras le hunden los ojos y la expresión de pura derrota en su rostro me revuelve el estómago.

—¿Qué demonios ocurrió aquí, Levi?

Al escucharme, suelta la pila de papeles que tenía entre las manos. Deja salir un suspiro cansado y se pone de pie despacio. Pasa una mano temblorosa por su cabello, arruinando su habitual peinado perfecto, y fija sus ojos oscuros en los míos.

—Supongo que no fue a buscarte —murmura, con voz ronca.

Doy un paso al frente, evaluando la magnitud del desastre. Es mitad de mañana, pero por cómo se ve el lugar parece que sucedió en la madrugada.

—Levi, ¿quién entró aquí?

—Maddox. —El nombre me golpea en el pecho como un bate de béisbol—. Aterricé de madrugada desde Europa. Vine directo a casa y… la encontré así.

—¿Qué? No… —Niego, incapaz de procesarlo. Nada tiene sentido—. ¿Qué pasó para que hiciera esto?

—Lo sabe, Matthew.

El aire abandona mis pulmones de golpe.

—¿A qué te refieres con que lo sabe?

Levi no responde. Camina hacia el escritorio destrozado, recoge una carpeta color madera del suelo y me la tiende. Al ver mi nombre impreso en la etiqueta, la confirmación me asfixia.

—Lo sabe absolutamente todo.

Mierda.

Pateo con furia una de las mesas auxiliares, soltando una cadena de maldiciones, y me giro sobre mis talones para salir corriendo de la mansión.

Saco el móvil del bolsillo con manos temblorosas y marco el número de Maddox. Lo marco tantas veces que pierdo la cuenta. Me subo al coche, arranco quemando rueda, y sigo llamando. Buzón de voz. Le dejo mensajes, le escribo, le ruego. Nada. Silencio absoluto.

Que haya descubierto la verdad de todos mis pecados no es lo que me aterra. Lo que me hiela la sangre es que no me haya llamado para gritarme, para amenazarme o para volarme los sesos.

Este silencio significa una sola cosa: me odia. Me ha borrado de su vida.

Pero yo no estoy dispuesto a dejarla ir.

Llego al edificio de Maddox en menos de cinco minutos. Paso del ascensor y subo las escaleras de a dos, con los pulmones ardiendo. Corro por el pasillo hasta su puerta y empiezo a golpear. Golpeo con los nudillos, luego con la palma abierta. Grito su nombre pero nada.

Saco el teléfono y otra vez me manda al buzón de voz.

—Mierda, Maddox —mascullo. Apoyo la frente contra la madera fría y dejo caer mi peso sobre la puerta—. Tesoro , por favor… si estás ahí dentro, ábreme. Te lo suplico.

La desesperación me dobla las rodillas. Sé que cualquier cosa que le diga sonará a excusa barata. Sé que la confianza que tardamos meses en construir se ha pulverizado en una sola noche.

Pero me niego a aceptar que la he perdido. Fui un egoísta hijo de puta. Le oculté mi pasado porque sabía que, si se enteraba de que ella pagó en carne viva el precio de mi venganza, la perdería para siempre. Y al final, el silencio ha logrado exactamente eso.

Me separo de la puerta, respirando hondo para contener el pánico. Quizás no está en el apartamento. Quizás ya ni siquiera está en Chicago. El mero pensamiento me provoca náuseas.

Vuelvo al coche. Solo hay un par de personas que podrían saber dónde está, y sé, con mucha seguridad, que Penny jamás me daría su ubicación. Me queda una sola opción.

Conduzco hacia los barrios bajos y parco frente al edificio, le lanzo una mirada de advertencia al conserje y entro cuando la puerta hace clic.

Subo al primer piso. La puerta del departamento de Will ni siquiera tiene el pestillo echado así que entro y los encuentro a él y a Jace desparramados en el sofá, jugando con una consola.

—Will.

—¿Qué se te perdió, Hardaway? —pregunta, sin apartar los ojos de la pantalla.

—Maddox —respondo entre dientes.

