Capítulo 43
Maddox
Harrisburg.
Dos horas de vuelo desde Chicago que se sintieron como una puta eternidad.
Apenas las ruedas del Gulfstream tocan la pista, enciendo el móvil con una urgencia que me quema los dedos.
No intento reprimir la ansiedad; a estas alturas, es inútil.
Si todo sale según mis cálculos, en menos de una hora tendré a Marcio encadenado y de camino a Chicago, dándole inicio a la venganza que llevo dos años orquestando.
El arquitecto le había advertido a Will que el lugar de contención aún no estaba preparado. Me importa una mierda. Si tengo que amarrarlo a las tuberías de un baño abandonado y torturarlo ahí mismo, lo haré con una sonrisa.
—Aun no entiendo cómo demonios estás tan segura de que lo encontraremos en el puerto de Harrisburg —interviene Matthew a mi izquierda.
Me giro para mirarlo. Un coche blindado ya nos aguardaba en la pista al aterrizar en Pensilvania.
Marco y Will nos esperan en el punto de encuentro fijado, mientras Pablo y Jace cubren el perímetro en Nueva York.
Luc se había reportado temprano para confirmar su posición; habíamos acordado ser su refuerzo , pero lo que ese imbécil no sabe es que tenemos toda la costa este vigilada para evitar sorpresas.
El silencio entre Matthew y yo ha sido denso desde que dejamos la cama esta mañana.
Las cosas están… en un limbo. Anoche follamos con una desesperación casi violenta, pero mi cabeza no deja de torturarme con la certeza de que le estoy mintiendo, en la misma medida en que mi instinto me grita que él también me oculta sus propios demonios.
«A estas alturas, ya deberías haber aprendido a no confiar en los Hardaway».
El veneno de Máximo me raspa la garganta. Aparto la vista hacia la ventanilla y me obligo a aclarar la voz.
—Te dije que estuve moviendo mis propios hilos —murmuro. Las palabras me saben a ceniza en la lengua—. Will también ha estado escarbando. Mucho, de hecho.
—Lo sé, pero…
Alzo una ceja al notar cómo las palabras mueren en su boca. Sus nudillos están blancos por la fuerza con la que aferra el volante.
—¿Pero qué?
—Es solo que parece demasiado fácil —espeta entre dientes.
Sí. Yo opino lo mismo.
No soy tan estúpida como para confiar ciegamente en el hijo de puta que me usó y me echó a los lobos.
Pero Will cruzó los datos del USB que Máximo me entregó y la logística encaja a la perfección.
Tiene todo el sentido del mundo que la llegada de Marcio ocurra el mismo día y a la misma hora en que Luc me suplicó ayuda para su operativo en Nueva York.
Necesitaban mantenerme mirando hacia otro lado.
Solo ruego que Máximo no esté tendiéndome una trampa por segunda vez. Lo evalué, por supuesto, pero sé reconocer el terror en los ojos de un hombre. Y esa noche en mi despacho, Máximo le tenía muchísimo más miedo a su ex jefe que a mí.
A Marcio Silva.
Descubrir su verdadero nombre me dio un placer retorcido, casi adictivo. Tener su expediente completo en mis manos es la ventaja que estuve esperando toda mi vida.
—Lo sé —concedo tras un instante—. Quizás sea un espejismo, una farsa o una maldita emboscada. —Me encojo de hombros y fijo mis ojos en su perfil hasta que él me devuelve la mirada—. Pero es la pista más sólida que he tenido en veinticuatro meses. Voy a aferrarme a ella hasta destrozarla.
—La última vez que hiciste eso, fallamos —La mandíbula de Matthew es una roca—. Sé que como tu subordinado no debería cruzar esta línea, pero…
—Eres mi consigliere —lo corto, implacable—. Necesito que cruces la línea. Exijo tu honestidad por encima de todo.
Matthew pisa el freno de golpe en un semáforo. La inercia nos tira hacia adelante. Suelta una maldición gutural, quita la mano derecha de la palanca de cambios y atrapa la mía con una posesividad que me roba el aliento.
—Siempre seré honesto contigo —promete, con la voz oscura, áspera—. Como tu consigliere , sí. Pero por encima de todo, como tu hombre.
Alzo una ceja, sintiendo que una chispa de calor peligroso me enciende el pecho.
—¿Mi hombre? —lo desafío, permitiendo que una media sonrisa asome en mis labios.
Matthew no retrocede. Levanta mi mano y presiona sus labios contra mis nudillos con una devoción absoluta. Un escalofrío traicionero me recorre la espina dorsal.
—Todavía no le hemos puesto una etiqueta a esto, Maddox. A lo que sea que nos esté pasando —suspira, sin soltarme—. Pero no necesito un título para dejarte claro que soy tu hombre. Llevo siéndolo desde el primer día que te vi.
Me muerdo el interior de la mejilla, incapaz de frenar el latido desbocado de mi corazón.
¿Por qué sus palabras tienen el poder de derribar mis defensas tan rápido?
No debería sentir este vértigo. No debería permitirme amar de nuevo, y muchísimo menos enamorarme del hombre que debe ser mi escudo y mi estratega.
