Traición y Sangre II (Draghi 2) Capítulo 34
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Capítulo 34

Maddox

La barrida visual que Luc me da de pies a cabeza en cuanto abre la puerta me genera un rechazo casi físico, pero mantengo mi máscara de hielo intacta.

¿Es que a los hombres les resulta biológicamente imposible comportarse?

Vine a hacer negocios. El hecho de que lleve tacones y un vestido no borra el hecho de que soy la Regina de Draghi .

—Me sorprendió que escribieras, pero me agrada que hayas aceptado la cena —dice, haciéndose a un lado para dejarme pasar.

Avanzo con paso firme, mis sentidos en alerta máxima.

Estoy entrando voluntariamente en la boca del lobo—.

Me aseguré de no cometer ninguna imprudencia que pudiera provocar la ira de Maddox Salvatore.

Me giro para enfrentarlo, alzando una ceja con altivez.

—¿Esa fue la impresión que causé?

Luc sonríe.

Dios. Esa maldita sonrisa es idéntica a la de su padre.

—En parte —confiesa, acortando la distancia. Es alto, pero con mis tacones nuestros ojos están casi al mismo nivel—. Por otro lado, los rumores ayudaron a darte forma en mi cabeza.

—¿Y qué forma tengo?

—La de una mujer impulsiva y demasiado atractiva para su propio bien.

Reprimo el impulso de suspirar con hastío.

—Lo que sea que estés maquinando en esa cabeza, olvídalo.

Su sonrisa arrogante vacila y se aclara la garganta.

—Lo siento. No quisiera incomodarte…

—Y yo no quisiera ponerte una bala en la frente antes de poder discutir nuestros negocios —lo corto.

Él asiente, captando el mensaje, y me indica con un gesto que pase al comedor.

Su apartamento es más amplio que el mío, pero la decoración me revuelve el estómago.

Las paredes son de un blanco inmaculado, pero todo lo demás está saturado de detalles en dorado.

Hay estatuillas ostentosas, candelabros excesivos. Oro, blanco y cristal.

El mismo gusto vulgar y recargado que reinaba en la mansión de su hermano.

Mi mente comienza a atar cabos: no ha tenido tiempo para conseguir un piso así y decorarlo a este nivel si, como dijo hace un par de noches, lleva años desconectado de su familia. Hay dos opciones: lleva en Chicago más tiempo del que admite, o miente sobre la relación con su padre. O ambas.

—Veo que el gusto por la opulencia es un rasgo genético —comento, tomando asiento en una silla negra frente a la mesa de comedor—. Una elección interesante.

—¿Me estás comparando con mi hermano? —pregunta, divertido.

Se dirige a la cocina abierta y regresa con una botella de vino. Clavo mis ojos en la etiqueta y el aire abandona mis pulmones de golpe.

—Lo cierto es que no. —Me obligo a sonreír, apartando la vista del cristal oscuro—. Pero es imposible no notar el patrón.

Luc asiente y descorcha la botella frente a mí. Toma su copa, vierte una cantidad generosa de líquido rubí y luego se acerca para llenar la mía. Con un movimiento rápido, deslizo mi copa lejos de su alcance.

—¿Qué ocurre? —Frunce el ceño—. Me dijeron que este es tu favorito.

Vuelvo a leer la etiqueta. Barolo. Rojo sangre.

Mi corazón se dispara contra mis costillas. El recuerdo me golpea con brutalidad y hundo las uñas de mi mano izquierda en la tela de mi vestido, debajo de la mesa, anclándome al presente para que el pánico no me arrastre al pasado.

«—¿Por qué este vino? —le había preguntado a Máximo.

—Porque sé que es tu favorito.»

Fue la noche en que le advertí a ese bastardo que usaría su pecho para practicar mi puntería si se atrevía a traicionarme.

Ese es el problema de los hombres con poder: siempre creen estar un paso por delante de nosotras, cuando la realidad es que ni siquiera ven nuestros talones.

Miro a Luc, fingiendo que mi mente no acaba de viajar al pasado.

