Capítulo 26
Matthew
—¿A dónde vas?
Suspiro en cuanto escucho la voz de Levi.
Llevábamos un buen rato encerrados en su despacho analizando las grabaciones de seguridad que Will desencriptó hace unas semanas.
Había movimientos extraños en los muelles, logística que no era nuestra, lo que significaba una sola cosa: alguien estaba invadiendo nuestro territorio.
Pero, hasta el momento, las cámaras no mostraban rostros claros. Y por supuesto, yo no iba a decirle al Don de Chicago que su hija ya tenía información privilegiada, ni mucho menos que se había reunido a mis espaldas en uno de esos putos muelles con su maldito contacto.
Necesitaba salir de esta habitación. Necesitaba dormir para que las palabras de Maddox dejaran de taladrarme el cráneo.
«No me interesas de esa forma».
Presiono los puños a mis costados, sintiendo las uñas clavarse en mis palmas. Necesito destrozar un saco de boxeo, o ir a la galería de tiro y vaciar tres cargadores imaginando que la diana tiene el rostro arrogante de Lucchese.
—Me voy a mi piso, necesito dormir —respondo, deteniéndome sin girarme del todo—. Tú también deberías hacerlo.
—Sí. Supongo que sí —murmura.
Arrugo la frente al captar el tono inusual en su voz. Me giro por completo. Aunque llevamos horas trabajando, no tiene la expresión implacable de siempre. Parece… ansioso.
—Levi —lo llamo, evaluándolo.
—¿Sí? —Alza la vista y la familiaridad de sus ojos verdes me clava una estaca en el pecho, recordándome a ella—. ¿Qué ocurre, Matthew?
—¿Qué te ocurre a ti? —Me acerco un paso—. Algo te está jodiendo la cabeza, lo noto. ¿Qué es? ¿Es Maddox? ¿Hay problemas?
Él niega lentamente.
Exhalo sin que se dé cuenta, aliviado de que ella no esté en peligro.
—Estoy nervioso —admite, recostándose en su silla de cuero—. Mañana convoqué una reunión extraordinaria en la empresa.
—De acuerdo —murmuro, cauteloso—. ¿Sucedió algo grave?
—No. Pero va a suceder algo que marcará un antes y un después en Draghi . Mañana lo sabrás.
—Por favor, Levi —pongo los ojos en blanco, cansado—. ¿A tu edad te da por hacerte el misterioso?
Él suspira, agotado, y se lleva su vaso de whisky a los labios.
—Solo te pido que pases a recoger a Maddox mañana —Trago saliva al instante. Estar cerca de ella se había vuelto un ejercicio de tortura desde nuestra última discusión—. Aún no le he conseguido un coche blindado y no quiero que esté sola…
—¿Y por qué no la llevas tú?
Nada me gustaría más que decirle «por supuesto, yo me encargo de ella con mi vida» , si tan solo la idea de tenerla a solas en un coche no me pusiera duro de forma instantánea.
—Porque se acaba de mudar, así que pensé en pedirte que pases tú. —Lo miro, petrificado, sin comprender—. Si es un inconveniente para ti, puedo llamar a Jace para que vaya...
—¿Qué quieres decir? —Mi voz sale estrangulada, áspera, y el corazón me da un latigazo en el pecho—. ¿Cómo que se fue?
Levi asiente. Yo clavo las botas en el suelo para no cruzar el escritorio, agarrarlo por las solapas y exigirle que me dé la maldita dirección ahora mismo.
—Pensé que lo sabrías pronto. —Aprieto la mandíbula. Por supuesto que no lo sabía—. Discutimos hoy.
—¿Por qué?
Levi hace una mueca que rápidamente se transforma en una sonrisa torcida.
—Por un millón de cosas. Pero me hizo ver lo ciego y equivocado que he estado respecto a ella —Exhala largo—. Tiene razón en que aún no he aceptado que el infierno la cambió. Y eso le está doliendo.
Trago el nudo de pura furia y frustración.
—No es sencillo asimilar algo así, Levi.
Sus ojos verdes, idénticos a los de ella, me atraviesan como cuchillos.
—Si no la quieres perder, Matthew, te recomiendo que tú también empieces a aceptarlo cuanto antes. —Me aclaro la garganta y aparto la vista, expuesto—. En fin. Discutimos, me gritó, pero… me alegró.
—¿Te alegró que te gritara?
—Es la primera vez que Maddox se digna a decirme más de dos palabras seguidas desde que regresó. Y me di cuenta de lo estúpido que estaba siendo, actuando como si ella me debiera algo por estar viva...
—Y en realidad, nosotros le debemos todo a ella —completo. Levi asiente, solemne, y bebe un trago—. Le debemos mucho más que una simple venganza.
—Le debemos el derecho a dejar que sea ella quien apriete el gatillo. Así que mañana nos reunimos y haré un anuncio.
—Entendido.
—¿Pasarás por ella a su piso o envío a uno de los hombres?
Levi está jodidamente loco si cree que voy a dejar que otro hombre conduzca a Maddox por Chicago.
—Yo iré por ella. Pásame la dirección.
—Bien. —Sonríe con suficiencia, dándose cuenta de mi reacción—. Ve a descansar. Te necesito bien mañana.
Asiento y salgo del despacho. Recorro los pasillos silenciosos de la mansión hasta que mis pasos se detienen, como atraídos por un imán, frente a la puerta de Maddox. El pecho se me oprime, robándome el aire. Debería dar media vuelta, subir a mi coche y largarme.
Pero no lo hago. En su lugar, envuelvo el pomo con la mano y un escalofrío me recorre la espina dorsal cuando la puerta cede.
La habitación se extiende frente a mí, oscura y estática.
No está vacía, algunas de sus cosas siguen aquí.