Ya pagué con sangre la lección de entregar mi confianza, pero con solo una mirada suya, las cadenas con las que blindé mi pecho amenazan con romperse.
Aun así, el terror a la traición sigue ahí, reptando bajo mi piel. Confío en Matthew con mi vida, sé que no tiene la misma naturaleza podrida que su hermano, pero el miedo a terminar destrozada no desaparece con un beso.
El coche vuelve a acelerar y cierro los ojos, concentrándome en la logística. He mapeado cada ruta desde el aeropuerto hasta el punto de extracción; llegar a un puerto en Pensilvania al atardecer levanta menos sospechas que aparecer de madrugada como un equipo de asalto.
Desbloqueo la pantalla. Marco y Will están en posición. Jace no ha reportado nada nuevo desde hace una hora. Todo está en orden, pero hay una presión fantasma en mi pecho que no me deja respirar bien.
—¿Qué pasa? —indaga Matthew. Por supuesto que no se le escapa nada.
—Es Penny —murmuro, abriendo nuestro chat—. Hablamos temprano y no he vuelto a saber de ella.
—No es como si tuvieran que enviarse reportes cada hora.
—Lo sé. —Paso el pulgar por la pantalla oscura, frustrada—. Pero… no lo sé. Me da mala espina.
—Seguro que está bien. Solo necesitas descansar un poco —asegura en voz baja, dedicándome una sonrisa ladeada—. Prometo dejarte dormir esta noche.
—Ni lo sueñes. —Niego con la cabeza, fijando la vista en el letrero de neón parpadeante del bar que usamos como base—. Si conseguimos a Marcio, lo último que haré será dormir. El descanso me importa una reverenda mierda.
Matthew estaciona el coche junto a la acera y apaga el motor.
—Maddox —su tono cambia, volviéndose denso y protector—. Si lo tenemos, tendrás semanas para torturarlo…
—Matthew. —Me desabrocho el cinturón de seguridad y giro el torso para enfrentarlo—. Necesito que me prometas una cosa.
—No.
—Matthew —digo entre dientes.
—Dije que no —repite, rotundo—. Si las cosas se salen de control hoy, yo me encargo de él.
—No, yo me encargo. —Acorto la distancia entre nosotros y planto la palma de mi mano contra su pecho firme—. Fui criada para esto. Puedo hacerlo.
—Y si algo sale mal…
—Esta noche no soy la mujer con la que te acuestas —sentencio, clavando mis ojos en los suyos hasta someterlo—. Hoy soy la Regina de Draghi . Y vas a seguir mis órdenes.
La tensión entre ambos es eléctrica. Noto cómo su garganta trabaja al tragar saliva, pero la sombra de una sonrisa perversa tira de la comisura de sus labios.
—¿Está mal que me excite tanto escucharte dar órdenes?
—Susurra. Le doy un golpe seco en el pecho y él deja escapar una risa grave.
Antes de que pueda apartarme, su mano envuelve mi muñeca, tirando de mí hasta que casi quedo sobre su regazo—.
Acataré tus putas órdenes, Maddox. Pero que te quede claro: no dudaré un microsegundo en arrastrarte lejos si hay peligro.
Recibiría mil balas por ti antes de dejar que te toquen.
Asiento una sola vez, sintiendo el peso de su juramento.
Me suelta, respiro hondo y bajo del coche. Al cruzar la puerta del bar, el ambiente es asfixiantemente tranquilo. Suena un blues gastado de fondo y el lugar está desierto, a excepción de nuestros dos hombres.
Marco bebe de una botella de cerveza en la barra, mientras Will teclea frenéticamente en su laptop, apenas gruñendo a modo de saludo. El eco de mis botas anuncia mi llegada.
—¿Cómo diablos conseguiste vaciar este antro? —pregunta Matthew a mi espalda.
—Lucchese.
Matthew suelta un bufido de desprecio y yo reprimo una sonrisa. Me detengo frente a la barra.
—¿Todo listo? —Ambos asienten. Marco desliza la cerveza por la madera hacia mí. La detengo con dos dedos.
—Prefiero el whisky. Y para la próxima, que te quede claro que aborrezco que mis hombres beban antes de una misión.
La sonrisa de Marco se borra al instante. Suelta la botella como si quemara.
—No… no lo sabía.
—Ahora lo sabes. —Mi tono es gélido—. Te lo dejaré pasar hoy. La próxima vez te daré una advertencia en forma de bala.
A mi lado, Matthew sonríe con diversión.
—El objetivo debería estar atracando en menos de diez minutos —informa Will, levantando por fin la vista. Me percato de que lleva gafas para leer—. Deberíamos salir ya hacia el punto ciego de los contenedores.
Mi móvil vibra salvajemente en mi bolsillo trasero, saco el aparato y todos los presentes se tensan al ver el cambio en mi expresión. Frunzo el ceño al leer el nombre de Luc y deslizo el pulgar por la pantalla.
—Luc, ¿qué dem…
—¡Maddie!
El grito desgarrador pertenece a mi mejor amiga. Y en ese solo segundo, el mundo entero se reduce a la más absoluta y aterradora nada.