Traición y Sangre II (Draghi 2) Capítulo 50
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Capítulo 50

Maddox

En cuanto bajo del coche, veo a Jace apoyado contra la pared de ladrillos expuestos del callejón. Le da una última calada a su cigarrillo antes de arrojarlo al asfalto y aplastarlo con la suela de su bota. Sus labios formulan una maldición silenciosa.

—¿Qué demonios sucede? —pregunto, acortando la distancia.

—¿Dónde está tu padre?

Lo escudriño de arriba abajo.

—En Europa. —Me cruzo de brazos, inamovible—. ¿Por qué me llamas a mí si lo que quieres es hablar con él?

Jace suelta un bufido de frustración y me toma del brazo, tirando de mí hacia la entrada trasera del club.

—No sé qué te dijo Levi cuando te cedió Draghi …

—Sé lo suficiente, Jace.

—¿Sabes quiénes son los Jackson?

Desvío la vista un segundo, buscando en mi archivo mental.

Tom Jackson. Maneja un par de pandillas de los barrios bajos. Son subordinados directos de Draghi y, hasta donde tengo entendido, jamás han cruzado la línea. Son perros callejeros ruidosos, sí, pero nunca causan problemas en el centro de la ciudad. Y mucho menos en mi club.

—Sí. ¿Qué ocurre con ellos?

—Que Tom está furioso porque, al parecer, nadie le envió una puta tarjeta de invitación informándole que Levi se retiraba.

Ruedo los ojos. Diría que me sorprende, pero es exactamente la reacción prehistórica que esperaba de la vieja guardia de Chicago.

—Nadie le debe explicaciones a un matón de poca monta —sentencio—. Además, eso se resuelve con cinco minutos en mi despacho…

—Sí, bueno, el problema es que está causando disturbios en la pista. Ahora mismo.

Mi expresión se endurece. Llevo la mano derecha bajo mi chaqueta, rozando el agarre frío de mi Mossberg. Jace sigue el movimiento y niega con la cabeza, alarmado.

—Sabes que no puedes ir por ahí ejecutando a todo el que te irrite, ¿cierto?

—Claro que puedo. Pensé que esa parte había quedado clara.

Me zafo de su agarre y empujo las puertas dobles, adentrándome en el club.

El ambiente es denso, cargado de música electrónica y luces estroboscópicas, pero en el centro de la pista hay un círculo perfecto de personas apartadas; en el medio, Tom Jackson fanfarronea rodeado por un puñado de sus hombres.

Escaneo el perímetro. La mayoría de mis clientes habituales los miran con abierto desprecio, pero hay un grupo de chicas cerca de la barra que están temblando.

Jackson vocifera estupideces que ni siquiera me molesto en escuchar. Agita un vaso de whisky en el aire, creyéndose el dueño del mundo. Entiendo por qué Levi decía que este tipo era un mal necesario: es un cabrón insoportable, pero mantenía los barrios bajos a raya.

Veremos si me sigue siendo útil.

—¿Por qué nadie le ha volado la cabeza todavía? —murmuro por encima del hombro.

—Porque a menos que la jefa dé la orden, el club es zona neutral —me recuerda en voz baja—. Maddox, no inicies una puta guerra.

Ignoro su advertencia. Desenfundó mi arma, apunto al techo y aprieto el gatillo.

El estruendo silencia la música de golpe.

Los gritos mueren en las gargantas de los presentes y el silencio cae sobre el club.

Bajo el arma, dejándola pegada a mi muslo, y avanzo mientras la multitud se abre a mi paso.

Jackson se gira hacia mí. Me recorre de pies a cabeza con la mirada, y cuando sus ojos se detienen en mi cicatriz, su sonrisa burlona titubea un segundo antes de ensancharse.

—Maddox Salvatore en persona —fanfarronea, dando un paso al frente—. La última vez que te vi tenías… ¿qué? ¿Diez años?

—Trece —lo corrijo—. Y más te vale tener una excusa brillante para espantar a mi clientela.

Tom chasquea la lengua, negando con condescendencia.

—Este es el club de Levi…

—Es el club de Draghi . —Acorto la distancia hasta quedar a escasos dos metros.

La iluminación es pésima, pero me basta para verle los poros abiertos, el traje de mal gusto y la prepotencia en sus ojos oscuros.

Por suerte para él, hoy no llevo tacones, así que casi estamos a la misma altura—. Y Draghi es mío.

—¿Y eso quién lo dice, preciosa?

—Mi maldito apellido. —Enarbolo una ceja, retándolo a contradecirme—. ¿Algún problema con eso?

—Tu padre no me comunicó ningún cambio de mando.

