Capítulo 30
Matthew
Esto tiene que ser una jodida broma.
¿Qué clase de karma estoy pagando? ¿O es que los pecados de mi vida actual son tantos que el infierno ya me está cobrando por adelantado?
Bueno, has asesinado a mucha gente, Matthew.
La voz fría de mi consciencia me responde mientras le quito el seguro a mi arma. Y estoy a un segundo de sumar un nombre muy importante a la lista.
—Matthew Hardaway —La voz de Maddox resuena en el pasillo, afilada y furiosa—. ¿Podrías dejar de apuntarle a mi invitado con un arma?
Lucchese me guiña un ojo.
—Podría —respondo, hundiendo el cañón de la Glock un poco más en la garganta del neoyorquino—. Pero no tengo el más mínimo interés en hacerlo.
Giro la cabeza una fracción de segundo hacia ella. Maddox me fulmina con la mirada. Lleva el cabello oscuro suelto, aún húmedo, cayendo como una cascada de ónix sobre sus hombros. Y no viste absolutamente nada más que una delgada bata blanca de ducha.
La sangre me hierve. El instinto asesino que me contuve de liberar anoche regresa con el doble de fuerza. Vuelvo la vista hacia Lucchese y la ira me azota como un látigo. Tiene el torso desnudo y lleva puestos unos pantalones deportivos sueltos. No puede ser...
—Dime que no es lo que parece —gruño en voz baja, mirando a Maddox de reojo.
—¡Hey! —interviene Lucchese, alzando las manos en falsa inocencia—. No es mi culpa que tú no te la hayas llevado a la cama anoche. Alguien tenía que…
—Termina esa frase y pinto la pared con tus sesos —advierto, la voz ronca por la rabia.
—¡Basta! —estalla Maddox—. ¿Pueden ambos comportarse como adultos?
—De acuerdo —suspira Lucchese, con esa sonrisa arrogante que me enferma—. Pero para ser justos, princesa, él es quien me está encañonando en tu propia cocina.
—Matthew. Suéltalo.
Me cuesta la puta vida obedecer. Con un esfuerzo sobrehumano, aparto el arma y retrocedo dos pasos antes de hacer lo que llevo deseando hacer desde que entré. Guardo la Glock y me giro hacia ella, blindando mi expresión.
—Vine para llevarte a la reunión —informo, con frialdad fingida.
Maddox alza una ceja, evaluando la tensión en mis hombros.
—De acuerdo. ¿Puedes esperarme aquí sin cometer un homicidio mientras me visto?
Aprieto la mandíbula.
—Puedo intentarlo.
Ella exhala un suspiro pesado, se da la vuelta y desaparece por el pasillo. Mis ojos siguen el balanceo de sus caderas hasta que la puerta de su habitación se cierra.
Cuando me giro, Lucchese ya se ha dejado caer en el sofá blanco.
Tiene los brazos extendidos sobre el respaldo, con una postura absurdamente relajada para un hombre que estuvo a un milímetro de morir.
Es la segunda vez en menos de veinticuatro horas que amenazo de muerte a un Don. Podría pedir mi cabeza.
—No te haría daño —suelta Lucchese de pronto, leyendo mi mente—. Sé exactamente lo que estás pensando, Matthew. Y tienes razón: no debería dejar pasar con tanta ligereza que un simple soldado me amenace, mucho menos frente a todo su club. Eso me haría lucir débil en Nueva York, ¿no crees?
No respondo. Sus palabras son un hecho innegable.
—No tendrías que lidiar con esto si aprendieras a controlar tus putas manos —replico, cortante.
¿Soy un suicida por seguir provocándolo?
Sí. Pero es un acto reflejo. Él mismo firma su sentencia de muerte cada vez que respira cerca de ella.
Esperaba que mi demostración de violencia anoche le hubiera dejado claro a todo el mundo lo que le pasa a quien intente tocar a la mujer que amo.
Sea un soldado raso o un Don. Me importa una mierda. Los quemaría a todos por igual.
La esquina de la boca de Harry se curva en una media sonrisa.
—Solo intento darte un empujón, Matthew.
—Eso dijiste anoche —Me cruzo de brazos, clavando la vista en el pasillo—. No necesito tu ayuda.
—Por favor —Se ríe por lo bajo—. Estás a punto de reventar. Si no le pones las manos encima a Maddox pronto, vas a perder la poca cordura que te queda.
—Lucchese —advierto, perdiendo la paciencia.
—Mírate. Eres un hombre letal, y te comportas como un jodido adolescente frustrado.
Niego con la cabeza, asqueado.
—Te detesto —gruño.
—No te preocupes, no es mi tipo —añade con un suspiro dramático—. Sé lo que parece, y lo cierto es que es enfermizamente atractiva. Si no tuvieras un palo metido en el culo y no fueras un puto psicópata posesivo, hasta te propondría un trío...
—Te juro por Dios que mi paciencia se agotó, Lucchese. No juegues con fuego.
Su sonrisa se ensancha, desprovista de cualquier rastro de miedo.
—No me das miedo, Matthew. De hecho, el juego de las armas hasta me resulta excitante.
—Dios. —Paso una mano por mi rostro—. Eres el cabrón más retorcido del planeta.
