Capítulo 22
Maddox
Atravieso las pesadas puertas dobles de la mansión sin apartar los ojos de la pantalla de mi móvil.
Después de terminar con la sesión de peluquería y de ser arrastrada por Penny por todo el salón para documentar el resultado con decenas de fotografías, habíamos decidido ir a almorzar y, quizás, gastar una obscenidad de dinero en vestidos nuevos.
El problema era que, entre tanta distracción, olvidé por completo que tenía agendada la visita a un nuevo piso para mudarme, así que ahora intentaba teclear a toda velocidad para reprogramarla.
Estaba tan inmersa en la pantalla que no fui consciente de la presencia magnética frente a mí hasta que impacté de lleno contra un muro de puro músculo y traje a medida.
—Mierda, Levi —mascullé, retrocediendo un paso para recuperar el equilibrio—. Lo siento, no sabía que estabas...
Las palabras murieron en mi lengua en el instante en que levanté la vista y me encuentro con los ojos verdes de mi padre fijos en mí, inescrutables. Pasé saliva con dificultad. El ambiente se volvió denso de inmediato.
Nuestra relación estaba… extraña. Pasábamos el menor tiempo posible juntos; yo me había convertido en una experta en esquivarlo, pero la estrategia se desmoronaba cuando él imponía su autoridad de Don para arrastrarme a las reuniones.
En ese terreno, no podía ganarle. Pero el resto del tiempo, si él llegaba tarde, yo me encerraba bajo llave en mi habitación.
Me había vuelto una kamikaze en el arte de evitar a mi propio padre, al punto de ni siquiera responderle el teléfono.
Quizás por eso le permitía arrastrarme a sus reuniones; era una concesión minúscula, una forma de darle el gusto sin cederle el control por completo.
La pura verdad es que no estaba enojada con él. Simplemente, no soportaba enfrentar esa mirada.
—Maddox —pronunció mi nombre en un suspiro rasposo, como si el impacto le hubiera robado todo el oxígeno de los pulmones. Alcé una ceja, sin comprender la intensidad de su reacción—. Tu cabello… está…
—Ah, eso. —Me pasé una mano por la melena de forma instintiva—. Sí. Decidí que era hora de un cambio.
—Es… —Levi parpadeó, aun procesándolo—. Es genial.
Alcé ambas cejas, genuinamente sorprendida.
—¿Tú crees? —Él asintió lentamente, sin apartar la vista—. ¿No me veo un poco extraña?
—Te ves exactamente como tu madre.
Quizás, hace dos años, esa comparación me habría irritado o me habría parecido vacía.
Ahora, en cambio, una calidez extraña se instaló en mi estómago.
Resultaba jodidamente irónico cómo las dinámicas en mi familia se habían invertido: ahora era a Levi a quien evitaba como si fuera veneno, mientras que con Nora, mi madre, hablaba casi a diario.
Aunque eso también venía con sus propios problemas.
Mi madre no se tragaba el cuento de que yo había vuelto a Chicago solo de visita.
Mi instinto me decía que mis padres mantenían el contacto a mis espaldas y que ambos estaban conspirando, sospechando de mis verdaderos motivos.
Antes de que Levi pudiera añadir algo más, lo esquivé y caminé directo hacia la cocina de.
Fui hasta la nevera y saqué una botella de agua helada, buscando desesperadamente algo en lo que enfocarme.
No tenía nada en contra de él. O, pensándolo bien, quizás sí lo tenía: nuestros conceptos sobre la venganza se habían vuelto incompatibles.
Levi quería hacer las cosas a su manera.
Se había vuelto cuidadoso, metódico. Ya no era el Don sanguinario e impulsivo que hacía temblar a todo Chicago con solo chasquear los dedos.
Y yo… yo no podía soportar esa maldita mirada en sus ojos.
Sentí el peso de su presencia invadiendo mi espacio a mis espaldas. Cerré los ojos con fuerza y le di un trago largo al agua, dejando que el frío me adormeciera la garganta.
—Maddox, me gustaría que habláramos.
