Traición y Sangre II (Draghi 2) Capítulo 33
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Capítulo 33

Maddox

Enciendo el motor y el rugido profundo y gutural vibra directo en mi pecho.

Observo el interior: minimalista y oscuro.

Exactamente como imaginaba mi primer coche.

El tablero es negro mate con detalles en dorado.

Una sonrisa se curva en mis labios; le debe haber costado una fortuna a Levi, pero es un lujo que puedo darme.

Estoy a punto de arrancar cuando mi móvil ilumina el asiento del copiloto. Leo el nombre de mi mejor amiga.

—Dime —respondo.

—¿Cómo sabe Lucchese dónde vivo?

Me tenso de inmediato.

—¿Lucchese está en tu casa?

—Digamos que acabo de salir para ir de compras y... está apoyado contra el capó de su coche fuera de mi casa.

Suelto una maldición entre dientes.

—Mierda. Quédate ahí, lo llamo ahora mismo.

—No es necesario —me interrumpe, y escucho el repiqueteo de sus pasos rápidos—. Veré qué es lo que quiere. Y si se pone muy pesado, siempre llevo mi gas pimienta.

No puedo evitar soltar una risa corta.

—Chica lista.

—Por cierto, no creas que me olvidé de nuestra charla pendiente —advierte—. Necesito que me pongas al día.

Me ajusto el cinturón de seguridad.

—Lo siento. Hoy me coronaron oficialmente como la cabeza de Draghi , todo es un caos. Prometo que mañana...

—¡Oh por Dios! Eso merece una celebración, ¿cierto? —pongo los ojos en blanco aunque no pueda verme— ¿Por qué no hoy?

Hago una mueca.

—Estoy algo ocupada. Voy a mi departamento a cambiarme de ropa y debo salir.

—¿Sales? —Su tono cambia a sorpresa absoluta—. ¿Con alguien?

—Una especie de cena.

—¿¡Matthew te invitó a cenar!?

—¿Matthew la invitó a cenar? —La voz de Lucchese resuena de fondo, y me maldigo internamente por abrir la boca—. Entonces mis esfuerzos funcionaron.

—Dile a Lucchese que voy a vaciarle un cargador si sigue interfiriendo —siseo—. Y no, no es Matthew. Penny, ¿estoy en altavoz?

—Por supuesto, princesa —responde Lucchese—. Yo también quiero el chisme.

—Dios... —Me froto la sien—. Es con Luc.

El silencio en la línea es sepulcral.

—Maddox —La voz de Lucchese pierde todo rastro de burla—. ¿Qué demonios te ocurre?

—Cálmate. Necesito generar lazos para acercarme a mi objetivo.

—¿Y saldrás a cenar con el hijo del cabrón que te secuestró? —dice con voz seria.

—¡Maddox! ¿Eso es cierto? —chilla Penny.

—Sí —admito, fría—. Sé exactamente lo que estoy haciendo. Déjenme hacer mi trabajo. Sé cuidarme sola.

—Maddox... —murmura mi amiga, llena de dudas.

—Y que ni una sola palabra de esto llegue a oídos de Matthew. ¿Entendido, Lucchese?

—Entendido, princesa. Pero cuídate la espalda.

Corto la llamada sin despedirme.

Acelero por las calles hasta mi departamento.

Yo le había enviado un mensaje a Luc, su respuesta había sido una invitación a cenar en su piso de alquiler bajo la excusa de «hablar de negocios» .

Era una jugada arriesgada, pero necesitaba usarlo cazar a su padre.

Aunque tuviera que fingir un interés que me revolvía el estómago.

Media hora después, salgo de la ducha y me planto frente al vestidor.

Elijo un vestido negro de tubo, de tela fina que se ciñe a mi cuerpo hasta mis rodillas, con un escote discreto.

Lo combino con unos tacones a juego. No me maquillo demasiado; después de todo esto no es una cita.

Pero deslizo mi labial rojo carmesí sobre mis labios.

Por último, tomo un pequeño revólver y lo oculto dentro de mi bolso de mano.

