Traición y Sangre II (Draghi 2) Capítulo 40
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Capítulo 40

Maddox

Llevo dos horas hablando. Tengo la garganta seca y, aunque mataría por un trago de whisky, me obligo a mantener la postura detrás del escritorio.

Los ojos de Matthew no se han apartado de mí desde que empezó la reunión.

Quizás estoy delirando, pero me escruta con tal intensidad que me siento expuesta, desnuda bajo ese iris color miel.

Y mentiría si dijera que su atención no me tiene empapada.

Mierda. Estoy completamente excitada por la forma en la que me mira, pero también por su postura.

Se ha mantenido en un extremo de la sala, inquebrantable, escuchándome hablar sin parpadear.

Lleva un pantalón de vestir negro y una camisa que reconozco demasiado bien.

Tiene docenas iguales, pero algo me dice que es exactamente la misma que le robé de su armario justo después de nuestro primer polvo.

Siento el calor subir a mis mejillas. La comisura izquierda de sus labios se eleva de forma imperceptible. Lo miro de soslayo. Quizás no me lo he imaginado en absoluto.

—¿Preguntas? —inquiero, dejándome caer sobre el respaldo de mi silla de cuero.

Los cité a todos en el último piso del club para organizar la misión de Luc. Necesita a dos de mis hombres y, aunque no me hace maldita gracia exponer a mis soldados, es el precio a pagar para acercarme a mi verdadero objetivo.

Matthew no me hizo una sola pregunta sobre mi reunión con Luc. Respetó mis límites, pero sé que la verdadera razón es que pronunciar el nombre de ese imbécil lo vuelve loco de celos. Y aunque las consecuencias de esa posesividad me encantan, mi cuerpo exigía un maldito descanso.

¿Cómo es que me lleva diez años y tiene el doble de energía que yo?

«Te he deseado por mucho tiempo, Maddox. No me saciaré de ti tan fácilmente».

Mal momento para recordar sus palabras de anoche. Mi centro da un tirón húmedo en respuesta.

—¿Qué esperas que digamos? —Jace sonríe con diversión—. Solo danos la orden y lo haremos.

Me muerdo el labio inferior, evaluándolos. Me gusta que acaten mis palabras sin dudar, pero esto no es un asunto oficial de la organización. Su lealtad es hacia mí porque lidero Draghi , no porque sea la chica a la que secuestraron y que ahora juega a la venganza.

—No es una misión de Draghi —aclaro despacio—. Lo que quiero decir…

—Será una misión del hijo del maldito que te secuestró.

En cuanto las palabras abandonan la boca de Jace, mi cuerpo se tensa. Noto cómo Matthew se endereza en su rincón. Jace suelta una maldición al captar la reacción en la sala.

—Lo siento, Maddox. No quise que sonara así…

—Pero es exactamente así —lo corto, aclarándome la garganta.

Apoyo ambas manos sobre el escritorio y los miro uno a uno—.

Ya me conocen, no soy una buena samaritana.

—Clavo la vista en los dos soldados nuevos, Marco y Pablo, que seguramente ya han escuchado suficientes rumores sobre mí—.

Es lo que necesito para acercarme a Marcio.

Así que, en la práctica, son dos misiones simultáneas.

—¿De qué hablas? —interviene Will.

Había permanecido en silencio demasiado tiempo. Tampoco le di detalles de la reunión y su tono delata cierta molestia. Lo siento, Will. He estado ocupada gimiendo el nombre de Matthew estos últimos días.

—Es muy probable que el imbécil nos lleve directo a su padre —explico, soltando un suspiro—. Según él, quiere recuperar lo que le robó. No le creo una mierda eso de que no sabe dónde se esconde, así que lo mejor será desarrollar otro operativo en paralelo para recabar información.

—Yo iré con Luc —sentencia Matthew.

Alzo la vista hacia él.

—No —suelto de golpe. Él frunce el ceño, sorprendido, y siento el peso de las miradas de los demás sobre mí—. Te necesito a mi lado cuando se ejecute mi parte —me apresuro a justificar—. Lo mismo ocurre contigo, Will. Entiendo que ceder hombres a Luc no es algo que mi padre haría, lo sé…

—Pero tú no eres Levi y él ya no es el Don —replica Jace, encogiéndose de hombros—. Yo te juré lealtad sin siquiera conocerte. Cuenta conmigo. Sea por Draghi o por tu venganza personal. Aunque, al final del día, la venganza de la Regina es la venganza de Draghi .

Una chispa de orgullo me calienta el pecho, pero mantengo la expresión neutral. Una jefa sensible no infunde respeto.

—Opino igual —coincide Marco, asintiendo—. Lo que la Regina dicte, se hace.

—Yo me quedaré a tu lado —añade Pablo.

La temperatura de la sala cae en picado ante su elección de palabras. Bueno, la sala no; Matthew. Su mandíbula está tan tensa que parece a punto de fracturarse.