Llené mis pulmones de aire y lo dejé escapar muy despacio.
—Estoy ocupada, Levi.
—Siempre estás ocupada —me interrumpió, y el tono paternal comenzó a dar paso a la autoridad rasposa del jefe de la mafia.
Suspiré, cerré la puerta de la nevera con más fuerza de la necesaria y me giré para enfrentarlo.
—Y lo estoy —siseé—. No eres el único en esta casa que tiene negocios que atender.
—¿Y qué clase de negocios estás atendiendo, exactamente?
—Ese no es tu problema.
—Sí, lo es. —La irritación estalló en sus facciones—. Todo lo que tenga que ver contigo es mi maldito problema. ¿Qué demonios te ocurre, Maddox?
Cerré los ojos un instante, contando mentalmente.
—Te he acompañado a las últimas reuniones. Hemos cenado juntos cada vez que me lo has exigido. ¿Qué más quieres de mí ahora?
Levi parpadeó, como si mis palabras fueran un idioma incomprensible.
—Lo que quiero es saber qué carajos está ocurriendo dentro de esa cabeza tuya.
No puedo lidiar con esto ahora , pensé.
Intenté pasar por su lado para abandonar la cocina, pero su mano se cerró alrededor de mi brazo con un agarre firme. Alcé el rostro hacia él, arqueando una ceja en una advertencia silenciosa.
—Suéltame —dije entre dientes.
—Dime qué demonios te ocurre —exigió, ignorando mi tono.
—No es de tu incumbencia…
—Maddox Salvatore, escúchame bien: mientras respires bajo el techo de mi maldita casa, harás las cosas según mis malditas reglas.
Lo miré, genuinamente descolocada. No solo jamás me había hablado de esa manera, sino que no lo veía así de furioso, así de al límite, desde hacía años.
—Perfecto —escupí con frialdad—. Entonces no tendrás que preocuparte de que siga tus reglas, porque estoy buscando otro lugar para vivir.
La sorpresa le aflojó el agarre una fracción de segundo, y aproveché ese microinstante para zafarme y salir de la cocina a zancadas.
Me dirigí a las escaleras, subiendo los peldaños de dos en dos sin importarme los gritos que resonaban a mi espalda.
¿Me estaba comportando como una adolescente caprichosa? Probablemente.
Pero no estaba lista para esto. No estaba lista para enfrentarme a él, y mucho menos a esa mirada.
—¡Maddox! ¡¿Qué demonios crees que estás diciendo?!
Alcancé el pasillo superior y me apresuré hacia mi habitación. Intenté cerrarle la pesada puerta de roble en la cara, pero la mano de Levi se interpuso, empujando la madera con tanta fuerza que escuché crujir las bisagras.
—¡Levi! ¡¿Estás loco?!
—¡¿Y tú?! ¡¿Volviste a tener quince años de la noche a la mañana?! ¡¿A qué vienen estos berrinches?!
Puse los ojos en blanco, dándole la espalda. Me dirigí al inmenso vestidor y empecé a arrancar ropa de las perchas. Aún no había cerrado el contrato del nuevo piso, pero siempre podía dormir en el sofá de Penny.
—Ni se te ocurra pensar que voy a permitir que te vayas de aquí…
Me detuve en seco. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal.
«El problema siempre fue que quisiste retenerme. Pero no somos trofeos en tu estantería de Don».
Las palabras de mi madre resonaron en mi mente como un eco fantasma. ¿Cuándo las había escuchado? ¿En alguna de sus brutales discusiones hace dos años?
—¿Eso es lo que vas a hacer? —Me giré despacio, con una montaña de ropa entre los brazos, y la dejé caer sobre la cama de sábanas oscuras—.
¿Vas a retenerme aquí? ¿Encerrada? —Dejé caer los brazos a los costados, desafiándolo—.
Eso fue exactamente lo que intentaste hacer con Nora.
Y fracasaste. Pero ahora quieres hacerlo conmigo.
Supongo que así funciona todo en tu vida, ¿no? Si no puedes controlarlo, lo encierras.
