Traición y Sangre II (Draghi 2) Capítulo 49
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Capítulo 49

Maddox

Conecto la memoria USB en mi portátil y la pantalla se ilumina, arrojando un brillo frío sobre el escritorio.

Cuando elegí el Audi, mi primera exigencia fue un sistema de vigilancia blindado.

Levi me aseguró que no existía nada así de fábrica, pero se encargó de instalar un circuito de cámaras externas encriptadas, controladas directamente desde mi móvil.

No logré ver la patente del cabrón que me seguía con el Aston Martin, pero los lentes del Audi sí.

Y necesito esa matrícula. Le envié por encomienda el dedo cercenado de su hijo al mismísimo hombre que me torturó hace dos años.

Era el turno de Marcio de mover sus piezas, y el silencio me estaba carcomiendo los nervios.

No esperaba una carta de amenazas ni un correo formal; esperaba sangre.

Tenía todos los frentes cubiertos para que, en el instante en que ese hijo de puta pusiera un pie en Chicago, fuera arrastrado directamente a mi sala de interrogatorios.

Le tengo reservado un lugar muy especial junto a su heredero.

Por suerte, el sistema archiva las grabaciones por día. Adelanto el video hasta la hora exacta en la que me desvié hacia la casa de Penny y ahí está: el Aston Martin negro.

Aplico el zoom hasta donde los píxeles me lo permiten, pero los cristales polarizados son un muro impenetrable. Quienquiera que esté al volante lleva una sudadera oscura, guantes negros y una gorra hundida hasta la nariz.

—Mierda —siseo.

Intento limpiar la imagen, pero es inútil. Desisto y tomo una captura de pantalla perfecta de la parte trasera del coche, donde la placa brilla bajo el sol de la tarde. Se la envío a Will sin dudar.

¿Quién demonios está siguiendo mis pasos?

Marcio no se esconde en las sombras, sé que me echaría encima una emboscada si tuviera la oportunidad. La sutileza no encaja con el monstruo que conocí. Algo en mis entrañas me advierte que el conductor de ese coche es una amenaza completamente nueva.

Tomo el móvil y marco el número de Will. Responde al segundo tono.

—Will… —La palabra muere en mi boca al escuchar un gemido grave y masculino al otro lado de la línea—. Mierda, ¿interrumpo?

Will suelta un bufido pesado.

—Como si alguna vez en tu puta vida fueras oportuna, Maddox —masculla, con la voz ronca. Escucho el roce de sábanas y pasos alejándose—. ¿Te estás riendo de mí?

—En absoluto —miento, sintiendo que la tensión en mis hombros cede una fracción de milímetro—. Alguien tiene que divertirse.

—Ya. ¿No te diviertes lo suficiente con Matthew? —El silencio de mi parte le arranca un gruñido de aprobación—. Eso creí. ¿Qué sucede? Más te vale que sea de vida o muerte…

—Te envié un archivo encriptado. Una fotografía.

—Sí, es un coche. ¿Qué tiene?

—Necesito que averigües a quién pertenece esa matrícula —ordeno, mi tono volviéndose clínico y gélido—. No puedo reconocer al conductor, ni identificar al propietario.

—¿Marcio? —pregunta Will, bajando la voz al instante.

—No. Él no aparecería así.

—¿Esperas una entrada más teatral?

—Mutilé a su hijo, Will. No creo que su venganza se limite a seguirme por el centro de la ciudad en un deportivo.

—Cierto —concede. Un silencio espeso y tenso se apodera de la línea. Cuando Will vuelve a hablar, la pesadez en su voz me congela la sangre—. Maddox.

—¿Sí?

—¿Te suena de algo el nombre Marcus?

El aire abandona mis pulmones cuando el recuerdo me golpea con fuerza: el olor a hierro, el dolor cegador, la risa sádica de Marcio resonando en las paredes de concreto.

—Marcio se la pasaba preguntando qué le había hecho Levi… —mi voz se quiebra, y me odio por ello. Me aclaro la garganta—. Me lo preguntaba mientras me torturaba.

Escucho a Will maldecir entre dientes.

—¿Y Levi…?

—Jamás le pregunté. Levi no me daría una respuesta directa. Es mi padre, sí, pero antes que eso, es el bastardo más manipulador y calculador sobre la faz de la tierra.