Si percibe mi alteración, sabrá que acaba de darme información vital sobre quién lo asesora.

—Prefiero el whisky —sentencio, con una sonrisa que no llega a mis ojos.

Luc asiente lentamente, deja la botella a un lado y va hacia un mueble bar de nogal para servirme un bourbon puro.

—¿De quién era la casa en la que vivía tu hermano? —pregunto sin perder el tiempo.

Lo escucho chasquear la lengua.

—Directo al grano.

—O puedo ir directo a la yugular —Me inclino sobre la mesa, apoyando los antebrazos en el cristal—. Tú eliges el ritmo.

Me entrega el vaso de cristal tallado.

—Era su casa. Bueno, de mi padre, en realidad —admite con una mueca.

—¿Y qué sucedió con ella?

—¿De verdad viniste hasta aquí porque te interesa el mercado inmobiliario?

—Por supuesto que no.

Luc desaparece en la cocina un momento y regresa con dos platos humeantes. Observo el corte de carne perfecto frente a mí con absoluta apatía.

—Tampoco vine a tener una especie de cita. No tengo idea de por qué me invitaste a cenar si solo pedí hablar.

—Me relaja cocinar —Se encoge de hombros—. Ahora dime, ¿en qué puedo ayudar a Maddox Salvatore?

—Podrías empezar por responder mis preguntas —Bebo el bourbon de un solo trago, dejando que el alcohol me queme la garganta—. Como la que te hice hace un minuto.

Él toma los cubiertos, dispuesto a comer. Yo no toco los míos. El nudo de paranoia y asco en mi estómago me quita cualquier rastro de apetito.

—Mi padre debió venderla —murmura, cortando la carne—. Ya sabes... luego de que masacraras a toda su organización y lo obligaras a huir, seguramente necesitaba liquidez.

—Es increíble lo bien informado que estás sobre un hombre al que detestas —acaricio el filo del cuchillo de carne junto a mi plato— ¿Lo estuviste investigando?

—Me debe millones, Maddox. Lo sabes.

Tomo el cuchillo. Hago girar el pesado mango de acero entre mis dedos con una destreza fluida y amenazante. Noto de inmediato cómo la postura relajada de Luc se tensa. Sus ojos siguen el destello de la hoja.

—Claro, sí —murmuro, arrastrando las palabras—. Sería una verdadera lástima descubrir que me estás mintiendo en mi propia cara, ¿no crees?

La sonrisa que le dedico es puro hielo.

—No te miento —replica entre dientes—. Entiendo tu paranoia...

—Te miro a la cara y es como tener al hijo de puta de tu padre frente a mí —digo con frialdad—. Permíteme dudar.

Luc infla el pecho y exhala con pesadez.

—Tienes razón, pero soy honesto. Busco una alianza porque, en el fondo, queremos lo mismo.

—Lo dudo. Tú quieres recuperar tu herencia. Yo quiero la cabeza de tu padre en una maldita estaca.

—Una vez que yo recupere lo mío, el tipo es todo tuyo. Haz con él lo que te plazca.

Analizo sus palabras en silencio. ¿Sigue hablando solo de dinero o pretende heredar la estructura de South? Guardo ese dato en mi cabeza para que Will lo investigue a fondo mañana a primera hora.

—Bien. —Me sirvo más bourbon—. Entonces dime, ¿cuál es tu próximo movimiento?

—¿Por qué asumes que tengo uno?

—Regresaste a Chicago de la nada, tienes contactos directos en Nueva York... sería una idiota si creyera que viniste de turismo. Y yo no soy ninguna idiota, Luc.

—No, no lo eres —concede. Deja el tenedor sobre el plato y me sostiene la mirada—. En una semana llega un cargamento desde España. Lo desviaremos a Nueva York.

—¿Qué tipo de cargamento?

—No sabía que ahora tenía que reportarme a ti.

—La última vez que a tu padre le llegó un contenedor de Europa, estaba lleno de niñas —Mi voz baja una octava—. Fue la misma noche que los masacré a todos. Así que sí, vas a decirme qué carajos vas a mover.

