Capítulo 25
Maddox
Del otro lado de la puerta, enfundado en un traje italiano a medida, con el cabello estratégicamente despeinado y oculto tras unas gafas de sol oscuras, está Harry Lucchese.
—Oh, por Dios. —Una sonrisa lobuna, blanca y depredadora, se extiende por su rostro—. Definitivamente, ese es tu color.
Ignoro el sarcasmo.
—¿Qué haces aquí?
La sonrisa se le borra de un plumazo, reemplazada por una mueca fingida de dolor. Sin esperar invitación, me esquiva y se adentra en el pent-house .
—Sí, claro, pasa, estás en tu casa… —murmuro, cerrando la puerta.
—Qué buen lugar conseguiste.
—Lo consiguió Levi.
—La niña de papá —canturrea, sin perder la sonrisa irritante—. Esto es para ti.
Me tiende una inmaculada bolsa de compras blanca con letras negras y elegantes. Trago saliva al leer la marca.
—Lucchese, ¿qué diablos…?
—¿Dónde puedo encontrar a Penny?
Parpadeo, frenando en seco.
—¿Disculpa?
—A Penny. ¿Podré encontrarla en su casa si voy ahora?
Una risa incrédula se me escapa antes de que pueda contenerla.
—Harry… ¿Viajaste desde Nueva York a Chicago solo para ver a mi mejor amiga?
Un levísimo tinte rosado asoma en sus mejillas, traicionando su fachada.
—Oh, por Dios… —me burlo.
—Cállate —masculla. Se quita las gafas y se las guarda en el bolsillo del saco con un movimiento seco—. Solo quiero entregarle un regalo. Es cortesía.
—Claro, cortesía. —Bajo la vista y noto la segunda bolsa que cuelga de su otra mano. Es idéntica a la mía, y ya puedo imaginar el grito agudo que soltará Penny cuando la vea—. Estás muy mal, Lucchese.
Harry suelta un suspiro exasperado.
—¿Estará en su casa, sí o no? Pensé en aparecer por sorpresa, pero quizás no la encuentre y…
—¿Cómo sabes dónde vivo?
Una voz en su espalda lo congela.
La tez bronceada de Harry palidece una fracción de segundo y lo veo tragar grueso. Luego, me dedica una mirada cargada de dagas y modula dos palabras en silencio: «Te odio» .
Le respondo con una sonrisa angelical.
En menos de un segundo, recompone su expresión. Se gira lentamente, desplegando su mejor sonrisa de seductor de revista, para encontrarse con mi mejor amiga, que lo observa desde el pasillo con los brazos cruzados y una ceja alzada.
—Hola, dulzura.
—Dios, ¿por qué hablas como si fueras un gato a punto de cazar? —murmuro.
Harry se inclina un poco hacia atrás para mirarme.
—¿Qué ocurre? ¿Acaso Matthew no te ronronea?
—No necesito que me ronroneen.
—Un poco sí —interviene Penny, encogiéndose de hombros, rompiendo filas—. Ya sabes, para liberar tensiones…
Me cruzo de brazos, ofendida por la traición.
—Yo puedo ayudarte a liberar tensiones cuando quieras, preciosa —suelta Harry, sin perder el ritmo.
—Dios, ¿qué es esto? ¿El inicio de una película porno de bajo presupuesto? —me quejo, caminando hacia la cocina—. Lucchese, si cruzaste el país para esto…
—Claro que no —resopla él. Da un par de pasos hacia Penny, moviéndose despacio, como si no quisiera asustarla. Ella se tensa al instante—. Te traje esto —añade, bajando la voz a un tono ronco que no le conocía.
Penny mantiene la guardia alta, pero la mueca de desconfianza se evapora en cuanto baja la vista hacia la bolsa que él le ofrece.
—Oh, por Dios. —Sus ojos viajan de la bolsa hacia Harry, quien sonríe con una arrogancia victoriosa, y luego hacia mis manos—. ¡Tú también tienes una!
—Sí, bueno —Harry se ajusta el saco—. Hoy me desperté sintiéndome generoso.
—Lo cual es pésimo, porque siempre quieres algo a cambio —apunto, ganándome otra mirada fulminante de su parte.
Ignorándonos, mi amiga abre la bolsa. Su mandíbula cae al ver el interior, rozando el piso de pura estupefacción.
—Penny, ¿estás respirando? —pregunto.
Alza la vista y asiente, todavía en shock.
—Ustedes pueden quedarse aquí y hablar sobre sus maquiavélicos planes para dominar el mundo —anuncia, provocando que Harry suelte una risa grave—. Yo me iré a probar esta preciosura.
Se da la vuelta, dispuesta a huir hacia el cuarto, pero se detiene a medio camino. Duda un segundo. Finalmente, se acerca a Lucchese, se pone de puntillas y deposita un beso fugaz en su mejilla.
—Gracias —susurra.
El silencio que deja Penny a su paso es tan denso que podría cortarse con un cuchillo.
Me muerdo el interior de la mejilla para no reírme de la expresión de Harry: sus ojos están ligeramente desorbitados y se ha quedado completamente inmóvil, mirando hacia el pasillo. Solo cuando escucho la puerta de la habitación cerrarse, dejo escapar una carcajada.
—¿Nunca te habían dado las gracias? —pregunto, yendo hacia la nevera.
Él parpadea, regresando a la realidad, y se aclara la garganta.
—No. Y a ti tampoco. Nadie en este mundo nos agradece por lo que hacemos, así que no finjas ser diferente.
El golpe da en el blanco. Dejo de reírme.
