Capítulo 27
Maddox
El bajo estalla contra las paredes del club, retumbando directamente en mi pecho. Cierro los ojos un segundo, obligándome a recordar que estoy soportando este ruido ensordecedor solo por Penny. Y por Lucchese, que básicamente insistió en que saliéramos de fiesta.
Miro a mi costado mientras atravesamos la entrada. Penny sonríe, radiante, con su vestido esmeralda brillando bajo las luces de neón. Lucchese no puede quitarle los ojos de encima, por más que intente disimularlo.
Caminamos los tres a la par, con él en el medio escoltándonos como si estuviéramos en un estúpido baile de graduación.
Pero en cuanto ponemos un pie en la pista, la atmósfera se quiebra.
La música sigue rebotando en los altavoces, pero el peso de decenas de miradas recae sobre mí como un bloque de plomo.
Solo había vuelto a este club dos veces. La noche que llegué a Chicago, cuando mi padre quiso presentarme a los nuevos soldados, y hace unos días, cuando hablé con Matthew.
Matthew.
La garganta se me cierra al recordarlo.
«No me interesas de esa forma».
Me había vuelto una experta mintiendo. Esperaba no acostumbrarme a hacerlo porque, sencillamente, lo detestaba. Mentía para que mi venganza saliera bien, sí, pero engañar a quienes me juraron lealtad era la única línea que me separaba de la escoria.
De la escoria como Máximo.
—Así que este es el famoso club —me susurra Lucchese al oído, sin detener el paso, notando cómo la multitud se aparta físicamente de nuestro camino—. Cuánto respeto impones, Maddox.
—Prefiero imponer miedo.
—Oh, estoy seguro de que eso ya lo haces, dulzura.
Sonrío de lado. Era cierto.
El escrutinio nos persigue hasta la barra. Agradezco que la música siga a un volumen alto, porque caminar en medio de ese silencio reverencial habría sido insoportable. Al apoyarme en la madera oscura, noto por el rabillo del ojo cómo los presentes vuelven, poco a poco, a sus propios asuntos.
—Aún no puedo creer que llevo puesto un Gucci —comenta Penny, alisando la tela con una sonrisa incrédula.
—Puedo darte todos los vestidos que quieras, rubí.
Penny contiene un suspiro de fastidio al escuchar el apodo, pero no me pasa desapercibido el rubor que tiñe sus mejillas.
—No me llames así —advierte entre dientes, claramente afectada.
—Si me das tu número, puedo llamarte de otras formas. —Lucchese le guiña un ojo.
Dioses. ¿Por qué tiene que ser tan perturbadoramente extraño?
—Te agradezco el vestido, Lucchese. Pero no va a suceder nada entre nosotros —Le aclara mi amiga. Lucchese alza una ceja—. Así que deja de molestar.
—¿Estás segura? —murmura él, arrastrando las palabras—. Porque soy experto en hacer que la gente cambie de opinión...
—Lucchese —intervengo, lanzándole una mirada de advertencia.
Él chasquea la lengua. Le hago una señal al bartender. El tipo se acerca con una sonrisa que se transforma en una leve y respetuosa inclinación de cabeza en cuanto me reconoce.
—Dos whiskies, por favor —Miro a Penny por el rabillo del ojo—. Y un Sex and the City.
El bartender asiente y se retira a toda prisa.
—¿Un Sex and the City, en serio? —le pregunto a mi amiga.
—¿Qué? El whisky sabe a desinfectante —se defiende, encogiéndose de hombros.
Cuando el moreno regresa con las bebidas, Penny liquida su cóctel de un solo trago largo. Lucchese y yo compartimos una mirada.
—Penny…
—Tranquila, no pienso llevarte a rastras esta noche —le advierto.
—Yo sí —interviene Lucchese—. Pero estoy de acuerdo con Maddox. Ve despacio.
—¿Saben qué? Yo vine aquí a divertirme, y ustedes dos son un par de amargados.
—¿Te vas a divertir en un club lleno de mafiosos armados? —pregunto, divertida.
—¿Por qué no? —Le hace una seña al bartender para que le sirva otro—. Hay un par que se ven bastante bien.
Alza su nueva copa como si brindara por su propia locura y vuelve a beber. Niego con una sonrisa mientras acerco mi vaso a los labios. El líquido ámbar me quema la garganta y un escalofrío familiar me recorre la espalda.
—Pero, ¿qué tenemos aquí? —La voz conocida me hace tensar la mandíbula—. Dos princesas y... bueno, lo que sea que seas tú.
Jace le hace un gesto despectivo a Lucchese. El Don de Nueva York simplemente alza una ceja y le da un sorbo a su bebida, imperturbable.
En parte, agradezco la personalidad disociada de Lucchese.
Es un Don. Podría ordenar que le cortaran las manos a Jace ahí mismo por faltarle el respeto.
