Traición y Sangre II (Draghi 2) Capítulo 38
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Capítulo 38

Matthew

Mi polla da un tirón doloroso en el instante en que mis ojos se clavan en los pechos desnudos de Maddox. Presiono los párpados y cuento hasta cinco mentalmente.

Tengo frente a mí la imagen que ha protagonizado mis fantasías más oscuras durante años, pero sé que si no me controlo, la despertaré hundiendo mi lengua entre sus muslos. Y necesito ir despacio.

Maldita sea. El recuerdo de su coño estrecho ordeñándome anoche es el mejor recuerdo que tengo. Llevo una mano a mi entrepierna y presiono sobre la sábana, exigiéndole a mi cuerpo que se relaje. Me doy cuenta que es inútil cuando abro los ojos y la veo, me pongo duro.

Maddox está en mi apartamento. En mi cama. Enredada en mis sábanas. Es donde debería estar siempre, pero ¿cuánto durará esta jodida ilusión?

Porque sí, es real, pero se siente como un sueño a punto de romperse.

Es demasiado perfecto. Y nada bueno me ha durado tanto en la vida, a excepción de mi puesto como consigliere y mi lealtad hacia ella.

Pero ahora que por fin cruzamos esa línea, ¿de cuánto tiempo dispongo antes de que la realidad nos golpee en la cara y reclame su lugar?

Necesito ser honesto con ella. Necesito que se enamore de mí —o que al menos acepte lo que le ofrezco— para que, cuando la verdad salga a la luz, lo que sea que sienta por mí sea más fuerte que mis mentiras.

La observo respirar con tranquilidad. Me muero por hundir la nariz en su cuello y aspirar su aroma. Su piel pálida está marcada por mis manos, por mis dientes. Dioses. Es mía.

Su cabello cae sobre las almohadas como una cascada de ónix. Jamás se vio tan perfecta. Como una maldita obra de arte intocable. Y yo me siento el hijo de puta más suertudo de este mundo. Pero no debería. No lo merezco. No hasta que sepa toda la verdad.

«Hay algo que los Hardaway hacemos a la perfección, hijo. Y es mentir. Pero debes aprender que nunca se le miente a la mujer que amas; eso es lo que marca la diferencia».

Las palabras de mi padre rebotan en el interior de mi cráneo. Aprieto la mandíbula.

Salgo de la cama despacio, intentando no hacer ruido.

Me meto en la ducha y dejo que el agua hirviendo intente arrancar el peso de mi cobardía.

Paso un buen rato bajo el chorro. Odio deshacerme del rastro de Maddox en mi piel, pero sé que volveré a impregnarme de ella en cuanto despierte.

Porque si cree que podrá irse y dejarme como si nada, se equivoca.

Desde anoche, Maddox Salvatore me pertenece, y haré hasta lo imposible para que no se aleje de mi lado.

Cierro el grifo y salgo con una toalla negra anudada a la cadera. Me dirijo a la cocina y empiezo a preparar el desayuno como si fuera la rutina más normal del universo. Como si todas mis mañanas consistieran en cocinar para los dos; y, joder, mentiría si dijera que no quiero que así sea.

Meto dos rebanadas de pan en la tostadora, enciendo la cafetera y busco dos tazas.

Entonces, la siento. Reconocería los pasos de Maddox en cualquier lugar del mundo.

Quizás, después de lo de anoche, mi cuerpo se volvió aún más adicto a su presencia.

La siento acercarse mucho antes de que sus brazos rodeen mi torso por la espalda y la yema de sus dedos roce mi abdomen.

Mi mandíbula se tensa de golpe.

—No estabas en la cama —Su voz adormilada acaricia mi espalda. Cierro los ojos al sentir sus labios rozar mi omóplato. Me va a matar—. Esperaba despertar contigo, pero abro los ojos y has desaparecido...

Me giro entre sus brazos y le tomo el mentón, obligándola a mirarme. Sus ojos verdes brillan, tiene las mejillas ligeramente sonrosadas y lleva puesta una de mis camisas negras de vestir. Mierda. ¿Buscó en mi armario solo para ponerse mi ropa?

Luce perfecta. Y mía. Sobre todo, mía.

—Me levanté porque, si me quedaba un puto segundo más, te iba a despertar con la lengua en tu dulce coñito.

Se muerde el labio mientras una sonrisa lenta se dibuja en su boca.

Noto cómo aprieta los muslos por instinto.

Me muero por volver a meterme entre sus piernas.

Sus manos suben por mi pecho desnudo hasta entrelazarse detrás de mi nuca.

Da un paso al frente, pegando su cuerpo al mío, y se pone de puntillas.

—Para futuras referencias —susurra a un milímetro de mi boca—. Eso me encantaría.