—No creí que un lacayo necesitara un comunicado oficial. —Le dedico una sonrisa letal que le borra la arrogancia de un plumazo—. No es nada que no podamos discutir arriba. Así que, si me acompañas…

—No —gruñe, plantando los pies en el suelo—. Quiero hablar con tu padre.

—Levi está fuera del país.

—Entonces lo esperaré aquí.

Cierro los ojos un segundo.

Sé que mi padre me echaría un sermón de tres horas si asesino a uno de sus perros guardianes en medio del club, pero si este imbécil me sigue subestimando, voy a vaciarle el cargador en el pecho.

Siempre supe que esto pasaría, conozco las entrañas de este mundo, que Levi no me haya vendido en matrimonio a otro capo no significa que nuestra sociedad haya evolucionado; simplemente me entrenó para ser el monstruo más grande de la habitación. Pero dinosaurios como Jackson jamás lo entenderían.

Él me sostiene la mirada con una sonrisa arrogante, pero entonces, por el rabillo del ojo, capto un forcejeo.

A un costado del círculo, uno de los matones de Jackson tiene acorralada a una chica.

Es morena, lleva un vestido de lentejuelas doradas y está intentando zafarse.

El tipo la sujeta por ambas muñecas, pegándola a su cuerpo contra su voluntad.

El pánico en los ojos de ella me revuelve el estómago.

Ladeo la cabeza y fijo la vista en el dorso de la mano del matón. Una flor de loto. El emblema de los Jackson. Regreso mi atención a Tom.

—Diles a tus hombres que se comporten —ordeno, bajando el tono de voz a una advertencia.

Tom frunce el ceño, sigue mi mirada y suelta una risotada seca.

—¿Lo ves? Por esto es una pésima idea dejar a una mujer al mando. —Da un paso hacia mí, pero se detiene—. Demasiado emocionales. Solo queremos divertirnos un rato…

—Jackson —lo corto, arrastrando las sílabas—. Dile a tu perro que la suelte. Ahora.

—Mis hombres harán lo que se les dé la puta gana hasta que tu padre aparezca…

—Mi padre no está. La jefa soy yo.

Se ríe. Una carcajada sonora y rasposa que rebota en las paredes del club. Detrás de mí, siento a Jace tensarse. Él sabe exactamente lo que está a punto de pasar.

—No me hagas reír, niña.

Otra vez el forcejeo en mi periferia.

—Jackson —advierto.

—Quiero hablar con el hombre a cargo…

Ni siquiera lo dejo terminar la frase, alzo el brazo, apunto al matón de la flor de loto y aprieto el gatillo. El disparo le revienta la frente. La sangre salpica la barra de licores mientras el cuerpo inerte se desploma como un saco de plomo.

La chica suelta un grito desgarrador y corre a refugiarse con sus amigas. En una fracción de segundo, los cuatro hombres restantes de Jackson desenfundan y me apuntan a la cabeza.

Pero Jackson calculó mal. El sonido sincronizado de decenas de armas cortando cartucho inunda el local. Los hombres de seguridad, los barmanes e incluso un par de clientes habituales apuntan directamente al pecho de Tom y su equipo.

—Yo soy el maldito hombre a cargo.

Jackson palidece. Traga saliva con tanta fuerza que veo su nuez subir y bajar.

Abre las palmas a los costados, indicándoles a sus hombres que bajen las armas.

Doy un paso al frente hasta invadir su espacio personal.

Apoyo el cañón humeante de mi Mossberg justo en la base de su garganta, presionando hasta que lo obligo a alzar la barbilla.

—Este es mi club —siseo—. Aquí adentro, cada persona mataría y moriría por mí. No vuelvas a confundirte, Jackson.

—Y-yo…

—Si no quieres salir de aquí en una bolsa para cadáveres, te vas a dar la vuelta y vas a caminar hacia mi despacho. Ahí aclararemos este malentendido. ¿Me has entendido?

Tom asiente, aterrorizado. Hundo el cañón un poco más.

—Te hice una maldita pregunta.

—Sí —escupe con dificultad.

—Jace —es lo único que digo antes de darle la espalda y comenzar a caminar.

Los hombres de Jackson se apartan, bajando la cabeza. Escucho las pisadas pesadas de Jace a mis espaldas, arrastrando a Tom. Nos escabullimos por un pasillo oculto y subimos las escaleras en completo silencio.

En cuanto cruzamos el umbral de mi despacho privado, lejos de la opulencia de la sala de juntas oficial, Jace lanza a Jackson contra la silla de cuero frente a mi escritorio.

Pablo y Marco sellan la puerta a nuestras espaldas.

Mientras Jace le encaja el cañón de su Glock en la sien a Tom, yo me inclino sobre el escritorio de roble, apoyando ambas manos.

