Capítulo 32
Maddox
Oficialmente, soy la nueva reina de Draghi . O como le decimos en nuestro mundo: Regina.
Dejo que la palabra ruede por mi mente. Suena bien, pero no puedo evitar que un frío paralizante se instale en mi pecho ante el nuevo e inminente rumbo que tomará mi vida.
Mi padre continuó hablando. Por supuesto, Levi Salvatore no iba a ceder su imperio sin un discurso.
Dejó en claro que, aunque seguiría siendo un Salvatore y una pieza del tablero, a partir de este instante, Draghi operaría bajo mis propios términos y decisiones.
Absolutamente todo pasaría por mis manos.
Y, si debía ser honesta, no me sentía feliz.
No había regresado a Chicago para sentarme en un trono; había regresado para prenderle fuego a la ciudad. Sí, me criaron para ser un arma, me forjaron en sangre para heredar la organización, pero después de las atrocidades que viví hace dos años, la ambición de gobernar se había marchitado.
No quería este tipo de poder. Quería cadáveres.
Y, sin embargo, mientras observaba a los hombres más peligrosos de la ciudad asentir con respeto hacia mí, un calor extraño y retorcido se expandió en mi estómago. Tener los ojos de esos hombres fijos en mí, cargados de una mezcla de sumisión y orgullo, me hizo sentir… peligrosa.
La reunión se extendió por una hora. Cuando finalizó, todos abandonaron la oficina con reverencias silenciosas. Todos excepto Levi, Matthew y yo. El silencio en la sala se volvió espeso.
—¿Por qué lo hiciste? —pregunto en voz baja.
Clavo la vista en la inmensa mesa de roble. La luz del sol que se filtra por los cristales blindados es opaca, dándole a la oficina el aspecto de un búnker de cristal.
—Porque es lo que siempre quisiste... —responde Levi con calma.
—No —Lo corto en seco, alzando los ojos para enfrentarlo—. Es lo que tú siempre quisiste. Por eso me tuviste. Necesitabas un heredero y yo resulté ser tu mejor opción.
La mandíbula de mi padre se tensa.
—Maddox…
—Y no te estoy reclamando la crianza que me diste —aclaro, negando con la cabeza—.
Jamás me sentí mal por ser un diseño tuyo, ni por ser tu sucesora.
Es verdad —admito, apoyando las manos en la mesa—, quería ser la cabeza de Draghi .
Siempre anhelé este lugar. Pero lo quería hace dos años, Levi. Antes de lo que me hicieron.
Mi padre guarda silencio un instante.
—Te estoy dando las herramientas que necesitas —dice al fin, en un susurro oscuro.
—¿Cuál es el truco? —exijo saber—. ¿Qué es lo que no me estás diciendo? Los Dones no se retiran siendo tan jóvenes a menos que estén enfermos. Así que si esta es tu forma de confesarme que tienes una enfermedad terminal…
Levi exhala pesadamente y se pasa una mano por el cabello.
—Sé exactamente por qué regresaste, Maddox. Solo respiras por la venganza —Asiento lentamente—. Y sé que estás dispuesta a pasar por encima de quien sea con tal de masacrarlos.
—Exacto —confirmo entre dientes.
—Por eso quiero que reclames tu trono primero. Quiero que te vengues usando el peso de todo Draghi a tus espaldas —Sus ojos brillan con un orgullo macabro—. Y lo justo es que aprietes el gatillo tú, no yo.
—Levi…
—Nadie más que tú quiere vengarse —repite mis propias palabras de hace dos años, y un nudo se forma en mi garganta—. Tardé en entender tu necesidad de hacerlo sola, pero lo hago. Con este título, te estoy dando un ejército. Haz con él lo que necesites.
La confesión de mi padre me golpea con fuerza.
«Haz con él lo que necesites».
En la mafia, las mujeres suelen ser adornos o monedas de cambio.
Levi siempre escupió sobre esa tradición.
Me crio para gobernar. Jamás le importó la falta de respeto inicial de los viejos capos, porque sabía que yo misma me encargaría de borrarles la sonrisa.
Me cargué a casi toda una organización y esa noticia corrió como pólvora.
Nadie podría dudar de la heredera de Draghi . Me daba placer saber que me temían.