Ambos frenan de golpe. Will me mira con esa expresión de témpano de hielo que lo caracteriza; Jace, en cambio, esboza una sonrisa burlona.

—¿Adónde se fue tu pequeño monstruo? —pregunta Jace.

—No tengo ni puta idea —suspiro, entrando del todo en el salón—. Esperaba que tú me lo dijeras.

—¿Por qué tendría que saberlo yo? —Will vuelve a mirar la televisión y sigue moviendo el joystick—. Creí que la tenías controlada.

—¿No es lo que llevan haciendo hace meses en tu cama? —apunta Jace con ironía.

—No me toques los cojones, Jace. No estoy para jueguecitos —rujo.

—Qué humor de mierda.

—¿Saben dónde está o no?

Will pone el juego en pausa, ignorando las protestas de Jace. Deja el mando sobre la mesa y me clava una mirada calculadora.

—¿Qué esperas que te diga, Matthew? No la he visto en dos días.

—Yo estuve con ella anoche en el club. Tuvimos un encuentro con Jackson, estaba causando problemas…

—Sí, me lo dijo.

—¿Entonces cómo es que no sabes dónde está? —Jace resopla, divertido—. Eres un novio de mierda, Matt.

El estómago se me encoge, pero ignoro la burla.

—Discutimos —digo secamente—. Y se fue.

—¿Por qué? —pregunta Will.

—¿Ahora son mis putos terapeutas?

—Bien. Si vienes a mi casa a tratarnos así, ahí tienes la puerta —Will coge el mando y le da a reanudar—. Que te jodan.

—Lo siento —gruño, sintiendo cómo el autocontrol se me escurre entre los dedos—. Máximo apareció anoche en mi apartamento.

Jace suelta un silbido bajo, tira su mando a un lado y se gira en el sofá para mirarme de lleno. Toda su actitud relajada desaparece.

—Mierda. Esto se pone serio —dice, acomodándose—. Will, ve por unas cervezas que el salseo es bueno.

—Cierra la boca —gruñe Will—. Apareció Máximo. ¿Y luego qué?

—Tú sabes perfectamente qué —lo acorralo con la mirada.

Will se tensa. Traga saliva imperceptiblemente, y Jace nota el cambio de atmósfera.

—¿De qué me estoy perdiendo, William? —exige saber Jace.

Will suelta un suspiro pesado y finalmente habla.

—Máximo apareció hace dos semanas, antes del plan de Nueva York. Le entregó a Maddox una memoria USB encriptada con información de los movimientos de Marcio.

—Así fue como supo que regresaría y le montó la emboscada —Jace asiente, impresionado—. Tu chica es un pequeño monstruo inteligente, Matt.

—Te dije que no la llames así —gruño, apretando los puños—. El caso es que esa memoria no solo tenía rutas de tráfico. Tenía información clasificada. ¿Verdad, Will?

Will asiente despacio, sus ojos grises brillan con algo parecido al enojo.

—Lo último que hablé con Maddox anoche fue que necesitaba confirmar un nombre.

Quería saber de quién se estaba vengando realmente Marcio Silva.

—Will hace una pausa, y sus ojos fríos me atraviesan de lado a lado.

Lo sabe. El hijo de puta lo sabe—. Marcio la secuestró y la torturó para vengarse de Levi por haber asesinado a su hermano gemelo, Marcus.

La habitación queda sumida en un silencio tenso.

—Pero no fue Levi quien mató a Marcus, ¿verdad, Matthew? —remata Will.

Alzo el mentón y sostengo su mirada, sintiendo el peso de mi propia condena.

Jace suelta una maldición en voz baja y se pasa las manos por el pelo, comprendiendo por fin la magnitud de la catástrofe.

—¿Qué hiciste, Matthew? —susurra Jace, aterrado.

—Levi te ha estado encubriendo todos estos años —sentencia Will, mirándome con puro asco—. Y Maddox acaba de descubrir que pagó en su propia carne… las deudas de sangre que tú dejaste pendientes.