Capítulo 44
Maddox
—¿Cómo es que la has mantenido tanto tiempo en secreto?
La voz de Luc destila un ácido puro que me quema desde adentro. El corazón me golpea las costillas con una fuerza brutal y cierro mi mano libre en un puño tan apretado que las uñas me perforan la piel de la palma.
—Eres un hijo de puta —siseo, con un veneno que no logra camuflar mi desesperación—. Te juro que…
—Ya, ya —me interrumpe con un suspiro aburrido—. Todo esto es tu culpa, Maddox.
A mi lado, Matthew percibe el cambio en mi respiración.
Su mirada se ensombrece de preocupación y me sujeta de los brazos con firmeza.
Niego con la cabeza, pálida, y clavo los ojos en Will.
Él capta el mensaje al instante y sus dedos comienzan a volar sobre el teclado de su laptop, intentando rastrear la señal.
—Creí que teníamos algo especial, creí que éramos amigos… —continúa Luc con burla.
—Lo único que quiero de ti es verte sangrar hasta ahogarte —mascullo—. A ti y a tu padre.
Luc suelta una carcajada seca. Agudizo el oído, rogando escuchar la voz de Penny, un grito, una maldita respiración, pero solo capto murmullos lejanos y pasos pesados. La están moviendo.
—Lamento decirte que no tendrás nada de lo que quieres —chasquea la lengua—. Pero yo sí tendré a la deliciosa pelirroja…
—Si le tocas un solo pelo, te despellejaré vivo.
—Oh, princesa. Haré muchísimo más que eso.
—Te vas a arrepentir de haberte cruzado en mi camino, Luc. Te lo juro por mi vida. Si la tocas, vas a rogar no haber escuchado el apellido Salvatore jamás.
Una risa baja y siniestra es su única respuesta.
—Nos vemos, princesa.
La línea muere.
Dejo caer el brazo, con el móvil resbalando de mis dedos temblorosos. Will aparta la vista de la pantalla y niega. No ha podido rastrearla. Esos bastardos ya deben haber destruido el teléfono.
—Maddox —la voz de Matthew es baja—. ¿La tienen? ¿Tienen a Penny?
Asiento, incapaz de articular palabra.
—¡Mierda!—ruge.
—Sí, mierda —murmuro, saliendo del trance. Agarro el móvil de nuevo y marco el número de Jace. Nadie responde—. Jace no contesta, y…
El sonido de un cristal estallando me obliga a callar. Will acaba de hacer añicos el vaso de vidrio que sostenía en la mano izquierda por la pura tensión. Murmura una disculpa ronca, ignorando la sangre que le brota de los nudillos, y vuelve a teclear.
—Tenemos que ir a Nueva York. Ahora —sentencio.
—Maddox —me advierte Matthew, interponiéndose en mi campo de visión—. No es tan simple, hay que coordinar la logística, conseguir un avión que no esté bajo el radar…
—¡Pues consíguelo! —le grito. Mi voz se quiebra por la histeria y Matthew parpadea, sorprendido por mi reacción—. ¡Eres mi maldito consigliere ! ¿Me estás diciendo que no puedes conseguirme un puto avión?
—Sí, yo…
—¡Entonces deja de dudar!
—Solo digo que quizás no lleguemos a tiempo para…
—¡Ni se te ocurra terminar esa frase! —Me lanzo hacia él, invadiendo su espacio hasta que nuestros alientos chocan. El aire en el bar es tan denso y tóxico que podría cortarse con un bisturí—. Solo haz lo que te ordeno.
Me aparto de él con brusquedad, tecleando un último número. Llevo el móvil a mi oreja y cierro los ojos, rogando a un Dios en el que no creo que él responda.
—Maddox —su voz al otro lado suena grave, cautelosa—. No es un buen momento…
—La tienen. —Mi voz tiembla al pronunciar la realidad, dándole forma, convirtiendo mi peor pesadilla en un hecho. Esos monstruos tienen a mi mejor amiga—. Tienen a Penny. Lucchese…
—Yo me encargo.
