Capítulo 47
Maddox
Mis tacones repiquetean sobre el porcelanato mientras deshago el camino hacia la sala de reuniones. Lucchese y Matthew comparten una botella de whisky mientras Penny, de pie frente a ellos, gesticula con ansiedad. La conversación muere en el instante en que cruzo el umbral.
En la sala de interrogatorios encontré una bolsa de recolección de evidencias. Dentro, descansa el dedo anular de Luc, aún con el pesado anillo de oro de los Silva incrustado en la carne cercenada y ensangrentada. Exactamente lo que quería.
Lanzo la bolsa sobre la mesa de roble. El sonido húmedo y sordo atrae todas las miradas.
—Mierda, Maddie —murmura Penny, retrocediendo un paso con los ojos desorbitados—. ¿Eso es…?
—Es un mensaje —la corto, girándome hacia Lucchese—. ¿Podrías dárselo a Will para que lo envíe a su destinatario?
Harry asiente, imperturbable. No sé si ha presionado un botón oculto o es puro instinto, pero en cuestión de segundos, un gorila que le dobla el tamaño a cualquiera de nosotros aparece en la sala.
Tiene el cráneo rapado y el rostro cruzado por cicatrices y tatuajes.
Lucchese le hace un gesto imperceptible y el gigante desaparece con la bolsa plástica.
—Will, Jace, Marco y Pablo están en el hotel —me informa Harry—. Están estables, pero prefiero mantenerlos fuera de esta casa.
—Perfecto. ¿Podremos pasar la noche aquí?
No he tenido un segundo para mirar el móvil y, sin ventanas a la vista, he perdido la noción del tiempo. Entre el asalto en Harrisburg y el traslado a Nueva York, el cansancio empieza a cobrarme factura. Necesito dormir.
—Sus habitaciones están listas. Primer piso a la izquierda. —Lucchese pasea la mirada entre Matthew y yo, y un brillo cínico asoma a sus ojos oscuros—. Asumo que no hay problema en que compartan la misma…
—En absoluto —sentencio.
Capto la mirada silenciosa que intercambia con Penny. Lucchese tiene que morderse el labio inferior para no sonreír con sorna. Pongo los ojos en blanco y les doy la espalda.
Recorro el mismo pasillo oscuro de hace una hora, pero esta vez me desvío a la izquierda. Encuentro un par de puertas; una de ellas está entreabierta, revelando nuestro equipaje en el interior. Suelto un suspiro pesado al entrar.
Saco el móvil del bolsillo. Dos de la mañana. Mierda. Estoy a punto de arrastrarme hacia la ducha cuando la pantalla se ilumina con el nombre de mi padre. Suelto una maldición por lo bajo y deslizo el dedo para responder.
—Levi.
—¡Maldita sea, Maddox! —El grito me obliga a alejar el aparato de la oreja mientras me dejo caer al borde de la cama—. ¡Llevo horas intentando comunicarme contigo! ¡Matthew tampoco responde! ¿Dónde demonios se metieron? ¿Qué ha pasado?
Un nudo frío se me instala en la garganta.
—Todo fue un caos —respondo con la voz rasposa. El silencio al otro lado de la línea es ensordecedor—. Luc sabía que iría tras su padre. Se nos adelantó.
Admitir un fracaso en voz alta es como tragar ácido.
Cierro los ojos, apretando el teléfono contra mi mejilla.
Maddox Salvatore tiene permitido equivocarse.
La Regina de Draghi , no. Y hoy cometí un error catastrófico por subestimar a mi presa.
Lo solucioné, sí, gracias a Lucchese, pero el fallo original me pertenece.
—¿Qué sucedió, mia cara ?
—Se llevaron a Penny —confieso, y un ligero temblor traiciona mi tono.
—¿Qué? —El shock paraliza la voz de mi padre—. ¿Cómo…?
—Supuso que iría por Marcio, no tengo la menor idea de cómo filtró la información. Lo importante es que Penny está a salvo. Lucchese se encargó de recuperarla. Porque yo no habría llegado a tiempo.
Escucho el crujido de las bisagras. Giro la cabeza y encuentro a Matthew apoyado en el marco de la puerta. Tiene los brazos cruzados y la mirada fija en mí.
—Mierda, Maddox… —murmura mi padre. Se escucha ruido de fondo y voces amortiguadas—. ¿Y ahora qué harás?
—Para mi suerte, Lucchese arrastró al hijo de puta hasta su sótano.
—Eso es una ventaja. ¿Cuál es el siguiente paso?
—Digamos que aproveché la cortesía y le envié un pequeño recuerdo a Marcio.
—Maddox…
Más ruido al otro lado de la línea.
—¿Dónde estás, Levi?
—En casa —responde demasiado rápido. Alzo una ceja con duda—. Debo irme, estoy resolviendo una crisis interna en la empresa. Hablamos mañana, cuídense.
Cuelga antes de que pueda rebatir. Arrojo el móvil sobre las sábanas de seda negra y me pongo de pie, enfrentando a Matthew. Él no ha movido un músculo, pero la intensidad de sus ojos castaños amenaza con incendiar la habitación entera.
—He visto a tu padre equivocarse infinidad de veces —dice, con voz grave.
—Yo no soy Levi.
—Lo sé. —Matthew cierra la puerta a sus espaldas, pero no acorta la distancia. Se queda allí, con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón oscuro—. Pero no tienes que ser perfecta.
