Capítulo 41 #2
Atravieso el pasillo secreto. En cuanto la última puerta cede, la atmósfera cambia.
El olor a polvo y desinfectante es reemplazado de golpe por el aroma a cerezas y las notas amaderadas de Matthew que aún impregnan los muebles.
Un calor furioso me sube al rostro al sentarme en la misma silla de cuero donde me hizo rogar hace dos noches.
Mierda. Estoy a punto de ver al menor de los Hardaway.
Enciendo los monitores de seguridad en mi móvil. Ahí está. Una silueta oscura moviéndose por los pasillos con la cautela de alguien que conoce la arquitectura básica del lugar, pero no sus secretos. Máximo conoce lo que cualquier soldado de Draghi sabe.
Dejo el móvil sobre el escritorio, desenfundo la Mossberg y la coloco frente a mí, reluciente y letal bajo la luz tenue. Y espero.
Sesenta segundos después, la manija de la puerta cede. Tras un ligero forcejeo con la cerradura, se abre y Máximo aparece en el umbral.
Hago una mueca imperceptible. Está diferente. Las sombras debajo de sus ojos son más profundas, la postura menos arrogante.
Al levantar la vista y encontrarme en la silla del Don, el impacto lo paraliza.
No lo mates, me ordeno. Si fue lo bastante suicida para venir, necesita algo. Escúchalo, luego dispara.
Esbozo una sonrisa fría y disfruto viendo cómo su garganta trabaja. Hay sorpresa en sus facciones, pero también una gruesa capa de desconfianza y... sí, miedo.
Perfecto.
—Diría que es una grata sorpresa encontrarte aquí —arrastro las palabras, recostándome en el cuero de la silla—, pero detesto mentir.
—Maddox... —Su voz es un susurro tenso—. No tenía idea...
—¿De que me encontrarías en mi propio club? —Ladeo la cabeza. Sus ojos escanean mi rostro, deteniéndose en la cicatriz y en mi cabello oscuro—. Claro. Esperabas encontrarte con Levi.
Cierra la puerta a su espalda y da un paso al frente, manteniendo las manos a la vista. Parece un perro apaleado que sabe que ha jodido la misión.
¿Por qué diablos no he apretado el gatillo todavía?
—Así es —admite, recuperando un poco la compostura—. Pero veo que la corona cambió de dueño.
Mi sonrisa se ensancha.
—Exacto.
—¿Desde cuándo...?
—No creo que eso te interese —Bajo la mano hacia el escritorio y acaricio el acero frío de mi pistola. Sus ojos siguen el movimiento—. Empieza a hablar, Máximo, o te aseguro que pinto la pared con tus sesos.
Se yergue, endureciendo la mandíbula.
—Si quisieras verme muerto, no me habrías dejado entrar.
Punto para el traidor.
—No juegues con fuego. El único motivo por el que sigues respirando mí mismo aire es porque sé que vienes a mendigar algo. —La sombra que cruza su rostro me confirma que he dado en el blanco—. Necesitas a Levi, pero la que da las órdenes ahora soy yo. Debe joderte bastante tener que suplicarme.
Máximo cierra los ojos un instante y niega con la cabeza.
—No vine a pelear. Y tienes razón, necesito a Draghi . —Me tenso ante su elección de palabras—. Pero sé que tú también me necesitas a mí.
Suelto una carcajada seca, sin un ápice de humor.
—Lo único que necesito de ti es que dejes de respirar. Y para eso me basto sola.
—¿Segura? —espeta, dando un paso temerario hacia adelante—. Entonces supongo que los rumores son pura mierda.
Mi sonrisa desaparece de golpe.
—¿Disculpa?
Se encoge de hombros y avanza otro paso. Agarro la empuñadura de la pistola, pero no la levanto. Él se congela al instante, con los ojos clavados en mi mano.
—No te di permiso para caminar.
Asiente lentamente.
—En las calles se dice que la heredera de Draghi está haciendo tratos bajo la mesa con el hijo de la mafia enemiga. —Enarca una ceja, retador—. ¿Es mentira?
—Lo es —miento con frialdad—. No soy la heredera. Diles a tus fuentes que actualicen su maldita información.
—¿En qué demonios estás pensando, Maddox?
Lo miro como si fuera un insecto bajo mi bota.
