Traición y Sangre II (Draghi 2) Capítulo 23
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Capítulo 23

Maddox

El eco de mi propio grito choca contra las paredes de la habitación, y el silencio que le sigue es denso, asfixiante. Aprieto la mandíbula.

Es cierto. No he dicho ninguna mentira y ambos debemos aceptarlo.

La antigua Maddox es un fantasma que ya no respira, pero su sombra sigue habitando esta maldita casa.

Por eso necesito largarme de aquí. Los Salvatore no huimos, jamás; pero, ¿cómo se supone que vivas rodeada de los restos de una versión tuya que debería estar muerta?

Y quizás Levi tenía razón en algo: necesitábamos tener esta maldita conversación de una vez por todas.

—¿Quieres saber por qué regresé realmente?

Levi, que hasta ese momento tenía la vista clavada en el suelo, alzó sus ojos verdes hacia mí y sostuvo mi mirada. No respondió, pero vi el movimiento rígido de su garganta al pasar el nudo que lo ahogaba.

—Porque esta es mi ciudad —La seguridad que vibró en mi propia voz me sorprendió—. Yo soy Draghi . Y aunque me fui durante dos años, jamás planeé esconderme para siempre.

—Has vuelto por venganza —murmuró, con la voz ronca.

—No puedes criarme como una maldita arma, como tu secreto más letal, y esperar que no quiera reclamar mi poder cuando alguien me destroza —sentencié con firmeza—. No puedes prepararme toda la vida para heredar este imperio y luego querer arrebatármelo solo porque he regresado distinta.

—No quiero arrebatarte nada, Maddox.

—¿Entonces? ¿Cuál es tu problema?

—Mi problema es que no quiero que cometas un error. No quiero que esta impulsividad tuya te arrastre por un camino que no tiene retorno.

—¿Y qué camino es ese?

—El de la sangre.

Un escalofrío me recorrió la espina dorsal, pero no retrocedí.

—Bien. Porque ese es exactamente el camino que busco.

La mirada de mi padre sufrió una metamorfosis. La calidez del padre herido se apagó, dando paso a los ojos fríos, calculadores y letales del Don de Draghi .

—¿Estás segura de esto, Maddox?

—¿Qué ocurre, Levi? ¿Acaso creaste un arma que solo tú podrías disparar?

—No eres un arma, eres mi hija —pronunció cada palabra con un filo capaz de cortar cristal. No me dejé intimidar por su tono—. Pero no voy a negar que tienes razón. Yo te puse en este mundo y te forjé esperando que algún día fueras tú quien lo liderara.

—Entonces déjame hacerlo.

—No de esta manera —Negó despacio—. Un paso en falso en nuestra vida y terminas bajo tierra. ¿Quieres vengarte? Perfecto, hazlo. Quémalos vivos si quieres. Pero no me voy a quedar sentado en silencio viendo cómo te pones en la línea de fuego.

—Siempre estamos en la línea de fuego. Ese es el punto de llevar nuestro apellido.

—Pero no dejaré que vuelva a pasar lo de hace dos años. No lo voy a permitir.

Chasqueo la lengua.

—No habrá una segunda vez, Levi. Porque los voy a masacrar a todos. Empezando por Marcio y acabando con la cabeza de Máximo.

Algo cruza sus ojos, baja la vista y asiento lentamente. Comprendía su conflicto.

Sabía que sería difícil que coincidiéramos en esto.

Levi había cambiado. Con el paso de los años había sepultado a ese adolescente impulsivo que ansiaba romper los tratados de paz de mi abuelo Dante.

Siempre escuché las leyendas sobre el joven Levi Salvatore; era un caos, pero nadie podía negar una verdad absoluta: era tan fiel a Draghi como solo un Salvatore podía serlo.

Y se había encargado de moldearme a su exacta imagen y semejanza.

El problema era que había hecho su trabajo a la perfección, y yo sabía —por cómo le brillaban los ojos cuando me miraba— que a una parte de él le aterraba ver a su propio monstruo reflejado en mí.

Pero ya era tarde. El trabajo estaba hecho.

De la misma forma que mi decisión estaba tomada. Me vengaría con o sin el respaldo de la mafia. Era Draghi , sí, pero ante todo era Maddox Salvatore: la mujer a la que intentaron hacer pedazos y fracasaron. No iba a esperar sentada a que mi padre me diera su bendición.

El zumbido de mi móvil sobre la cama rompió la tensión en la habitación. Desbloqueé la pantalla; era Penny. Quería que nos viéramos en el club esta noche. Me extrañó la insistencia, pero el mensaje venía acompañado de tres emojis de cócteles.

Suspiré, tirando el teléfono a un lado, y volví a doblar la ropa para arrojarla dentro de la maleta.

—¿De verdad te irás? —Asentí sin mirarlo.

El ambiente parecía haber perdido un poco de su asfixia, pero la electricidad seguía ahí—.

Sé que hago las cosas a mi modo y que a veces somos incompatibles, Maddox.

Pero no puedes orquestar una masacre desde el cuarto donde dormías cuando tenías cinco años. Así que déjame ayudarte.

Alcé la vista de golpe.

—¿Qué?

—Puedo conseguirte un piso…

—No es necesario —lo corté—. Puedo buscar un lugar y mudarme sola.

—Lo sé. —Suspiró, rodeando el colchón hasta detenerse a mi lado—. Pero somos los dueños de media ciudad, ¿lo olvidas? —Asentí a regañadientes. Era cierto—. No tienes que andar rentando un piso cualquiera cuando puedo darte el mejor de Chicago.