El tono de Harry es duro.
—No puedo rastrearla, su teléfono está muerto. Jace no responde y…
—Dije que yo me encargo, Maddox —me corta con frialdad—. Súbete a un puto avión hacia Nueva York y deja el resto en mis manos.
Cuelga. El silencio en la línea me taladra el cerebro.
El pánico, crudo y animal, me recorre de la cabeza a los pies. La última vez que sentí este terror paralizante fue hace dos años, en aquella maldita celda, y ahora es ella quien está en peligro. Es Penny, pagando el precio de mis pecados.
—Un avión —exijo entre dientes. Abro los ojos y me encuentro con tres pares de miradas clavadas en mí—. Quiero un avión ya.
—Listo —informa Will, cerrando la laptop de golpe. Asiente hacia mí—. Nos están esperando en la pista.
Giro sobre mis talones y salgo hacia la noche, rogando que mis hombres me sigan. Lo hacen. Matthew me alcanza en menos de un minuto, desactiva el seguro del blindado y todos nos metemos dentro.
Media hora más tarde, estoy atrapada en el asiento de cuero del jet privado que Will consiguió.
Apoyo la cabeza en el respaldo y aprieto los párpados, pero es un error.
Los recuerdos de mi propio cautiverio me asaltan: el frío, el hambre, la desesperación.
Pensar que Penny podría estar viviendo eso, o algo peor, me desgarra viva.
Porque entonces, me convertí en mi padre. Y no quiero ser Levi, no estoy lista para ser él.
— Tesoro …
La voz ronca de Matthew roza mi oído. Niego con la cabeza, rehusándome a mirarlo, y clavo la vista en la ventanilla, perdiéndome en la negrura de las nubes.
Pero es imposible ignorar su presencia, su maldito magnetismo.
Sus ojos marrones me queman el perfil y la yema de sus dedos traza una línea suave sobre mi brazo.
Me aparto de su toque como si me quemara.
—No puedo hacer esto ahora, Matthew.
Lo miro de soslayo. Su expresión se apaga y noto cómo la nuez de su garganta sube y baja. Me siento la criatura más vil del planeta. Él no tiene la culpa, no se merece mi rechazo, pero el veneno de la culpa me está volviendo tóxica para cualquiera que se acerque.
—Solo no quiero que te tortures, tesoro .
—¿Cómo no hacerlo? Toda esto es culpa mía.
—Maddox…
—Jamás debí dejar que se metiera en mi vida, debí alejarla…
—Basta. —Su mano grande atrapa mi barbilla, obligándome a girar y enfrentar su mirada—. Ella sabe perfectamente quién eres y de qué mundo vienes, y aun así decidió quedarse a tu lado. No puedes controlar las acciones de los demás, no…
—Claro que sí —rebato, con la voz rota—. Debería haber sido más cuidadosa. Cometí el mismo error de mi padre: subestimé al enemigo. Ya tendría que haber aprendido la lección.
Matthew aparta la mirada un segundo. Aprieta la mandíbula y niega.
—Maddox…
—Solo necesito llegar a tiempo, Matthew. —Siento que me quiebro por dentro bajo el peso de su mirada—. Solo necesito sacarla de ahí. Nunca me voy a perdonar si ese hijo de puta la lastima.
***
Aterrizamos en Nueva York dos horas después.
Un convoy nos espera a pie de pista. Nadie articula una palabra. Nos subimos en silencio y ponemos rumbo a las coordenadas de Lucchese. Harry vive en un vecindario privado, a kilómetros del ruido de la ciudad.
Atravesamos el portón principal bajo la atenta mirada de su ejército privado.
Hay guardias armados custodiando cada ángulo del perímetro, hombres vestidos de negro sosteniendo rifles de asalto HK IAR contra el pecho.
