Traición y Sangre II (Draghi 2) Capítulo 52
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Capítulo 52

Maddox

«Pasaste toda tu puta vida aterrorizada de convertirte en tu padre, pero si sigues así… terminarás siendo el peor enemigo de tu propia familia».

Las palabras de Matthew me taladran el cráneo. Aprieto los párpados con tanta fuerza que veo destellos, pero al cerrarlos, su voz es reemplazada por el eco de Máximo, de la confesión que soltó antes de que su hermano apareciera y arruinara el poco control que me quedaba.

«—Viste la memoria. —No era una pregunta, y yo no tuve cómo negarlo—. Ahora sabes por qué hice lo que hice.

—Eso no cambia una mierda, Máximo. Me traicionaste…

—Y es algo que no puedo deshacer —susurró, clavando sus ojos oscuros en los míos con una intensidad enfermiza—. Pero no miento, Maddox. No te mentí cuando te dije que te quería…»

Abro los ojos de golpe. El vaso de cristal yace destrozado a mis pies. El whisky ámbar se filtra en las fibras de la alfombra de diseñador, extendiéndose como una mancha de sangre.

El aire no me llega a los pulmones. No puedo sacarme de la cabeza las palabras de Máximo, ni todo lo que Will ha desenterrado.

Pero lo que de verdad me está asfixiando, lo que me aprieta la garganta hasta ahogarme, es la certeza de que todos me mienten.

Mi padre. Máximo. Y sería una completa imbécil si creyera que Matthew no guarda sus propios demonios en la oscuridad.

Desde que tengo uso de razón, he sido el arma favorita de Levi Salvatore.

Me moldeó a su imagen y semejanza. Fui exactamente lo que exigieron de mí: primero, la hija perfecta y letal, la extensión de su voluntad; luego, la Regina de Draghi .

Hace dos años lo ansiaba. Después, la tortura enterró esa ambición en un cementerio mental.

Pero regresé, y Levi puso mi mundo patas arriba de la noche a la mañana.

¿Por qué? ¿Por qué el intocable Levi Salvatore cedería su imperio estando en la cima y huiría a Europa?

—Todos los malditos caminos llevan a Levi y a sus mentiras —siseo al vacío de mi apartamento.

Observo los cristales rotos. Estoy exhausta, pero la furia que arde en mis venas es mucho más fuerte. Me odio a mí misma. Odio a Máximo por haberme entregado esa maldita memoria; a Matthew por atreverse a juzgarme; y a mi padre por encima de todos ellos.

Reviso el cargador de mi arma por inercia y, finalmente, saco del fondo de mi escritorio el expediente que ha estado acumulando polvo durante dos años. Abandono la oficina y camino hacia la sala con pasos mecánicos. Tomo mi bolso, las llaves de mi coche y la llave maestra de la mansión Salvatore.

Si esta noche voy a bajar al infierno para enfrentar a mis demonios, me llevaré por delante las mentiras de todos.

Conduzco por las calles desiertas de Chicago como un fantasma en busca de venganza.

Aparco frente a la mansión de mi padre, apago el motor y me quedo unos segundos en silencio.

La casa está a oscuras. Levi no ha regresado, y es mejor así.

Porque planeo destripar este lugar hasta encontrar lo que busco.

¿Y qué es lo que busco? La maldita verdad.

Al cruzar el umbral y encender las luces del vestíbulo, el peso del lugar me cae encima. Han pasado apenas dos meses desde que me mudé a mi propio apartamento, pero se sienten como décadas. Me detengo a observar el mármol frío, las molduras perfectas.

¿Alguna vez fue este mi hogar? ¿O me lavé el cerebro para creerlo solo porque era el territorio de Levi? ¿Esta es la vida que elegí, o la prisión que diseñaron para mí sin darme opciones?

Cada vez que pienso en cómo mi padre me ha usado, el estómago se me revuelve de asco. Pero la parte más jodida de todo esto es que, por más que lo intente, jamás podré odiarlo. Levi es mi padre. Su manera de amar es retorcida, tóxica y destructiva, pero sé que me ama. Igual que yo lo amo a él.

De la misma forma enfermiza en la que quise a Máximo.