Uso las escaleras para bajar a la planta baja y atravieso el lobby del edificio. El aire helado de la noche me golpea al salir, pero el verdadero escalofrío me recorre la espina dorsal cuando levanto la vista. Unos ojos oscuros y depredadores me observan desde las sombras.

Mierda.

Camino hacia mi coche, ignorándolo, pero antes de alcanzarlo Matthew bloquea mi paso.

—Matthew…

—¿A dónde vas?

Dudo. Mentirle es inútil, pero decirle la verdad me aterra, no por miedo a él, sino por la furia incontrolable que sé que va a desatar.

—Tengo una reunión —respondo en voz baja, intentando rodearlo.

Su mano se cierra alrededor de mi brazo antes de que pueda dar un paso. No duele, pero la presión es lo suficientemente firme como para dejarme anclada a su cuerpo.

—¿Una reunión? —Su mirada cargada de hostilidad me recorre de arriba a abajo, deteniéndose en mis labios rojos—. No me lo parece.

—No me interesa lo que te parezca. Me visto como quiero.

—Por supuesto que sí —Su voz baja una octava, ronca y territorial—. Pero me hierve la sangre verte usar un vestido así para reunirte con alguien que no soy yo.

Cierro los ojos un segundo.

Todo con Matthew tiene que ser estar al borde del precipicio. Me acaban de entregar el imperio de Draghi , se supone que tengo el control absoluto de mi vida, y sin embargo, este hombre me hace perder la compostura con una sola mirada.

—Suéltame. Voy tarde.

—¿Con quién, Maddox? —exige saber, dando un paso que aniquila la distancia entre nosotros—. Si otro cabrón va a verte con esos labios, necesito su nombre para cavar su tumba cuando termines.

La posesividad de sus palabras me acelera el pulso.

—Respeta mis límites —siseo, usando mi tono más autoritario.

—Estoy harto de tus putos límites —gruñe.

—¡Basta! —alzo la voz. Odio hablarle así, pero es la única barrera que me queda para contenerlo—. No te debo explicaciones. Si crees que un simple beso cambia algo...

No termino la frase. Su agarre se endurece y, con un movimiento fluido e implacable, me empuja hasta que mi espalda choca contra el metal frío del Audi. Mi respiración se corta.

—Te dije que dejaras de mentirme —susurra, inclinándose hasta que sus labios casi rozan los míos—. Porque se te da pésimo.

—Y yo te ordené que te mantuvieras alejado.

—No puedo. Ni quiero, Maddox. Y mucho menos voy a apartarme para dejar que te vayas con otro.

Mi corazón martillea contra mis costillas. Me muero por repetir lo del ascensor, mi cuerpo arde por acortar los milímetros que nos separan, y él lo sabe. Pero tengo que ir a esa cena. Necesito que me deje ir y para logarlo debo darle un golpe bajo.

—Dices que no debo compararte con tu hermano... —murmuro, clavando mis ojos en los suyos con frialdad calculada—, pero te comportas de la misma forma.

La furia en sus ojos se fractura instantáneamente, reemplazada por una sombra oscura.

La fuerza de su mano desaparece y da un paso atrás, otorgándome el espacio que acabo de reclamar de la peor manera posible.

Con un nudo en la garganta, me doy la vuelta y agarro la manija del coche.

Pero antes de que pueda abrir, la palma de Matthew se estrella contra la puerta, manteniéndola cerrada de golpe.

Su pecho choca contra mi espalda. El calor de su cuerpo me envuelve, y su respiración agitada acaricia la piel de mi nuca, provocándome un escalofrío violento.

—Puedes decirte a ti misma todas esas mentiras —susurra contra mi oreja, con la voz tensa y letal—. Puedes esforzarte para que te crea. Pero sé exactamente lo que pasa por tu cabeza cuando te toco, y sé leer cómo me responde tu cuerpo.

Exhala lentamente, apartándose apenas unos centímetros.

—Miente todo lo que quieras, tesoro . Pero a mí no me engañas.