Lucchese no escatima en seguridad. Nueva York es una puta jauría de lobos en comparación con Chicago.
Aquí las familias se destrozan entre sí por el territorio, y Harry ha mantenido su imperio a base de fuerza bruta.
Draghi nunca ha necesitado este nivel de exhibición militar, pero viendo esto, me pregunto si no he sido demasiado blanda.
El camino de entrada está flanqueado por pinos altísimos que ocultan la estructura principal. Apenas el vehículo se detiene frente a la escalinata, abro la puerta y bajo de un salto.
Escucho a Matthew llamarme, pero lo ignoro. Cruzo las puertas dobles en cuanto los guardias las abren y me congelo en el vestíbulo.
Harry Lucchese está de pie frente a mí.
Lleva su habitual traje impecable, pero parece recién salido del puto matadero.
Las mangas de su camisa blanca están arremangadas, manchadas.
Tiene un corte profundo en la ceja izquierda que le gotea sangre, los nudillos reventados, moretones floreciendo en sus antebrazos y sostiene un vaso de whisky en la mano derecha.
Y está sonriendo.
El maldito psicópata me sonríe con una tranquilidad aterradora.
—Harry…
—Primer piso. La habitación a la derecha.
No espero a que diga nada más. Me lanzo hacia las escaleras, subiendo de dos en dos. Corro por el pasillo de porcelanato hasta que encuentro tres puertas. La de la derecha está entornada.
Me detengo en seco frente a la madera. Cierro los ojos y trago una bocanada de aire tembloroso, buscando la fuerza que me ha abandonado. Del otro lado de esta puerta, puedo encontrar a mi mejor amiga destrozada, aterrorizada o, lo que más temo, odiándome.
Si ya no me quiere en su vida, si me repudia, tendré que tragarme el dolor y aceptarlo. Así que empujo la puerta con lentitud y me encuentro con la habitación en penumbras, apenas bañada por el resplandor cálido de una lámpara de noche.
Penny está hecha un pequeño ovillo en el centro de la inmensa cama. Al escuchar el crujido de las bisagras, levanta la cabeza. Sus ojos se abren de par en par y, en un segundo, salta del colchón y corre hacia mí.
—¡Maddie! —grita. Su voz está ronca, ahogada por el llanto.
Abro los brazos y atrapo su cuerpo contra el mío. La aprieto con una fuerza casi dolorosa, enterrando el rostro en su cabello, absorbiendo su aroma a lavanda como si fuera oxígeno, queriendo fusionarla a mis costillas para que nadie vuelva a arrancármela.
—Maddie, tenía tanto miedo… —solloza contra mi hombro.
—Lo sé, lo sé —susurro con la voz estrangulada, sintiendo cómo se me desgarra el alma—. Lo siento muchísimo, Penny. Jamás quise que te pasara esto. Lo siento tanto…
—Está bien. —Se aparta apenas unos centímetros para mirarme. Sus mejillas están empapadas y rojas, pero logra regalarme una sonrisa—. Estoy bien. Harry me encontró a tiempo. No me hicieron nada, te lo juro. Estoy bien.
Un par de lágrimas traicioneras resbalan por mis mejillas. Penny levanta las manos y me las seca con la yema de los pulgares, acariciándome el rostro con esa ternura incondicional que no merezco.
Pero mientras me limpia las lágrimas, el terror en mi pecho se transforma en otra cosa. Pura y absoluta violencia.
—Penny, te juro que esto no se va a quedar así.
El cambio en mi tono de voz es drástico y la expresión de mi mejor amiga se congela, sus manos se detienen en mis mejillas y me observa con una mezcla de cautela y tristeza, reconociendo a la asesina que acaba de despertar.
—Me voy a encargar de ellos —sentencio.
—Maddie… no…
—Los voy a asesinar, Penny. —Clavo mis ojos en los suyos, entregándole mi promesa más oscura—. Lo juro por mi vida.