Tenía un maldito punto.
—En fin… —murmuro, camino hacia la nevera y saco dos cervezas.
—¿No te vas a probar tu vestido?
—Nop.
—¿Por qué? —Se cruza de brazos, ofendido, mientras paso por su lado y le entrego una botella helada—. ¿Tienes idea de cuántas horas invertí eligiendo esos diseños?
Destapo mi cerveza y doy un trago largo antes de apoyarme contra la isla de mármol de la cocina.
—Quisiera decir que mientes. Pero algo me dice que es muy cierto.
Se encoge de hombros antes de beber.
—¿Qué te puedo decir? Soy un fanático de la moda.
—Eres el mafioso más raro del continente —suspiro—. Aún no me has dicho a qué viniste realmente.
—Vine a verte y traerte obsequios carísimos, ¿no es eso lo que hacen los amigos? —pregunta con falsa inocencia.
Alzo una ceja.
—En nuestro mundo no existen los amigos.
—Tú tienes a Penny.
—Eso es diferente.
—Y yo te tengo a ti.
—Lucchese… —advierto, en voz muy baja.
Harry suspira, perdiendo el rastro de humor. Da otro trago y lo veo dudar. Lucchese siempre tiene algo que decir, una broma ácida, un comentario arrogante. Pero la persona frente a mí ahora está inquieta.
—¿Qué pasa, Harry? —pregunto, cambiando el tono.
—¿Qué estás planeando con el hijo de South?
Me quedo quieta. Trago saliva.
Una de las reglas básicas para sobrevivir en nuestro entorno es no confiar ni en tu propia sombra. Harry había demostrado lealtad, sí, pero después de lo que me habían hecho, entregar información me resultaba antinatural.
Él nota mi reticencia. Sonríe de lado y suelta una risa sin gracia.
—Puedes confiar en mí, Maddox. Lo sabes. —Me encojo de hombros, manteniendo la máscara fría, y él suspira de nuevo—. De acuerdo. ¿Hay alguna prueba de sangre que deba hacer para ganarme el derecho, o…?
Pongo los ojos en blanco, lo que le arranca una risa más sincera.
—No seas dramático —Bebo otro trago para ganar tiempo—. De todas formas, aún no planeé nada definitivo. —Miento—. Al menos, no tengo el panorama completo.
—Está bien… —Eleva la botella, pero el vidrio jamás toca sus labios. Se queda congelado, con los ojos muy abiertos.
—Mierda.
Me giro.
—¡Esto es una locura! —chilla Penny, saliendo al salón envuelta en un espectacular vestido esmeralda Gucci que se adhiere a su cuerpo como una segunda piel—. ¡No creía que una prenda pudiera verse así de bien!
Asiento, genuinamente impresionada.
—Luces increíble, Pen. —Miro a Harry—. ¿Cómo sabías que era su color favorito?
Pero Harry no me escucha. No puede quitarle los ojos de encima. Dejo escapar una risa silenciosa al notar cómo su respiración se ha vuelto superficial. Lleva una mano al cuello de su impecable camisa y afloja el nudo de su corbata fina, como si de pronto el oxígeno escaseara.
—Lucchese, contrólate, estás a punto de babear el mármol —le advierto.
—Estás perfecta —murmura él, con voz ronca, ignorándome por completo.
Las mejillas de Penny arden en rojo vivo.
—Definitivamente, estoy en el set de una película porno —suspiro al techo.
—¡Maddox! —me reprende ella, abanicándose el rostro con las manos—.
¡Basta! ¿No te vas a probar el tuyo? —Se cruza de brazos, y capto el microsegundo en que la mirada de Harry baja directo hacia el escote que el movimiento provoca.
Definitivamente voy a tener que echarlo de mi piso—. Es ideal para esta noche…
—¿Qué hay esta noche? —Lucchese vuelve a la tierra. Su sonrisa arrogante regresa, cargada de picardía—. ¿Hay fiesta? ¿Puedo ir?
—Sí —dice Penny.
—No —digo yo, un segundo después.
Penny me fulmina con la mirada.
—¿Qué? ¿Por qué no puede ir? No correrá ningún peligro en el club.
—¿El club? —La sonrisa de Harry se ensancha hasta mostrar los dientes—. ¿Voy a conocer el mítico club de Draghi ?
—No.
—¡Sí! —Penny se encoge de hombros ante mi mirada asesina—. Nos acaba de regalar una pequeña fortuna, Maddie.
—Es un trozo de tela.
—Es Gucci —dicen los dos al unísono.
Por supuesto que se llevan de maravilla.
—El punto es que… —Penny hace un mohín ridículo con sus labios. Exhalo con fuerza, rendida—. De acuerdo. Puedes venir.
Harry alza la botella en un brindis silencioso, festejando su victoria.
—¿Cuánto tiempo planeas quedarte en la ciudad? —le pregunta Penny, curiosa.
Lucchese se encoge de hombros, dando otro trago.
—Una semana. Quizás dos. O hasta que Maddox me eche a patadas.
Arrugo la frente.
—¿Por qué te echaría?
—Porque planeo quedarme a dormir aquí.
Penny se atraganta con su propia saliva y empieza a toser. Yo lo miro fijamente, procesando la audacia.
—¿Tienes un cuarto de invitados libre? —pregunta él, ignorando nuestra conmoción, paseando la vista por el salón—. Podríamos hacer pijamada. Ya sabes, noche de chicas. Solo espero que un Matthew de dos metros de puro músculo no aparezca de madrugada y me asesine mientras duermo.