Capítulo 53
Maddox
Creía que no quedaba absolutamente nada en mi pecho capaz de romperse.
Me equivocaba. Adentro solo hay esquirlas.
Fragmentos deformes de una identidad que ya no sé cómo ensamblar, y dudo que alguna vez vuelvan a encajar.
¿Siempre fue así? ¿Siempre fui este maldito rompecabezas que otros arman y desarman a su antojo?
Levi. Máximo. Matthew.
Todos me usaron. Todos y cada uno de ellos. Si lo pienso con frialdad, incluso Lucchese me utilizó para limpiar su propio camino y deshacerse de su tío. No soy más que un arma. Un objeto afilado que mi padre forjó a golpes para empuñarlo cuando necesita demostrar su poder.
No soy nada. No soy nadie.
Cierro los ojos y el aire entra en mis pulmones como si estuviera tragando cristales. Las imágenes de los últimos dos años y medio me atropellan en una ráfaga violenta. Inhalo, exhalo, pero me asfixio. Algo está fallando dentro de mí; un engranaje fundamental acaba de reventar.
Clavo las uñas en mis palmas hasta sacarme sangre, buscando un ancla en el dolor físico, pero es inútil. Por más que intente convencerme de que sostengo las riendas de mi imperio, la realidad acaba de escupirme en la cara.
Nunca tuve elección.
Fui moldeada. Manipulada. Pasada de una mano a otra como si mi vida fuera el daño colateral en los negocios de los hombres que me rodean. Levi decidió quién debía ser. Matthew decidió qué debía ignorar. Máximo decidió qué porción de la verdad merecía conocer.
Y yo… yo solo obedecí.
La rabia me sube por el pecho como fuego líquido.
Es espesa, ardiente, destructiva. Me quema viva por dentro.
Estoy harta de que me mientan. Harta de ser la última en enterarse de mi propia miseria.
Harta de que todos se crean con el derecho a jugar a ser Dios con mi vida solo por llevar el apellido Salvatore.
Abro los ojos de golpe, expulsando el aire en un jadeo áspero.
Me levanto del suelo y avanzo hacia el escritorio. Lleno el vaso de whisky y me lo trago de golpe. Me giro con el vaso vacío en la mano y lo reviento contra la pared de caoba. El cristal estalla en una lluvia de esquirlas, pero el sonido no es suficiente.
Lanzo un grito.
Es un sonido desgarrado, salvaje, que me raspa las cuerdas vocales al salir. Agarro la botella entera del escritorio y la arrojo con toda mi fuerza. El vidrio explota, el líquido ámbar mancha la pared, y el eco retumba en la habitación como un disparo.
Sigue sin ser suficiente.
—Estoy harta —digo, con la voz rota.
Las lágrimas me queman los ojos. Mi pecho sube y baja con violencia, lloro de pura y absoluta furia. Lloro porque quiero arrancar cabezas. Porque quiero destripar a cada cabrón que creyó que podía usarme como un peón en su tablero de ajedrez.
Toda mi vida fui una bomba. Aprendieron a sostenerme entre las manos con cuidado, convencidos de que jamás iba a detonar.
Qué error tan jodidamente estúpido.
Me lanzo contra el escritorio y barro con todo. Vuelan por los aires los expedientes, los libros de cuentas, las plumas estilográficas. Abro los cajones a tirones, arranco los estantes y tiro todo al suelo.
Es irracional. Es infantil. Pero necesito destruir todo este lugar porque me aterra la certeza de que, si me detengo, voy a destruirme a mí misma. Ni siquiera durante las réplicas del trauma tras la tortura sentí un pánico tan abismal.
Ahora, más que nunca, soy inestable. Y voy a arrasar con todo.
Arranco los lienzos abstractos de millones de dólares.
Tomo el maldito cenicero de oro macizo de Levi y lo estrello contra los paneles de madera, dejando una abolladura profunda.
Destrozo su santuario hasta que no queda un solo rincón intacto.
Hasta que el caos a mi alrededor iguala al de mi cabeza.
Entonces, las rodillas me fallan. Caigo al suelo, rodeada de ruinas, y me aferro el cabello con ambas manos. Aprieto los dientes hasta que la mandíbula me cruje, obligándome a tragarme las lágrimas. Si lloro ahora, si me quiebro por completo, no habrá vuelta atrás.
