Capítulo 24
Maddox
Los ojos de mi mejor amiga viajan del suntuoso vestidor al acero frío de mi nuevo arsenal. Parpadea, procesando la brutalidad del contraste sin poder creer lo que tiene enfrente.
—Y yo que creí que usarías este espacio para guardar zapatos de diseñador —murmura, aún en shock—. Pero debo admitir que las armas tienen su encanto…
—¿Encanto?
—No lo sé. —Ladea la cabeza, pensativa—. He visto muchas películas de acción últimamente. Es… sexy.
—¿Las armas? —pregunto, perdiendo por completo el hilo lógico de nuestra conversación.
—Los hombres con armas, Maddox —aclara, dándome la espalda para volver a la ropa—. En fin, debemos ordenar todo este desastre. Es la excusa perfecta para decidir qué te pondrás esta noche.
—¿Por qué tanta insistencia con ir al club? —la interrumpo.
—Porque es un club.
—Un club de Draghi —le recuerdo con frialdad—. Infestado de criminales.
—Sí, lo sé. Y mi mejor amiga es la dueña, ¿puedes creerlo? —bufa con diversión—. Necesitamos salir. Necesitas divertirte.
—Divertirnos. —Saboreo la palabra como si fuera ácido—. Debería estar planeando una masacre, no mi atuendo.
—Tienes tiempo para eso, genio —me señala con el dedo índice, implacable—. Es fin de semana. Puedes conquistar el mundo y bañar las calles de sangre de lunes a viernes en horario de oficina. Hoy salimos.
Dejo escapar una risa seca mientras la veo mover perchas de un lado a otro. La normalidad de Penny choca de frente con mi realidad, pero me aferro a ella.
—¿Sabes? Levi dijo algo extraño hoy…
Penny no quita los ojos de las prendas, pero su postura me indica que escucha atenta.
—¿Qué cosa?
—Que quiere hacer cambios drásticos en Draghi .
—¿Y eso es raro? —Me mira de soslayo—. Es el líder, ¿no? ¿El presidente?
—El Don —corrijo.
—Eso. ¿No es normal que tome decisiones?
—No lo sé. Lo sentí distinto… Como si sus palabras escondieran un doble fondo que todavía no logro descifrar.
—Bueno, no es como si pudiera quitarte Draghi así como así, ¿cierto? —Hace una mueca de incomprensión—. Es decir, todas sus decisiones deberían ser revisadas por algo así como una… ¿comisión directiva?
Una carcajada honesta brota de mi pecho.
—Penny… Mi padre es el Don de la mafia de Chicago, no el CEO de una startup .
Mi amiga separa los labios formando una perfecta «o» de sorpresa, y yo me río con más fuerza hasta que me lanza una camiseta roja a la cara para callarme.
—Imbécil —murmura, sonrojada—. Solo digo que no puede tomar decisiones tan a la ligera.
—Oh, claro que puede. —Dejo la camiseta a un lado—. Yo lo haría. Sabes lo impulsiva que soy.
Ella arruga la nariz.
—Sí, tienes razón en eso.
—¿Sabes que no es necesario que hagas eso? —Me dejo caer de espaldas sobre el inmenso colchón y suspiro. Mi padre realmente había comprado lo mejor del mercado—. Puedo pagarle a alguien para que ordene todo este desastre.
—¿Cómo pude vivir creyendo que eras una chica común y corriente? —dice al aire, antes de perderse dentro del vestidor. Al minuto siguiente, está de regreso con más perchas vacías—. Es decir, era obvio que tu familia tenía dinero, pero… mierda, eres asquerosamente rica.
Una sonrisa asoma en mis labios.
—Sí, lo soy. Aunque el dinero nunca me importó demasiado.
—Cierto. Nunca lo demostraste.
—Eso habría implicado explicar de dónde sacaba mi padre tantos billetes…
—Buen punto —murmura, de pronto más seria. Deja caer mi ropa sobre la cama y apoya las manos en las caderas—. Y jamás sospeché que usabas el apellido de Nora. Mierda, Maddox. Debo haber parecido una completa estúpida.
Me incorporo, apoyando el peso sobre los codos para sostenerle la mirada.
—No me parecías una estúpida —aclaro, borrando cualquier rastro de burla de mi voz—. Te estaba protegiendo. Y, por sobre todas las cosas, necesitaba pasar desapercibida.
Algo se rompe en su expresión. Suspira con pesadez y se deja caer en el borde de la cama, hundiendo las manos en la tela de mi chaqueta.
—¿Fue muy difícil? —Alzo una ceja, incitándola a continuar—. Pasar desapercibida. Ser un fantasma en tu propia vida.
Era la primera vez que alguien lo decía en voz alta. Y, extrañamente, la primera vez que yo lo analizaba desde esa perspectiva.
—Un poco. Aunque creo que me terminé acostumbrando y hasta me gustó el anonimato —confesé, mirando hacia la bóveda oculta—. Levi construyó una jaula de cristal para mí, tardé años en darme cuenta de que era su arma.
—Eres su hija —replicó Penny con suavidad.
—Lo sé. Pero también soy su arma más letal. Creo que una cosa no quita la otra.
—Maddox…
—Estoy bien —me apresuro a cortar el hilo de lástima. Detesto que me miren con pena—. Este mundo es así, Pen. Los sentimientos te convierten en un blanco fácil.
