Capítulo 48
Maddox
Apago el motor del coche frente a mi casa y observo la pantalla de mi móvil por enésima vez. Nada. Mi padre sigue sin devolverme los mensajes.
Aterrizamos desde Nueva York esta misma mañana y mi primer instinto fue llamar a Levi.
La conversación duró apenas un par de minutos, pero su tono evasivo encendió todas mis alarmas.
Conduje directo a las oficinas de la empresa para confrontarlo, pero su secretaria me recibió con la estúpida excusa de que no se había presentado por «una reunión externa» .
Por supuesto que no le creí una sola palabra.
Aun así, le dediqué mi sonrisa más dulce y le pedí que no le mencionara mi visita a mi padre para no preocuparlo. La mujer me creyó, le di las gracias con falsa cortesía y salí del edificio. Levi me está ocultando algo. Y detesto que me oculten cosas.
Entiendo que mi padre es el jefe y hace lo que le place, pero engañarme a mí cruzaba una línea peligrosa. La idea de que me cediera Draghi tan de golpe, ese retiro abrupto y carente de sentido… Quizás estoy paranoica, pero el instinto me grita que algo turbio se está gestando bajo mis narices.
Salgo del coche y camino hacia la entrada principal. Estoy a milímetros de presionar el timbre cuando la figura de Donato se materializa frente a mí.
—Buenos días, señorita Francesca.
Cierro los ojos, invocando la poca paciencia que me queda.
—Buenos días, Donato. ¿Cuántas veces tengo que ordenarte que me llames Maddox? —Me cruzo de brazos, retándolo con la mirada.
El hombre se acerca, encogiéndose de hombros con tranquilidad.
—Pero tiene un segundo nombre muy hermoso. Y a Dante, su abuelo, le gustaba mucho más que Maddox.
El nombre me cae como una piedra en el estómago.
Mis abuelos son recuerdos borrosos en mi memoria.
Para cuando cumplí dos años, mi abuela ya había muerto de un ataque al corazón, y mi abuelo Dante, hundido en una depresión insalvable, se internó en un asilo esperando su hora.
A mis cinco años, él también se había ido.
Levi nunca ofreció detalles. Mi padre detestaba la idea de que yo formara vínculos afectivos, incluso con nuestra propia sangre.
Por eso retrasó el encuentro con mi madre, hasta que fui adulta.
Levi calculó que, para entonces me resultaría imposible conectar con ella. Y no se equivocó del todo.
Esa crianza frívola es la razón principal por la que me cuesta tanto sentir algo genuino por los demás. Eso, sumado a la traición de Máximo, formó el cóctel de traumas que hoy levanta un muro de titanio entre Matthew y yo.
—Ya, pero él está muerto —sentencio—. ¿Dónde demonios está Levi?
—En la empresa.
Alzo una ceja, implacable.
—Odio que me mientan en la cara, Donato.
—No le miento…
—Acabo de salir de sus oficinas. Me aseguraron que hoy no pisó el edificio.
El guardia parpadea, imperturbable. Me sigue viendo como la niña que corría por los pasillos de una casa llena de asesinos, no como la Regina de Draghi . Pero si presiono todos terminan hablando.
—Donato… —arrastro la advertencia en mi voz.
El hombre suelta un suspiro pesado y niega con la cabeza.
—Le advertí a su padre que sería inútil intentar engañarte, Francesca.
—Siempre fuiste el más astuto. —Le guiño un ojo—. ¿Dónde se ha metido?
—Está en Francia.
Tengo que tensar la mandíbula para que no se me caiga al suelo. Mi desconcierto debe ser tan evidente que Donato hace una mueca de disculpa.
—Lo sé. Estoy igual de desconcertado que tú.
—Pero, ¿qué carajos haría en…? —Chasqueo la lengua, atando cabos—. Nora… —Donato asiente lentamente—. ¿Ocurrió algo esta semana?
—Tu padre tomó el vuelo hace dos días. Dijo que era por asuntos de la empresa…
—Pero no le crees ni una palabra.
—Jamás ha mostrado el menor interés en el mercado francés —Donato sonríe de lado—. Quizá ahora encontró algo más atractivo ahora.