— Mia cara ...
La voz me atraviesa la columna vertebral.
Alzo la vista. Levi está de pie en el umbral. Sus ojos barren el desastre, desconcertados, pero no se detienen en los destrozos. Se clavan en mí. Da un paso lento, calculando el terreno. Lo sabe. Sabe que está frente a un animal acorralado.
—Hija, ¿qué…?
El chasquido metálico de mi arma quitándole el seguro corta sus palabras como una guillotina.
Extiendo el brazo, apuntándole directo al pecho. Levi se congela. Sus labios se presionan en una línea dura y abre las manos a los costados, mostrando las palmas en un gesto de rendición.
—No des un puto paso más —advierto, con la voz reseca y desprovista de emoción—. Porque te juro, Levi, que estoy a un segundo de volarte el corazón.
—Cariño, dime qué ocurrió…
—No me llames así —siseo, poniéndome de pie.
Mi padre parpadea, descolocado. Su mirada desciende hacia la puerta abierta de su caja fuerte y la carpeta esparcida por el suelo. Suelta una maldición inaudible e intenta acortar la distancia, pero al ver cómo afirmo el agarre en la empuñadura de la pistola, se detiene en seco.
—Maddox, baja el arma. Podemos hablar de esto…
—Debimos hablar de esto hace años, ¿no crees? —Alzo la mano izquierda, sosteniendo la carta de mi madre. Los ojos de Levi se clavan en el papel amarillento y su nuez de Adán sube y baja con pesadez—. ¿Cómo eras capaz de mirarme a la cara todos los días y mentirme con tanto descaro?
—Hija…
—Qué pregunta más imbécil acabo de hacer —suelto una risa hueca, desquiciada—. No te conviertes en el Don más temido de Chicago sin ser un experto manipulador, ¿verdad?
—Escúchame…
—Te odio.
La palabra lo golpea físicamente. Sus cejas se juntan y una grieta de pura incredulidad rompe su fachada de mármol. Niega despacio.
—No, Maddox. Escucha…
—Te odio —repito. Avanzo un paso, empujando el cañón del arma en su dirección—. Te detesto más que a nada en este mundo.
—Basta. —Su tono cambia. La indulgencia paternal desaparece, reemplazada por la autoridad del Don—. No tienes ni puta idea de lo que estás hablando. No conoces toda la historia, no sabes…
—¡Se acabó! —estallo—. No hay nada más que saber. Guarda tus mentiras para alguien a quien le importe.
—¡No te estoy mintiendo! —gruñe, perdiendo la compostura—. Joder, Maddox, no es tan simple como lo ves ahí.
—Te odio —murmuro por tercera vez.
Bajo el arma lentamente. Levi no hace ademán de acercarse; me observa como si no reconociera al monstruo que tiene enfrente, o peor, como si estuviera viendo su propio reflejo devolviéndole la mirada.
Le pongo el seguro a la pistola y lo rodeo para salir del despacho.
—Maddox, espera.
Me detengo en el marco de la puerta. Lo miro por encima del hombro con la sangre helada.
—No vuelvas a dirigirme la palabra en tu puta vida —sentencio—. Me repugna hasta tu voz.
◆◆◆
El depósito subterráneo huele a humedad, a concreto y a encierro.
El silencio es tan absoluto que mis propios pasos resuenan como martillazos mientras avanzo por el pasillo de máxima seguridad. Ingreso el código en el panel de la última celda y la pesada puerta de acero se desliza con un siseo.
Enciendo las luces. La blancura clínica de la habitación me obliga a parpadear. Luc Silva está tirado en el suelo, dormido. Sus muñecas y tobillos están apresados por cuatro gruesas cadenas ancladas al suelo.
No lo he visto desde el día que regresamos de Nueva York.
Al principio, mi plan era torturarlo lo justo para arrancarle información, enviarle un par de dedos a su padre como souvenir y obligar a Marcio a salir de su escondite.
Luego, los mataría a los dos juntos, en una agonía lenta de meses. Pero los planes acaban de cambiar.
