Traición y Sangre II (Draghi 2) Capítulo 45
56%

Capítulo 45

Matthew

—¿Dónde…?

—En el primer piso. —Lucchese está de pie frente a mí. Su actitud es asfixiantemente tranquila, aunque su aspecto grita que acaba de salir de una carnicería—. Está con Penny.

Asiento con rigidez.

No tengo ni la más puta idea de qué hacer o por dónde empezar.

Hay un infierno de logística que debemos resolver y, aunque mi instinto me exige encerrarme a solas con Lucchese para interrogarlo, sé que Maddox me cortaría la garganta por cruzar esa línea ahora mismo. No estamos en nuestro mejor momento.

No es mi culpa. Tampoco es la de ella, pero Maddox se arrancaría la piel antes de admitir que algo se escapa de su control. Y si el precio por estar a su lado es soportar el hielo con el que me trata desde que recibió la llamada de ese bastardo, que así sea.

Maddox es impulsiva y la amo exactamente por eso. Sus desplantes me destrozan, sí, pero la entiendo. Conozco el terror paralizante que la dominó al teléfono porque es la misma bilis que me ahogó a mí hace dos años, cuando supe que me la habían arrebatado.

—¿Penny…?

—Está a salvo. —Lucchese no se mueve un milímetro. Sigue sosteniendo su vaso de whisky, impasible—. Llegué a tiempo.

El nudo en mi garganta se aprieta hasta cortarme el aire. Él no lo dice explícitamente. Quizás ni siquiera lo esté pensando, pero la comparación se clava en mi cerebro como un puñal oxidado.

Lucchese llegó a tiempo.

Él la rastreó, mató a quien tuvo que matar y recuperó a Penny en cuestión de horas. No como yo. Yo tardé cuatro malditos días en encontrar a Maddox. Cuatro días en los que la dejé pudrirse en aquel infierno mientras yo daba palos de ciego.

Bajo la vista hacia mis manos. El corazón me golpea el esternón con violencia. Si tuviera un vaso de cristal ahora mismo, lo habría reducido a polvo entre mis dedos. Soy un inútil. Su consigliere , su escudo, y le fallé cuando más me necesitaba.

—Matthew… —El murmullo ronco de Lucchese me saca de mi espiral. Levanto la vista y lo encuentro negando con la cabeza—. No vayas por ese camino.

Aparto los ojos, incapaz de soportar la lástima encubierta en su tono. Escucho sus pasos acercándose hasta detenerse a un par de metros.

—Ven —ordena en voz baja.

Lo sigo en piloto automático. Giramos a la derecha, donde la sala desemboca en un pasillo oscuro que nos guía hasta lo que parece ser una sala de reuniones. La mansión entera es la antítesis del territorio Salvatore, se parece a un castillo gótico.

La sala es inmensa y fría. No hay alfombras para amortiguar los pasos.

El porcelanato negro brilla bajo la escasa luz, y los ventanales están asfixiados por cortinas de terciopelo color vino, tan gruesas que juraría que están diseñadas para no dejar entrar un solo rayo de sol.

En el centro, una maciza mesa ovalada de roble negro está rodeada por sillas tapizadas en cuero que parecen demasiado cómodas para planear asesinatos.

—¿Cómo supo Maddox que Marcio llegaría a Harrisburg?

Retiro una de las sillas y me dejo caer en ella, arrastrando un cansancio que me cala hasta los huesos, pero obligándome a mantener la mente fría. Esto apenas comienza. Harry camina hacia un bar lateral, sirve dos generosas medidas de whisky y empuja un vaso hacia mí por la mesa.

Lo acepto como si fuera agua en el desierto.

—Will —digo, con la voz plana—. Su investigación cruzó los datos y nos dio la ruta.

Lucchese asiente lentamente. Toma asiento frente a mí, traza el borde de su vaso con el índice y luego clava sus ojos oscuros en los míos.

—No le crees —afirma, sin rastro de duda. Me tenso imperceptiblemente—. ¿Por qué?

Porque la conozco . Porque Maddox ha estado más evasiva que un fantasma y no soy tan imbécil como para tragarme el cuento de que la logística de uno de sus mayores enemigos se filtró mágicamente de la noche a la mañana.

Hace cuarenta y ocho horas no teníamos una pista sólida.

Luego, ella apareció en el gimnasio con un plan digno de la CIA y desde entonces no ha pegado un ojo.

Sí, Maddox me oculta algo. Exactamente de la misma forma en la que yo le oculto mis propios secretos.

Quizás por eso fui un cobarde y no la acorralé para exigirle la verdad, esperando que el problema se resolviera solo…

o que nos explotara a ambos en la puta cara.

El sonido afilado de unos tacones retumba en el pasillo, salvándome de responder.

Maddox entra en la sala y la temperatura cae diez grados.

Irradia una letalidad que haría retroceder a cualquier soldado experimentado.

Lleva el cabello negro tirante en una coleta y la cicatriz que le cruza el pómulo parece latir por la tensión de su mandíbula.

Está vestida de negro de pies a cabeza. Es la encarnación misma de la muerte, y es tan enfermizamente perfecta que llevo todo el día luchando contra el instinto animal de acorralarla contra una pared y devorarle la boca.

Contrólate, Matthew. Piensa con la cabeza de arriba.

—¿Cómo lograste localizarla? —Su voz es un látigo dirigido directamente a Lucchese.

