Capítulo 21
Maddox
—Entonces… ¿le rompiste el corazón por segunda vez y él, aun así, aceptó seguir trabajando para ti? —Penny exhala un suspiro largo y se recuesta en el sillón de diseño—. Qué valiente.
Pongo los ojos en blanco en cuanto las palabras abandonan su boca.
—No le rompí el corazón —murmuro, esquivando su mirada a través del enorme espejo frente a nosotras.
No lo hice, ¿cierto?
Trago saliva, sintiendo que el nudo en mi garganta amenaza con asfixiarme.
Eso había sucedido dos noches atrás, y desde entonces había enterrado el recuerdo bajo capas de cinismo y trabajo.
Aunque Penny insistía en la teoría del corazón roto, yo intentaba convencerme de que no era para tanto.
Después de todo, Matthew es… Matthew. Un asesino letal, diez años mayor que yo, el hombre de confianza del Don.
Y yo soy solo una mujer rota, la hija de su jefe. No debería ser tan importante para él.
«No vine a este mundo a heredar coronas de sangre, Maddox. Vine a ser tuyo».
Mierda. ¿Por qué tenía que complicarlo todo de esa manera? ¿Cómo era capaz de mirarme a los ojos, soltarme una declaración así y luego fingir que no significaba exactamente lo que significaba?
Durante los últimos dos días, había acompañado a Levi a varias reuniones.
Y allí estaba él. Como siempre. Como el maldito fantasma letal que me había custodiado desde las sombras toda mi vida.
Pero llevaba puesta su antigua máscara: la del soldado disciplinado, intocable y frío.
Una actitud que facilitaba mi trabajo con creces, pero que, al mismo tiempo, me instalaba una presión insoportable en el centro del pecho.
Sabía que me estaba comportando como una niña malcriada. Nadie me había arrebatado mi juguete favorito; había sido yo quien lo empujó lejos. Pero la sola idea de imaginarlo con alguien más hacía que la sangre me hirviera en las venas.
Sobre mi maldito cadáver otra mujer le pondría un dedo encima.
Parpadeo, sacudiendo la cabeza. ¿Ese pensamiento posesivo y tóxico acababa de cruzar por mi mente?
— «No me interesas de esa forma» —repite Penny, haciendo una pésima imitación de mi voz fría, obligándome a hundirme un poco más en el asiento de cuero—. Usaste exactamente esas palabras, Maddie, así que…
—Sí, pero…
—Solo digo que, si Matthew todavía soporta respirar el mismo aire que tú después de eso, es digno de admirar. El hombre está enfermo por ti.
Cierro los ojos un segundo. Penny se remueve a mi lado y su inconfundible aroma a jazmín me llega de golpe, un contraste perfecto contra el olor aséptico a químicos caros del lugar. Mierda. ¿Por qué demonios tuve que contarle todo esto?
No más mentiras, me recordé a mí misma. Era una regla que me gustaría poder aplicar en todos los rincones oscuros de mi vida.
—No está…
—Señoritas, ¿les sirvo un poco más de zumo?
Una joven de uniforme negro impecable, con el maquillaje tan perfecto que parecía de porcelana, aparece a nuestro lado sosteniendo una bandeja de plata. Le dedicamos una sonrisa a medias.
—¿Puedo ofrecerles algo más? —insiste con amabilidad ensayada.
—No, Nancy. Estamos bien así, gracias.
La chica se retira con una reverencia sutil. Tomo mi copa de cristal, le doy un trago al zumo de naranja recién exprimido, saboreando el toque ácido, y la dejo sobre el tocador de mármol negro.
—¿Cómo es que nunca había escuchado de este lugar? —murmura Penny, paseando la vista por los candelabros modernos y las paredes de cristal que nos separaban del resto de Chicago—. ¿Aquí solo vienen celebridades o qué?
—Algo así —respondo en voz baja. Me gano una mirada de asombro absoluto por parte de mi mejor amiga. Pongo los ojos en blanco, aunque no puedo negar que me divierte su reacción—. Es el salón más exclusivo de la ciudad. Tú fuiste la que dijo que quería ir a un buen lugar.
—Maddox, no voy a poder pagar ni el agua de este sitio —Sus mejillas se tiñen de un rojo furioso—. Además, ¿por qué nos sirven desayuno en una maldita peluquería?
—Salón de estética y spa —corrijo, divertida—. Y lo hacen en todos los lugares de esta categoría.
—No a los que yo suelo frecuentar, definitivamente.
—Bueno…
—Maddie, en serio, ¿cómo demonios voy a pagar esto?
—Todo corre por cuenta de los Salvatore.
Abre los ojos como platos, con una expresión de puro pánico, y casi me atraganto con una carcajada.
—¡Maddox! ¿Estás demente? ¡Seguro que aquí cobran hasta por respirar!
—Tranquilízate, Penny —pido, agarrando la copa de nuevo para ocultar mi sonrisa—. Mierda, este zumo es realmente increíble…
—Maddox Francesca Salvatore. —Me clava una mirada que pretende ser asesina—. No voy a dejar que pagues por mí…
—Penny. —La interrumpo, bajando el tono de voz para que suene definitivo—. Estas mujeres trabajan para mí. Literalmente.
La sorpresa la deja muda por un segundo.
—¿De verdad?
—Técnicamente, medio Chicago trabaja para mí.
—Eso es… mucho personal a cargo.
—¿Qué puedo decirte? Además de la futura heredera de un imperio criminal, soy una excelente empresaria.