Desearía tener una forma más pura de querer a Matthew. Desearía ser alguien normal. Pero no lo soy. ¿Por qué me aterra tanto mostrarle el monstruo que soy? Él jamás ha insinuado que le asuste mi oscuridad, pero el pánico me paraliza igual.

Fue Máximo quien no soportó mirarme a los ojos después del cautiverio. Luego comprendí por qué: no podía tolerar ver las cicatrices de las que él mismo era culpable.

«No te mentí cuando te dije que te quería…»

Lo detesto. Necesito odiarlo con cada fibra de mi ser, porque no puedo quererlos a los dos. Aunque, si siguiera las reglas de mi padre, no debería sentir absolutamente nada por nadie.

«No viniste a este mundo a perder el tiempo con banalidades como el amor. Esa mierda no existe, Maddox. Viniste a ser una reina. A gobernar desde las sombras. Eres mi legado, y en el legado no hay espacio para la debilidad».

Niego con la cabeza, apartando la voz de Levi de mi mente, y avanzo a zancadas hasta su despacho privado.

Me detengo frente al panel del sistema de seguridad y tecleo la contraseña habitual.

Luz roja. Acceso denegado.

Todos mis sentidos se ponen en alerta. El pulso se me acelera. ¿Por qué cambiaría la combinación justo ahora? La anterior era mi fecha de cumpleaños; una estupidez predecible, pero Levi me había enseñado a encriptarla invirtiendo los números e intercalando símbolos.

Había funcionado durante años. Ahora no.

Descarto su propio cumpleaños al instante, el sistema solo me permite dos intentos.

Levi lo programó así, creyendo que hasta él podía equivocarse al teclear una vez, pero al segundo error, la casa entera entraría en bloqueo total, sellando puertas y ventanas.

Ni siquiera yo podría burlar ese protocolo.

Cierro los ojos, lleno mis pulmones de aire y apuesto por la única opción irracional que queda.

Introduzco la fecha de cumpleaños de mi madre.

El panel parpadea y la luz cambia a verde. El pestillo cede con un chasquido.

—Qué demonios… —murmuro, perpleja.

No tengo tiempo para analizar la obsesión que Levi sigue teniendo con Nora. Hay cosas más urgentes. Necesito saber a quién está encubriendo el gran Levi Salvatore.

Entro al despacho y voy directo al minibar de roble. Saco una botella de whisky sin mirar la etiqueta, tomo un vaso y dejo ambas cosas sobre el escritorio antes de desplomarme en su silla de terciopelo. Saco el expediente de mi bolso y lo arrojo sobre la mesa.

Me sirvo tres dedos de alcohol y me los bebo de un solo trago, dejando que el ardor me anestesie la garganta. Vuelvo a llenar el vaso y abro la carpeta.

Nunca esperé encontrar la gran cosa aquí.

Tal vez por eso la ignoré dos años. Eso, y el terror a lo que pudiera descubrir.

Si hubiera secretos reales en estas páginas, Levi habría movido cielo y tierra para recuperarlas.

Paso las hojas con avidez. Documentos confidenciales.

Fotografías de Jacob y Milenka Hardaway de jóvenes.

La madre de Matthew luce distinta a como la recuerdo; en las fotos tiene una mirada gélida, sanguinaria. Acorde a su reputación.

Llego a los informes del accidente. Para mi sorpresa, los peritajes y las fotografías de la morgue confirman que fue, en efecto, un accidente de coche.

El corazón me da un vuelco al encontrar una fotografía de Matthew.

Apenas había cumplido la mayoría de edad.

Está saliendo del hospital, con el rostro magullado y la mirada vacía.

Ni un solo rastro de Máximo. Llego al final del expediente.

Suelto un bufido cargado de frustración, cierro los ojos y le doy otro trago al whisky.

Pero al volver a mirar la última página, algo no encaja.

Leo el párrafo del reporte policial y noto que faltan hojas. La última oración se corta a la mitad.

Mi mente hace un clic instantáneo. Busco una horquilla en mi cabello por puro instinto, pero me detengo con la mano en el aire. Levi Salvatore jamás dejaría la pieza clave de un rompecabezas en un cajón que cualquier novato podría forzar.