Pero eso fue antes.
Ahora no me interesa que me respeten por ser la Regina. Quiero que tiemblen por la carnicería que estoy a punto de desatar. Quiero que todos los bastardos el mismo pánico animal que yo sentí en aquella celda.
Y sería una imbécil si negara que tener los recursos ilimitados de Draghi no facilita mi cacería.
Pero hacerme cargo de Draghi implica hacerme cargo de todas las tareas de la mafia, no podré ocupar mi cabeza en la venganza por completo si algo en las calles se sale de control. Es, de hecho, un arma de doble filo.
Suelto un suspiro tembloroso, y en ese instante, percibo cómo Matthew da un paso al frente.
Se ha mantenido en silencio absoluto desde que las puertas del ascensor se abrieron.
Ni siquiera me he atrevido a mirarlo. No estoy lista para enfrentarme a esos ojos dorados y recordar la brutalidad con la que su boca devoró la mía hace menos de una hora.
¿Qué estará pensando él de mi ascenso?
Me muerdo el interior de la mejilla, intentando ordenar el caos en mi cabeza.
—Debo ser honesta, Levi —digo por fin, midiendo mis palabras—. No me esperaba esta jugada y tengo dudas.
—Lo entiendo —asiente él—. Pero te crie para que te sientes en ese trono, mia cara .
Separo los labios para responder, pero la pesada puerta de roble se abre abruptamente.
—Lo siento.
La voz de Will corta el aire, sus ojos grises se clavan en mí desde la distancia y mi instinto asesino se despierta de golpe.
—Maddox, ¿podemos hablar? —pide forzando una sonrisa que intenta ser tranquilizadora pero falla.
No necesito pedir permiso. Miro a mi padre, él asiente en comprensión, y me alejo de la mesa. De inmediato, siento el calor del cuerpo de Matthew moviéndose a mi espalda, siguiéndome. Salimos al pasillo y noto cómo la mandíbula de Will se tensa al ver quien viene con nosotros.
—Tenemos un problema —murmura Will, desviando la mirada detrás de mí—. Y es… delicado.
Me giro sobre mis talones para enfrentar a Matthew.
—Necesito que me dejes a solas con Will.
Matthew alza una ceja, claramente desafiante.
—¿Por qué?
—Porque te lo estoy ordenando —siseo—. No necesitas escoltarme todo el tiempo, puedo cuidarme sola.
—Maddox, es mi trabajo…
—Adiós, Matthew.
Me doy la vuelta sin darle tiempo a replicar y le hago una seña a Will para caminar hacia el ascensor.
Entramos rápido. Lo último que veo antes de que las puertas metálicas se cierren son los ojos inyectados en furia posesiva de Matthew.
No tengo espacio en mi cabeza para procesarlo ahora.
En el lapso de dos horas, el consigliere reprimido de mi padre me arrinconó para besarme como un salvaje, y luego me convirtieron en la dueña Draghi . Era demasiado.
—Dime qué pasa —pido en voz baja.
—Recibí una alerta. Hubo movimiento en Hickory Hills.
El estómago se me contrae.
—Las calles de South —murmuro.
Will asiente. Hickory Hills fue un bastión de la mafia enemiga hace cincuenta años, antes de que mi abuelo Dante masacrara a la mitad de la ciudad para reclamar Chicago. Hace dos años, Levi descubrió que South usaba esos depósitos abandonados para moverse.
—¿Qué ocurrió allí en estos dos años que estuve fuera? —pregunto.
—Nada. El lugar quedó muerto. Levi mantuvo un par de ojos en la zona solo por protocolo, porque es un puerto de acceso directo y ciego a la ciudad.
—Por donde podrían infiltrarse —deduzco, sintiendo la adrenalina picar en mis venas.
—Exacto. Pero eso no es lo peor.
Will saca su móvil del bolsillo y me lo tiende. Frunzo el ceño ante la imagen pixelada y oscura en la pantalla.
—Will, tienes que mejorar la calidad de esta basura de cámaras.
—Concéntrate en el detalle, Maddox.
Acerco la pantalla. Es la captura de una cámara de seguridad callejera.
—Solo es un cabrón vestido de negro en las sombras...
—Mira el antebrazo. El que está descubierto.
