Capítulo 29
Maddox
La luz cruda de la mañana se filtra por los ventanales y me golpea el rostro, pero me niego a apartar la vista del techo. Mi móvil lleva vibrando un buen rato sobre la mesa de noche. Sé que, además de la alarma, debe estar saturado de mensajes de Penny exigiendo saber qué demonios pasó anoche.
No estoy dispuesta a leerlos. Mucho menos a responderlos.
Porque, ¿qué carajos se supone que le diga? ¿Cómo le explico a mi mejor amiga que todo voló por los aires y, al mismo tiempo, no sucedió absolutamente nada?
«¡No puedo! ¿No lo entiendes? Lo intento, joder, y no puedo. Es lo primero que pienso al abrir los ojos y lo último antes de caer desmayado del cansancio».
Un nudo de hierro se me instala en la garganta al recordar su voz rota.
Los flashes de la noche anterior me asaltan, densos y asfixiantes.
El calor de su pecho, la fuerza letal de sus dedos en mi cuello, la desesperación en su mirada dorada.
¿Por qué tuvo que desnudarse así frente a mí?
¿Por qué se empeña en desarmar todas mis barreras?
«Tú. Eres. Mía».
Llevo una mano a mi cuello, rozando la piel desnuda con la yema de los dedos, y un escalofrío traicionero me recorre la espina dorsal.
Es como si el tacto de Matthew se hubiera quedado tatuado allí, como el fantasma que siempre ha sido.
Anoche no cruzamos la línea, no nos besamos, no me desnudó…
Entonces, ¿por qué mi cuerpo reaccionó con tanta violencia?
¿Por qué la simple vibración de su voz contra mis labios fue suficiente para empaparme las bragas?
La respuesta es simple: Matthew nunca ha necesitado ponerme un dedo encima para incendiarme. Incluso cuando jugaba a la pareja feliz con su hermano, Matthew era mi punto de gravedad.
Y anoche... anoche vi al monstruo y al hombre suplicando al mismo tiempo. Y estuve a un segundo de mandar mi autocontrol al infierno. De perderme en la aspereza de sus palabras y dejar que esa oscuridad adictiva que respira por cada poro me arrastrara con él.
Como en Nueva York.
Mierda. Si anoche él hubiera decidido ignorar mis estúpidos límites, yo me habría abierto para él. Estaba desesperada. Si lo hubiera hecho, todo sería diferente hoy. ¿O no lo es ya?
El móvil vuelve a vibrar, sacándome de mi miseria. Ruedo por el colchón y lo tomo a regañadientes. El nombre de mi padre parpadea en la pantalla.
Maldición. ¿Ya se habrá enterado del espectáculo en el club? El lugar estaba lleno y todo el mundo sabe quién soy. Y saben exactamente quién es el consigliere de Chicago. Sumar dos más dos y esparcir el rumor no les tomaría ni cinco minutos.
Todo por culpa del imbécil de Lucchese.
—Lo voy a despellejar —murmuro, deslizando el dedo para aceptar la llamada—. Levi.
— Mia cara , creí que te vería a primera hora en las oficinas.
Alejo el aparato para revisar la hora y suelto un suspiro agotado. Iba tarde y ni siquiera había pisado la ducha.
—Sí, lo sé. Disculpa, anoche…
—Sí, el club.
El silencio se estira al otro lado de la línea.
—Yo…
—¿Qué hace Lucchese en Chicago? —Suelta la pregunta como un latigazo.
—Me encantaría tener la respuesta —miento con fluidez—. Supongo que está de visita.
Lo escucho murmurar algo en italiano por lo bajo.
—Interesante —susurra Levi—. ¿Ustedes dos…?
—Somos socios —lo corto de raíz—. Casi amigos.
Mierda. ¿Acabo de usar la palabra «amigos» con el psicópata de Nueva York?
—De acuerdo —dice, pensativo—. ¿Sabes? No sería una mala alianza estratégica. Un Lucchese y una Salvatore…
La sangre se me hiela.
—¿De qué estás hablando, Levi? ¿Acaso no puedes dejarle el imperio a tu hija si no tiene un anillo en el dedo?
—Maddox —advierte, la voz teñida de peligro—. No me tomes por un imbécil.
—Acabas de sonar exactamente como uno.
—Me refiero a que, si quisieras…
—No —sentencio—. Por supuesto que no.
Escucho cómo exhala con pesadez.
—Bien. Era solo una observación.
—Como sea —Desecho las sábanas y camino descalza hacia el mármol frío del baño—. Estaré allí en media hora.
—Está bien, mia cara . Te espero.