—Trabajaré contigo para acercarnos a Marcfio —termina de aclarar Pablo, ajeno al instinto asesino de mi consigliere .

—Perfecto —concluyo, poniéndome de pie—. La misión de Nueva York es en cinco días. Los veo en cuarenta y ocho horas en el área de entrenamiento para pulir la estrategia. Gracias, ya pueden retirarse.

La presión en mi pecho se disipa en cuanto escucho la puerta cerrarse tras ellos. Todos se han ido. Todos excepto Matthew. Pero su presencia no me asfixia; hace exactamente lo contrario.

Hundo la espalda en la silla y cierro los ojos, escuchando sus pasos firmes acortar la distancia. Cuando abro los ojos, lo tengo frente a mí, tendiéndome un vaso de whisky de cristal tallado. Lo acepto como si fuera agua en el desierto.

Doy un trago largo y dejo que el alcohol me queme la garganta.

—Necesitaba esto —murmuro.

Él asiente en silencio. Se apoya en la esquina de mi escritorio, rozando la madera con la cadera, y bebe de su propio vaso sin apartar la vista de mi rostro.

—¿Qué demonios te pasa? —inquiero.

—Nada.

—Matthew. Has estado demasiado callado.

—Soy callado.

Lo observo, incrédula. Termino mi bebida de golpe, dejo el vaso sobre la caoba y me inclino hacia él. Mi rostro queda a la altura de su entrepierna; el bulto marcado bajo la tela oscura de su pantalón me manda una punzada directa al bajo vientre.

—Matthew —advierto en voz baja—. No tolero las mentiras. Creí que eso ya estaba claro.

La dureza de mi tono borra cualquier rastro de tranquilidad en la oficina.

—No te estoy mintiendo.

—No me gustaría descubrir que lo haces.

—No lo hago —dice entre dientes.

—¿Entonces qué demonios te pasa? —espeto.

Suelta una maldición por lo bajo, deja su vaso junto al mío y se inclina hacia mí. Sus manos grandes agarran los apoyabrazos de mi silla y me gira bruscamente hasta dejarme atrapada entre sus brazos y el escritorio.

—Me jode no estar al tanto de tus planes —gruñe, su voz tan ronca que me vibra en los huesos. Su aliento a whisky me acaricia los labios—. Y no porque necesite controlarte, sino porque se siente como si no confiaras en mí.

—Confío en ti —le aseguro de inmediato—. Pero eso no significa que debas saber cada maldito movimiento que doy antes de darlo.

Se muerde el interior de la mejilla y niega lentamente.

—¿Así es como van a ser las cosas ahora?

—Las cosas van a ser como yo decida —sentencio, letal—. Pensé que eso también estaba claro.

El silencio se estira entre los dos. Sus ojos buscan los míos y encuentro en ellos un destello salvaje, oscuro, difícil de descifrar.

—No tengo ningún problema con recibir tus órdenes —admite en un tono áspero, despojándose del sarcasmo—. Pero me aterra que quieras hacerme a un lado. Me aterra…

—No poder cuidarme —termino por él.

Él asiente. Sabía que esto pasaría. Su instinto enfermizo de protegerme y salvarme es una bomba de relojería.

Por un lado, enciende cada terminación nerviosa de mi cuerpo; por el otro, me enfurece.

Porque cuando me mira con esa necesidad de escudo, siento que vuelve a ver a la chica rota en aquella celda. Y yo ya no soy ella.

Ese es el maldito problema de haberme acostado con él. Pero lo hice porque lo deseo hasta perder la razón.

Me inclino hacia el frente, acortando la distancia hasta que compartimos el mismo aire. Agarro el cuello de su camisa, enroscando la tela en mi puño, y tiro de él hacia abajo.

—Siempre he detestado que me veas como una puta princesa de cristal —siseo contra su boca.

Su nuez de Adán sube y baja con fuerza—.

Confío en ti con mi vida, Matthew. Por eso te exijo lealtad absoluta.

Pero no necesitas saber los detalles de un plan que ni siquiera he terminado de trazar.

Cuando llegue el momento de quemar este mundo hasta los cimientos, te garantizo que estarás a mi lado sosteniendo el fósforo. ¿Ha quedado claro?

Aprieta los labios en una línea fina y asiente en silencio.

—Te hice una maldita pregunta —exijo.

Entonces sonríe. Es una sonrisa oscura, cargada de una perversión tan intensa que me derrite.

—Ha quedado claro, tesoro —susurra—. No sabía que aquí también me dabas órdenes.

Una sonrisa involuntaria tira de mis labios. Me muerdo el labio inferior.

—En tu cama seré tuya —concedo, y la oscuridad en sus ojos se intensifica—. Pero aquí soy tu Regina, y haces exactamente lo que yo ordene.

— Tesoro ...

—Si te pregunto algo, respondes. Y si yo no quiero hablar, te callas. —Lo suelto y me recuesto de nuevo en la silla—. Espero que eso también haya quedado claro.

