Capítulo 46
Maddox
Los ojos de Lucchese destilan un brillo salvaje y su sonrisa se tuerce, cargada de una malicia pura. Un latido oscuro y eufórico me golpea el pecho.
—No habrás pensado que se escaparon —dice Harry con una tranquilidad pasmosa—. Jamás dejaría con vida a quienes le pusieron una mano encima a Penelope.
Me muerdo el interior de la mejilla, luchando contra la tentación de ir y cortarles el cuello yo misma. Lucchese los atrapó.
—Harry… —murmura Penny, con sus enormes ojos azules brillando de estupor—. ¿De verdad…?
—Por supuesto —responde él, tensando la mandíbula al mirarla—. Pero debo ser honesto: los asesiné a todos. Solo dejé vivo a Luc. —Hace una mueca en mi dirección—. Fue jodidamente difícil no volarle la cabeza, pero supuse que tendrías planes para él.
Una sonrisa se dibuja en mis labios. Cuánto me alegra tener un maldito juguete nuevo. Uno que me va a llevar directo a la garganta de Marcio. Ignoro la punzada en mi pecho al sentir los ojos de Matthew sobre mí. Asiento lentamente.
—¿Dónde está?
Harry nos observa a los tres, evaluando la situación por una fracción de segundo antes de responder.
—En mi sótano.
—¿Tienes un sótano? —parpadea Penny.
—Algo así. —Se encoge de hombros, restándole importancia—. No estaba seguro de qué querrías hacer con él…
—Quiero desangrarlo —sentencio.
—Maddox —advierte Matthew a mi costado.
Lo ignoro. Ni siquiera me giro para mirarlo.
—Tengo todo lo necesario —asegura Lucchese.
—No lo mataré aquí —aclaro, soltando un suspiro frío—. Pero necesito verlo ahora mismo, y requeriré tu logística para trasladar lo que quede de él a Chicago.
Lucchese asiente.
—Lo que necesites. —Se aparta de la mesa, pasa por el lado de Penny y se detiene junto al umbral de la puerta—. Sígueme.
Avanzo detrás de él, pero siento la densidad de dos pares de pasos siguiéndome.
—Penny, tú te quedas —ordeno sin detenerme.
—Ni en tus mejores sueños, princesa.
Suspiro y niego con la cabeza. No tengo la maldita energía para discutir con ella, y sé que, terca como es, no me hará caso. Así que los cuatro desandamos el pasillo y cruzamos hacia el ala oeste de la mansión.
Nuestros pasos resuenan contra el porcelanato, que aquí pasa de ser negro a un gris perla cadavérico.
Todo el trayecto está bañado en penumbras, sin ostentación, tan distinto al estilo de su hotel en la ciudad, repleto de dorados y brillos ciegos.
Es como si aquí, rodeado de muros fríos, Lucchese pudiera despojarse del traje de magnate frívolo para ser simplemente él. El monstruo.
Nos detenemos frente a un muro liso que resulta ser una puerta camuflada.
Lucchese desliza un pequeño panel a su izquierda, revelando un teclado numérico y un escáner biométrico.
Tras colocar su índice en la pantalla, la puerta sisea y se abre, revelando un pasillo estrecho que se desploma en una escalera de piedra empinada.
Comenzamos a descender.
El cambio drástico de temperatura me eriza la piel de los brazos. El aire huele a humedad y encierro. A pesar de mi concentración letal, la presencia de Matthew a mi espalda me reconforta de una forma silenciosa que jamás admitiría en voz alta.
Pero me niego a mirarlo. No voy a soportar ver sus ojos. Cuando noté su expresión de culpa arriba, en la sala, quise salir corriendo. Ante él, sigo sintiéndome como la chica rota que no pudo rescatar a tiempo hace dos años, y ver esa vulnerabilidad reflejada en su mirada… me destruye.
—Dioses, Lucchese —murmuro, escaneando el lugar—. Vives en un maldito castillo gótico.
Harry nos guía, impasible. Las paredes de piedra a ambos lados están decoradas con óleos antiguos de rostros pálidos y severos que no reconozco. Penny, a mi lado, lo observa todo con fascinación morbosa.
—Me gusta la estética —confiesa en voz baja.