—Claro que sí.
—No —masculla, apretando la mandíbula—. Deja de torturarte por lo de hoy.
—Lo haré cuando tú también dejes de hacerlo.
Una sombra cruza su rostro.
—¿De qué demonios hablas?
Acorto la distancia entre nosotros. La mirada de Matthew desciende como un rayo hacia mis nudillos, manchados de sangre seca, antes de volver a clavarse en mis ojos.
—Sé exactamente lo que estás pensando, Matthew.
Estás reviviendo mi secuestro. El hecho de que no llegaste a tiempo.
Te has pasado cada maldito día de los últimos dos años ahogándote en culpa.
—Me detengo a un metro de su pecho. Él cuadra los hombros, a la defensiva, y yo me cruzo de brazos—.
Así que no somos tan diferentes después de todo.
No me da tiempo a reaccionar. En una fracción de segundo, su mano grande y caliente se cierra alrededor de mi garganta y me estampa contra la madera de la puerta. Sus dedos se hunden en mi piel, enviando una descarga eléctrica directo a mi bajo vientre.
—¿Disfrutaste torturar a ese hijo de puta? —sisea, con el rostro a centímetros del mío.
Me muerdo el labio. Matthew solo necesita mirarme con esa ferocidad letal para derretirme por completo.
—Sí —confieso, ronca—. Ha sido de las cosas más exquisitas que he experimentado. —Él aprieta el agarre en mi cuello y me obliga a inclinar la cabeza hacia atrás, exponiendo mi pulso—. Después de follar contigo, por supuesto.
—Joder, Maddox —gruñe.
Estampa su cuerpo contra el mío, inmovilizándome. Un jadeo escapa de mis labios al sentir la dureza extrema de su erección presionando contra mi abdomen.
—Me habría encantado quedarme en esa sala para verte desangrarlo —confiesa contra mi oído, con la respiración pesada.
Parpadeo, descolocada. Mierda, lo dice en serio.
—Creí que te molestaría —susurro.
La presión en mi cuello aumenta justo antes de que roce mi boca con la suya.
—Verte con esa expresión de psicópata, manchada de sangre y dispuesta a aniquilar a quien se cruce en tu puto camino, ha sido lo más excitante que he presenciado en mi vida.
—Saca la lengua, trazando la línea de mi labio inferior, saboreándome—.
Mierda, Maddox. Tuve que usar toda mi disciplina para no follarte allí mismo, sobre esa puta camilla.
Mi corazón se desboca, golpeando contra mis costillas. Me había autoconvencido de que esta faceta mía lo repelería. Que la oscuridad que cultivo dentro, la misma que me permite disfrutar de la agonía ajena, terminaría por espantarlo.
Pero me acepta. Mierda. Mi lado retorcido lo excita tanto como a mí.
—Matthew…
—Te vi ahí abajo y comprendí lo jodidamente loco que me tienes. Estoy enfermo por ti, Maddox.
Sus labios se estrellan contra los míos. No hay rastro de delicadeza; es un choque violento, una colisión de dientes y lenguas impulsada por una marea de emociones crudas. Me consumo entre la furia, la sangre y el deseo.
Esperaba su rechazo y, sin embargo, aquí está, devorando cada uno de mis pedazos rotos sin inmutarse.
Se rinde ante mí, y yo me rindo ante él.
Me entrego al peso de sus besos y al rastro de sus manos bajando con desesperación por mis curvas.
Es el único hombre en la tierra capaz de someterme de esta manera.
—Matthew —jadeo, rompiendo el beso para recuperar el oxígeno—. Espera…
—Sé que es tarde. Sé que mañana será un infierno —murmura contra mis labios, frotando su erección descaradamente contra mí—. Pero si no te hago mía ahora mismo, voy a perder la puta cabeza. Por favor…
Bajo las manos por su pecho firme hasta alcanzar la cinturilla de su pantalón. Libero el botón metálico, y su agarre en mi cuello se suaviza, permitiendo que deje caer su frente sobre mi hombro con un suspiro tembloroso.
—Me fascina cuando eres tan sincero —susurro, acariciando la tela de su ropa interior—. Cuando admites lo desesperado que estás.
—Lo estoy —gime roncamente cuando deslizo la mano bajo la tela—. Llevo desesperado por ti desde que tengo memoria.
—Ya veo. —Cierro los dedos alrededor de su polla. Está ardiendo, gruesa y palpitante contra mi palma—. Debo confesarte algo.
Su cuerpo entero se tensa como la cuerda de un arco. Levanta la cabeza y me mira, con los ojos oscurecidos por una neblina de lujuria.
—¿Qué?
—Por hoy, estoy harta de dar órdenes. —Me humedezco los labios, clavando mi mirada en la suya—. Así que, solo por esta noche, quiero ser yo quien las cumpla.
— Tesoro … —suelta, sin aliento.
—Dame órdenes, Matthew.
El cambio es instantáneo y fascinante. La vulnerabilidad desaparece de sus facciones y el asesino letal toma el control absoluto.
El castaño de sus ojos es devorado por la dilatación de sus pupilas hasta volverse negro puro.
Hunde los dedos en mis caderas con una fuerza posesiva que dejará moretones, mientras su erección crece aún más en mi mano.
Este ya no es mi consigliere calculador. Es la bestia suelta. Y, joder, quiero que me destroce. Quiero olvidar quién soy cuando salgo de estas cuatro paredes.
—De rodillas.