Traición y Sangre II (Draghi 2) Capítulo 42
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Capítulo 42

Matthew

Maddox no volvió a mi cama anoche.

Un tic errático me palpita en el ojo izquierdo.

Me obligo a parpadear para detenerlo, pero la ansiedad sigue ahí, arañándome el pecho.

No es que ella tenga ninguna obligación de darme explicaciones, pero le estoy ocultando información vital.

Y mi instinto me grita que quizás ella ya lo sabe.

Porque tengo una certeza absoluta: en el instante en que esa verdad salga a la luz, lo que sea que exista entre nosotros quedará reducido a cenizas.

A menos que logre ser yo quien se lo confiese primero.

En el subsuelo de la sede de Draghi , el ambiente es tenso.

Jace descarga cargador tras cargador contra las dianas, una práctica innecesaria que solo usa para matar el tiempo hasta que Maddox aparezca con directrices.

Mientras tanto, en la mesa de metal frente a mí, Pablo y Marco sudan frío intentando desarmar un explosivo de prueba.

Detengo el cronómetro con un suspiro áspero. Dos malditos minutos.

A Marco le tiemblan los dedos. Los recluté yo mismo hace un año porque parecían letales en el entrenamiento, pero hoy dudo de mi propio juicio. O tal vez, simplemente, estoy insufrible porque no he olido a Maddox desde ayer.

«Ven a dormir luego. Y hablaremos, ¿sí?»

Había prometido que volvería, lo vi en sus ojos. Pero no lo hizo, y ahora la incertidumbre me está volviendo loco.

—Por todos los putos dioses —gruño, frotándome el puente de la nariz—. Si esto fuera una granada real, ahora mismo le estarían dando la mano al diablo.

Ambos soldados bajan la vista de inmediato.

—Lo siento, Matthew…

—No quiero sus disculpas, quiero eficiencia —sentencio, letal, sin apartar los ojos de ellos—. Si creen que con esta mediocridad van a proteger a Maddox…

—Hay demasiado ruido molesto —replica Pablo entre dientes, atreviéndose a sostenerme la mirada.

La furia me sube por la garganta. Jace deja de disparar al instante, captando el cambio en la atmósfera, y el silencio que le sigue es tenso. Avanzo hasta la mesa metálica, apoyando ambas manos sobre el borde e invadiendo su espacio personal.

—¿Ruido molesto? —siseo. La estupidez de la excusa me parece un mal chiste—. ¿Los soldaditos necesitan putos protectores auditivos para funcionar? Si son tan delicados, tal vez deberían estar detrás de un escritorio llevando la contabilidad de la empresa.

—Matthew —advierte Jace a mis espaldas, con voz tensa—. Cálmate.

Dejo escapar una risa seca, carente de todo humor.

—¿Que me calme? Si dejo pasar esta ineptitud, acabarán muertos en un parpadeo allá afuera.

Y lo último que van a recordar en las calles será el ruido molesto.

—Clavo mis ojos en Pablo y luego en Marco—.

Desarmen la maldita bomba otra vez. Y no se detengan hasta que lo logren en treinta segundos exactos.

Me doy la vuelta y me largo de la sala de entrenamiento antes de partirle la cara a alguien.

Sé que me comporté como un completo imbécil, pero siempre he sido así: el consigliere despiadado que exige perfección porque los errores nos cuestan la vida.

El maldito problema es que, desde que Maddox amanece enredada en mis sábanas, ese control militar se está yendo al demonio.

Camino por los pasillos en dirección a los vestuarios, procesando mentalmente los movimientos de Levi.

Él también está actuando extraño desde que le cedió la silla a su hija.

Se supone que está gestionando cargamentos de la empresa automotriz, pero Maddox cada vez está más hermética.

No tengo idea de cómo voy a acercarme para ser completamente honesto si ella bloquea cualquier tema que no sea la misión.

Me detengo en seco al escuchar voces. Me pego a la pared fría, ocultándome en el ángulo ciego de la puerta entornada de los vestidores. Es ella. Con los brazos cruzados y la mirada clavada en Will.

¿En qué maldito momento llegaron? ¿Por qué están hablando a escondidas?

Mi lado territorial ruge, pero lo aplasto. Confío en Maddox. Sé que lo nuestro, aunque carezca de un título oficial, es exclusivo. Pero eso no significa que me fíe de sus secretos.

—No miente —asegura Will en voz baja—. Revisé la memoria y la información nos servirá.

Maddox duda. A través del resquicio, veo los engranajes de su mente procesando el riesgo. Chasquea la lengua.

—Detesto confiar en la gente que ya me engañó una vez —murmura.

¿De quién demonios está hablando?

—Lo sé. —Will comete el estúpido error de inclinarse hacia ella. Un fuego tóxico me quema las venas ante la proximidad—. Pero los datos coinciden.

—Entonces hay altas probabilidades de encontrarlo —concede Maddox, levantando la vista hacia el espejo de los lavabos—. De acuerdo, hablaré con el resto del equipo para ponerlos al tanto.

Frunzo el ceño, retrocediendo un paso para ocultarme mejor, rogando que no me haya visto a través del reflejo. Escucho sus pasos alejarse en dirección opuesta y suelto el aire contenido, creyendo que he pasado desapercibido.

Doy media vuelta para irme, pero una mano firme se cierra en el cuello de mi camiseta y me estampa contra el muro contiguo con una fuerza brutal.

Verde esmeralda puro. Sus ojos me fulminan, y el cañón de acero de su Mossberg se presiona directamente contra mi yugular. Mi sangre reacciona de la peor forma posible: estoy jodidamente excitado. Y tal vez un poco fascinado por esa expresión letal, porque está claro que me ha atrapado.