Todo rastro de furia en el rostro de Levi se evaporó escucharme. Separó los labios para replicar, pero las palabras parecieron morir en su garganta.
—No —dijo por fin, con la voz rota y baja—. Jamás quise hacerle eso, y jamás te haría algo así a ti...
—Entonces, ¿cuál es el maldito problema ahora?
Pude ver la guerra librándose detrás de sus ojos verdes. Lo supe porque yo estaba experimentando exactamente el mismo infierno en mi interior. Quería a mi padre. Lo amaba a mi retorcida manera. Pero esto se había vuelto insostenible, y ni siquiera sabía cuándo había empezado a romperse todo.
—Estás enojada, ¿verdad? —La postura de Levi colapsó. Sus hombros cayeron pesadamente—. Estás furiosa porque no he hecho nada. Porque no he logrado…
—Basta —siseé, sintiendo un pinchazo detrás de los ojos.
Pero él negó con la cabeza, dispuesto a cruzar la línea, a abrir la herida que llevábamos dos años fingiendo que no sangraba.
—Cuando te secuestraron…
—Basta, Levi —repetí, sintiendo que me faltaba el aire—. No voy a hacer esto. No hoy.
—Lo harás. Porque debí haber tenido esta conversación contigo entonces, pero fui un cobarde —Su voz resonó con una determinación brutal.
Sostuvo mi mirada hasta que la intensidad casi me quema, y luego suspiró—.
Me costó entender por qué huiste con Nora.
Al principio no estaba enojado, solo… decepcionado.
—De mí.
—No. Jamás me has decepcionado —se apresuró a atajar—.
Eres impulsiva, actúas antes de pensar y me sacas de mis putas casillas, pero no puedo reprocharte nada.
Yo te crie. Eres mi puto reflejo. —Se pasó una mano por el cabello, frustrado—.
Y por eso mismo me ha costado tanto hablarlo.
Siempre quise que fueras mejor que yo en este mundo.
Sin debilidades. Sin errores. Pero entonces… pasó. Te secuestraron.
—No necesito que me narres mis propios traumas —murmuré, con la voz temblando.
—Y me encontré, por primera vez en mi vida, contra las malditas cuerdas —continuó, ignorándome—. ¿Entiendes lo que te digo? Todo mi instinto me gritaba que redujera Chicago a cenizas puras, que quemara el mundo entero, pero al mismo tiempo… solo quería recuperar a mi hija. A mi Maddox.
Mis manos empezaron a temblar. Desvié la mirada hacia la ropa amontonada en la cama y apreté los ojos, negando repetidamente con la cabeza.
—Ese es el maldito problema, Levi —sentencié, con la voz rasgada—. Y esa es la razón exacta por la que voy a largarme de esta casa.
—¡¿Por qué?! ¡¿Por qué carajos es eso un problema?
! —El tono autoritario volvió a elevarse, su postura volviendo a la defensiva—.
¡¿Por qué te molesta tanto que ahora intente hacer las cosas de otra manera?
! ¡Solo quiero asegurarme de que estás bien!
Por eso me sorprendió tanto que volvieras a la ciudad.
Pero cada vez que intento acercarme, me levantas un puto muro...
—¡Porque no soporto esa mirada! —grité.
Las palabras estallaron en la habitación y, por un segundo, sentí que me arrancaban cien kilos de piedras del pecho. El nudo en mi garganta era tan grueso que apenas me dejaba respirar. Levi me miró, paralizado, con los labios ligeramente separados.
—Me miras como si fuera un maldito fantasma —escupí, sintiendo la humedad quemándome los ojos—.
Te pasas los días intentando buscar en mí a la antigua Maddox.
La Maddox que criaste. Pero no la encuentras.
Y sé que eso te frustra. Se ha vuelto jodidamente insoportable vivir con tu decepción disfrazada de precaución, Levi.
—Yo solo… —Intentó hablar, pero la voz le falló—. Solo quiero a mi niña de vuelta.
La risa que salió de mis labios fue oscura. Lo miré directo a los ojos.
—Tu pequeña murió en una puta sala de torturas hace dos años.