Traición y Sangre II (Draghi 2) Capítulo 28
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Capítulo 28

Matthew

La voz de Maddox a mi espalda solo consigue echarle gasolina a la furia que me incendia las venas. ¿Cómo demonios permite que alguien como él la toque?

Voy a matarlo. Estoy a un segundo de jalar el gatillo en medio de este maldito club.

No sé qué excusa le daré a Levi cuando la sangre salpique la barra; quizás sea hora de admitir de una puta vez lo que siento por su hija.

Y si eso significa una bala en mi propio cráneo, me importa una mierda, siempre y cuando envíe a Lucchese al infierno primero.

—¡Matthew, suéltalo! ¡Ahora!

El tono autoritario y molesto de su voz me golpea.

Me estoy sobrepasando, lo sé. Este es su territorio. Ella manda, ella impone las reglas. Pero estoy harto, asquerosamente harto, de que sea solo conmigo con quien marca límites intocables.

¿Qué demonios tiene este imbécil neoyorquino que yo no tenga?

—No lo voy a repetir —advierte ella, la voz vibrando de ira contenida.

Debería soltarlo.

Pero mis dedos pican por apretar el percutor.

—A la mierda —sisea Maddox al ver que no retrocedo—. No voy a quedarme a ver cómo me faltan el respeto.

No necesito girarme para saber que se aleja; siento el vacío que deja su presencia al instante. Lucchese, aún con mi cañón clavado bajo la mandíbula, inclina un poco la cabeza y suelta un suspiro teatral.

—Se fue muy enojada —comenta, imperturbable.

—Te detesto.

—No exageres, Hardaway —Resopla, apartando la mirada como si yo fuera una simple molestia—. Solo les estaba dando un ligero empujón.

—No necesito tus putos empujones —Hundo el metal en su piel hasta que hace una mueca—. Y espero que te quede grabado a fuego: si le vuelves a tocar un solo pelo, te voy a enterrar a cien metros bajo tierra.

Lucchese alza una ceja, evaluándome.

—Ya, el mensaje llegó claro —murmura—. Lo que no entiendo es qué haces perdiendo el tiempo aquí, cuando la princesa ya se fue...

Lo aparto de un empujón brutal que lo hace chocar de espaldas contra la barra.

Sin dedicarle una segunda mirada, me doy la vuelta y atravieso la pista del club a zancadas, ignorando las decenas de ojos clavados en mi nuca.

Los nudillos me duelen por la fuerza con la que agarro el arma, pero me obligo a guardarla.

Ya cometí suficientes estupideces por una noche.

El aire helado de la madrugada me golpea como una bofetada al salir a la calle.

Escaneo el asfalto hasta que diviso su figura alejándose a paso rápido.

La alcanzo en tres zancadas, le sujeto el brazo y tiro de ella con brusquedad, obligándola a girar.

El impacto hace que nuestros pechos choquen con fuerza.

El instinto más primitivo y salvaje de mi cerebro me ruge que la cargue, la encierre en mi coche y no la deje salir hasta que recuerde a quién le pertenece.

Sus ojos verdes relampaguean en la penumbra, cargados de furia, pero es su cabello lo que me roba el aliento. Adentro estaba tan cegado por la idea de asesinar a Lucchese que no noté el cambio. Joder... el negro la hace lucir letal. Hermosa e inalcanzable.

La garganta se me cierra. Una punzada de pura y pesada necesidad me golpea directo en la entrepierna.

Maddox me lanza una mirada asesina e intenta zafarse, pero hundo los dedos en su piel, inmovilizándola. Se me agotó la paciencia. Antes de que pueda soltar una maldición, me agacho, le atrapo las caderas y me la echo al hombro en un solo movimiento fluido.

—¡Matthew! ¿Qué demonios haces? —Patalea con tanta fuerza que casi pierdo el equilibrio, pero le sujeto los muslos con brazos de hierro. Se queda rígida un segundo, procesando la posición, antes de volver a gritar—. ¡Bájame!

—Lo haré cuando lleguemos al coche.

—Estás muy equivocado si crees que me iré contigo.

—¿Preferías irte con Lucchese?

La escucho bufar, golpeándome la espalda.

—Deja de comportarte como un…

La callo al depositarla en el suelo junto a mi BMW, acorralándola de inmediato contra la puerta metálica. Apoyo ambas manos a los lados de su cabeza, inclinándome hasta que mi pecho roza el suyo.

—¿Decías? —siseo, la respiración agitada—. Porque todo esto habría sido mil veces más sencillo si no dejaras que cualquiera te ponga las manos encima.

—Basta —Me interrumpe, alzando el mentón sin dejarse intimidar un milímetro—. Deja de actuar como un cavernícola territorial.

—No es mi puta culpa que te empeñes en llevarme al límite —susurro, bajando el rostro hasta quedar a centímetros de su boca—. Si tan solo dejaras de provocarme cada vez que tienes la oportunidad...

Ella alza una ceja, desafiante, pero sus ojos traicionan su máscara al caer hacia mis labios por una fracción de segundo.

—¿Ahora resulta que es mi culpa que tú no puedas controlar tus instintos asesinos?

Una sonrisa oscura e involuntaria tira de mi boca.

—Solo los tengo contigo —Deslizo una mano desde la puerta hasta su garganta, envolviendo su cuello con firmeza. Ella no retrocede. Me sostiene la mirada, imperturbable, pero siento su pulso saltar contra mi palma—. Solo cuando otro cabrón cree que puede tocarte.