—Por cierto —añado antes de colgar—. Necesito que me envíes un coche.
—Yo me encargo. Nos vemos, hija.
Tiro el móvil sobre la encimera y abro el grifo de la ducha al máximo. Necesito que el agua hierva, que el vapor sature el aire y me queme la piel para poder sentir algo diferente a la ansiedad eléctrica que Matthew me inyectó anoche.
Me deshago de mi ropa y me detengo frente al espejo que abarca la pared entera.
Me giro de perfil y dejo que la luz cruda ilumine el mapa de cicatrices que decoran mis caderas, mi espalda y mis glúteos.
La carne curada tiene un relieve irregular, como marcas de garras.
Al principio pensé en someterme a cirugías láser para borrarlas, pero desistí.
Las acepté. Son mías. Si algún día me llevaba a alguien a la cama y no podía soportar mirar lo que me hicieron, era su problema, no el mío.
Estas marcas son el recordatorio de que sobreviví al infierno. Y la cicatriz que atraviesa mi ojo me da exactamente el aspecto que necesito: el de una princesa de la mafia que ya no es ninguna víctima.
—Fue una buena elección —murmuro para mí misma, pasando los dedos por mi cabello oscuro.
Había dudado en teñirlo de negro, pero necesitaba matar a la antigua Maddox. Este color resalta el verde de mis ojos, el rastro de mis pecas, incluso mi cicatriz. Y, siendo brutalmente honesta, la expresión de pura posesividad en el rostro de Matthew cuando me vio así... me encantó.
Cierro los ojos, expulsando el pensamiento.
No vas a cometer el mismo error dos veces. No hay lugar para la debilidad, ni para los sentimientos. Puedo jugar con fuego si necesito quemar la tensión, pero no puedo dejar que nadie vuelva a tener el poder de destruirme.
Me meto bajo el agua hirviendo, dejando que el calor barra el sudor frío de la madrugada.
Veinte minutos después, salgo envuelta en una bata blanca de algodón.
Camino hacia la cocina con la única idea de inyectarme café en las venas antes de vestirme, pero mis pasos se clavan en el porcelanato al ver la escena.
Harry Lucchese. En mi cocina.
Vistiendo únicamente unos pantalones deportivos grises que cuelgan peligrosamente bajo en sus caderas, moviendo una espátula mientras tararea una canción.
—¿Qué demonios haces en mi cocina?
Da un salto que casi hace volar la sartén, girando hacia mí con los ojos muy abiertos.
—¡Joder, Maddox! Casi me matas de un infarto.
—¿Qué estás haciendo?
—¿Qué estás haciendo tú aquí?
—Yo vivo aquí, imbécil —Me cruzo de brazos, apretando el nudo de la bata—. ¿Por qué estás medio desnudo revolviendo mis cosas?
Exhala con fastidio, como si yo fuera la intrusa, y hunde un cucharón en un bol de masa.
—Hago hot cakes —responde con total naturalidad, vertiendo la mezcla—. ¿Quieres?
Me quedo paralizada, procesando el nivel de surrealismo de la situación. Es el Don de la familia criminal más peligrosa de la Costa Este, y está cocinando el desayuno en mi departamento como si fuera mi compañero de cuarto universitario.
Niego con la cabeza, rindiéndome ante su locura.
—De acuerdo —murmuro, yendo hacia los cajones para sacar un par de platos y encender la cafetera—. ¿Quieres jugo de naranja?
—Claro, dulzura. —Me guiña un ojo mientras voltea un panqueque perfecto—. ¿Y me vas a explicar por qué estás durmiendo sola aquí y no enredada en las sábanas de tu perro guardián?
La mandíbula se me tensa.
—Deja de llamarlo así.
Me siento en uno de los taburetes frente a la isla de mármol negro. Harry se acerca, sirve una torre de panqueques en cada plato y se sienta frente a mí. Debo admitir que huelen a gloria.
—Entonces responde —insiste, llevándose un bocado a la boca y cerrando los ojos con exageración—. Por Dios, soy increíble.
—¿Alguien te ha dicho alguna vez que tienes el ego más inflado del planeta?
—Sí —Asiente, dándole un trago al jugo—. Me dijeron que lo único más grande que mi ego es mi polla.
—Eres un asco.
Él se echa a reír con la boca llena.
—Ya, en serio. ¿Qué haces aquí?
Corto un trozo de masa y me obligo a masticar antes de responder. Está esponjoso y crujiente en los bordes. Maldito Lucchese.
—¿Qué esperabas, Harry? Que al provocar a Matthew anoche mágicamente íbamos a terminar follando?