—Por eso no querías que me involucrara —deduce. Asiento despacio—. ¿Alguna vez pensaste en alejarte? ¿En dejar de ser mi amiga?
—Todo el tiempo —admito en voz baja—. Pero la sola idea me destrozaba. Porque de todo este mundo manchado de sangre en el que vivo, tú eres lo más puro que tengo.
Sus ojos se cristalizan de inmediato. Le doy un leve empujón en el hombro con los nudillos para aligerar la tensión, y ella suelta una risa ahogada.
—Sé que soy la mejor amiga más extraña del planeta. Sé que soy fría, cínica y calculadora. Pero solo cuando estoy a tu lado siento que quizás mi alma no está condenada del todo.
Hace una mueca, confundida.
—¿Condenada a qué?
Escaneo el lujo obsceno del pent-house .
—A la ruina —sentencio—. Todo esto es un imperio, sí. Pero el día que mi padre no esté, o el día que yo dé un paso en falso… todo arderá. Y si arde, te arrastraré conmigo a las cenizas. Es lo último que quiero.
—Oye —me interrumpe, atrapando mi mano con firmeza—. Yo elijo esto. Yo elijo estar a tu lado. Te elegí como mi mejor amiga a los seis años sin tener idea de en qué me metía, y te elijo hoy, a punto de cumplir veintidós. ¿Te queda claro?
Asiento, sintiendo una opresión inusual en el pecho, y le dedico una sonrisa de medio lado.
—Hay que admitir que nunca fuiste brillante tomando decisiones…
—Cállate, idiota. —Me empuja hacia atrás y caigo de espaldas entre risas—. Seguiré ordenando esto. Y ya que eres millonaria, puedes transferir a mi cuenta lo que le pagarías a la de limpieza. No me vendría mal el efectivo.
Dejo salir una carcajada genuina.
—Espera, ¿tienes problemas de dinero?
—¡Claro que no!
—Porque sabes que me sobra y puedo…
—Que no, pesada.
La escucho bufar mientras regresa al vestidor. Antes de que pueda volver a tumbarme, mi móvil vibra entre las sábanas desordenadas. Lo busco a tientas, pero cuando leo el nombre en la pantalla, mi diversión se evapora. Deslizo el dedo para contestar.
—¿A qué debo la molestia?
La risa del otro lado de la línea es grave, arrastrando esa inconfundible arrogancia.
—Siempre es un placer escucharte, princesa.
Pongo los ojos en blanco, acomodándome contra el respaldo.
—¿Qué quieres, Lucchese?
—Me enteré de que cierta escoria anduvo rondando tus calles —El tono de Harry oscilaba entre el sarcasmo y un aburrimiento que siempre lograba irritarme—. ¿Está todo en orden?
—¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que empiece a apilar cadáveres?
—Conociendo lo impulsiva que eres… es una posibilidad.
—¿O el problema es que la basura que me busca hace negocios contigo? —El silencio sepulcral que sigue a mis palabras me da la respuesta. Chasqueo la lengua—. No querrías que los asesine.
—No sé quién te ha llenado la cabeza con esa estupidez, Maddox —suspira con pesadez—. Yo no hago negocios con esa gente. Me preocupa que tú los hagas.
—No necesito que te preocupes por mí.
—Lo sé. Pero lo hago igual. Eres mi amiga.
Penny asoma la cabeza por la puerta del vestidor, alzando una ceja para indagar con quién hablo. Le hago una seña restándole importancia.
—Por favor, Lucchese. No te pongas sentimental, no te queda bien.
—Eres una maldita insensible —replica él, aunque percibo la sonrisa en su voz—. Pero hablando en serio, ten cuidado. No confío en ellos.
—Yo tampoco —afirmo, endureciendo el tono—. Pero es la mejor oportunidad que tengo ahora.
—De acuerdo —concede.
El matiz en su voz me descoloca. Suena demasiado tenso para ser el frío y superficial que conozco. Suena a… preocupación real.
—¿Me llamaste solo para eso, Lucchese? ¿Querías una dosis de mi encanto?
—Dios, Maddox. Eres insufrible —masculla—. Te llamaba por otra cosa.
—Ilumíname.
—Te he enviado un regalo de bienvenida —Inmediatamente, mis sentidos se ponen en alerta—. Para ti y para la preciosa Penny, por supuesto.
—¿A dónde lo enviaste?
—A tu nuevo hogar.
Me incorporo de un salto. Penny se detiene en seco al ver mi expresión. La sangre me golpea en los oídos mientras proceso la información.
—¿Cómo diablos sabes dónde estoy? —siseo.
—No te alteres, pequeña mafiosa asesina. Solo soy un investigador excelente.
—Harry, si tú lo sabes…
—Nadie más lo sabe —me corta, solemne—. Jamás te traicionaría. Pensé que eso, al menos, lo tenías claro.
Maldita sea.
—Basta, deja de darle tantas vueltas —me reprende, como si pudiera ver los engranajes girando en mi cabeza—. Mierda, no debí haberte dicho nada…
—Está bien. —Exhalo, frotándome la sien—. Solo espero que hayas contratado a alguien de absoluta confianza para entregar el paquete.
—Por supuesto. Yo soy de absoluta confianza.
Un segundo después, el timbre de mi piso resuena por todo el lugar.