Harry ni siquiera se inmuta. Mantiene la vista clavada en la madera de la mesa. Se encoge de hombros con pesadez y le da un trago a su bebida.

—Lucchese.

—Lo que importa es que ella está bien —replica él, arrastrando las palabras.

Lo observo con atención. Es la primera vez que veo a Harry Lucchese… exhausto. Es perturbador verlo despojado de su habitual faceta de psicópata irónico.

—¿Cómo sabías que Marcio llegaría por el puerto de Harrisburg? —Maddox se cruza de brazos y alza una ceja cuando escucha su pregunta.

Harry suelta un suspiro cansado. Se levanta, va hasta el bar y regresa no solo con su vaso lleno, sino con la botella entera, de la que bebe un trago directo.

—Will nos ayudó —zanja ella y va en busca de un vaso—. ¿Jace y los demás?

—Inconscientes cuando llegamos a ellos —responde Lucchese, dejándose caer en la silla—. Mi equipo médico ya los está tratando. Un par de contusiones severas, pero vivirán.

Maddox asiente. Agarra la botella que Harry dejó en la mesa y se sirve su propio vaso.

—Necesito la dirección exacta de donde los encontraste.

—No la necesitas —rebate Harry, pasándose el pulgar por el labio inferior.

La postura de Maddox cambia.

—Maddox. —Mi voz suena más áspera de lo que pretendía. Conozco esa mirada—. Cálmate.

Sus ojos verdes se clavan en mí, pero le sostengo la mirada sin pestañear. No voy a retroceder. Se acerca lentamente a la mesa de roble, apoya ambas palmas sobre la madera y se inclina hacia Harry.

—Me voy a calmar cuando tenga la dirección de ese hijo de perra —sisea.

—Maddox —le advierte él, con una nota de peligro en la voz.

—Lucchese, déjate de estupideces y dime dónde carajos lo encontraste.

—Si por un maldito segundo te callaras y me escucharas… —murmura Harry, frotándose la sien herida.

—Maddox, si lograron escapar, no vas a encontrar absolutamente nada ahí ahora —intervengo, intentando razonar—. La zona estará fría…

—¡Me importa una mierda! —ruge, sin mirarme—. Me sirve para rastrearlos y…

—Penelope, no deberías escuchar conversaciones ajenas.

La voz de Lucchese es extrañamente suave.

Maddox y yo giramos la cabeza hacia el umbral.

Penny asoma su cabellera rojiza por el marco de la puerta, esbozando una sonrisa a medias, culpable.

Avanza de puntillas, como si pisara cristal molido.

Lleva puesta una camisa de seda negra que le queda gigante, deslizándose por sus muslos y cubriéndole los brazos por completo.

Alzo una ceja y miro a Lucchese, pero él me ignora olímpicamente.

Soy consciente de su enfermiza fijación por la mejor amiga de Maddox, pero verlo en la práctica es revelador.

La devora con los ojos. Lucchese mira a Penny exactamente con el mismo nivel de devoción posesiva y desesperada con el que yo miro a Maddox.

Con el tipo de necesidad que dudo que Maddox llegue a sentir por mí algún día.

—No era mi intención entrometerme… —empieza Penny.

—¿Podrías ponerte algo de ropa encima? —le gruñe Harry a su vaso, apretando la mandíbula. Penny se cruza de brazos, desafiante, ignorando su tono posesivo—. Y nada de lo que hablamos aquí te incumbe.

—¡Pero puedo ayudar!

—No.

—¡Lucchese!

—Sube a la cama. Necesitas descansar.

—Pero…

—Lucchese tiene razón. —La voz de Maddox se quiebra levemente. Mira a Harry con desdén antes de enfocar toda su atención en Penny—. Deberías estar en la cama, Pen. Ha sido una noche de mierda…

—Lo sé. Yo soy la que estaba atada a una silla, ¿recuerdas? —suspira Penny. Observo cómo Maddox baja la vista al suelo. La vergüenza y la culpa la aplastan y una punzada de dolor me atraviesa el pecho por no poder arrancarle ese sufrimiento—. Pero mírame, estoy bien.

—Sí, pero…

—Y puedo darles detalles. —Penny insiste—. Lucchese, diles.

Lucchese suelta una risa oscura y gutural. Vuelvo a mirarlo. Está actuando jodidamente raro. Esa risa carece de gracia; está teñida de una furia homicida contenida que a duras penas logra mantener a raya frente a ella.

—¿Y de qué serviría tu ayuda, dulzura? —le pregunta Harry, con un sarcasmo que corta la respiración.

—Puedo hablarles del lugar donde me tenían…

—No quiero que me hables de ese lugar. —El rostro de Maddox se endurece como el granito.

La entiendo a la perfección. Es un mecanismo de defensa. Hace dos años, cuando saqué a Maddox del sótano donde la torturaron, nunca le pedí detalles. Nunca la forcé a revivirlo porque yo mismo vi el lugar donde la tenían.

—No es necesario que pases por eso, Pen —añado, respaldando a Maddox.

—Exactamente —sentencia Lucchese. Deja el vaso sobre la mesa con un golpe seco y por fin levanta la cabeza.

Mira primero a Penny, regalándole una sonrisa casi tierna, para luego girar el cuello hacia Maddox.

—Y no es necesario dibujar ningún plano por una sencilla razón —Harry se apoya en el respaldo de su silla—. El hijo de puta está aquí. En mis calabozos.