Capítulo 51 #2
No me está mirando a mí. Sus ojos están clavados en Máximo. Frunzo el ceño con desconcierto. Máximo baja el arma con lentitud. Antes de apartarse por completo, levanta la mano libre y acaricia la mejilla de Maddox. Ella aparta el rostro con una mueca de asco, pero no lo ataca.
Mi hermano chasquea la lengua, divertido, y finalmente se gira hacia mí.
Está distinto. La mirada más salvaje, el cabello revuelto y más largo en la parte superior, rapado a los costados. Lleva más cicatrices de las que recuerdo.
—Ya decía yo que habías tardado demasiado en salir a defender a tu reina…
—¿Qué demonios haces en mi casa?
—Vine a verte. —Su sonrisa cínica se desvanece, reemplazada por una dureza letal—. Tenemos cosas que discutir.
—Tú y yo no tenemos nada de qué hablar. —Avanzo hasta que el cañón de mi Glock roza su frente. No retrocede.
—¿De verdad? ¿Cuánto tiempo tardaste en metértela en la cama desde que me fui…?
Mi puño impacta contra su mandíbula antes de que mi cerebro procese la orden. El golpe seco lo hace tambalearse, pero no le doy tregua. Lo agarro del cuello de la camiseta, estampándolo contra el ventanal, y le encajo la pistola en la nuez.
—Matthew. —La voz de Maddox suena alterada, fuera de lugar—. Espera.
—Este hijo de puta se merece mucho más que un golpe, se merece…
—Ya, ya lo capté, hermanito —gruñe Máximo, escupiendo un hilo de sangre y rodando los ojos—. Pero no vine a pelear. Necesitamos hablar.
—Te dije que te largaras.
—Y a mí me parece que tienes demasiados secretos guardados —susurra, retándome—. Demasiadas mentiras sobre nuestra familia.
—Te voy a matar.
—¡Basta!
Giro el rostro. Maddox ha avanzado hacia nosotros. Leo sus ojos de inmediato: me está ordenando que lo suelte. ¿Qué puta locura es esta? Hace unos meses, ella misma habría vaciado el cargador en el pecho de Máximo por habernos traicionado. ¿Y ahora me pide que lo deje ir?
—No estoy aquí para iniciar una guerra. —Máximo alterna su mirada entre ella y yo—. Además, ya dejé claro que puedo ser de fiar, ¿o me equivoco, princesa?
La pistola tiembla en mi mano contra su garganta.
—¿De qué mierda estás hablando?
La sonrisa cínica regresa a su rostro.
—Princesa, ¿quién es el que oculta cosas ahora?
—Cállate —le advierte ella, con la mandíbula apretada—. Suéltalo, Matthew. Que se largue.
Máximo me guiña un ojo. El asco me inunda. Lo empujo con violencia, obligándolo a trastabillar hacia atrás. Se recupera, se sacude la chaqueta, y le dedica una última mirada a Maddox antes de caminar hacia la puerta.
—Tenemos una conversación pendiente. Ambos —me advierte.
La puerta se cierra a sus espaldas.
Bajo el arma, exhalando el aire que no sabía que estaba reteniendo. El silencio de la sala es asfixiante. Me giro hacia Maddox, buscando una explicación, pero ella ni siquiera es capaz de sostenerme la mirada y siento que el suelo desaparece bajo mis pies.
No.
Joder, no.
—Maddox…
Ella me da la espalda y camina a paso rápido hacia el pasillo de las habitaciones. La furia y el pánico estallan en mi sangre.
—¡Maddox! —bramo. Sé cuánto detesta que le griten, pero me importa una mierda—. ¡Maddox, detente!
La sigo hasta el baño. La encuentro con las manos bajo el grifo, arrojándose agua helada a la cara. Cierra la llave con fuerza y toma una toalla.
—¡Deja de gritar! —me espeta—. Te escuché la primera vez.
—¿De qué demonios hablaba mi hermano? ¿Qué está pasando a mis espaldas? ¡Nadie en esta maldita ciudad quería verlo muerto más que tú, y ahora resulta que le perdonas la vida en mi propia sala!
—Lo sé, Matthew. Lo sé —escupe, apoyando las manos en el mármol negro del lavabo. Cierra los ojos con fuerza—. Pero hoy no estaba de humor para limpiar cadáveres de tu piso, así que…
Niego con la cabeza. La mentira es tan barata que me ofende.
—Dime que ustedes no…
Ella abre los ojos de golpe y me lanza una mirada que destila puro asco.
—¿Eso es lo que crees? ¿Que me acosté con tu hermano? —suelta una risa amarga y hueca—. ¿Qué demonios te pasa en la cabeza?
