Traición y Sangre II (Draghi 2) Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

Me torturó en Nueva York rogando por mis manos, y he pasado cada maldita noche desde entonces pagando el precio de no haberla tomado como quería. Sus jadeos repitiendo mi nombre han sido mi ruina. He tenido que morder mis propias sábanas para no suplicarle de rodillas.

—Matthew… —murmura con la voz rota.

—Tú —Me inclino, rozando mis labios contra los suyos, sintiendo su aliento temblar—. Eres. Mía.

Sus labios se entreabren, dejando escapar un suspiro rendido. Si la beso ahora, ¿me dejará devorarla, o volverá a sacar sus escudos?

—No soy una cosa... —Su voz sale rasposa, débil, y la fricción de su cuerpo contra el mío hace que la necesidad se vuelva dolorosa—. No puedes...

—No, no lo eres —la interrumpo. Cierro los dedos alrededor de su cuello, aplicando una presión calculada y firme. Su pulso enloquece bajo mis yemas—. Pero eso no quita que seas mía.

—Matthew.

—Si vuelvo a ver a alguien poniéndote una mano encima, lo mato. No estoy jugando a ser el protector, Maddox. Te estoy diciendo lo que voy a hacer.

—N-no puedes hablar en serio —balbucea, perdiendo el aire.

—¿Quieres ponerme a prueba?

—Basta —pide en un ruego ahogado.

El ambiente es filoso como el cristal. Un solo movimiento brusco y nos destrozaremos mutuamente.

Con la mano libre, atrapo su pierna desnuda y la alzo, obligándola a enredarla alrededor de mi cadera.

Maddox no opone resistencia. Se amolda a mi cuerpo, dócil, caliente, y el contraste con su actitud fría me vuelve loco.

Deslizo la mano libre desde su rodilla hasta subir a su escote, y mis dedos atrapan el diamante frío.

—Detesto que lleves esto puesto —confieso, ronco—. Detesto que dejes que te toque. Lo detesto a él.

—Matthew… —Suelto el collar y hundo los dedos en su cintura, apretando fuerte. Ella se estremece con un jadeo sordo—. No puedes estar hablando en serio...

—Lo hago. Así que, ¿estaría mal que te pida que lo saques de tu vida?

—No lo haré.

Lleno mis pulmones de aire, impregnándome de su aroma cítrico y salvaje, y apoyo mi frente contra la suya, cerrando los ojos. Aprieto la carne de su muslo con más fuerza. Ella ahoga un gemido, pero la vibración de su garganta viaja directo a mi sangre.

—¿Por qué me haces esto? —susurro contra su boca.

—No te hago nada…

—Me estás volviendo loco —gruño, incapaz de contenerme—. No dejas que me acerque, no dejas que te toque, pero permites que él lo haga en público. No me dejas besarte y tienes el descaro de mentirme diciendo que no sientes nada por mí.

—No lo hago.

Abro los ojos y clavo mi mirada en los suyos. Se pasa la lengua por el labio inferior, nerviosa.

—Tu corazón está golpeando tan fuerte que puedo sentirlo en mi propio pecho, Maddox. No necesitas mentirme.

—Eso no significa…

—¿Quieres que hablemos de cómo te desarmaste en Nueva York?

—Basta...

—He soñado cada maldita noche con tenerte suplicando otra vez. —Su respiración se corta—. No tienes ni puta idea de la cantidad de veces que me he masturbado esta semana pensando en ti, en cómo me mirabas, en lo húmeda que estabas...

—Matthew, por favor —suplica, cerrando los ojos.

—Si te toco ahora, justo ahora —acerco mi cadera, friccionando mi dureza contra su centro—, ¿qué tan empapada voy a encontrarte?

Sus labios se separan, incapaces de formular una mentira.

—Basta —pide en un hilo de voz—. Deja de comportarte así... deja de...

—¡No puedo! —El grito me desgarra la garganta, crudo y desesperado—. ¿No lo entiendes? Lo intento, joder, y no puedo. Es lo primero que pienso al abrir los ojos y lo último antes de caer desmayado del cansancio.

—Matthew…

—Fantaseo contigo. Respiro solo por ti. Estoy enfermizamente obsesionado contigo.