La beso con ferocidad. Ella deja escapar un gemido ahogado que envía una descarga directa a mi polla, poniéndola de piedra bajo la toalla. Se frota contra mi erección, buscando fricción, pero la aparto con suavidad. Hace una mueca de fastidio y le dejo un beso rápido en la nariz.

—Lo tendré en cuenta —prometo en un susurro.

Me giro para llenar las tazas de café. Maddox se apoya contra el borde de la encimera y alza una ceja, evaluándome.

—Hora del desayuno —anuncio, tendiéndole una taza.

—No sabía que fueras tan responsable con la primera comida del día —se burla.

Sonrío de lado, saco las tostadas, les unto mantequilla y me giro hacia ella. Le ofrezco un trozo y, justo cuando abre la boca para aceptarlo, respondo:

—Si quieres que te folle otra vez, solo tienes que pedirlo, tesoro . Pero vas a necesitar energía, porque no pienso dejarte salir de mi habitación en todo el maldito día.

Maddox se atraganta ligeramente y abre los ojos de par en par. Doy un sorbo a mi café, imperturbable.

—¿Desde cuándo me hablas de una forma tan... sucia? —murmura, escudándose tras la taza.

—Desde que te escuché rogar por mi polla anoche.

Pone los ojos en blanco, pero se gira por completo para apoyar la cadera en el mármol, dándome toda su atención.

—A ver si ahora se te va a subir el ego a la cabeza...

—Anoche lograste que se me subiera a las dos.

—¡Matthew!

Me da un empujón en el pecho que ni siquiera me mueve un milímetro.

Suelto una carcajada ronca, pero el sonido muere en mi garganta cuando recuerdo la espina que lleva clavada en mi cerebro desde ayer.

Dejo la taza a un lado. Doy un paso, aprisionándola entre mi cuerpo y el mármol helado, y mi tono cambia drásticamente.

—¿Con quién te reuniste anoche?

Maddox baja la vista de inmediato y deja su taza sobre la encimera, es lo único que necesito ver para saber que su respuesta no me gustará. Tomo su mentón con dureza, obligándola a mirarme.

—Maddox.

—¿Prometes no cabrearte? —susurra.

Mierda.

—¿Con quién? —exijo entre dientes—. Que tengas que hacerme esa puta pregunta significa que no voy a cabrearme; sino lo que sigue. Dímelo.

—No es como si te debiera explicaciones…

—Ni siquiera bromees con eso ahora mismo.

Me sostiene la mirada, desafiante, antes de soltar un suspiro pesado.

—Me reuní con Luc...

La mano que sostenía su mentón baja como un látigo hasta su garganta, apresando su cuello. No le corto el aire, pero la inmovilizo. Ella no se encoge. Por supuesto que no. Puede jugar a ser sumisa en mis sábanas, pero sigue siendo la dueña de Draghi .

Me importa una mierda. Podría ser la reina del puto universo y yo seguiría hirviendo de rabia.

¿Cenando con ese hijo de puta?

—¿Por qué demonios te reuniste con ese cabrón? —siseo, rozando sus labios con los míos.

—No tengo que darte explicaciones —replica, con la furia centelleando en el verde de sus ojos—. Pero si estás tan interesado...

—Habla —ordeno, aplicando una ligera presión en su garganta.

—Necesito encontrarlo, ¿lo olvidas? —Gruño en respuesta—. Quita esa cara de psicópata, Matthew. Sabes que tenía que...

—¿Qué? —La corto, acorralándola más—. ¿Cenar con ese imbécil? ¿Usar ese maldito vestido para que babeara por ti?

—No es así, Luc no...

—No digas su nombre —gruño, letal—. No pronuncies el nombre de ningún otro cabrón mientras estés en mi casa, porque te juro por Dios, Maddox...

—Presiono mi pelvis contra su vientre para que sienta lo furioso y jodidamente excitado que estoy—.

Que a cada hombre que menciones, lo buscaré y le volaré la puta cabeza.

—Matthew... —Su respiración se corta.

—Soy tu asesino personal, ¿lo olvidas? —Le recuerdo, con una sonrisa oscura asomando en mis labios al sentir el ligero roce de sus muslos contra mí—. Te excita que sea así, ¿verdad?

—No sé de qué hablas.

—No intentes mentirme, tesoro —Susurro contra su oreja—. Si te toco ahora mismo, ¿qué tan mojada vas a estar?

—¿Por qué no lo compruebas? —desafía en un hilo de voz.

Trazo la línea de su mandíbula con la lengua y ella arquea la espalda, echando la cabeza hacia atrás. Mi mano baja lentamente por su cuerpo. Tomo el bajo de la camisa que le llega hasta los muslos y la levanto despacio, sin romper el contacto visual. Veo la anticipación quemando en sus ojos.

Jo-der.

No solo está empapada. Ni siquiera se puso bragas.

Apoyo mi frente contra la suya, cerrando los ojos.

—Maddox... —gruño.