—Tú no controlas Nueva York, Maddox. No pongas a prueba mi paciencia...

—Yo tengo poder donde a mí se me dé la puta gana, Luc. Así que empieza a hablar antes de que me asegure de que ese barco termine en el fondo del Atlántico.

El silencio cae sobre la mesa.

—Armas —confiesa finalmente, con el ceño fruncido—. Son solo armas. Yo no opero con las atrocidades de mi padre.

—Yo juzgaré eso.

Luc asiente, rindiéndose. Baja la vista a mi plato intacto y luego a mi rostro, evaluándome.

—¿Qué ocurre? —Sonríe de medio lado—. ¿Crees que intento envenenarte?

—No creo que seas tan estúpido como para desatar una guerra con la mafia que controla Chicago. —Me recuesto en la silla—. Después de todo, estarías envenenando a la nueva Regina de Draghi .

Sus ojos se abren de par en par. La sorpresa da paso a una sonrisa de pura y genuina fascinación.

—Ya me parecía que tu padre se estaba tardando demasiado en cederte la corona.

—Si tú lo dices —murmuro.

Antes de que pueda procesarlo, se levanta, rodea la mesa de cristal y se detiene frente a mí, tendiéndome la mano.

—Baila conmigo.

Tiene que ser una jodida broma.

Pero lo hago. Acepto su mano porque la noche aún no termina y la información que tengo no es suficiente. Me arrastra hacia el centro del salón. Conduce su móvil con la mano libre y una melodía lenta e instrumental inunda el ambiente desde los altavoces integrados.

En cuanto su mano se posa en el final de mi espalda baja, atrayéndome hacia él, un escalofrío de repulsión me recorre.

Lo detesto. Detesto que alguien con la misma sangre que Marcio ponga un dedo sobre mí.

Cierro los ojos, bloqueando la náusea y obligando a mis músculos a relajarse al ritmo de la música.

—Tengo todo el sistema automatizado desde mi teléfono —murmura cerca de mi rostro.

—Práctico —comento—. Y altamente vulnerable.

Luc sonríe con arrogancia.

—Tengo la mejor seguridad, Maddox. No soy un blanco fácil.

—¿Eso es una advertencia?

—Para nada —susurra, acercándose un milímetro más.

La fricción de su cuerpo contra el mío me resulta vacía. Inmediatamente, el fantasma de las manos de Matthew aferrándome en el ascensor estalla en mi cabeza. El contraste es brutal.

Maldita sea. Concéntrate, Maddox.

—¿Qué es lo que necesitas de Nueva York? —rompo el silencio, deteniendo mis pasos de golpe.

Luc deja de moverse. Su fachada de seducción se desmorona. Sonrío con suficiencia. Siempre son tan predecibles.

—¿De verdad creíste que vine a cenar y a bailar contigo porque me pareces encantador? —murmuro, soltándome de su agarre y dando un paso atrás. Me cruzo de brazos, restaurando mi barrera física—. Qué. Necesitas.

Él suspira, metiendo las manos en los bolsillos de sus pantalones a medida.

—Necesito que hables con Lucchese a mi favor. Y necesito protección.

—¿Quieres a mis hombres?

—Dos soldados de Draghi serán suficientes.

—¿Y qué gano yo prestándote a mi gente?

Una chispa de diversión ilumina sus ojos oscuros.

—¿Qué es lo que desea la Regina de Chicago?

—El cincuenta por ciento de la carga total —mi tono no admite réplica.

—Hecho.

Entrecierro los ojos. Aceptó demasiado rápido. Cuando negocié con Lucchese por primera vez, armó un escándalo monumental por los porcentajes. Pero Luc acaba de ceder la mitad de su imperio sin pestañear.

—Vaya —murmuro, acortando la distancia entre nosotros con paso felino—. Realmente estás desesperado por mi ayuda.

La tensión en su mandíbula me da la respuesta.

—Bien —sentencio—. Pero ten esto muy claro: no juegues conmigo, Luc. Porque tus armas serán lo último que me importe cuando tenga que volarte la cabeza por traicionarme.