Tenía un punto. Aunque dejar que él se encargara traía sus propios riesgos: sabría exactamente dónde dormía y podría intentar controlar mis movimientos.

—De acuerdo —murmuré, escaneándolo con desconfianza—. Pero nada de guardarte una copia de las llaves. Ni saber mi código de seguridad. Tampoco quiero…

Mis exigencias murieron en mi garganta cuando los brazos fuertes de mi padre me rodearon, atrayéndome hacia su pecho en un abrazo.

Siento mis ojos arder. No podía creer que estuviera a punto de echarme a llorar por un puto abrazo, pero de repente, todo se sentía como un déjà vu .

Como haber regresado al único hogar seguro que conocía.

—Déjame encargarme de todo —susurró sobre mi coronilla, depositando un beso firme—. Sé que ya no eres la antigua Maddox, y quizás me toque aprender a conocer a esta nueva versión de ti. —Apreté los párpados. Maldito Levi—. Pero para mí siempre serás mi niña. Déjame cuidarte a mi manera.

«Siempre serás mi niña».

Sabía que, hiciera lo que hiciera, y por más sangre que yo derramara, Levi seguiría viéndome así. Y también supe que esa era una guerra que no me interesaba luchar. Podía exigirle que respetara mis límites operacionales, pero no iba a arrancarle el instinto de padre.

Asentí contra su pecho, porque era lo único que podía hacer sin que la voz se me quebrara. Él se apartó un poco, tomándome por los hombros, y una sonrisa divertida asomó en sus labios.

—¿Maddox Salvatore está a punto de llorar?

—Cállate —gruñí entre dientes, apartando la vista.

Levi soltó una carcajada ronca, besó mi frente una última vez y caminó hacia la puerta.

—Me encargaré de todo. En dos horas te espero en la planta baja con tus, mia cara .

Suspiré, escuchando sus pasos alejarse. Maldita sea, había extrañado que me llamara así.

◆◆◆

Aproximadamente dos horas más tarde, estaba de pie frente a lo que sería mi nuevo hogar.

Caminaba con las manos hundidas en los bolsillos de mi chaqueta de cuero, escaneando cada rincón. Levi permanecía a mis espaldas, apoyado contra el umbral de la puerta principal, expectante. Buscando una reacción.

Y lo único que yo podía hacer era alzar las cejas

El repiqueteo de mis botas militares resonaba contra el porcelanato oscuro y pulido del suelo.

—Consideré comprarte una casa —rompió el silencio mi padre—. Pero sé que detestas los espacios innecesariamente grandes. Odias la mansión.

—No la odio —repliqué por instinto—. Solo es demasiado… solitaria.

Él se encogió de hombros.

—Entonces pensé que lo mejor sería un pent-house en la última planta. Estaba entre este edificio ultra moderno y otro de arquitectura antigua en el centro, pero no quería que lidiaras con cañerías viejas.

Me giré a medias, soltando una risa corta.

—Las personas normales lidian con desperfectos en sus casas todo el tiempo, Levi.

—Nosotros no somos normales —asentí, dándole la razón—. Arreglar tuberías es una distracción y una pérdida de tiempo.

—¿Y conseguiste este lugar en menos de dos horas?

—El apellido Salvatore mueve hilos mucho más pesados de los que crees. —Puse los ojos en blanco, aunque noto la diversión en su voz—. Repartí un par de propinas generosas y conseguí amueblarlo por completo. Un juego de niños.

Asentí, paseando la vista por el inmenso salón. Había un enorme sofá color crema en el centro, cubierto por cuatro almohadones oscuros y una manta gruesa. Lo reconocí al instante y el corazón me dio un vuelco.

—Supuse que te gustaría tenerlo aquí —murmuró Levi.

Era mi antiguo sillón de lectura, aquel en el que pasaba horas de niña en la biblioteca de la mansión. Solo que Levi se había encargado de conseguir dos módulos idénticos para unirlo y transformarlo en un sofá imponente.

—Gracias —logré decir, sintiendo que me faltaba el aire. Me giré hacia él—. De verdad, Levi. Gracias por esto.

—Haría cualquier cosa por ti.

Se acercó a paso lento y extendió la mano. Abrí la palma y sentí el frío pesado de un juego de llaves de cobre cayendo sobre mi piel.

—Te doy mi palabra de que no me he guardado ninguna copia.

—Más te vale —murmuré, cerrando el puño.

—El sistema de seguridad está encriptado con la misma red de la mansión, pero el código está en blanco. Solo tú lo configurarás. —Retomé mi camino hacia la cocina, escuchando sus pasos siguiéndome de cerca—. Si necesitas apoyo, puedo designar a un par de guardias para que vigilen el lobby.

Aunque al principio habría rechazado la idea por orgullo, sabía que no era una sugerencia estúpida. Si continuaba con mi cacería, necesitaría blindar mi perímetro. Ya no contaba con los muros impenetrables de nuestra mansión.

—Me parece bien —concedí—. Pon a alguien de confianza en la entrada del edificio.

—Hecho, mia cara .

—Me pareció ver cámaras instaladas en el pasillo y el ascensor —asiente—. ¿En las escaleras de emergencia…?

—También.

—¿Hay alguna otra vía de acceso?

—Solo la puerta principal de la planta baja y el ascensor que conecta directo con el garaje subterráneo.

—Necesito los planos arquitectónicos de la torre.