Levanto la vista. Mis ojos se clavan en la caja fuerte empotrada en la pared.

No sé la clave, pero no me importa. Usamos el mismo algoritmo mental desde que me enseñó a disparar. Tomo un plumón del escritorio y arranco una hoja en blanco. Escribo el nombre completo de mi madre en mayúsculas: NORA BEATRIZ MÜLLER.

Fuerzo mi memoria. Levi siempre la llama por su segundo nombre. Si cruzo la fecha de nacimiento de ella con la escala alfanumérica de ese nombre…

Hago el cálculo y me pongo de pie. Me acerco a la caja de acero, marco la secuencia de doce dígitos y contengo la respiración. El pesado mecanismo cede con un ruido sordo y la puerta se abre.

El interior está repleto de lo habitual: fajos de billetes, armas de repuesto, maletines plateados con códigos propios. Pero en el estante inferior hay una carpeta solitaria, color madera.

Extiendo la mano y, por primera vez en toda la noche, noto que estoy temblando, la saco a la luz. El nombre impreso en la etiqueta me hiela la sangre:

MATTHEW HARDAWAY

La abro y, a medida que mis ojos devoran los párrafos clasificados, el corazón empieza a golpearme las costillas con tanta violencia que me duele el pecho. No necesito leer cada maldita página para entender que tengo en mis manos la verdadera historia de Matthew.

Él fue el único sobreviviente del accidente que mató a sus padres. Eso era verdad. Pero la historia no terminaba ahí. El choque no fue un error mecánico. Fue provocado. ¿El autor? Marcus Silva. El hermano gemelo de Marcio.

En aquel entonces, la organización enemiga se llamaba Onyx , y Marcio operaba bajo el alias de Pietro.

Eran los mayores rivales de Draghi . Levi infiltró a Jacob Hardaway en sus filas, pero Marcus lo descubrió y cobró venganza reventando su auto.

Asesinó a los Hardaway pero, por error, dejó vivo a Matthew.

Y Matthew se cobró esa deuda con sangre. Él fue quien mató a Marcus Silva.

Las páginas documentan su tiempo en una prisión de máxima seguridad, evidenciado por fotos de ingreso.

Y está asquerosamente claro quién movió los hilos y el dinero para sacarlo de ahí antes de tiempo: Levi Salvatore.

Mi padre lo salvó, pero al costo de convertirlo en su letal mano derecha.

¿Podría ser posible que mi padre hubiera obligado a un joven de diecisiete años a asesinar a sangre fría?

Levi Salvatore es un monstruo. Pero no sabía hasta cuanto podía serlo.

Retrocedo un paso, chocando contra el filo del escritorio. La información me golpea con fuerza. Parpadeo, pero la visión se me nubla, presa del pánico. Frente a mí, en tinta negra, está la respuesta a la pregunta que me ha torturado cada maldita noche desde mi secuestro.

¿Por qué Marcio Silva se ensañó conmigo? ¿De quién se estaba vengando?

Se estaba vengando por el asesinato de su hermano gemelo. Pero no fui yo quien lo mató. Tampoco fue Levi.

Fue Matthew.

Marcio me secuestró para destruir al hombre que asesinó a su hermano. Fui una víctima colateral en una guerra que no era mía. Sufrí el infierno por los pecados de Matthew Hardaway.

La náusea me dobla por la mitad. Todo ha sido una gigantesca y enfermiza mentira.

Mientras asimilo que el hombre con el que me acuesto es la razón de mis pesadillas, una hoja suelta resbala del interior de la carpeta y cae al suelo.

Es un papel amarillento, doblado por la mitad.

Me dejo caer de rodillas, con las piernas incapaces de sostenerme.

Dejo la carpeta a un lado y tomo el papel con dedos que no parecen míos.

En el reverso hay una fecha escrita a mano. Es de unos meses después de mi nacimiento. Justo al lado, está mi nombre. El terror me paraliza al darme cuenta de algo: no reconozco la caligrafía. No es la de Levi.

Desdoblo el papel, leo el contenido, y el último pilar que sostenía mi cordura se derrumba por completo.