Traición y Sangre II (Draghi 2) Capítulo 51
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Capítulo 51

Matthew

Cierro la libreta de cuero de golpe cuando la pantalla de mi móvil se ilumina sobre el colchón. La notificación del sistema de seguridad indica que alguien ha cruzado el perímetro y está abriendo la puerta principal de mi departamento. Son las dos de la mañana

Silencio la alarma, me reincorporo contra el respaldo de la cama y fijo la vista en el pasillo. La puerta de mi habitación se abre con un leve crujido. Apenas iluminada por la lámpara de noche, aparece una cabellera oscura y un par de ojos verdes que barren la habitación antes de clavarse en mí.

Maddox detiene sus pasos, sorprendida, y presiona los labios en una sonrisa cargada de culpa. Es evidente que esperaba encontrarme dormido.

Me acomodo las gafas de lectura y la observo en silencio.

Mi torso está al descubierto, y noto cómo su mirada desciende por mi pecho y mi abdomen con una intensidad voraz, sin molestarse en disimular.

Esa es una de las cosas que me vuelven loco de ella: es visceral, impulsiva, y le importa una mierda si alguien nota lo que desea.

De hecho, no hay absolutamente nada que no me guste de Maddox Salvatore.

Y es precisamente por eso que el tiempo se me acaba. Necesito soltar la verdad, poner las cartas sobre la mesa y asegurarme de que, cuando todo este castillo de mentiras se derrumbe, ella decida quedarse a mi lado.

Maddox se muerde el labio inferior y mi polla reacciona al instante, tensándose bajo la tela.

—Creí que estarías dormido —murmura, avanzando con lentitud hasta el borde de la cama—. Siento llegar a esta hora. Hubo un altercado en el club.

Me muevo para hacerle sitio y las sábanas resbalan hasta mi cadera. La mirada de Maddox se desvía hacia mi entrepierna endurecida, y una sonrisa ladeada asoma en su rostro.

—¿Qué ocurrió? ¿Por qué no me llamaste?

—Tranquilo, consigliere —ronronea, soltando una risa baja.

Lleva las manos al dobladillo de su camiseta negra y se la quita de un tirón.

Mi cerebro sufre un cortocircuito al ver su abdomen esculpido y el contraste de su piel con ese sujetador rojo de encaje que me desquicia.

Me aclaro la garganta, intentando mantener la cordura mientras ella se deshace del cinturón y los pantalones.

Mierda. Si sigue desnudándose con esa parsimonia, no voy a ser capaz de articular dos palabras seguidas.

—Maddox…

—Tom Jackson estaba montando un numerito en la pista —explica, como si hablara del clima.

Frunzo el ceño. Jamás habíamos tenido problemas con los Jackson. Tom era el perro faldero de Levi, encargado de mantener a las pandillas de los barrios bajos a raya sin ensuciar la alfombra.

—Jace me avisó y tuve que ir a solucionarlo. Por eso tardé. Lo siento.

—Está bien. Pero, ¿qué sucedió exactamente?

Maddox ignora mi pregunta, toma la camisa negra que dejé a los pies de la cama y se la pone. Observo cómo abotona la tela con lentitud, encogiéndose de hombros.

—Digamos que tuve que recordarle cuál es su puto lugar.

—Maddox. —Abro los ojos de par en par—. Dime que no lo asesinaste.

Me dedica una mirada de absoluto hastío.

La camisa le llega justo a la mitad de los muslos, bloqueándome la vista de su trasero, pero verla envuelta en mi ropa es un nivel de provocación que me dispara el pulso.

De pronto, desliza las manos por debajo de la tela, desabrocha su sujetador rojo y lo tira al suelo.

Suelto un gemido ahogado y ella se ríe.

—No lo maté a él —concede, gateando por el colchón hasta posicionarse sobre mí.

Apoya las manos y las rodillas a mis costados, encerrándome, pero sin rozarme.

Una tortura calculada. Agradezco la distancia; de lo contrario, la follaría hasta hacerla olvidar su propio nombre, y necesitamos hablar—. A uno de sus hombres sí.

Suelto una carcajada incrédula.

— Tesoro …

—Estaba acosando a una chica —hace un mohín que me obliga a alzar la mano y acariciar su labio inferior con el pulgar—. Pero el verdadero problema de Jackson es que estaba histérico porque Levi no emitió un comunicado oficial anunciando mi ascenso en Draghi .

¿Un comunicado? Es la estupidez más grande que he escuchado.

—No eres la presidenta del país. ¿Qué esperaba? ¿Una maldita ceremonia de coronación? —Maddox baja la vista, y algo en su expresión me pone en alerta—. ¿Qué más ocurrió, amor?

—Que, gracias a la paciencia de Jace, no le metí una bala entre los ojos a Tom. —Suelta un suspiro pesado y vuelve a mirarme—. Me sirvió vivo. Lo interrogué para saber quiénes más lo respaldan.

—¿A qué te refieres?

—Al parecer, varias familias de la vieja guardia no creen que esté capacitada para liderar Draghi .

—Son un puñado de imbéciles. Estás más calificada que cualquiera de esos dinosaurios.

—Pero soy mujer —me interrumpe, tajante. Me muerdo el interior de la mejilla—. No soportan que sea yo quien mueva los hilos, Matthew.

—No es tu problema, tesoro . Es el de ellos. Tendrán que tragar sangre y aceptarlo.

—Lo sé. Por eso dejé ir a Jackson. Le ordené que transmitiera mi mensaje: si a alguien le molesta que yo sea la jefa, puede rebelarse y enfrentarse a mí. Pero al primer rumor de traición que llegue a mis oídos, Jackson pagará con la cabeza de su hijo.

