Capítulo 41
Maddox
Matthew gruñe contra mi boca al escuchar el timbre de mi móvil. No puedo evitar sonreír sobre sus labios.
—Detesto esa maldita cosa —sisea.
Le muerdo el labio inferior y tiro de él con la fuerza suficiente para arrancarle un gruñido mucho más oscuro.
Presiona su cuerpo sobre el mío, haciéndome sentir la dureza de su erección contra mis muslos.
El instinto me pide cruzar las piernas, pero él se abre paso, frotándose contra mi centro desnudo hasta que un remolino de humedad se acumula entre mis muslos.
—Matthew... —jadeo, echando la cabeza hacia atrás.
Sus labios reclaman mi cuello, trazando un camino húmedo hasta mis pechos. Antes de que pueda intentar alejarlo, su lengua envuelve mi pezón derecho, endureciéndolo al instante. Arqueo la espalda con un gemido que me desgarra la garganta.
— Tesoro —susurra contra mi piel hipersensible, antes de dedicarle la misma atención devota al otro lado—. ¿Puedo follarte otra vez?
Por tercera vez. Este hombre quiere hacerlo por tercera vez. Joder.
—¿De dónde sacas tanta energía? —alcanzo a articular cuando sus dedos se cuelan entre mis piernas, abriéndome con una lentitud desesperante.
—Por favor —murmura, arrastrando mi propia humedad hasta mi clítoris con la yema de los dedos—. No puedo saciarme de ti. Mucho menos cuando te empapas por mí en cuestión de segundos...
Mi móvil vuelve a sonar, taladrando la burbuja de calor.
Matthew suelta una retahíla de maldiciones pero intenta ignorarlo. Al tercer tono consecutivo, suspira con pura frustración y se aparta. El frío golpea mi piel ante su ausencia. Lo observo dejarse caer de espaldas a mi lado, con la mandíbula tensa.
—Si es Lucchese molestando de nuevo...
—Ya —lo corto, girando sobre el colchón para alcanzar el aparato—. No es Harry.
—No lo llames así —gruñe de inmediato.
—Ese es su nombre, Matthew.
—Me importa una mierda —espeta. Se inclina sobre mí, apresando mi garganta entre sus dedos grandes y ásperos—. Lo detesto. No lo llames de ninguna forma.
Esbozo una sonrisa altanera mientras sus dedos ejercen una presión posesiva que, lejos de asustarme, me enciende.
—Deja de ser tan bruto —murmuro, bajando la vista a la pantalla—. Es Will.
—Ese infeliz me está empezando a caer fatal.
—Matthew —advierto, clavando mis ojos en los suyos.
Él bufa, pero no aparta la mano de mi cuello; al contrario, la yema de su pulgar acaricia mi pulso desbocado.
—Quiere verme en una hora. Dice que las cámaras captaron algo. —Dudo un segundo antes de añadir la mentira—. No dice mucho más. Ya sabes que evitamos dar detalles por mensaje.
Él asiente. Agradezco que no indague. Confío en Matthew, sí, pero no estoy dispuesta a entregarle las riendas de cada uno de mis planes. Mi venganza no puede permitirse puntos ciegos.
Se aparta de mí por completo y abandona la cama. Me muerdo el interior de la mejilla al observar su espalda desnuda. Mi corazón da un vuelco irracional al repasar el dragón tatuado en su bíceps izquierdo y la serpiente que trepa por su piel hasta enredarse en su cuello.
Sus abdominales se tensan mientras se viste, ocultando esa polla perfecta tras la tela oscura.
Parpadeo, obligándome a apartar la vista si quiero salir viva de este apartamento hoy.
Un nuevo mensaje de Will ilumina la pantalla; su insistencia es inusual, así que le confirmo rápido que voy en camino.
—Puedo llevarte —ofrece Matthew. Me giro para verlo; se está abotonando la camisa negra con parsimonia—. Si quieres.
—No hace falta —me apresuro a responder, buscando mi propia ropa—. Ahora tengo coche.
—Lo sé, pero...
—Dije que no es necesario.
Enarca una ceja, evaluándome. Se sienta en el borde del colchón, con las rodillas separadas. Me acerco para terminar de ajustarme la camiseta y, de inmediato, sus manos enormes se anclan en la cara interna de mis muslos, atrayéndome hacia él.
—¿Está todo bien? —pregunta en voz baja. Sus pulgares trazan círculos sobre mi piel. Asiento—. Sabes que puedes...
—Decirte lo que sea, lo sé —le dedico una sonrisa suave, acunando su rostro entre mis manos—. Will seguro quiere repasar la logística de la misión. Le pedí que mantuviera vigiladas a las familias de la costa. Quiero asegurarme de que todos sigan bajo mi correa.
Asiente despacio, aunque la sombra en sus ojos color miel me advierte que no se ha tragado la excusa por completo. Sus dedos se hunden un poco más en mi carne.
—De acuerdo —murmura, soltando un suspiro pesado—. Tesoro , tenemos que hablar.
Frunzo el ceño. El cambio brusco me descoloca. Su expresión es inescrutable, pero hay una tensión vibrando bajo su piel que me pone en alerta. Hace menos de una semana yo misma le marqué límites estrictos, solo para terminar rogándole de madrugada. Quizás la factura de ese caos acaba de llegar.
—Lo sé —concedo, acariciando su pómulo—. Pero mañana tenemos el entrenamiento y hay demasiadas piezas sueltas...