—Matthew Hardaway. ¿Escuchando conversaciones ajenas? —susurra.

Paso la lengua por mi labio inferior. Ella enarca una ceja. Le saco más de treinta centímetros de altura y una tonelada de músculo, pero en este instante, Maddox Salvatore no siente ni una pizca de intimidación.

Así que doblo la apuesta.

Mi mano derecha vuela a su cintura y la izquierda atrapa la muñeca que sostiene el arma.

Con un movimiento brusco, invierto las posiciones, estrellando su espalda contra la pared.

Meto mi muslo entre sus piernas, afianzándome contra su centro, mientras levanto su mano por encima de su cabeza, apartando el cañón de mi cuello.

—No regresaste a dormir —gruño, a centímetros de su boca.

Ella sonríe.

Joder, Maddox sonríe y me desarma por completo. No es una sonrisa inocente; es puro desafío. Se muerde el labio inferior y alza la barbilla.

—¿Y por eso me espías? —ronronea, frotándose intencionadamente contra mi muslo. Un gruñido salvaje se me escapa de la garganta—. ¿Tenías miedo de que hubiera calentado la cama de alguien más?

Mi corazón se salta un latido. Sé que está jugando conmigo. Sé que es una provocación, pero el simple pensamiento es veneno.

—Estás intentando distraerme —advierto en voz ronca.

—No creo que haga falta. —Su mano libre desciende por mi abdomen y casi cierro los ojos cuando sus dedos se cuelan por el elástico de mis pantalones de entrenamiento—. Porque no tengo que darte explicaciones.

—Dije que teníamos que hablar.

—Mírame. —El tono juguetón desaparece, sustituido por una orden absoluta.

Me resisto un segundo antes de obedecer y hundirme en sus ojos—.

La misión es en tres días —me recuerda. Su mano abandona mi cintura y sube hasta mi rostro, acariciando mi mandíbula.

Un escalofrío me traiciona al sentir su tacto—. ¿Puede esperar?

—Maddox…

—Sé que eres el consigliere perfecto. Disciplinado, implacable, estructurado. Pero… —su voz se quiebra imperceptiblemente—. Tengo miedo.

Me quedo congelado. ¿Maddox confesando vulnerabilidad? Eso me golpea directo en el centro del pecho. Suena tan real, tan dolorosamente sincero, que mi instinto asesino se apaga, reemplazado por la necesidad irracional de ser su escudo.

Suelto la muñeca que la mantiene cautiva. La Mossberg resbala de sus dedos y choca contra el suelo con un ruido sordo. Acuno su rostro entre mis manos, notando el brillo febril en su mirada.

— Tesoro …

—Sé que no debería importarme —susurra, en un tono ahogado que reserva únicamente para mí—. Sé que me respetan. Que a nadie debería importarle con quién salgo, a quién me follo o qué hago con mi vida. Pero me importa. Me aterra pensar que podrían…

—Tratarte diferente por estar conmigo —termino la frase. Ella asiente, apretando los labios. Acaricio sus pómulos con mis pulgares—. Nadie se atrevería.

—Soy una mujer en un mundo gobernado por hombres —replica, con un hilo de voz—. Criada por el gran Levi Salvatore, sí. Pero para el resto del tablero, sigo siendo solo una niña intentando jugar con hombres de poder. Y si además me acuesto con mi subordinado…

—No eres ninguna niña jugando —la corto, tajante, impregnando cada sílaba de gravedad—. Eres la maldita jefa. Y te juro por mi vida, Maddox, que si alguien llega a insinuar lo contrario, me encargaré personalmente de que sea lo último que piense antes de volarle los sesos.

Se le escapa una risa temblorosa.

—Matthew…

—Hablo muy en serio. —Me pego aún más a ella—. Pobre del infeliz que intente decir una sola palabra sobre mi Regina. Porque será hombre muerto antes de terminar la frase.

El brillo de sus ojos muta. La vulnerabilidad retrocede, dándole paso a esa picardía letal que me tiene esclavizado. Sonríe, y yo no puedo contenerme un segundo más.

Me inclino y devoro su boca. Es un choque de dientes y aliento cálido. Cuando su lengua acaricia la mía, suelto un gruñido profundo, apartándome apenas un milímetro antes de volver a asaltarla.

—He esperado por ti —confieso contra sus labios, soltando la verdad que todos ya saben, pero que necesito que escuche—.

Llevo años haciéndolo. Joder, creo que te he esperado hasta en vidas pasadas.

Si tenemos que hacer las cosas en secreto para estar juntos, lo haré.

Esperaré en las sombras el tiempo que haga falta.

—Matthew —susurra. Sus dedos se enredan en mi cabello, acariciándome—. Te prometo que será solo por un tiempo…

—Lo que tú necesites, Maddox. —Apoyo mi frente contra la suya, inhalando ese maldito perfume a cerezas y vainilla que me vuelve loco—. Todo lo que quieras, es tuyo. Pídelo. Pídeme el mundo o pídeme la guerra, y te lo daré.

Antes de que pueda responder, atrapo sus labios de nuevo. Aprieto las manos en su cintura y la levanto del suelo. Ella envuelve sus piernas alrededor de mis caderas sin dudarlo, anclándose a mí.

La beso con desesperación, con violencia ciega.

Necesito demostrarle de esta forma lo mucho que la amo y la venero en partes iguales.

Le inyecto en este beso todo lo que las palabras no alcanzan a explicar, con la esperanza devoradora de que, cuando mi secreto salga a la luz, este amor sea suficiente para que no me abandone.