Y, de alguna manera jodida, eso me duele más.
Sería más fácil ver el cuarto desmantelado, saber que no dejó rastros.
«Ya no es la misma Maddox».
No. No lo es.
Pero yo seguiría enamorado de ella en cualquiera de sus versiones. La seguiría hasta el mismísimo infierno si eso garantizara que, al menos una vez, me mirara como siempre supliqué que lo hiciera. Como la deseo.
Camino hasta el borde de la cama y rozo las sábanas de seda roja con las yemas de los dedos.
Mi piel se eriza al recordar cuántas veces monté guardia en las sombras, cuidando su sueño, asegurándome de que respirara.
Hace dos años, por un par de semanas, viví a una puerta de distancia de ella, tragándome la agonía de imaginar qué se sentiría dormir con ella enredada en mi cuerpo.
«No me interesas de esa manera».
El recuerdo me golpea como un gancho al hígado.
Mis ojos arden. ¿Qué poder tenía sobre mí para desarmarme así?
¿Tan jodidamente fuerte era esta obsesión para tenerme actuando como un perro callejero?
Sí. Lo era. Y no planeaba alejarme, ni cambiar de actitud solo porque me pidiera que no me hiciera ilusiones.
Mierda. ¿Por qué tuvo que usar esas palabras? ¿Cómo carajos puede mirarme a los ojos después de cómo ardíamos en Nueva York, y pretender que la química letal entre nosotros no existe?
¿Me lo estaba imaginando? No. Me niego a aceptarlo.
La vibración de mi móvil en el bolsillo rompe el trance. Parpadeo, obligándome a salir del cuarto de Maddox. Pongo los ojos en blanco al ver el nombre de Jace parpadeando en la pantalla.
—¿Qué quieres?
—¿Qué está haciendo el consigliere más amargado de Chicago?
Suspiro con pesadez. A veces Jace parecía un maldito adolescente; era fácil olvidar que en el campo de batalla era una de nuestras máquinas de matar más eficientes.
—Estaba reunido con Levi —respondo, cerrando la puerta y alejándome antes de que algún guardia me vea merodeando por aquí—. ¿Qué sucede?
—Oh, perfecto. ¿Cuáles son tus planes para esta noche?
—¿No tienes nada mejor que hacer un sábado a la madrugada, Jace? ¿Tu plan maestro es molestarme?
—Vamos, Matt —Se ríe al otro lado de la línea—.
Will y yo vamos al club a ahogar penas en alcohol y pensamos: ¿quién es el segundo al mando más divertido que conocemos?
—Pongo los ojos en blanco, cruzando la puerta principal hacia el aire frío de Chicago—.
Bueno, definitivamente tú no eres divertido. Pero eres lo mejor que hay.
—Vete al diablo —murmuro, revisando mecánicamente el perímetro en la oscuridad mientras camino hacia mi coche.
—Vamos, ¿qué dices? Un par de copas y…
—No.
—Matthew…
—Te dije que te mandaría a la mierda, Jace —escucho la voz de Will de fondo.
—Saben perfectamente que odio el club —les recuerdo, abriendo la puerta de mi coche—. A menos que implique torturar a alguien en el sótano.
—Claro, claro. Aguafiestas —suspira Jace, con falsa lástima—. Una verdadera pena. Tendremos que tomarnos los tragos con Maddox nosotros solos.
Mi cuerpo se paraliza y mi mano se queda congelada sobre el marco de la puerta del coche. Trago saliva despacio. El oxígeno de repente parece escasear en este lado de la ciudad.
Maddox. Maddox está en el club. En un lugar atestado de criminales donde cualquier hijo de puta puede clavarle los ojos o, peor, ponerle una mano encima.
La furia me atraviesa como una descarga de alto voltaje.
Esto era lo que pasaba por jugar a ignorarnos: que yo me tenía que enterar de su ubicación por mis soldados, no por ella.
Y lo único en lo que puedo pensar es en lo asquerosamente molesto que es.
Y en lo mucho que me gustaría acorralarla contra una pared y dejarle un par de límites claros.
«No me interesas de esa forma».
Y una mierda no.
—¿Maddox está en el club? —pregunto. Mi voz suena tan letal que asusta.
—Oh, sí —dice con diversión—. Con el arrogante de Lucchese, ¿puedes creerlo? El neoyorquino bajó de visita…
Cuelgo el teléfono.
Me meto en el coche, arranco el motor y piso el acelerador a fondo.
Trato de convencerme, mientras quemo los neumáticos sobre el asfalto, de que no quiero ensuciarme las manos de sangre esta noche. Aunque la imagen de meterle una bala en el puto cráneo a Lucchese se me antoja casi poética.
Atravieso la ciudad a una velocidad que me garantiza una celda si me cruzo con una patrulla, pero el rugido del V8 no logra silenciar el único nombre que martillea en mi cabeza.
Maddox. La posesividad me quema bajo la piel como ácido.
Sé que no tengo derecho a sentir esta obsesión enfermiza, pero ya me importa una reverenda mierda.
Nunca supe cómo hacerla cambiar de opinión de manera civilizada. Nunca fui como Máximo. Siempre fui el hermano disciplinado, el soldado perfecto, el perro obediente que vivió adorándola desde las sombras, tragándose el hambre para respetar sus malditos límites.
Pero se acabó. Me cansé de esperar en la oscuridad.
El último rastro de mi autocontrol se hace polvo cuando irrumpo en el club.
A través de la música ensordecedora, el humo y la multitud de cuerpos, mis ojos la encuentran al instante. Clavo la mirada en su espalda expuesta, en su tatuaje del dragón rojo… y en la puta mano que se atreve a recorrer su piel desnuda.
La mano de Lucchese.
Qué lástima. Esta noche va a perderla.