—Está bien. —Su voz suena apagada, casi distante—. Pero no es de la misión de lo que tenemos que hablar.
Ladeo la cabeza, genuinamente confundida.
—¿De qué hablas entonces?
Un brillo de pura incertidumbre cruza su mirada. Duda. Lo veo pasar saliva en seco antes de forzar una media sonrisa que no llega a sus ojos.
—Ven a dormir conmigo esta noche —pide, inclinándose para rozar sus labios con los míos—. Y hablaremos, ¿sí?
Le devuelvo la sonrisa y asiento.
No tengo tiempo para esto , pienso mientras me alejo.
◆◆◆
Salgo de mi propia ducha una hora más tarde y el móvil vuelve a vibrar sobre la encimera.
Reprimo el impulso de estamparlo contra la pared.
No sé qué le pasa a Will, pero lleva días actuando raro; creí que estaba ofendido por mi silencio sobre Luc, pero esta desesperación es nueva. Si fuera una emergencia real, llamaría.
Y justo entonces, la pantalla cambia de un mensaje de texto a una llamada entrante.
Me envuelvo en una toalla negra y descuelgo.
Al llegar a mi piso me topé con una nota de Lucchese diciendo que regresaría a Nueva York temprano para preparar el terreno, y que saldría a «despedirse de alguien» . Solo ruego a los dioses que mi mejor amiga no acabe asesinándolo antes del operativo.
—Will —contesto, arrastrando las palabras—. ¿Tengo que pedir una orden de alejamiento? Llevas acosándome dos horas.
—Estoy haciendo mi trabajo, ¿lo olvidas? —replica entre dientes.
—Nunca te pedí que me asfixiaras.
Lo escucho soltar un insulto lejos del auricular antes de volver a la línea.
—Sabes que odio hacer llamadas inútiles. El software de seguridad saltó...
—Sí, me lo dijiste por mensaje hace dos horas —lo pongo en altavoz y lo dejo sobre la cama mientras busco ropa oscura—. Y estoy a punto de salir...
—Ah, lo siento. ¿Interrumpí tu maratón en la cama con Matthew? —Pausa. Aprieto la mandíbula, atrapada—. Es bastante obvio que te lo estás follando.
—¿Por eso estás de tan mal humor?
—¿Qué? —La confusión en su voz es genuina. Me calzo las botas militares con rapidez—. Por supuesto que no, me importa una mierda a quién te lleves a la cama.
—¿Entonces?
—Estaba molesto porque me ocultaste lo que pasó en la cena con Luc.
Suelto un suspiro cansado.
—Pasó exactamente lo que les dije en la reunión. Nada más.
Silencio al otro lado de la línea.
—No me fío de él, Maddox —confiesa en un murmullo tenso.
—Ya somos dos —quito el altavoz, atrapando el móvil entre mi hombro y mi oreja mientras salgo del apartamento—. Pero es la única maldita carta que tengo ahora.
—¿Diseñaste ya la estrategia paralela? —Chasqueo la lengua—. Tomaré ese sonido como un no.
—Oye —lo corto al entrar al ascensor—. Iba a hacerlo temprano, pero estuve ocupada...
—¿En las sábanas de tu consigliere ?
—No seas idiota —gruño—. También me pediste que fuera a verte, ¿recuerdas?
—Sí. Sobre eso...
Frunzo el ceño. Empiezo a bajar los escalones del edificio hacia la calle, maniobrando con el teléfono, el bolso y mi arma.
—¿Qué pasa?
—Te llamé porque la alarma periférica detectó algo —su tono baja un octavo—. Al principio parecía falsa alarma, pero luego hubo movimiento en la cámara del club.
—¿En el club? —Me detengo en seco—. Levi no me reportó nada.
—Es tu club ahora, Maddox. Son las cámaras del callejón exterior, pero creo que deberías preocuparte.
—¿Por qué? —Un frío similar al vértigo se me instala en el estómago—. ¿Quién demonios está rondando mi territorio? —permanece en silencio y presiono los labios—. William. Habla.
—Máximo —mi corazón se dispara contra mis costillas al escucharlo—. Creí que era él al principio, por eso quería que vinieras —continúa Will—, pero acabo de confirmarlo. Está merodeando el club, Maddox.
Mi cerebro se apaga y mi cuerpo toma el control absoluto.
Bajo el resto de las escaleras a una velocidad letal.
Por suerte, mi Audi está aparcado justo en la acera lateral del edificio.
Me subo, enciendo el motor y piso el acelerador, siento una necesidad corrosiva inyectada directamente en mis venas.
La necesidad de ver a Máximo Hardaway y meterle una puta bala en el cráneo.
Freno a dos calles de distancia, fundiendo el coche con la oscuridad de la acera. Antes de abrir la puerta, verifico el cargador de mi Mossberg. Sería de idiotas pensar que Máximo se presentó en mi territorio sin un as bajo la manga o un plan de contingencia.
Y yo dejé de ser una idiota hace dos años.
Camino a paso rápido hacia el edificio contiguo al club. A simple vista es un depósito abandonado, pero los papeles están a mi nombre. Fue idea de Levi comprarlo y blindarlo por dentro; una ruta de escape VIP conectada directamente al despacho principal. Mi despacho.
Digito el código de seguridad en el panel oculto y paso el escáner biométrico. Cruzo la oscuridad del depósito guiada por la linterna del móvil, subo las escaleras metálicas y llego a una oficina que apesta a encierro. Presiono una baldosa específica en la pared y esta se desliza en silencio.