Capítulo 39
Maddox
—¿Qué opinas?
Lucchese me mira como si le estuviera hablando en antiguo arameo. Lucho contra el impulso de poner los ojos en blanco. Llevo dos malditas horas hablando, exactamente desde que entré a mi apartamento y lo encontré desparramado en mi sofá, viendo una película romántica en Netflix.
Lejos de intimidarse porque lo haya pillado viendo The Notebook con un bol gigante de palomitas sobre el regazo, parece disfrutarlo.
Había ignorado su falta de interés inicial para relatarle con lujo de detalles mi reunión con Luc, especialmente la parte en la que necesitamos su ayuda.
Esperaba que Harry no se negara; sería una lástima tener que meterle una bala en la frente por desobedecerme justo ahora que le estaba tomando cariño.
—No me has dicho nada que requiera mi opinión —responde, encogiéndose de hombros.
Apoyo ambas manos sobre el mármol frío de la isla de la cocina y enarco una ceja.
Harry me sostiene la mirada, abrazando uno de los cojines decorativos de mi sofá.
Lleva unos pantalones de chándal grises y el torso completamente desnudo.
Cuando lo vi así al entrar, agradecí tener mi coche y así evitar que Matthew pudiera verlo.
—¿Estás sordo o qué? —gruño—. Te acabo de hablar de Luc, del plan...
—Ah, eso —suspira, apartando el cojín a un lado—. Sí, Maddox, lo que necesites, me da igual. —Se acomoda en el cuero, deja un hueco a su lado y palmea el espacio vacío—. Ahora trae tu trasero aquí y cuéntame lo que de verdad me interesa escuchar.
Frunzo el ceño, genuinamente confundida.
—¿De qué hablas?
—Por favor. —Esboza una sonrisa perversa—. Te mueres por contarme qué tal folla el guardaespaldas.
—¡Lucchese! —casi grito al comprenderlo—. Estoy hablándote de negocios de la mafia, ¿y tú quieres hablar de...?
—¿De cómo te destrozó el gruñón de dos metros que siempre tiene un palo metido en el culo? Sí, exactamente de eso.
Suelto una maldición por lo bajo.
—Eres imposible.
—No, solo soy un hombre muy interesado en tu drama. Y alguien que se alegra mucho de que te hayan borrado esa expresión de amargada que traías la semana pasada.
Mis instintos reaccionan antes que mi cerebro. Tomo un vaso de cristal de la encimera y se lo lanzo directo a la cabeza. Lo esquiva por milímetros, más por reflejo que por otra cosa, y el cristal estalla contra la pared a su espalda, lloviendo fragmentos por toda la alfombra.
Lucchese alza las manos de inmediato, con los ojos muy abiertos.
—¡Oye, tranquila! A veces olvido que eres frágil como una bomba.
—Vuelve a hablarme así y te asesino —lo apunto con un dedo amenazador.
Asiente rápidamente, manteniendo las manos en alto, pero la burla sigue bailando en sus ojos.
Suspiro y me cruzo de brazos. Sí, estoy demasiado impulsiva.
Mis nervios han estado a flor de piel estos últimos días; cada vez que despertaba en la cama de Matthew, atrapada entre sus sábanas, no podía dejar de preguntarme qué demonios íbamos a hacer con nosotros.
—¿Qué te hace pensar que nos acostamos? —intento mantener la compostura.
Lucchese suelta una carcajada tan fuerte que me dan ganas de ir a buscar mi Mossberg.
—Maddox, cariño... —dice entre risas—. Te vi por última vez el domingo y hoy es... —Gira la pantalla de su móvil hacia mí—. Miércoles. ¿Puedes creerlo?
—Lucchese... —advierto.
—No pretenderás que crea que estuvieron jugando al Scrabble noventa y seis horas seguidas, ¿verdad?
Me encojo de hombros, rindiéndome.
—Quizás fue una partida muy larga.
—¿Tanto como su polla?
Mi expresión se oscurece al instante. Él capta el cambio, abandona el sofá con agilidad y camina hacia la cocina.
—Tranquila —murmura, su tono perdiendo la burla mientras se acerca—. No entiendo por qué te pones a la defensiva. Si estuviste atrincherada en su casa hasta hoy, asumo que el polvo fue espectacular.