—¿Qué tan húmeda estoy?

—Tan húmeda que vas a matarme. —Trazo sus pliegues resbaladizos con la yema de los dedos. Jadeo cuando su mano encuentra el nudo de mi toalla y tira de él, dejándome desnudo—. Tesoro ...

—Yo también quiero saber qué tan cabreado estás —murmura. Me niego a abrir los ojos; si veo su mirada ahora mismo, me voy a correr como un adolescente—. Porque esto te excita, ¿verdad?

Hundo un dedo en ella. Se desliza con una facilidad obscena al mismo tiempo que su mano envuelve mi polla, acariciando la punta húmeda por el líquido preseminal.

—Te excita que te desafíe... —jadea ella.

—De la misma forma que a ti te fascina que te dé órdenes —replico. Añado un segundo dedo. Maddox se arquea contra mi mano, apretándome con sus paredes. Abro los ojos para verla—. ¿Me vas a dejar follarte sobre el mármol, tesoro?

Se muerde el labio inferior y comienza a masturbarme con un ritmo firme.

—No.

—¿No? —Frunzo el ceño, confundido.

—Estoy dolorida —confiesa. Sus mejillas se tiñen de un rojo precioso. Ordeño su centro con un giro de muñeca y ella suelta un gemido—. Matthew...

—¿Te hice daño? —La preocupación se filtra en mi voz de inmediato, aunque sé que ella no se callaría algo así.

—¿Tú no has visto el tamaño que tienes? —replica, apretando los dedos alrededor de mi polla como castigo. Mierda—. Dame un momento para recuperarme.

—Te doy todo lo que me pidas —susurro con los ojos cerrados, desesperado.

Su mano pequeña se mueve con la presión exacta que me vuelve loco, mientras mis dedos bombean su interior sin piedad.

El sonido obsceno de la fricción rebota en la cocina—.

¿Quieres el cielo? Te lo bajo. ¿Quieres un puto trono?

Te lo construyo con los huesos de tus enemigos. Dime qué necesitas y es tuyo.

Su risa suave choca contra mis labios. No la beso; sé que si lo hago la cordura desaparecerá por completo, la pondré boca abajo sobre la isla de la cocina y la reventaré ahí mismo.

—Ahora mismo, quiero correrme —exige en un susurro ardiente—. Con los mismos dedos que me hicieron gritar anoche.

—Maddox —advierto con un rugido sordo—. Si sigues hablando así, no voy a aguantar.

—Bien, porque yo estoy a punto. —Acelera el ritmo.

Me masturba con una fuerza que debería asustarme, pero lo único que logra es hinchar mi polla hasta doler—.

La tienes increíble... —Siento su lengua rozar mis labios y tenso la mandíbula—.

Me he tocado cada noche durante los últimos dos años fantaseando con que me llenas como lo hiciste ayer.

—Maddox...

No abras los ojos, Matthew. No los abras o te corres.

—Soy tuya, Matthew —gime. Aumento la fuerza de mis embestidas y siento cómo sus paredes palpitan, estrangulando mis dedos. Está a un segundo. Yo también—. Este coño es tuyo.

— Tesoro ...

—Mírame —ordena—. Mírame.

Abro los ojos.

Su mirada verde y salvaje choca contra la mía. El control se va a la mierda. Me corro con una fuerza brutal en su mano en el mismo puto instante en que ella arquea la espalda, grita mi nombre y se deshace contra mis dedos.

Respiramos de forma errática. Mi semen ensucia su mano y mi abdomen, mientras mis propios dedos están empapados de su orgasmo. Estoy tan intoxicado de ella que levanto la mano, llevo los dedos a mi boca y pruebo sus fluidos frente a sus ojos.

—El coño más dulce del mundo —afirmo.

Ella sonríe, pero antes de que pueda decir nada, me agacho, atrapo su cintura y me la echo al hombro como un puto cavernícola. Grita y patea el aire, pero no aflojo el paso.

—¡Matthew! —Las puntas de su cabello rozan la parte de atrás de mis rodillas—. ¿¡Qué demonios haces!?

Entro al baño, la bajo en la ducha y abro el grifo al máximo.

—Te vas a dar la vuelta —ordeno, agarrándola por la nuca para atraerla hacia mí bajo el agua hirviendo y la giro—. Manos contra los azulejos y piernas abiertas.

Ella se muerde el labio, conteniendo una sonrisa perversa.

—Te lo advertí anoche, Maddox. Voy a follarte en cada maldito rincón de este apartamento.

—Aún nos quedan un par de habitaciones —provoca, girándose despacio.

Enredo una mano en su cabello y tiro hacia atrás hasta que su trasero choca contra mi polla, que, gracias a Dios, ya empieza a despertarse de nuevo. Rozo su oreja con los labios.

—Todavía es temprano, tesoro . Tengo todo el puto día.