Yo soy impulsiva, y una reacción violenta sería lo esperable en mi mundo, pero él…
él es un psicópata que dirige un imperio.
He leído su expediente. Sin embargo, parece importarle una mierda que un soldado le hable así.
Mejor. Me jodería tener que matar a Lucchese para defender a Jace.
—Hola, Jace —Penny le sonríe, alzando su copa vacía.
Veo cómo los ojos de Lucchese se oscurecen, destilando veneno puro, mientras Jace barre a Penny con la mirada.
—¿Qué dices? ¿Bailamos? —le propone ella.
—¿Contigo? Será un puto placer, belleza.
Jace le ofrece la mano como si fuera realeza. Están a punto de alejarse, pero la mano de Lucchese se cierra como una garra de acero en la cintura de Penny. Tira de ella hacia atrás, acercando la boca a su oído en un murmullo que se asegura de que todos escuchemos.
—Penélope Annalise —su tono baja—. Si un solo hombre te toca, será hombre muerto para el final de la noche. —Clava sus ojos de hielo en Jace. El rubio, fiel a su estilo suicida, no retrocede—. Si este te pone una mano encima, perderá ambas extremidades. ¿Fui claro?
Penny contiene la respiración, le lanza una mirada furibunda, se zafa de su agarre de un tirón y camina hacia la pista. Lucchese se sienta en el taburete a mi lado, con los ojos fijos en las botellas frente a nosotros. Me aclaro la garganta.
—¿Cómo sabes su nombre completo?
—No hay que ser un genio para deducir que Ann viene de Annalise.
—Sabes a qué me refiero —Lo miro de soslayo—. Sabes dónde vive. ¿Por qué?
No le pregunto cómo lo sabe. Conseguir información en nuestro mundo es un juego de niños. Lo que me importa es su intención. Veo cómo sus nudillos se ponen blancos alrededor del vaso de cristal.
—No tienes de qué preocuparte, Maddox.
—Todo lo que involucre a Penny me preocupa —siseo.
Nuestros ojos chocan en la penumbra. Algo oscuro, pero sincero, cruza su mirada de psicópata.
—Jamás le haría daño. Lo sabes.
Y lo peor es que sí. Lo sabía. No entendía de dónde venía esa certeza, pero sus palabras se sentían reales.
Porque confías en él.
Ignoro la voz en mi cabeza y apuro el resto de mi whisky. El bartender aparece al instante para rellenar mi vaso.
—Ahora —dice Lucchese, cambiando el tono a uno peligrosamente casual—, dime qué carajos pasa con Matthew.
Todos mis músculos se bloquean al escuchar su nombre. Bajo la vista hacia el líquido ámbar, sintiendo el pulso golpear en mis sienes.
¿Acaso el universo no me iba a dar una tregua con este tema?
—No pasa nada —aseguro, fría.
—Exacto —Suelta una risa seca. Giro el rostro para encararlo—. ¿Por qué?
—Porque no me interesa de esa forma.
Me evalúa durante un segundo interminable antes de echarse a reír. Hago un gesto de fastidio y hago el amague de apartarme, pero él atrapa mi mano sobre la barra.
—Maddox, no me jodas —advierte, la diversión borrándose de sus facciones—. Sé qué crees que eres buena mintiendo. Quizás a él puedas engañarlo. A mí no.
—Vete al diablo, Harry.
—Vamos, princesa —suspira, soltándome—. ¿Me vas a decir en serio que no sientes nada por el perro guardián de tu padre?
—No es un perro guardián —siseo, apretando los dientes—. Es el consigliere .
—Y pronto podría ser el tuyo. —Se inclina hacia mí, acortando el espacio hasta que su olor a café y humo inunda mis sentidos. Una mezcla extraña—. ¿No te resulta… excitante?
—Por Dios, Lucchese. —Niego con la cabeza—. Eres la persona más retorcida que conozco.
Se ríe por lo bajo. De pronto, su mano sube y sus dedos atrapan mi mentón, obligándome a alzar el rostro. Lo miro, desafiante.
—Si no supiera que estás enfermo de obsesión por mi amiga, pensaría que estás intentando seducirme.
Su sonrisa se vuelve depredadora.
—Para nada, dulzura. Las rubias no son mi tipo —Me inspecciona el rostro—. Aunque ahora te ves muy diferente, sigues sin ser mi tipo.
—Qué alivio. Se supone que somos socios.
—Somos amigos.
Intento zafarme de su agarre, pero sus dedos son firmes.
—Deja la estupidez. En nuestro mundo no existen los amigos.
—Planeo cambiar eso. —Se encoge de hombros, rozando mi piel con el pulgar—. Nuevas reglas, Maddox.
No puedo evitarlo; una sonrisa genuina tira de mis labios.
Harry Lucchese es un hombre innegablemente atractivo, con sus ojos verdes vibrantes y esa energía desquiciada.