Sin borrar esa sonrisa letal de su rostro, Matthew suelta los apoyabrazos y se deja caer de rodillas sobre la alfombra.

Sus manos ásperas viajan desde la madera hasta mis muslos, aferrándose al pantalón negro con firmeza.

El aire abandona mis pulmones cuando sus dedos rozan el botón de mi cinturilla.

—Me parece justo —ronronea. Un escalofrío me recorre la espina dorsal entera—. ¿Qué es lo que quiere mi Regina?

«Mi Regina».

Joder.

—Matthew…

—Haré lo que me pidas —promete, desabrochando mi pantalón y deslizando la cremallera hacia abajo—. Pídemelo, tesoro . Por favor.

Alzo ligeramente las caderas para facilitarle el trabajo.

Él me recompensa con una mirada cargada de pura lujuria.

Tira de la tela y de mis zapatos, arrojándolos a un lado hasta dejarme solo con la camisa de seda y una braga negra de encaje.

No estoy desnuda, pero la devoción casi religiosa con la que me escruta me hace sentir expuesta hasta el alma.

Jadeo cuando su nudillo roza la tela húmeda de mi ropa interior.

Traza una línea lenta y tortuosa sobre mis pliegues, sin apartar sus ojos de los míos.

Arqueo la espalda buscando más fricción, y él responde enganchando un dedo bajo el encaje, acariciándome directamente hasta empaparse.

Luego, con una lentitud que me vuelve loca, saca el dedo y se lo lleva a la boca, chupando su propia piel.

—Eres exquisita y mía —susurra.

Desliza las manos hacia mis rodillas y empuja mis piernas, abriéndome de par en par.

—Llevo años soñando con tenerte así —su voz baja un octavo, letal y seductora—. Y quiero recordarte que, sin importar a cuántos hombres le des ordenes, aquí adentro eres mi mujer.

—¿Soy tu mujer? —pregunto desafiante, casi sin aliento.

Matthew asiente mientras se muerde el labio inferior.

—Vine a este mundo para estar a tus pies. Dime qué quieres, tesoro .

El aire en el despacho pesa como plomo. Matthew me mira desde el suelo con esa mezcla enfermiza de adoración y salvajismo. Es mi mano derecha, sí, pero en este instante es solo el hombre que lleva años obsesionado con devorarme viva.

Echo la cabeza hacia atrás, clavando mis uñas en los reposabrazos, y lo miro con toda la soberbia que logro reunir. Este juego de poder me fascina.

—Quiero que me demuestres esa lealtad de la que tanto presumes.

Su sonrisa se ensancha.

—Tus deseos son órdenes.

Engancha los dedos en la fina tira de mi braga y tira de ella hacia abajo con una fuerza bruta, rompiendo el encaje por completo. Es la cuarta maldita prenda que me destroza en la semana, y lejos de molestarme, enciende un fuego incontrolable en mi vientre.

Sus manos apresan mis muslos con una fuerza posesiva que casi duele.

No hay advertencia. Matthew hunde el rostro entre mis piernas y me asalta.

El primer contacto de su lengua contra mi clítoris me arranca un grito que rebota contra las paredes insonorizadas.

No es suave ni delicado; es voraz. Chupa y lame con la desesperación de un hombre que lleva años muriendo de sed.

—Dios, Matthew… —gimo, perdiendo los estribos.

Arqueo la espalda y entierro los dedos en su cabello oscuro, tirando de él.

La silla gira levemente por la fuerza de sus embestidas, pero él clava los dedos en mis caderas, inmovilizándome contra su boca.

Sabe exactamente dónde presionar, cómo usar los labios y la lengua para destruir cualquier barrera de autocontrol que me quedara.

Se detiene un segundo, apartándose solo unos milímetros. Sus labios están empapados, brillando bajo la luz pálida de la oficina.

—Mírame —exige, ronco—. Mírame mientras te hago mía.

Hunde dos dedos en mi interior con un empuje brutal. Grito su nombre mientras su lengua retoma la tortura sobre mi punto más sensible.

Suelta un gruñido gutural. Sus dedos aceleran el ritmo de forma frenética, bombeando dentro de mí mientras su boca me devora sin piedad.

—Matthew, por favor… —suplico, tirando de su cabello.

—Dame órdenes, tesoro —me corrige con una sonrisa.

—Haz que me corra —exijo entre dientes, colgando del abismo.

Esa sonrisa perversa es lo último que veo antes de que la presión estalle.

Sus dedos se enroscan en mi interior y el orgasmo me atraviesa con la fuerza de un puto terremoto.

Grito, echando la cabeza hacia atrás, mientras las contracciones aprietan sus dedos y mi cuerpo entero tiembla en el cuero de la silla.

Las misiones, la mafia, los enemigos… Todo desaparece.

En este maldito despacho solo existimos nosotros.