Acaricio su mejilla, sintiendo una oleada de orgullo posesivo.

—No creo que sean tan suicidas.

Ella se encoge un hombro.

—El problema es que creen que hay un candidato mucho mejor. —Frunzo el ceño, perdido—. Todos asumían que tú reemplazarías a Levi.

El absurdo de la situación me arranca una risotada seca. Niego con la cabeza, pero la expresión de Maddox permanece impasible. Mi sonrisa se borra. Subo ambas manos a su rostro, acunando su mandíbula para obligarla a mirarme.

—No me interesa Draghi . Lo sabes perfectamente.

—Sí, pero…

—No hay peros, Maddox. Mi apellido es Hardaway. Tú eres una Salvatore.

—Eres la mano derecha de Levi, Matthew…

—Era —corrijo.

—Lo sé. Pero eres letal, respetado…

—Basta. —Tiro de ella hacia abajo, acortando la distancia—. No quiero ese trono. Lo único que me interesa de este maldito mundo es estar a tu lado. O debajo de ti. Jamás por encima. —Maddox enarca una ceja, dudando—. Lo digo en serio.

—Lo sé —murmura, aunque la inseguridad sigue flotando en sus ojos verdes—. Solo que… no es fácil lidiar con que me comparen constantemente con mi propio consigliere .

Exhalo lentamente.

—Me encantaría arrancarte esa inseguridad de la cabeza —susurro, rozando su nariz con la mía hasta arrancarle una media sonrisa—. Además, si mi abuelo se entera de que aspiro a liderar a los italianos…

—Desataríamos una guerra con la Bratva. Y es lo último que necesito.

—Exacto. —Me encojo de hombros—. ¿Te imaginas al nieto del Don de la mafia rusa coronándose en Chicago? Ser consigliere ya es caminar sobre hielo fino, pero puedo manejarlo. Además…

—¿Además qué? —insiste.

—Él piensa que estoy muerto —le recuerdo, con la voz ensombrecida—. Fue idea de mi madre. Y debe seguir así.

Maddox asiente, pensativa.

—Lo mencionaste.

Deslizo mis nudillos por su cuello.

—¿Estás muy cansada?

Al instante, su postura cambia. La vulnerabilidad desaparece, devorada por una sonrisa traviesa. Se muerde el labio y retrocede despacio.

—Depende para qué…

—Maddox. —Niego con la cabeza, luchando contra la gravedad de su magnetismo—. Prometiste que hablaríamos en serio.

—Lo sé, pero… —Sus manos bajan hasta mis caderas, arrastrando las sábanas con ella. El aire frío de la madrugada golpea mi piel expuesta, pero cuando sus uñas se clavan en la cinturilla de mi ropa interior, el calor regresa de golpe—. ¿De verdad tenemos que hablar justo ahora?

— Tesoro … —jadeo.

La advertencia muere en mi garganta porque no hago absolutamente nada para detenerla. Maddox tira de la tela con una lentitud desquiciante, clavando sus ojos oscurecidos en mi polla endurecida al liberarla.

—Maddox, espera…

—¿Es tan necesario ponerle una maldita etiqueta a lo que estamos haciendo? —murmura.

Sus dedos finos envuelven mi erección y dejo caer la cabeza hacia atrás al sentir el calor de su piel.

—No se trata solo de eso —logro articular, con la respiración entrecortada—. Tengo que contarte…

—Mañana.

Abro los ojos. Está inclinada sobre mí, con los labios a milímetros de mi piel. Soy un puto cobarde. El peor de los bastardos por permitir que me toque sin antes decirle la verdad, pero el terror de que me repudie cuando lo sepa me paraliza.

Y voy a exprimir hasta el último segundo de esta mentira.

Enredo mis dedos en su cabello negro, apretando con fuerza, y empujo su cabeza hacia abajo.

◆◆◆

El sonido de un cristal haciéndose añicos me trae a la realidad, el impacto me arranca del sueño de golpe.

Abro los ojos en la penumbra. El lado izquierdo de la cama está vacío y frío.

Parpadeo, intentando enfocar. En algún momento de la madrugada nos quedamos dormidos, abrazados, pero ahora no hay rastro de ella.

Y ese ruido no fue el viento.

El instinto asesino patea mi sistema nervioso.

Salto de la cama, me enfundo unos pantalones deportivos a oscuras y saco la Glock de debajo del colchón.

Compruebo el cargador por inercia y avanzo hacia la sala principal.

No hay tiempo para el sigilo. Si alguien entró a mi apartamento, y Maddox está ahí fuera…

Me congelo en seco al cruzar el umbral del pasillo. La luz de la luna baña el salón a través del ventanal inmenso, iluminando la peor escena posible. Mi hermano tiene a Maddox acorralada contra la pared. Y le está clavando el cañón de una pistola directamente en la yugular.

El corazón me golpea las costillas con la fuerza de un martillo. Alzo el brazo, apuntando a su cabeza, y quito el seguro de mi Glock. El chasquido metálico resuena como un trueno en el silencio de la sala.

—Suéltala. Ahora. —Mi voz es hielo puro.

Los ojos de Maddox buscan los míos. Por un segundo, creo ver miedo en ellos, pero hay algo más. Algo indescifrable que me retuerce las entrañas. Doy un paso al frente.

—Máximo. Si no la sueltas te vuelo la puta cabeza.

—No dispares.

La voz de Maddox me paraliza.