Podría ser mi tipo. Pero no me mueve ni un solo pelo.
No provoca la tormenta eléctrica que me destroza los nervios cada vez que Matthew respira cerca de mí.
El corazón se me acelera al recordar el fuego y el sudor en Nueva York. Mierda. Llevaba noches enteras usando mi juguete, mordiendo la almohada para no buscarlo y suplicarle.
—¿Sabes? —susurra Lucchese, deslizando su mano libre hasta mi espalda baja. Sé que está jugando. Y eso solo confirma lo mucho que confío en él—. Si no te vas a follar a Matthew, deberías hacernos un favor a todos y montarte a otro para bajarte esa tensión.
—¿De qué hablas?
—De que te estás volviendo aburrida. —Hace un puchero falso—. Quizás necesitas que alguien te haga ronronear un poco.
—Eres un imbécil.
—Quizás.
Siento la yema de sus dedos trazando la piel desnuda de mi espalda baja. Sé que medio club nos está mirando. Lucchese roza el borde de mi tatuaje del dragón rojo, pero mi piel no se enciende.
No son sus ojos. No es la mirada dorada y letal de Matthew. No es su voz ronca, que suena como grava y pecado, ni su cuerpo esculpido para la guerra, que sé perfectamente que podría cubrirme entera, someterme y destrozarme. Lo sé porque ya lo viví.
Muerdo el interior de mi mejilla. Necesito acostarme con alguien. Con quien sea, para matar esta sed antes de que arruine mis planes.
La mano de Lucchese baja un milímetro más. Le lanzo una mirada que promete sangre.
—Lucchese —advierto, letal.
—¿Sí, dulzura?
—¿Qué mierda estás haciendo?
—Darles un pequeño empujón. —Me guiña un ojo, diabólico—. Ya sabes… si Matthew me viera tocándote ahora mismo, te garantizo que te haría olvidar esa tontería de que «no es tu tipo» .
—Si Matthew estuviera aquí, vendría y te arrancaría los ojos.
La seguridad absolutista con la que lo digo me toma por sorpresa.
—Sí, es verdad —asiente Harry, sin dejar de acariciar mi piel—. Supongo que eso explica por qué viene hacia aquí con ganas de cometer un homicidio, ¿cierto?
Todos los músculos de mi cuerpo se tensan.
—¿Qué…?
No llego a terminar la frase.
Una masa de pura y oscura furia nos alcanza antes de que pueda parpadear. Matthew irrumpe en mi campo de visión, estampa una mano contra el cuello de la camisa italiana de Lucchese y le clava el cañón de una Glock directamente bajo la mandíbula.
Mierda.
Lucchese se inclina hacia atrás en el taburete, sin perder ni por un segundo la sonrisa arrogante.
—Buenas noches —saluda Harry, con el metal frío presionándole la garganta—. Lo siento, le hacía compañía. La vi muy sola…
—Te voy a matar.
La voz de Matthew es un gruñido gutural, bajo, cargado de una violencia tan primitiva que hace que el aire a nuestro alrededor se vuelva denso.
Y al verlo así —enorme, ciego de celos, dispuesto a volarle los sesos a un Don por tocarme—, una corriente pesada y líquida se acumula en el fondo de mi vientre.
Mierda. ¿Me acabo de excitar?
—Estábamos a punto de ir a su piso… —provoca Lucchese.
—Voy a arrancarte esos putos ojos y te los daré de comer —sisea Matthew, hundiendo la pistola aún más en la carne de Harry. El neoyorquino ni parpadea—. Y luego te cortaré esa estúpida lengua…
—Matthew —intervengo, mi voz rasposa. Él aprieta los labios, la vena de su cuello latiendo con furia, pero no aparta el arma. Me bajo del taburete y doy un paso hacia él—. Matthew. Suéltalo.
—No.
Maldigo en voz baja. A nuestro alrededor, la pista de baile podría seguir moviéndose, pero nuestra burbuja es el centro de atención de cada asesino en este lugar.
Si Levi se entera de que su consigliere está a un gatillo de iniciar una guerra con Nueva York en medio de la pista de baile, será un problema.
—Estás haciendo una maldita escena —le advierto.
—Me importa una reverenda mierda. —El clic del percutor resuena sobre la música. Ahora sí, Lucchese traga saliva, pero su sonrisa sigue intacta—. Lo hubieras pensado antes de ponerle las manos encima.
—Oh, no sabía que era territorio marcado —se burla Harry, encogiéndose de hombros contra el arma—. Me dijo que no le interesabas de esa forma.
Maldito hijo de puta.
Aprieto los párpados con fuerza.
—¿Sabes qué? Cambié de parecer —dice Matthew, su mirada dorada clavada en Harry, oscura como la muerte—. Me conformo con arrancarte el corazón y colgarlo en mi pared como un puto trofeo.
—¡Matthew!