—¿Y me culpas por pensarlo? —Invado su espacio personal—. Entra a mi casa, te pone un arma en el cuello y, en lugar de matarlo, lo defiendes. Y luego suelta esa estupidez. ¡Joder, Maddox! Estoy furioso. ¿Te parece tan descabellado?
Se cruza de brazos, irguiéndose para no perder terreno.
—Podrías tener un gramo de confianza en mí.
—¿Confianza? —Río sin gracia—. ¿Debo recordarte sus palabras exactas? ¿Cómo es eso de que demostró ser de fiar? Explícamelo.
Ella traga saliva y desvía la vista hacia las baldosas. La paciencia se me evapora. Levanto la mano, sujeto su barbilla con firmeza y la obligo a mirarme.
—Dímelo.
—Me entregó la ubicación de Marcio en Harrisburg —confiesa por fin, en un susurro áspero.
El golpe me deja sin aire. La suelto de inmediato, retrocediendo un paso como si me hubiera quemado.
—Me buscó en mi despacho del club y…
—¿Cuándo? —La corto, con la voz rota—. ¿Cuándo sucedió esto, Maddox?
—Tres días antes de nuestra misión.
—¡Mierda! —Hundo las manos en mi cabello, tirando de las raíces. Fue la misma noche que no regresó a dormir—. Joder, Maddox, ¿en ningún momento se te cruzó por la puta cabeza decírmelo?
—¿Y de qué habría servido? ¿Te lo habrías tomado con calma?
—¡Por supuesto que no! —Dejo caer los brazos, mirándola como si fuera una extraña—. Maddox, mi hermano nos apuñaló por la espalda. Nos entregó. Y tú pactas con él a escondidas…
—Lo sé, Matthew, ¿crees que soy idiota? —da un paso amenazante hacia mí, con los ojos inyectados en pura obsesión—.
Nadie sabe mejor que yo la basura que es Máximo.
Pero el nombre de Marcio Silva encabeza mi lista de venganza.
Puedo posponer la ejecución de un traidor si eso me da la cabeza del monstruo que me torturó.
El silencio se traga mis palabras. La miro, y por primera vez en mucho tiempo, veo a la verdadera Maddox. No a la mujer de la que estoy enamorado. Veo a la líder de Draghi . Fría. Implacable. Sociópata.
—Es increíble —susurro, retrocediendo hacia la puerta—. ¿Así van a ser las cosas a partir de ahora?
Frunce el ceño.
—¿De qué hablas?
—De planear misiones suicidas a mis espaldas. De aliarte con el enemigo mientras yo te cubro ciego…
—Por Dios, Matthew, supera tus malditos celos…
—¡No se trata de celos! —estallo—. Se trata de que, por encima de todo, soy tu consigliere . Pensé que éramos un maldito equipo. Yo te mantengo viva, tú confías en mí. Así funciona esto.
Ella niega, endureciendo el rostro.
—Estás hablando desde el ego herido.
—¿Ah, sí? ¿Qué crees que pensarían Jace, Marco o Pablo si se enteraran de que pactaste con el cabrón que casi nos mata a todos? —La acorralo de nuevo, pero ella ni siquiera parpadea—. Mierda, Maddox. ¿Qué crees que pensaría Levi de esto?
—Me importa una mierda lo que piense Levi, y lo que piensen ellos.
Mis labios se separan, pero ningún sonido sale de mi boca.
Lo que realmente me aterra no es lo que hizo, sino la convicción absoluta en su tono. No hay una gota de arrepentimiento. Maddox no está mintiendo. No le importa nada ni nadie. Con tal de conseguir su venganza, es capaz de llevarse a todo el mundo por delante.
A mí incluido.
Peor aún: es capaz de desangrar a Draghi y a sus propios hombres solo para saciar su sed de sangre. Levi le entregó un imperio construido con sudor y honor, y se lo dio a una bomba de tiempo dispuesta a detonarlo todo por puro egoísmo.
Darme cuenta de esto es un balde de ácido en mi estómago.
Me acerco hasta invadir su espacio, bajando la voz a un susurro gélido.
—Esos hombres morirían por ti, Maddox. Les debes lealtad. Les debes honestidad. —La señalo, mirándola a los ojos con la decepción quemándome el pecho—. Pasaste toda tu puta vida aterrorizada de convertirte en tu padre, pero si sigues así… terminarás siendo el peor enemigo de tu propia familia.
Su mandíbula se tensa al máximo.
—No tienes ni puta idea de lo que estás hablando —sisea, con un desprecio cortante—. Me iré a mi departamento. Esto fue un jodido error.
Pasa por mi lado, golpeando mi hombro. Ni siquiera intento detenerla.
Escucho el portazo principal resonar en el departamento vacío. Y mientras me quedo solo en la penumbra del baño, sé con absoluta certeza que algo vital entre nosotros acaba de fracturarse de forma irreversible.