—¿Sí? —Abre los brazos, como si fuera la conclusión más lógica del mundo—. La verdad que sí, era exactamente mi plan maestro.
—Pues no funciona así.
—¿Por qué no?
—Porque es... complicado —siseo.
—¿Qué es lo complicado?
Clavo las uñas en las palmas de mis manos. ¿Por qué no podía simplemente cerrar la boca?
—¿Por qué te importa tanto?
—Porque eres mi amiga. —Intento interrumpirlo, pero me apunta con el tenedor como si fuera un arma—. Shh. Deja de negarlo.
—Como digas —suspiro, derrotada.
—¿Sabes? —El tono de Lucchese cambia de repente. La burla desaparece de sus ojos azules, dejando ver al líder de la mafia—. Cuando te conocí hace dos años... aunque no fueron las mejores circunstancias…
—¿Te refieres a la noche que asesiné a tu tío?
Hace una mueca, dándome la razón.
—Sí. En fin, estabas... diferente. ¿Qué te ocurrió, Maddox?
Una risa seca raspa mi garganta.
—Me torturaron, Lucchese. Eso me ocurrió.
Sus ojos se oscurecen. El silencio se vuelve de plomo.
—Y por si eso no fuera poco —continúo, la voz fría como el hielo—, el hombre que creía amar, al que le entregué cada jodida parte de mí, me vendió. Me entregó a mis secuestradores y se quedó mirando mientras me rompían los huesos y la cordura.
Harry se muerde el interior de la mejilla. Por una vez en su vida, el maestro de la provocación parece medir sus palabras antes de soltarlas. Lo agradezco; si hace un chiste ahora, le clavo el cuchillo en la mano.
—¿Matthew lo sabe? —La falta de respuesta en mi rostro es toda la confirmación que necesita—. ¿Por qué carajos no se lo has dicho?
—Porque si lo supiera, no descansaría hasta encontrarlo.
—¿Y no es exactamente eso lo que quieres?
Mi pulso se acelera.
—Quiero hacer las cosas a mi manera, Harry —murmuro, inclinándome sobre la isla—. Quiero cobrarme cada gota de sangre. No solo con el bastardo de Marcio, sino con Máximo. Y quiero hacerlo con mis propias manos.
—Una bala en la frente no te será suficiente —adivina, leyendo la oscuridad en mi mirada.
—No. Quiero despellejarlos. Quiero que se ahoguen en su propia sangre sabiendo exactamente con quién se metieron.
Lucchese asiente lentamente, comprendiendo el idioma de la crueldad.
—Ya. Entiendo. ¿Y qué tiene que ver Matthew en todo esto?
—¿Cómo pretendes que me deje llevar por el tipo que lleva la misma sangre que el hombre que me destruyó?
Harry detiene su respiración una fracción de segundo.
—Maddox... ¿no confías en Matthew?
—Confío en él con mi vida —confieso, y la verdad duele—. Pero al final del día, Máximo es su hermano. Nada me garantiza que me permita masacrarlo como yo necesito hacerlo. Involucrarme sentimentalmente con Matthew ahora solo ataría mis manos.
Lucchese baja la vista a su plato. Suspira, rasca su mandíbula y me mira fijamente.
—Incluso aunque te estés muriendo por él.
—Yo jamás dije eso...
—No tienes que decirlo, princesa. Se huele a kilómetros. —Se ríe por lo bajo, apoyando el codo en el mármol y descansando la barbilla en su mano—. También está claro lo que él siente por ti. Lo vi desde el primer segundo. Eres su centro de gravedad. Respira por ti, mata por ti...
—Ya basta.
Siento el calor subir a mis mejillas, odiando la evidencia.
—El día que por fin se rompa esa cuerda floja y suceda algo entre ustedes, van a dejar la habitación en ruinas.
—Lucchese...
—Hay demasiada tensión, Maddox. Reprimirlo tanto tiempo solo asegura que la explosión sea nuclear. Puede salir muy bien, o increíblemente mal.
—¿Puedes dejar de analizar mi vida sexual con tanta ligereza? —reclamo.
Antes de que él pueda responder, el timbre del departamento corta el aire.
Suelto un gruñido de exasperación y me bajo del taburete.
—Ve a abrir. Yo debo vestirme de una maldita vez.
—A sus órdenes, majestad —se burla a mi espalda, arrastrando los pies descalzos hacia la entrada—. Oh.
El monosílabo sale de su boca cargado de una diversión tan macabra que mis pies se clavan en el piso a mitad del pasillo. Me giro lentamente hacia la puerta de entrada, y el aire abandona mis pulmones. Un déjà vu violento de la noche anterior me golpea de frente.