—Maddox…

—En fin —lo corto, negándome a mostrar debilidad—. Por la forma en la que Marcio exigía respuestas, asumí que Levi lo había asesinado y esa era su forma de cobrarse la deuda: torturándome a mí. ¿Por qué lo preguntas?

El silencio del otro lado me hace darme cuenta de que Will está dudando.

—Estuve desencriptando la memoria que Máximo te dejó. —Escuchar su nombre me clava una estaca en el pecho, pero me obligo a escuchar—. Marcus es el hermano gemelo de Marcio.

—Era una posibilidad lógica.

—Y todo en los archivos de Máximo indica que Marcus estuvo directamente involucrado en el accidente de sus padres.

La habitación da vueltas a mi alrededor. Me apoyo contra el borde del escritorio, clavando las uñas en la madera para no perder el equilibrio.

—No fue un accidente. ¿Eso me estás diciendo?

—Maddox, respira…

—¿Máximo tenía razón todo este tiempo?

—Sí, pero no de la forma en que creíamos —suspira Will, frustrado—. Escucha. Si el gemelo de Marcio asesinó a sus padres, Máximo tenía motivos de sobra para investigar la versión oficial.

—La versión que mi padre sostiene —siseo, con la mandíbula apretada hasta el dolor.

—Sí. Pero Máximo ya no trabaja para Marcio. Todo apunta a que huyó y está intentando desaparecer.

—Lo van a asesinar, Will. Desertó y robó información clasificada de la mafia. Marcio debe haberle puesto un precio enorme a su cabeza.

—Exacto. El jefe de Máximo lo usó. Lo convenció de que Levi fue el autor intelectual de la muerte de sus padres para ponerlo en tu contra.

—Y cuando Máximo descubre la verdad…

—Escapa —sentencia Will.

Cierro los ojos, luchando contra la náusea. Considerar que el hombre que me traicionó podría ser, en el fondo, un peón manipulado por Marcio, es un pensamiento que detesto.

—Pero eso no es lo peor —añade Will, y el tono lúgubre de su voz me pone los pelos de punta—. La memoria USB no solo tiene los datos que Máximo robó. Contiene su propia investigación, Maddox. Avanzó demasiado antes de desaparecer.

—¿Qué quieres decir?

—El problema aquí es otro, Maddox. ¿Quién asesinó a Marcus?

—Pudo haber sido Levi —respondo, aunque mi cerebro va a mil por hora, conectando piezas—. Al fin y al cabo, Jacob era su mejor amigo. Si descubrió que Marcus lo mató…

—Lo pensé. Pero los números no cuadran.

—¿Qué?

—En la fecha exacta en la que Marcus es asesinado a sangre fría, Levi no estaba en el estado. Estaba en Washington.

El oxígeno se evapora por completo.

—¿Cómo estás tan seguro? —murmuro, con un hilo de voz.

—Crucé las fechas. Hay registros oficiales y notas de prensa. El gran empresario Levi Salvatore firmando un acuerdo multimillonario con…

—El grupo SIXT —completo la frase, sintiendo un escalofrío letal en la nuca—. Año dos mil trece.

—Mierda.

—Yo estaba allí, Will. Levi firmó el acuerdo con la empresa de alquiler de lujo por la mañana… pero por la noche ya estábamos volando de regreso a Chicago.

Will suelta una maldición gutural.

—Maddox… si Levi no apretó el gatillo… ¿quién demonios asesinó a Marcus?

El silencio que sigue es ensordecedor.

—¿Y a quién demonios está encubriendo mi padre? —susurro.

Presiono el teléfono contra mi oído hasta que el plástico cruje. Las mentiras de Levi, el engaño de Máximo, el fantasma de los padres de Matthew… es demasiado. Un castillo de naipes empapado en sangre a punto de desmoronarse sobre mi cabeza.

De repente, el tono de una llamada en espera me interrumpe. Alejo el móvil y leo la pantalla.

—Te dejo. Jace me está llamando por la otra línea.

—¿Jace? —Will suena genuinamente desconcertado—. Es decir, de acuerdo, pero…

—Averigua la patente, Will. Hablamos luego.

Corto la llamada y acepto la de Jace antes de que me envíe al buzón de voz.

—Jace…

—Maddox. —Su voz suena baja y urgente—. Tienes que venir al club. Ahora.

Mierda.