—Explícame por qué estabas dando ese espectáculo patético.

Jackson baja la mirada.

—Tu padre…

—Mi padre no está —lo corto, implacable—. Quiero saber qué te hizo creer que podías venir a joder en mi territorio y salir caminando.

—Solo estábamos de paso… —Le hago una seña a Jace, quien amartilla el arma contra su cráneo—. ¡Espera! Joder, cálmate…

—Me calmaré cuando me des respuestas. ¿Viniste a buscar una guerra? Felicidades, la encontraste.

—Maddox, escúchame. Conozco a Levi de toda la vida…

—Es cierto. —Me enderezo, bordeando el escritorio hasta quedar a un metro de él—. Y sé que jamás se atrevieron a ladrarle. Claro, él tiene una polla entre las piernas, y entre ustedes se cubren la espalda.

—Yo…

—No te di permiso para hablar.

Tom cierra la boca de golpe.

—Lo sabía —continúo, paseándome frente a él con lentitud felina—. Sabía que la vieja guardia no iba a tragar mi ascenso tan fácilmente. Supongo que tendré que usar tu cadáver como comunicado.

—Maddox… por favor.

—¿Quiénes más piensan como tú?

Aprieta los labios, negándose a delatar a sus aliados. Suspiro, fingiendo decepción.

En un movimiento fluido, agarro su mano derecha.

Jace reacciona al instante, inmovilizando su brazo izquierdo en una llave que le arranca un gemido.

Estampo la palma de Tom contra la madera del escritorio, saco la navaja mariposa de mi bolsillo y clavo la hoja directamente entre sus dedos índice y medio, rasgando la piel y astillando la madera.

Jackson suelta un alarido de agonía.

—Te hice una pregunta —repito, sin alzar la voz.

—¡No muchos! —escupe, atropellando las palabras—. La mayoría de los jóvenes saben que eres la opción correcta. No les importa que seas mujer…

—Pero a los fósiles como tú sí.

—Dame un poco de respeto…

—El respeto se gana, Jackson. Y tú acabas de perder el tuyo. —Arranco la navaja de la madera y presiono el filo manchado de sangre contra su yugular. Lo siento temblar—. Nombres. Ahora.

—Los Brown. Los Jones…

—Y tu gente.

—No puedes hacer esto… —Se atraganta con sus propias palabras cuando hundo un milímetro la hoja—. ¡De acuerdo! Mierda. Lamento haberte subestimado. Eres igual a Levi.

Un escalofrío helado me recorre la espina dorsal. No quiero ser igual a Levi. Quiero ser muchísimo peor.

Me inclino hacia delante. Un hilo carmesí brota de su cuello, manchando la hoja de mi arma. Nuestros rostros quedan a escasos centímetros.

—¿Qué es lo que dicen en las sombras? —susurro, letal—. Habla, o te abro la garganta aquí mismo.

—Que no tiene sentido que te haya dejado el imperio a ti. —Los ojos de Tom están desorbitados por el pánico—. Todos asumimos que sería alguien más.

Frunzo el ceño, sin comprender del todo. Él traga sangre y saliva, y continúa:

—Todos esperábamos que el verdadero sucesor de Levi fuera Matthew Hardaway.

El corazón me da un vuelco tan violento que por un segundo creo que voy a desplomarme. El oxígeno se vuelve denso. Un nudo lleno de espinas se instala en mi garganta.

Matthew. Un hombre.

—Maddox —advierte Jace en voz baja.

Lo miro de reojo. Su expresión me grita que no pierda el control. Obligo a mi rostro a convertirse en una máscara de mármol. Regreso la mirada a Tom, cuyos ojos brillan con un terror absoluto así que le sonrío.

—La próxima vez que un solo miembro de tu asquerosa pandilla cause problemas en mi territorio, te arrancaré los ojos y te los haré tragar.

—Deslizo el filo desde su garganta hasta posarlo justo debajo de su ojo derecho—.

Tienes suerte de que hoy no tenga tiempo para limpiar tu sangre de mi alfombra.

—G-gracias, Maddox…

—Regina —lo corrijo—. Soy la Regina de Draghi . Más te vale grabártelo a fuego. —Me aparto bruscamente y limpio la navaja en la solapa de su chaqueta—. Tú mismo te encargarás de esparcir el mensaje. Porque si escucho un solo rumor, juro por Dios que pagarás el precio.

—Lo haré…

—Hoy le volé la cabeza a uno de los tuyos. Y sé perfectamente en qué colegio estudia tu hijo menor, Tom. —Guardo la navaja y lo miro desde arriba—. No vuelvas a cruzar mi línea, o te aseguro que morirás sin herederos. Lárgate.