Traición y Sangre II (Draghi 2) Capítulo 35
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Capítulo 35

Maddox

Debería haberme ido a mi apartamento. Darme una ducha hirviendo, encerrarme y dormir doce horas seguidas para intentar borrar el peso de la corona que me acaban de imponer. Debería estar descansando para iniciar mi venganza con la mente fría. Tenía la ciudad entera en mis manos.

Sí. Debería haber hecho todo eso en lugar de llevar diez malditos minutos parada frente a la puerta del apartamento de Matthew.

Miro la hora en la pantalla del móvil y dejo escapar una exhalación inestable antes de guardarlo en el bolso de mano, rozando con los nudillos el metal frío de mi revólver.

La cena con Luc había salido bien y la cantidad de información que me soltó debería tener a mi cerebro trabajando a mil por hora.

Pero mi mente es un caos donde solo brillan los ojos dorados de Matthew.

El fantasma de sus labios contra los míos.

Su cuerpo duro. Su voz ronca y la autoridad de sus manos.

Debería estar sola en mi cama. No buscando al consigliere de mi padre.

Aunque ya no es su consigliere , me recuerdo a mí misma. ¿Será el mío si se lo pido?

Mezclar los negocios con el placer es una lección que aprendí con sangre hace dos años.

Pero Matthew Hardaway siempre fue la única constante en mi vida.

El suelo bajo mis pies. Sé que mataría y moriría por mí sin dudarlo un puto segundo.

Y, aunque me aterre admitirlo, no puedo imaginar a nadie más a mi lado mientras lidero Draghi , ni a nadie más en mi cama.

Maldita sea. Está mal. Pero estoy tan cansada. Estoy exhausta de fingir que no lo deseo con cada fibra de mi ser.

Alzo el puño y doy dos golpes secos en la madera. Cierro los ojos, esperando escuchar algún movimiento al otro lado, pero reina el silencio. Estoy a punto de darme la vuelta y huir como una cobarde cuando el pestillo metálico gira de golpe. Abro los ojos.

Ahí está. Lleva pantalones de chándal grises, una camiseta liviana y un vaso de cristal con whisky en la mano derecha. Sus ojos oscuros me barren de la cabeza a los pies y veo cómo su nuez de Adán sube y baja con pesadez.

—Maddox.

Pronuncia mi nombre con esa voz áspera, y lo único que cruza por mi mente es la necesidad animal de escucharlo jadear de nuevo, como aquella vez en Nueva York. Quiero que gima mi nombre mientras me hace suya y me marca como su territorio.

—Sé mi consigliere —suelto de golpe. Sus ojos me atraviesan y un destello peligroso cruza por ellos—. Como la Regina de Draghi , necesito a mi segundo al mando. A alguien de extrema confianza.

— Tesoro ...

—Y confío en ti más de lo que confío en mi propio padre —confieso, y la verdad de mis palabras me golpea el pecho. ¿Desde cuándo soy tan consciente de esto?—. No puedo imaginar a nadie más que a ti ocupando ese lugar.

—De acuerdo, pero...

—No puedo pensar en nadie más —Lo corto, dando un paso hacia él. Matthew frunce el ceño, dándose cuenta del doble filo en mis palabras. ¿Es esta mi patética forma de admitir lo que siento? Sí. ¿Es un desastre? También. Pero mi máscara de hielo se está resquebrajando—. Solo pienso en ti.

Nunca fui buena con las palabras, menos cuando el corazón me golpea la garganta.

—Maddox —advierte, la mandíbula tensa—. No juegues a esto conmigo...

—No se trata de Nueva York —susurro, sintiendo que la coraza se rompe por completo—. Pienso en ti desde que era una niña.

—Maddox, detente.

—Te necesito, Matthew —Mi voz se quiebra y la humedad inunda mis ojos sin que pueda frenarla—. Te necesito para gobernar Draghi . Te necesito para ejecutar mi venganza, pero no es solo por eso... —Doy el último paso que nos separa, rindiéndome—. Te necesito a mi lado porque detesto mi vida sin ti.

El vaso de whisky se resbala de sus dedos.

El cristal estalla contra el suelo en mil pedazos, salpicando el líquido ámbar, pero a él no le importa. Antes de que el eco del choque desaparezca, las manos de Matthew apresan mi rostro y su boca devora la mía.

Estoy besando a Matthew Hardaway, y el impacto es tan fuerte que se siente como si mis pulmones recibieran oxígeno por primera vez en dos años.

Una de sus manos baja a mi cintura, aferrándome con fuerza posesiva, y tira de mí hacia el interior del apartamento.

La puerta se cierra de un portazo a mis espaldas.

Dejo caer mi bolso al suelo; me importa una mierda el revólver y el teléfono.

Lo único real es la boca de Matthew sobre la mía. Exigente. Salvaje. Desesperada.

Me empuja contra la madera de la puerta y un gruñido vibra en su garganta.

El beso sube de tono, volviéndose una guerra de dientes y lenguas.

Cuando intenta profundizar, lo muerdo. Lo muerdo con furia, con deseo reprimido y con la rabia de todos esos años que pasamos en las sombras, ocultando lo que podríamos haber sido.