Se muerde el labio inferior y la visión casi me hace perder la cabeza.

Lo único que deseo es reemplazar sus dientes por los míos, morderla, marcarla.

Pero antes de que pueda acortar la distancia, Maddox empuja mi pecho con ambas manos, aprovechando mi distracción.

Me tambaleo medio paso hacia atrás, el espacio exacto que ella necesita para abrir la puerta del copiloto.

Antes de entrar, duda un segundo. Me da la espalda, y mis ojos se clavan en el tatuaje del dragón rojo, completamente expuesto. La ira vuelve a latir en mis sienes. Quiero borrar el rastro invisible de los dedos de Lucchese. Quiero que solo quede mi marca.

La puerta del copiloto se cierra de un portazo, cortando el hilo de mis pensamientos. Cierro los ojos y cuento hasta cinco, apoyando la frente en el techo del coche. Necesito que mi erección baje antes de encerrarme en ese habitáculo con ella, o no respondo de mis acciones.

Rodeo el auto y subo al asiento del conductor.

Maddox tiene la vista clavada en la ventanilla, como si la calle fuera lo más fascinante del mundo.

Me encantaría decirle lo preciosa que se ve.

Cómo ese cabello oscuro hace que sus ojos verdes parezcan veneno puro.

Me encantaría tomarla de la mandíbula y obligarla a mirarme.

Me encantaría hundirme en ella hasta que grite mi nombre.

Aprieto el volante hasta que los nudillos me crujen y piso el acelerador.

No puedo hacer nada de eso, y la contención me está destrozando por dentro.

Me detengo en un semáforo en rojo. Me giro a medias, con la intención de romper el hielo, de intentar que el aire deje de sentirse tan pesado.

Y entonces lo veo. Descansando justo en el nacimiento de sus pechos, brilla el maldito diamante rojo envuelto en oro.

El collar que Lucchese le regaló hace dos años.

Piso el acelerador a fondo, saltándome el rojo. Voy a matar a Lucchese.

Cinco minutos después, los neumáticos chirrían contra el asfalto cuando estaciono frente a su nuevo edificio. Agradezco que Levi me haya enviado la dirección por mensaje. Maddox permanece inmóvil un segundo, se gira hacia mí, me lanza una mirada inescrutable y abandona el vehículo con otro portazo.

Golpeo el volante con el puño cerrado.

—Matthew, eres un puto imbécil —me digo a mí mismo.

Apago el motor y salgo tras ella. La alcanzo justo en la entrada del edificio, donde se gira de golpe para enfrentarme.

—¿Cómo se te ocurre? —Antes de que pueda reaccionar, se quita uno de los zapatos de diseñador y me lo lanza a la cabeza. Lo esquivo por un milímetro—. ¡Me faltas el respeto en frente de todos mis hombres!

—Maddox… —Me lanza el otro zapato. Golpea mi hombro—. ¡Maddox, maldita sea! ¡Espera!

Se gira, descalza, y cruza el lobby hacia los ascensores. Recojo sus zapatos del suelo, apresuro el paso y meto la mano entre las puertas metálicas justo antes de que se cierren. La ranura de seguridad salta y las puertas se abren de nuevo. Entro a la cabina.

—¡Vete!

—Escúchame un segundo…

—¡No quiero escucharte! —me grita, arrinconándose contra el espejo del fondo—. ¿Cómo pudiste comportarte así?

—¡Lucchese te estaba tocando!

—¿Y esa es tu excusa para ignorar mi autoridad? ¡Era mi club, Matthew! ¿Tienes idea de cómo te viste? ¡Como un puto animal fuera de control!

Dejo caer sus zapatos al suelo con un golpe sordo. El sonido retumba en el espacio cerrado, pero ninguno de los dos aparta la vista. Doy un paso hacia ella, acortando la distancia. El aire en la cabina se vuelve denso, cargado de una electricidad que raspa la piel.

—Si estás esperando que me disculpe...

—¡Deberías!

—Pues no lo haré —sentencio, la voz grave y dura—. Porque si no fuera por tu padre, le habría volado los sesos ahí mismo y lo habría disfrutado.

Doy otro paso. Ella retrocede, pero su espalda choca contra el frío metal de la pared. Sus ojos brillan con una mezcla de furia y algo más oscuro que se niega a admitir.

—No hablas en serio —susurra.

—Hablo jodidamente en serio cuando se trata de otro hombre tocando lo que es mío.

Su pecho sube y baja con rapidez. Mis ojos se desvían, inevitablemente, hacia el diamante rojo. Extiendo la mano hacia el panel de botones del ascensor y presiono el botón de parada de emergencia.

La cabina da una sacudida que la desestabiliza. Aprovecho la inercia, acorto los centímetros que nos separan y vuelvo a atrapar su cuello con mi mano, esta vez acorralándola por completo.

Maddox alza el mentón. Su garganta tiembla contra mi piel.

Sé que debería apartarme. Sé que estoy cruzando una línea de la que no hay retorno. Pero estoy harto de vivir en las sombras. Me pego a ella, aplastando su cuerpo contra el mío, asegurándome de que sienta la dureza de mi erección contra su vientre. Quiero que lo entienda. Quiero que deje de fingir.

A la mierda el respeto, la disciplina y el código. A la mierda sus barreras invisibles. Si de verdad no siente nada por mí, tendrá que mentirme mientras su cuerpo me dice lo contrario.