Llegamos a la base. Harry presiona un interruptor y la oscuridad sepulcral se esfuma, reemplazada por una iluminación incandescente y blanca que ciega como un quirófano.
Frente a nosotros se despliega una sala de interrogatorios de doble ambiente, dividida por un cristal blindado y polarizado.
Me adelanto, acortando la distancia en tres zancadas, y pego las manos al cristal frío.
Luc está tendido sobre una mesa metálica, con los brazos y las piernas inmovilizados por grilletes de acero.
—¿Está…?
—Inconsciente —informa Lucchese, posicionándose a mi lado—. Le suministré un paralítico nervioso. Debería recuperar la consciencia en breve, o quizás tarde un poco más. —Se encoge de hombros—. Lo siento, no sabía si llegarías rápido.
—Perfecto —sonrío.
De reojo, veo a Matthew clavar la vista en Luc, evaluando la amenaza.
Penny, en cambio, tiene los ojos desorbitados.
Estoy casi segura de que es la primera vez que pisa una sala de tortura.
Levi tenía una en el subsuelo del edificio y otra en la mansión.
Yo misma ordené construir una instalación nueva que aún no está terminada, pero esto… esto servirá a la perfección.
—¿Puede sentir? —pregunto.
Lucchese asiente lentamente.
—Su sistema nervioso periférico está intacto y sobreestimulado. Solo tendrá dificultades para modular la voz.
—Bien. Todavía no me interesa escucharlo hablar.
—Maddox… ¿qué planeas hacer? —pregunta Matthew.
Vuelvo la mirada hacia Luc. Su pecho sube y baja de forma errática.
Siento el peso de la mirada escrutadora de Lucchese, la intensidad protectora de Matthew perforándome el perfil y el shock paralizante de Penny.
Ninguno de los tres está preparado para presenciar al monstruo que estoy a punto de liberar.
—Déjenme sola.
— Tesoro …
El apodo de Matthew flota en el aire frío. Es la primera vez que me llama así delante de otros, pero si a alguien le sorprende, lo disimulan bien.
—Necesito que se larguen —repito, arrastrando las palabras, sin apartar los ojos de mi presa—. Ahora. Todos.
En menos de cinco minutos, el silencio es absoluto.
Empujo la puerta lateral y cruzo el umbral hacia la celda.
Me recibe un golpe denso a cloro y desinfectante industrial; está claro que Lucchese le da un uso frecuente a este lugar y es meticuloso con la limpieza.
Camino despacio, con el eco de mis botas rebotando en los azulejos, y me acerco a una mesa rodante de acero quirúrgico, hay pinzas de extracción, martillos de reflejos modificados, látigos de alambre, bisturís de distintos calibres.
Me muerdo el labio inferior, embriagada por las opciones.
Mi mano vuela hacia una picana eléctrica.
Examino los dos polos metálicos antes de girarme hacia Luc.
Me acerco a la mesa, hundo los electrodos directamente contra la tela sobre su entrepierna y presiono el gatillo.
El chasquido eléctrico es ahogado por el grito desgarrador de Luc, que reverbera contra las paredes.
Su cuerpo se arquea contra las cadenas y, un segundo después, sus ojos oscuros se abren de golpe.
Me observan, dilatados, inyectados en una mezcla de confusión y terror puro.
Paso la lengua por mis dientes, saboreando el momento.
Se siente tan jodidamente placentero que es irreal, sobre todo considerando que esto es solo el calentamiento.
—¿Qué…?
—Nunca había usado una de estas. —Elevo la picana a la altura de mis ojos, fingiendo intriga, y chasqueo la lengua—. ¿Estás despierto o necesito recalibrarte?
Niega desesperadamente con la cabeza. Intenta articular palabras, pero su mandíbula está trabada por la droga. Traga aire con fuerza y balbucea:
—N-no…
Vuelvo a hundir la picana en su entrepierna y presiono el botón.
Grita. Un sonido animal. Su rostro se contrae en una máscara de agonía pura mientras un torrente de lágrimas involuntarias le empapa las sienes. Sonrío, y un latigazo de calor oscuro me recorre el bajo vientre.
—Oh, lo siento. —Me encojo de hombros con falsa inocencia—. No logré entenderte.