— Tesoro —jadea, separándose un milímetro, con los labios enrojecidos—. Maddox...

No le doy tregua. Agarro el cuello de su camiseta y tiro de él hasta estrellar su pecho contra el mío, aniquilando cualquier rastro de oxígeno entre ambos.

Siento su erección dura como piedra presionando contra mi vientre y me muevo contra él por puro instinto.

Matthew gruñe contra mi boca, un sonido gutural que me arranca una sonrisa perversa.

Sus manos viajan bajo mis muslos, alzándome en el aire.

Enredo mis piernas alrededor de su cadera, dándole acceso directo a mi centro, donde la humedad ya empapa mi ropa interior.

Me quema la urgencia de arrancarnos la ropa.

Se separa un segundo para respirar. Sus ojos son dos pozos oscuros, dilatados por el placer puro. Apoya su frente contra la mía. Intento buscar sus labios otra vez, pero él me esquiva, obligándome a mirarlo.

—Aún puedes pedirme que pare.

—No quiero —exijo.

—Recuerdo cuáles son tus límites, y te juro que puedo respetarlos...

—No quiero que los respetes —jadeo—. Bésame de una maldita vez.

—Maddox...

—Matthew, si no vas a follarme ahora mismo, buscaré a otro cabrón que sí quiera hacerlo...

Su mano derecha se cierra alrededor de mi cuello antes de que termine la frase. La presión me corta la respiración de golpe. Abro los ojos de par en par. La furia en su mirada es tan letal que por primera vez noto su mirada de asesino.

—Maddox Salvatore —sisea, con la voz cargada de veneno y posesividad—. Con gusto apilaré cadáveres esta misma noche si me lo pides de esa manera. —Afloja un poco el agarre en mi garganta, acariciando mi pulso desbocado con el pulgar, y me roza los labios—. Pero no queremos llegar a eso, ¿verdad?

Niego con la cabeza, mordiéndome el labio inferior. Una parte enferma de mí quiere que apriete más fuerte. Él nota el rubor caliente en mis mejillas y sonríe, oscuro y satisfecho.

—Eso creí. Así que no vuelvas a decir esas estupideces, tesoro . Porque estoy a un segundo de salir a cazar por ti.

—Entonces bésame.

—Voy a hacer mucho más que eso.

Su boca captura la mía. Jadeo contra sus labios cuando su mano libre desciende, reclamando uno de mis pechos con fiereza mientras empuja sus caderas contra mí, friccionando nuestras entrepiernas. Enredo los dedos en su cabello, tirando de las hebras oscuras, y lo escucho sonreír en el beso.

Con lentitud tortuosa, deja que mis pies toquen el suelo de nuevo.

Suelto un quejido de protesta ante la pérdida de contacto, pero él me silencia con una mirada hambrienta mientras se arrodilla frente a mí.

Sus manos grandes trazan los contornos de mis piernas, bajando hasta mis zapatos.

Me quita los tacones con una devoción que me pone la piel de gallina.

Luego, sus palmas cálidas comienzan a subir por mis pantorrillas desnudas, acariciando mis muslos hasta llegar al borde de la falda de mi vestido.

—Matthew, vamos a tu habitación... —ruego, con la respiración entrecortada.

—No. Planeo hacerte mía contra cada maldita pared de este apartamento.

El corazón me da un vuelco, pero de repente, el pánico me atraviesa como una cuchilla. Me congelo en el instante en que sus manos empiezan a subir la tela del vestido, exponiendo mi piel. Las marcas. Las cicatrices.

—Espera.

La palabra sale ahogada. Matthew se detiene de inmediato y alza el rostro, mirándome con confusión.

La respiración se me atasca en el pecho. Mierda. No sé cómo decirle esto sin morir de vergüenza. El recuerdo de la sala de tortura me asalta. Si él me ve así... si veo en sus ojos la misma repulsión y lástima que vi en el rostro de su hermano, sé que mi mente se va a fracturar para siempre.

Matthew no es como él , intento repetirme. Pero, ¿y si me equivoco? ¿Qué pasa si ve la piel arruinada de mi cuerpo y le provoco asco?

— Tesoro ... —Su voz me llega desde lejos.

El latido de mi corazón retumba en mis oídos, ensordecedor. No soy consciente de que estoy temblando incontrolablemente hasta que él se pone de pie, tomándome por los hombros con firmeza y suavidad a la vez.

—Maddox, ¿qué ocurre? —pregunta, por su tono parece asustado.

—Y-yo... —Tartamudeo. La imponente líder de Draghi ha desaparecido, dejando solo a la chica rota—. Vamos a la habitación —logro suplicar, y la primera lágrima caliente se desliza por mi mejilla—. Por favor. Apaguemos todas las luces y...

—Maddox. —Me interrumpe. Toma mi rostro entre sus manos grandes y cálidas, obligándome a mirarlo—. Está bien. No tenemos que hacer esto. No tienes que forzarte a...

—Quiero hacerlo —sollozo. Con los pulgares, él limpia mis lágrimas con una ternura que me desarma por completo—. Quiero hacerlo, Matthew. Pero me aterra que sientas asco cuando veas en lo que me convirtieron.