Estoy a punto de implosionar, y necesito canalizar toda esta furia homicida antes de que me mate a mí. Y no hay mejor saco de boxeo en todo Chicago que el hijo del hombre que me torturó.
Diseñé estas cinco celdas inspirándome en las salas de interrogatorio policiales. Un cristal polarizado me separa de él; yo lo veo todo, él solo ve un espejo negro. Me quedo unos segundos detrás del vidrio, observando cómo su pecho sube y baja. Mi pulso comienza a estabilizarse.
Abro la segunda puerta y entro en la celda.
Luc suelta un quejido áspero, cegado por los fluorescentes, e intenta protegerse el rostro con los brazos hasta que el tirón de las cadenas se lo impide. Me apoyo perezosamente contra el borde del escritorio metálico y tomo el pequeño control remoto negro que había dejado preparado.
—Pero mira quién se digna a visitarme —grazna Luc, con la voz rasposa por la falta de agua. Enarco una ceja y me cruzo de brazos, en silencio—. Ya te extrañaba, preciosa.
Al ver que mi expresión sigue siendo una pared de hielo, suspira y se deja caer de espaldas.
—Si no has venido a ponernos al día…
—Tu padre sigue escondido como una rata —lo corto, observándolo de reojo—. Al parecer, ninguno de sus hijos le importa lo suficiente como para dar la cara.
—Mientes.
—A tu hermano Kevin lo dejamos secar al sol porque Marcio lo abandonó a su suerte —respondo, con una calma letal—. ¿No te sabes el cuento? Le tendimos una emboscada hace dos años. Tu hermano no tuvo tu… suerte.
—Mi hermano es un puto imbécil.
—Era —corrijo con suavidad—. Como sea, Marcio aún no da señales de vida, así que…
—¿Cómo sabes su verdadero nombre?
Pongo los ojos en blanco, aburrida.
—No vine aquí a responder interrogatorios.
Luc se apoya sobre los codos, tensando las cadenas, y me dedica una sonrisa altanera, midiendo mal el terreno.
—¿Y a qué ha venido la princesa de Draghi entonces?
—A descargar un poco de tensión.
Su sonrisa se ensancha.
—¿Conmigo?
Dejo escapar un suspiro de genuina impaciencia.
—De hecho, sí.
Presiono el botón rojo del control.
El zumbido mecánico de los motores ocultos en las paredes y el techo cobra vida. Luc frunce el ceño, confundido, pero antes de que su cerebro procese el ruido, las cuatro cadenas se tensan de golpe. Es arrastrado bruscamente hacia el centro de la celda.
—Para que lo entiendas —hablo despacio, por encima del ruido de los engranajes—, a tu padre le encantaba colgarme del techo con un sistema de poleas un tanto… casero, sí. Esa es la palabra.
—Maddox, ¿qué demonios haces? —gruñe, forcejeando.
Los motores tiran hacia arriba. Sus brazos y piernas se abren en cruz, extendidos al máximo, hasta que su cuerpo entero queda suspendido a diez centímetros del suelo.
—¡Estás jodidamente enferma!
—Así que me pregunté: ¿cómo podríamos modernizar el diseño de Marcio? —Guardo el control en el bolsillo de mi pantalón y acorto la distancia entre nosotros con pasos lentos, como si estuviera paseando por un museo—. Y se me ocurrió esto. Fascinante la ingeniería, ¿verdad?
Él pega un tirón brutal contra el acero. Los eslabones ni siquiera tintinean. La resistencia es cero.
—Es inútil —le advierto, ladeando la cabeza—. No malgastes energía, la vas a necesitar.
—¿De qué puta película de terror saliste, psicópata?
—En realidad, lo leí en un libro —me encojo de hombros—. Me pareció tan poético que pedí que lo replicaran aquí.
Me acerco hasta invadir su espacio. El calor de su cuerpo emana en oleadas, y mi olfato capta el miedo. Levanto la mano y le acaricio la mejilla con los nudillos. Él se estremece y aparta el rostro.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —murmuro. No responde. Su nuez de Adán sube y baja— ¿Te gusta mi cicatriz?
Luc sabe perfectamente de qué estoy hablando. El terror y la furia chocan en sus ojos oscuros.
—No —escupe.
—Bien. Porque voy a tallarte miles a lo largo de todo tu cuerpo.