Suelto una risa amarga y niego con la cabeza.
—Levi Salvatore es un puto dolor de cabeza.
—Ni que lo digas.
Le dedico un último asentimiento y le doy la espalda, regresando al coche.
Mis objetivos de hoy eran claros: acorralar a Levi y ver a Penny.
Con mi padre necesitaba repasar el desastre de Nueva York y arrancarle, de una vez por todas, la verdad sobre su pasado con Marcio Silva.
Pero mi segunda prioridad es mi mejor amiga.
Necesito verla con mis propios ojos. Asegurarme de que está bien.
Sorprendentemente, no parecía afectada por la sangre en Nueva York; de hecho, procesó el dedo amputado de Luc con rapidez.
Aun así, la culpa me carcome por haberla expuesto.
El tono de llamada interrumpe mis pensamientos. Tomo el móvil del asiento del copiloto y leo el nombre de Matthew. Descuelgo sin dejar de maniobrar el volante.
— Tesoro —su voz, grave y rasposa, me envía una descarga eléctrica directa a la espina dorsal—. Creí que te encontraría en la empresa.
—Sí, bueno, yo creí que encontraría a Levi allí —respondo. Lo escucho soltar una risa baja que me eriza la piel—. ¿Sabías que mi padre está en Francia?
—¿Francia? —La genuina incredulidad en su tono me confirma que no es cómplice de esto—. ¿Qué demonios se le ha perdido a Levi en Francia?
—Me pregunto exactamente lo mismo. —Levanto la vista hacia el espejo retrovisor y arrugo la frente. Un Aston Martin negro lleva dos calles siguiéndome—. Jamás quiso poner un pie allí y ahora de repente…
—¿Tu madre? —deduce Matthew de inmediato—. Tu padre es un misterio.
—Ya…
Giro el volante de forma abrupta, desviándome del camino hacia la casa de Penny sin soltar el acelerador. El Aston Martin copia el movimiento.
—Mierda —siseo.
—¿Maddox? —El tono seductor de Matthew se evapora—. ¿Qué ocurre?
Entrecierro los ojos, intentando captar la matrícula, pero no lo logro.
— Tesoro —gruñe Matthew, con la voz cargada de urgencia—. Háblame.
—Yo… —Niego, clavando las uñas en el cuero del volante—. Nada. Debo estar paranoica. El cansancio me está jodiendo la cabeza.
—¿De qué estás hablando?
—Creí ver un coche siguiéndome.
—¿Qué? Pásame tu ubicación. Voy en camino.
—No es necesario, Matthew.
—Maddox, joder…
—Puedo cuidarme sola.
—Lo sé perfectamente, pero…
—No va a ocurrirme nada. Cálmate —ordeno, cortante. El coche negro frena en la intersección y desaparece girando a la izquierda. Suelto el aire retenido—. Ya se fue. Estoy bien, no te preocupes.
Un silencio espeso se instala en la línea. Lo escucho maldecir por lo bajo antes de recomponerse.
—De acuerdo —cede, aunque su voz suena tensa como una soga—. ¿Vendrás a casa esta noche?
—Por supuesto.
—Tenemos que hablar.
Si hay tres palabras en el puto diccionario capaces de aterrorizarme más que un sicario, son esas. ¿Por qué demonios no podemos simplemente ahogarnos en lo que tenemos sin ponerle una maldita etiqueta?
El pánico me aprieta la garganta.
—Claro —murmuro.
— Tesoro …
—Te veo en la noche.
Cuelgo. Corto la llamada antes de que pueda acorralarme con palabras que no estoy lista para escuchar.
Doy un giro brusco a la derecha y estaciono junto a la acera, frente a la casa de Penny.
Apago el motor y cierro los ojos, obligándome a respirar hondo.
Tarde o temprano tendré que enfrentar a Matthew, pero me aterra la idea de que me pida algo que mi versión actual sea incapaz de darle.
Abro la puerta del coche y salgo al asfalto.
Al alzar la vista, me encuentro con Penny.
Lleva un conjunto deportivo rosa vibrante, el cabello rojizo estirado en un moño impecable y un bolso de mano colgando del hombro.