Mis ojos se enfocan en la tinta sobre la piel del hombre en la foto. Una serpiente enroscada.
El aire abandona mis pulmones de golpe.
—Máximo —El nombre sale de mi boca como veneno—. ¿Cómo demonios entró a Chicago sin que nuestra red lo detectara? Mierda, esta es la segunda vez que logramos captarlo por casualidad.
—Todo empezó desde que aterrizaste en la ciudad —señala Will.
—¿Crees que sabe que he vuelto? —Niego con la cabeza—. Seguro que sí, los rumores corren rápido. Pero, ¿eso es motivo suficiente para que se arriesgue a pisar suelo de Draghi ?
—O quizás nunca se fue —sugiere él.
Lo pienso un segundo, pero lo descarto.
—Imposible. Controlamos Chicago. Si hubiera estado respirando aquí estos dos años, lo sabríamos. Alguien o algo se nos está escapando.
—¿Otro traidor? —pregunta Will, torciendo el gesto—. Puedo vigilar las familias, si lo ordenas. Pero no se me ocurre quién demonios arriesgaría su cuello por él.
—Matthew no me haría eso — la respuesta salta de mis labios antes de darme cuenta.
El silencio cae entre nosotros, los ojos grises de Will se clavan en mí, afilados e inquisitivos.
—No lo insinué—dice Will en voz baja—. Si tú confías en él, entonces yo también lo hago.
El ascensor se detiene con un pitido y las puertas se abren hacia el lobby.
El cosquilleo de mi nuevo título vuelve a molestarme.
¿Por qué de repente me trata con esa cautela respetuosa?
Salimos al mármol brillante y caminamos hacia las puertas de cristal sin decir una palabra. Me detengo de golpe antes de salir.
—Espera —murmuro, atando cabos—. Tienes acceso a los registros y movimientos de todas las familias aliadas y negocios secundarios, ¿cierto?
—Sí.
—Quiero que los rastrees. Alguien le está abriendo las puertas a Máximo.
—Se hará de inmediato, Regina.
La palabra me raspa los oídos.
—No me llames así, Will —siseo.
—Es lo que eres ahora.
—Lo sé, pero… olvídalo. Solo haz lo que te digo.
Él asiente. Cruzamos las puertas y el sol violento del mediodía me obliga a entrecerrar los ojos.
Barro el estacionamiento con la mirada, buscando el BMW oscuro, y ahí estaba.
Matthew no se había movido. Sabía que me esperaría, pero no podía subirme a ese coche.
No podía fingir que nada pasaba mientras mi cuerpo aún vibraba por lo del ascensor, mucho menos sabiendo que el rostro que acabo de ver en la foto es el fantasma del hermano del hombre que casi me arranca la ropa hace una hora.
Mierda. ¿Por qué todo tiene que ser tan difícil?
—Necesito un coche —suelto, más para mí misma que para Will.
—¿Sabes que tu padre es literalmente el dueño de un conglomerado automotriz, verdad? Puedes tener el que quieras.
Pongo los ojos en blanco.
—Iré a buscar un maldito coche, y luego quizás le haga una visita a Luc.
Will se tensa al instante.
—¿A Luc? —asiento—. Maddox, cuídate.
Chasqueo la lengua.
—¿Estás preocupado por mí?
—Déjate de juegos. Sabes que es la misma escoria que su padre.
Asiento.
—Pero ahora es nuestra mejor fuente de información. La única, de hecho.
—Y también podría estar operando directamente con Máximo. Es una trampa potencial.
Lo miro y una sonrisa se curva en mis labios.
—Entonces será divertido.
Will suelta un suspiro cansado, frotándose el puente de la nariz.
—Maddox, hablo en serio. Cuídate la espalda.
Hundo las manos en los bolsillos del pantalón sastre y lo miro con genuina curiosidad.
—¿Acaso estás preocupado por mí, William?
—Por supuesto. Después de todo, ahora trabajo directa y literalmente para ti. Si mueres, mi currículum se va a la mierda.
Suelto una risa seca.
—Ya. Mantenme informada, ¿entendido?
Will asiente y da media vuelta. Permanezco allí un segundo, observando su espalda alejarse, mientras la imagen borrosa de la serpiente tatuada arde en mi retina.