Lo escucho quejarse, atragantándose con un coro de negativas suplicantes. Asiento para mí misma y regreso a la mesa metálica. A mis espaldas, el traqueteo metálico delata sus intentos por zafarse. Sea quien sea el soldado que lo encadenó, hizo un trabajo impecable.
—No deberías esforzarte tanto —murmuro, acariciando el acero helado de un cuchillo de desollar, para luego decantarme por unas pinzas industriales de punta curva con dientes afilados que parecen colmillos—. Estás quemando el poco oxígeno que te queda en la sangre.
—¿Q-qué…?
—¿Qué te hicieron? —Pregunto, girando sobre mis talones con las herramientas en la mano—.
No tengo idea de qué cóctel te inyectó Lucchese, pero es increíble.
Me fascina que puedas sentir cada terminal nervioso de tu cuerpo…
—Vuelve a balbucear y niego con la cabeza—.
Shh. No podrás articular una frase entera, deja de humillarte.
Tira de las cadenas con tanta violencia que las muñecas se le despellejan, tiñendo el acero de rojo. Hago una mueca despectiva. Lleva una camiseta negra y pantalones a juego, ambos manchados de sangre seca, aunque no veo heridas punzantes. Lucchese se divirtió a base de fuerza bruta.
—Ahora dime. —Alzo el cuchillo y las pinzas a la altura de mi rostro, sonriéndole al diablo—. ¿Cuál prefieres?
Luc grita y niega con la cabeza, aterrado. Su desesperación me arranca una risa genuina, oscura, que resuena en la sala vacía.
Entonces cuando un destello en su mano derecha capta mi atención. En su dedo anular descansa un anillo de oro macizo. En el centro, grabado en relieve, lleva un sello con dos iniciales: L.S.
Luc Silva.
Me muerdo el labio. Qué poético.
Regreso a la mesa auxiliar. Dejo caer el cuchillo sobre la bandeja de metal con un ruido seco y me quedo únicamente con las pinzas dentadas.
—¿Sabes, Luc? —susurro, comenzando a caminar a su alrededor como un buitre acechando carroña—.
De verdad creí que teníamos potencial. —Arrastro las puntas de metal por el borde de su camilla, produciendo un chirrido que le hiela la sangre—.
Sabía que eras una rata mentirosa, por supuesto.
Pero jamás pensé que serías tan estúpido como para traicionarme en nuestra primera misión.
Su cuerpo sufre espasmos violentos bajo el agarre de los grilletes. Lo observo desde arriba, curvando los labios en una mueca de asco.
—Supongo que no debería sorprenderme. Si hay algo que los Silva desconocen, es el concepto de lealtad.
Tu padre se encargó de dejarlo muy claro.
—Me detengo a su lado y dejo caer mi mano libre sobre su antebrazo.
Clavo la punta de mi uña en su piel sudorosa, trazando una línea lenta.
Tiembla de terror, y esa sumisión absoluta me inyecta adrenalina pura en las venas—.
Pero debo darte las gracias. Sabía que usar a la escoria de su hijo me acercaría a Marcio, pero tú…
tú me lo has servido en bandeja de plata.
—N-no… —lloriquea—. Ma…
—Shhh. —Le tapo la boca suavemente con el dedo índice. Luc palidece hasta parecer un cadáver. Bajo la vista hacia su mano inmovilizada—. Es un anillo muy bonito.
Arruga la frente, desorientado. Sin previo aviso, agarro su muñeca derecha con ambas manos y la retuerzo hacia arriba, arrancándole un alarido de dolor al dislocarle levemente el hombro contra la cadena. Mi sonrisa se ensancha.
—Vamos a enviarle un regalito a papá, ¿de acuerdo?
Abro las pinzas. Encajo los dientes de metal dentado directamente sobre la base de su dedo anular, justo por encima del oro del sello, y aprieto los mangos con todo el peso de mi cuerpo.
El sonido del hueso crujiendo se mezcla con el alarido agónico de Luc, que rebota contra el cristal blindado. Un placer denso y oscuro me estalla detrás de los ojos al sentir la sangre, espesa y caliente, derramándose sin piedad sobre mis nudillos.