—¿Disculpa? —siseo—. ¿Sigues obsesionado conmigo o por qué me hablas como si te importara lo que me pase?
—Porque me importas. Jamás dejaste de hacerlo.
Una punzada eléctrica me atraviesa el pecho. Me usó. Me vendió a los putos lobos y me rompió en mil pedazos y aun así parece dispuesto a seguir mintiendo. Dejo escapar otra risa.
—¿Qué carajos hiciste, Máximo? —Su ceño se frunce—. Tienes que haber hecho algo muy malo para hacer enojar a tu jefecito y venir a rogarme compasión a mí.
Su máscara se resquebraja. Le di justo en la yugular. Máximo siempre fue un maestro de las mentiras, pero yo aprendí de los mejores.
—Marcio ya no es mi jefe —confiesa, la voz áspera—. Me separé de él hace tiempo.
—Y asumo que ahora quiere tu cabeza en una bandeja. —Saboreo su silencio—. Debes haber hecho algo imperdonable si prefieres enfrentarme a mí antes que a él.
—Tal vez. Solo sé que sigo vivo. Llevo aquí cinco minutos, no creí que aguantarías tanto sin dispararme.
—Tengo una lista de prioridades —susurro, inclinándome sobre el escritorio—. Pero si me aburres, puedo cambiar el orden y ponerte en la cima sin ningún problema.
—Tengo información. Cosas que te interesan.
Me encojo de hombros con desinterés.
—En tres días, Luc irá a recoger un cargamento a Nueva York.
—Ya lo sé.
—Sí, pero lo que no sabes es que es un maldito farol. —El impacto de sus palabras me recorre la espina dorsal—. Marcio pisará el país por el puerto de Harrisburg, en ese momento.
Mi cerebro procesa la información a una velocidad vertiginosa. Podría ser una trampa, pero tiene sentido. Demasiado sentido. Y, si está mintiendo, es el suicida más grande de la ciudad por haber entrado a mi club para hacerlo.
La victoria me sabe a miel en la lengua.
—Quién diría que tu naturaleza de escoria traicionera terminaría siéndome útil —murmuro, ladeando la cabeza—. Quiero todo lo que tengas.
Máximo lleva una mano al bolsillo de su chaqueta. Alzo la Mossberg por puro instinto, y él frena de golpe, alzando la mano libre en señal de paz. Lentamente, saca un pequeño dispositivo rectangular y lo lanza sobre mi escritorio.
—En ese USB está todo lo que logré recopilar este último tiempo. Marcio me quiere muerto porque descubrí parte de la verdad, pero aún me faltan piezas.
—Asumo que quieres algo a cambio —Paso la lengua por mis labios secos, notando cómo sus ojos siguen el movimiento, acaba por asentir—. ¿Qué te hace creer que tienes derecho a negociar conmigo?
—Te estoy ayudando.
—No —corto, letal—. Estás comprando tiempo para que no te asesinen. Hay una gran diferencia.
—Maddox...
Me pongo de pie, apoyando los nudillos sobre el escritorio.
—Te lo dejaré muy claro. Sigues respirando única y exclusivamente porque yo lo permito. En el segundo en que dejes de serme útil, vas a descubrir lo que significa joderme.
Máximo intenta avanzar, pero se congela abruptamente. Un diminuto punto rojo acaba de posarse justo sobre su corazón. Controlo mis facciones para no delatar mi propia sorpresa. Mi móvil se ilumina boca arriba sobre la mesa con un mensaje nuevo.
Lucchese: Pídelo y le vuelo los sesos.
Una sonrisa tira de la comisura de mis labios.
—Ahora lárgate —ordeno en voz muy baja—. Vete antes de que decida adelantar el final de mi lista de venganza y empiece contigo.
Máximo traga en seco. Sus ojos viajan de mi rostro al punto rojo en su pecho. Asiente despacio y gira sobre sus talones con movimientos lentos, luce aterrado. Cuando su mano envuelve el pomo de la puerta, se detiene. Gira la cabeza lo justo para mirarme de soslayo.
—Somos iguales, Maddox. Nos corre la misma sangre traicionera por las venas —dice con seguridad antes de irse—. Matthew es tan capaz de engañarte como yo. A estas alturas, ya deberías haber aprendido a no confiar en los Hardaway.