Sus ojos azules se abren de par en par al verme.
Acorto la distancia entre nosotras, escudándome en una ceja alzada.
—¿De dónde vienes vestida así?
—Esto… —Duda, aferrando el asa de su bolso—. Fui al gimnasio.
Ladeo la cabeza. Mi mirada desciende hacia el cierre mal pasado de su bolso.
Una sonrisa lenta tira de mis labios.
—¿Esas son zapatillas de ballet?
—¿Qué? ¡Por supuesto que no! —Tira del cierre con desesperación, se acomoda el bolso bajo el brazo y me dedica una sonrisa tan tensa que resulta cómica.
Una carcajada genuina brota de mi pecho. Hacía meses que no me reía así.
—¡Penny! —la señalo—. No debería avergonzarte hacer ballet…
—¡No me avergüenza! —chilla, con las mejillas teñidas de un rojo furioso. Al ver que no dejo de sonreír con sorna, pone los ojos en blanco y me da un empujón amistoso—. Ya cállate. ¿Qué haces aquí?
Niego con la cabeza, pero la diversión se me escurre lentamente al darme cuenta lo que me he perdido.
—¿Cuándo empezaste a bailar?
Se encoge de hombros, restándole importancia.
—Hace un año… poco más, tal vez.
Un balde de agua helada me cae encima.
—Penny, yo… —Una pequeña arruga se forma entre sus cejas pecosas—. Me he perdido tantas cosas tuyas en estos dos años. Regresé y ni siquiera me tomé el tiempo de ponerme al día contigo, yo…
—Maddie, basta.
—Soy una amiga de mierda —mascullo.
—Por supuesto que no lo eres.
—Te puse en peligro. —Bajo la mirada hacia el asfalto—. De no haber sido por Lucchese, yo… jamás habría llegado a tiempo, y tú…
—Dije que basta. —Acorta la distancia y planta ambas manos sobre mis hombros—. Deja de torturarte por eso. No fue tu culpa.
—Es mi mundo, Penny. Claro que es mi culpa.
—Tú intentaste alejarte para protegerme, ¿lo olvidas? —Me clava una mirada feroz—. Yo fui quien decidió quedarse. Dije que serías parte de mi vida y yo de la tuya. Sí, la mafia es peligrosa. Me importa una mierda. Sobreviví al abandono de mi propio padre; puedo lidiar con unos matones.
Me muerdo el labio inferior, sintiendo un ardor inusual en los ojos.
—Penny…
—Pero lo que no voy a soportar —me interrumpe, con la voz quebrándose apenas un milímetro— es perder a mi mejor amiga. Otra vez.
El muro que he estado levantando durante dos años se agrieta y la abrazo antes de que mi cerebro pueda procesar el impulso. Penny suelta una carcajada de sorpresa y me devuelve el abrazo con fuerza, anclándome al suelo.
—¿Vamos por un helado? —pregunto al separarnos.
Ella asiente emocionada. Es entonces cuando un destello verde capta mi atención. Una esmeralda pura, engarzada en oro, descansa justo en el centro de su pecho.
—Penny…
—¿Sí?
Retrocedo medio paso y señalo la joya con la barbilla. Ella baja la vista y suelta un bufido.
—Mierda.
—Penny Ann Hill. —Apoyo las manos en mis caderas—. ¿Eso lleva la firma de Lucchese?
—Quizás.
—Penny, por favor. —Niego con la cabeza, repentinamente alarmada—. Sabes perfectamente de dónde viene. Ese cabrón está mucho más loco que yo…
—Ya. —Pone los ojos en blanco, me agarra de los hombros y me hace girar hacia mi propio coche—. Si me preguntas, creo que ambos comparten exactamente el mismo nivel de psicopatía. He presenciado la suficiente sangre en estos días como para confirmarlo.
Pongo los ojos en blanco, rodeando el coche para quitar el seguro. Antes de abrir mi puerta, la fulmino por encima del techo del auto.
—Solo te pido que te cuides.
—Maddie, relájate. —Suelta un suspiro cansado—. Odio a los hombres. Lucchese es uno de ellos. No significa absolutamente nada más.