—Basta…

—Solo pienso en besarte. En arrancarte este vestido y hacerte mía hasta que olvides cómo te llamas —Subo la mano desde su pierna hasta rozar su centro por encima de la tela fina—. Solo pienso en dormir abrazado a ti. En enredar mis manos en tu cabello y obligarte a abrir la boca para recibirme.

—Matt…

—Está mal, lo sé mejor que nadie —confieso, con la voz quebrada por la tensión—. Pero no me importa. Porque soy tuyo, Maddox. En cuerpo y alma. Y lo único que quiero es que seas mía.

—¿Por qué lo haces tan difícil? —Una lágrima de pura frustración asoma en sus pestañas.

—Porque tu indiferencia me está matando —El nudo en mi garganta es una roca de bordes afilados. Estoy desnudo ante ella—. Y que me empujes solo a mí, me destroza.

—No podemos... —Niega con la cabeza, atormentada—. No voy a cometer el mismo error dos veces.

Mi cuerpo se congela al comprender el significado de sus palabras. Es como si hubiera sacado un cuchillo ensangrentado de su bota y me lo hubiera clavado directo en el esternón. En lugar de sangre, siento que trago vidrio molido.

Aflojo un poco el agarre en su cuello, lo suficiente para que me mire a los ojos.

—Yo no soy Máximo —sentencio, y cada palabra me cuesta la vida—. Y me ofende profundamente que creas que soy capaz de hacerte lo mismo que él.

—No me refiero a eso —balbucea, la culpa cruza su rostro—. Me refiero a que... no hay lugar para la debilidad ni los sentimientos en esta vida.

Lo sé. Por todos los dioses, claro que lo sé.

—No necesito que sientas lo mismo que yo.

La humillación de mis propias palabras casi me hace vomitar. Soy el consigliere más temido de Chicago, un hombre que hace temblar a los jefes de la mafia, arrastrándose por las migajas de atención de la única mujer que lo rechaza.

—No intentes mentirme —me devuelve, usando mi propia frase.

Cierro los ojos, grabando a fuego en mi memoria la textura de su piel, su calor, la forma en que encajamos perfectamente.

Es la primera vez que estamos así; lo de Nueva York fue solo un juego de poder a medias.

Mi pecho es un caos de emociones que no sé procesar.

Quiero llevarla a la cama, esconderla del mundo, amarla hasta que se nos olvide que nacimos con las manos manchadas de sangre.

Ella es lo único puro que he deseado en mi maldita vida.

De pronto, siento sus manos pequeñas trepar por mi pecho, deslizándose por mis hombros hasta llegar a mi nuca.

—Maddox —suplico.

Es la única palabra que queda en mi diccionario. Maddox. Maddox. Maddox. Si existiera un altar en el infierno, me arrodillaría y la adoraría ahí mismo. Siempre ha sido mi única religión.

Sus dedos trazan la línea de mi mandíbula, acarician la barba de varios días, y me estremezco entero. Soy patético. Un solo roce suyo y estoy a punto de perder la cabeza.

Sus manos acunan mi rostro. El gesto carga una ternura tan devastadora, tan impropia del monstruo en el que ella cree haberse convertido, que me desarma. No merezco esta suavidad, pero Dios sabe que reduciría el mundo a cenizas solo para que me siga tocando así.

—Matthew —susurra, con los ojos anegados, rozando su nariz con la mía—. Por favor.

Me está suplicando que pare.

Y la entiendo. Joder, la entiendo tanto que me parte el corazón en pedazos minúsculos. Aunque no debería doler; desde que me dijo que no le intereso, este corazón ya estaba muerto.

Hundo los dedos en su cintura una última vez, memorizando el contacto, y me aparto bruscamente, dejándola caer de nuevo sobre sus pies.

Maddox se apoya en el espejo, con la respiración agitada y los ojos verdes brillantes y desorbitados. Desactivo el botón de emergencia y presiono la apertura de puertas. El metal se desliza, revelando el pasillo del lobby.

Asiento con la cabeza de forma rígida, me trago la agonía que me sube por la garganta, fuerzo una media sonrisa vacía y salgo del ascensor. Agradezco que no intente detenerme. Si me quedo un segundo más, verá cómo mi muro de piedra se derrumba por completo.