—Lo sé, me lo dicen seguido. —Chasquea la lengua y me evalúa con ojos fríos—.
¿Siempre has sido así? —Alzo una ceja expectante—.
Ya sabes... el perrito obediente. El consigliere callado, disciplinado, que jamás rompería una regla.
El que está tan obsesionado con la hija del jefe que vive aterrado de hacer un movimiento en falso...
—No estoy aterrado —digo con rapidez. Mi pulso se acelera. ¿O sí?
—¿No? —Su sonrisa vuelve—. Bueno, entonces reevalúa tu estrategia, Hardaway. A mí no me interesa Maddox. Pero a cualquier otro hombre allá afuera, sí.
Una descarga de pura y venenosa posesividad me electrocuta las venas.
—Y si no eres capaz de saltarte un estúpido límite por estar tan ocupado siendo el empleado perfecto —continúa Lucchese, bajando la voz—, no pasará mucho tiempo antes de que alguien más te la robe por completo.
—Cierra la puta boca.
Harry se encoge de hombros.
—Al fin y al cabo, eso fue exactamente lo que hizo Máximo, ¿no?
Mi visión se tiñe de rojo. Llevo la mano a la funda de mi arma, ciego de rabia, dispuesto a acabar con esto, cuando el sonido de unos tacones interrumpe mi accionar.
—Lista.
Maddox aparece en el salón. Lleva un traje sastre impecable, el cabello negro peinado a la perfección y un aura de elegancia tan imponente que me desarma en el acto.
—¿Nos vamos? —pregunta, ignorando la atmósfera asesina.
Asiento en silencio. Me giro hacia la puerta, lanzándole a Lucchese una última mirada fulminante. Él simplemente me guiña un ojo.
Abandonamos el departamento y caminamos por el pasillo hacia los ascensores. Maddox lleva la vista clavada en su móvil, tecleando rápido, completamente ajena a la guerra que se está librando dentro de mi cabeza. Entramos a la cabina y las puertas metálicas se cierran.
El recuerdo de nuestra discusión de anoche me golpea. No pude dormir un solo minuto. Me la pasé torturándome por haber soltado toda mi verdad para luego irme como un cobarde, sin hacer nada.
Mierda. El psicópata de Lucchese tiene razón.
Siempre he sido el disciplinado. Siempre el fantasma en las sombras. Siempre el escudo silencioso... dejando que otro ocupe mi lugar en su cama. Siempre operando desde el miedo.
El corazón me golpea las costillas con tanta fuerza que duele. ¿Por qué demonios no la besé anoche? ¿Por qué siempre elijo quedarme al margen, consumiéndome de celos mientras otro puede sonreírle, rozarla, respirar su mismo aire?
Porque es más fácil. Es mil veces más fácil ser el guardián invisible que la adora en silencio, que enfrentarme al rechazo frontal de la única mujer que me importa.
A la mierda todo.
—Maddox.
—¿Mmh? —responde sin alzar la vista de la pantalla.
—Estoy harto de los límites.
Antes de que pueda procesar la frase, doy un paso, atrapo sus muñecas con fuerza y la empujo contra la pared del ascensor. Su móvil resbala y cae al suelo con un ruido sordo. Sus ojos verdes se abren de par en par por la sorpresa, pero no le doy un solo segundo para pensar.
Acato sus muñecas contra la pared con una sola mano, y con la otra atrapo su mandíbula.
Y la beso.
Reclamo su boca con una brutalidad que me desgarra por dentro.
La beso con toda la furia y la urgencia de los años reprimidos.
La beso por todas las veces que fantaseé con arrinconarla y no me atreví, por todas las veces que me desafió con la mirada, por todas las noches en vela masturbándome con su recuerdo.
Estoy besando a Maddox Salvatore. Y es la mejor sensación del universo. Reduciría a cenizas la ciudad entera solo para saborearla un minuto más.
Un gemido ahogado vibra en su garganta, y el sonido rompe mi último cordón de cordura.
Lo único en lo que puedo pensar es en destrozar ese traje elegante.
Presiono mi pelvis contra la suya, acorralándola, y siento cómo su espalda se arquea buscando la fricción.
Encajamos. Joder, encajamos con una perfección que asusta.
Si los humanos fuimos creados a la mitad, Maddox siempre ha sido la única pieza capaz de completar mi desastre.
Sus labios son suaves pero responden con una demanda hambrienta. Su lengua raspa mis dientes y sé que podría morir feliz en este maldito ascensor.
Deslizo mi mano libre desde su mandíbula hasta su cuello, envolviéndolo, aplicando esa ligera presión que descubrí anoche que la vuelve loca.
Maddox vuelve a gemir contra mi boca y fricciona su centro contra mi erección.
Muevo mis caderas, marcando el ritmo, dejándole dolorosamente claro lo mucho que la deseo.
Nada en mi jodida vida se ha sentido tan bien como esto.
Valió la pena. Valió la pena cada maldito segundo de espera. Valió la pena cada año de celibato voluntario, de no tocar a nadie más porque sabía, en el fondo de mis entrañas, que ninguna otra mujer podría hacerme sentir este nivel de devoción y locura.
Porque, desde el primer maldito día, siempre ha sido Maddox.