—Lo fue —admito, sintiendo el calor subir a mis mejillas. Lucchese pasa por mi lado, saca un vaso nuevo de la alacena y se sirve agua—. Sería una estupidez negarlo.
—Lo imaginaba. —Se apoya de codos en la isla de mármol. Es casi tan alto como Matthew, por lo que tiene que encorvarse un poco para quedar a mi altura—. ¿Mejor que el hermano menor?
Aprieto los dientes.
—No voy a hacer comparaciones.
Él pone los ojos en blanco y bebe un trago largo.
—Soy tu amigo, Maddox. Aquí puedes hablar sin filtros.
Me muerdo el interior de la mejilla. Claro que me encantaría admitirlo en voz alta, pero no me interesa compararlos.
Sin embargo, es imposible negar que Matthew la tiene de un tamaño irreal y que la forma en la que folla...
Dioses. Rezuma una experiencia que, aunque no debería afectarme, lo hace.
No me considero celosa, pero imaginar a otras mujeres gimiendo su nombre entre esas sábanas negras enciende una rabia posesiva en cada rincón de mi cuerpo.
Todo sería más fácil para él con cualquier otra persona. Lo nuestro... sea lo que sea que hayamos empezado, no parece tener futuro. No en nuestro mundo.
—Basta. —La voz firme de Lucchese me arranca de mis pensamientos—. Tu cara acaba de pasar de la lujuria absoluta a un ataque de pánico puro. Deja de darle tantas vueltas.
—¿Cómo sabes...?
—Te follaste a tu guardaespaldas y ahora te estás convenciendo de que fue un error.
El nudo en mi garganta casi me ahoga.
—Quizás lo fue —mi voz suena más frágil de lo que me gustaría.
—No digas eso, Maddox. —Es la primera vez en toda la tarde que Harry suena puramente letal, adoptando su faceta de jefe—. No lo digas si ni siquiera es lo que sientes. ¿O acaso sientes que fue un error?
Bajo la mirada, sintiendo el picor de las lágrimas amenazando con traicionarme. No siento que haya sido un error, pero sí algo que lo condena todo. Niego con la cabeza lentamente. Lucchese alza la mano y sostiene mi mentón, obligándome a mirarlo.
—Entonces no vuelvas a decirlo.
—Pero todo va a ser un infierno ahora —confieso en un susurro áspero—.
Ya no soy solo la heredera. Soy la Regina de Draghi , Lucchese.
—Lo veo tensar la mandíbula; esa fue la gran noticia que le solté al llegar y que lo hizo brindar.
Ahora ya no parece un motivo de celebración—.
No me acosté con un don nadie. Es Matthew.
Es mi maldito consigliere . Ya es bastante difícil lograr que los altos mandos respeten a una mujer en el poder, y si se enteran de esto...
—¿Qué te hace creer que no te respetarán? —me interrumpe.
—Los hombres de Levi, que ahora son los míos, me aceptan por completo. Sí, me respetan. Pero no sé qué pasaría si lo supieran.
—¿Desde cuándo a Maddox Salvatore le importa lo que un hombre piense de ella?
El golpe de sus palabras me deja muda. Lucchese me suelta el mentón y sonríe, enarcando una ceja.
Tiene razón. No he llegado hasta la cima por pedirle permiso a los hombres. Pero el peso de la corona es real. Es lógico que sienta esta presión; los rumores son el veneno más rápido en nuestro mundo.
—No se trata solo de nuestra gente —le explico, arrastrando las palabras—. Sino de todas las familias con las que hacemos negocios. Con los aliados y con nuestros enemigos.
—Maddox...
—¿Cómo demonios voy a obligarlos a que me respeten?
La sonrisa de Lucchese se ensancha y se inclina hacia mí, apoyando ambas manos en el mármol.
—Lo harás como solo tú sabes hacerlo —sentencia, mirándome fijamente—. Con palabras. Y si las palabras no funcionan, con una maldita bala en el entrecejo. Porque así es como gobierna la Maddox Salvatore que yo conozco. Y dudo mucho que vayas a cambiar por un hombre.