—Basta de juegos. —Me señala con un dedo acusador, ignorando mi sarcasmo—. No puedes pagar mi cambio de look …
—Puedo hacerlo —la corto, implacable—. Y, de hecho, lo haré. Querías un cambio en el mejor lugar posible, ¿no es eso lo que me pediste?
—Sí, pero…
—Y aquí estamos. —Al verla bajar la vista, claramente abrumada, decido lanzarle un salvavidas en forma de provocación—. ¿O preferías que fuéramos a Nueva York? Puedo hacer un par de llamadas. Hablar con Lucchese, quizás. Seguro que él tiene contactos en salones de Manhattan…
—¡¿Qué?! ¡Por Dios, no! —Alzo una ceja, disfrutando de cómo el rubor de sus mejillas se intensifica hasta alcanzar la punta de sus orejas—. Es decir… no es necesario viajar tanto.
—Penny… —Me giro hacia ella—. ¿Qué hay exactamente entre tú y Lucchese?
Ahora es ella quien pone los ojos en blanco, resoplando.
—Por Dios, Maddox, no pasa absolutamente nada entre nosotros. El tipo es un rarito y súper creepy .
Asiento despacio, concediéndole el punto. Tenía razón, Lucchese no era precisamente un príncipe azul.
Antes de que podamos seguir hablando, una mujer alta, de melena oscura y postura impecable, entra en mi campo de visión.
Sonríe a través del espejo con cortesía profesional y, en un movimiento fluido, deja caer una capa de seda negra sobre mis hombros.
Una réplica exacta de ella hace lo mismo a espaldas de Penny.
Mi amiga me lanza una mirada de auxilio, una mezcla perfecta entre curiosidad y terror absoluto. Tengo que morderme el interior de la mejilla para no reírme a carcajadas.
—Espera un segundo —masculla Penny entre dientes, mientras la estilista detrás de ella comienza a desenredarle el cabello—. ¿Tú también…?
Me encojo de hombros con naturalidad. Los labios de Penny se separan en una mueca de incredulidad pura.
—No me jodas. Maddox Salvatore, en los años que llevamos de conocernos, jamás me has dejado acercarme a tu cabello con un bote de tinte…
—Tú no eres estilista. —Penny hace una mueca ofendida, pero termina asintiendo, dándome la razón—. Y lo cierto es que nunca se me había ocurrido que podría llegar a cansarme de ser rubia.
Siento cómo unas manos expertas comienzan a masajear mi cuero cabelludo, deshaciendo los nudos con una habilidad envidiable. Admito en silencio que venir a este lugar no ha sido una mala idea en absoluto.
—Me gusta —murmura Penny, relajándose por fin en su asiento—. Ya era hora de un cambio.
—¿Y tú qué te quieres hacer?
La observo a través del reflejo. Tiene la vista fija en su propia imagen, con el dedo índice apoyado en el mentón, dándose pequeños golpecitos como si estuviera a punto de tomar la decisión más crucial de su vida. Tras un par de segundos de deliberación dramática, chasquea la lengua.
—Rojo cereza.
Abro los ojos de par en par.
—¿De verdad? —Ella asiente con firmeza—. ¿No es un salto demasiado… drástico?
Penny pone los ojos en blanco.
Tratar de pelirroja a mi mejor amiga era lo más cercano para definir su tono natural, pero la palabra se quedaba corta para describir ese naranja brillante, casi eléctrico.
Durante la mayor parte de su vida había renegado de su color, sobre todo por las burlas infantiles que la comparaban con una zanahoria, pero con los años había aprendido a usarlo como un arma.
Ahora lo adoraba, incluso gastaba fortunas en productos para potenciar ese tono atrevido.
Un tono que era, en realidad, una anomalía genética. Una que muy probablemente había heredado de su padre, aunque ella jamás admitiría. No lo recordaba con nitidez en mi mente, pero sí había visto una clara fotografía.
Recordé el expediente negro, grueso y clasificado que mi padre guardaba bajo llave en su despacho.
Tragué saliva, sintiendo cómo la culpa me arañaba el estómago.
Hace dos años habíamos prometido que no habría más mentiras entre nosotras.
Y, sin embargo, no estaba segura de sí me correspondía a mí volar por los aires esa caja de Pandora llena de secretos de su familia.
—Creí que adorabas tu cabello tal y como estaba —murmuro, devolviendo mi atención al presente.
—Y lo hago —asegura, encogiéndose de hombros con una sonrisa ladeada—. Solo que… me apetece probar algo diferente. Una nueva versión de mí.
—Me gusta. —Le guiño un ojo cómplice por el espejo—. Yo también necesito una nueva versión.
La sonrisa felina de Penny se ensancha, iluminando el reflejo.
—Es como un renacer —dice, soñadora—. Somos dos aves fénix a punto de resurgir de las cenizas.
Algo oscuro y afilado brilla en mis propios ojos al escuchar su metáfora.
El movimiento de mis facciones provoca un leve tirón en la cicatriz que me atraviesa el rostro de lado a lado.
Me he acostumbrado tanto a ella, la he integrado tanto a mi identidad, que la mayoría del tiempo olvido que la llevo puesta.
Pero ahora, anclada frente a un espejo sin piedad, es imposible ignorarla.
Tampoco puedo ignorar cómo llegó ahí.
Una sonrisa fría y carente de humor curva mis labios.
Serán otros los que necesiten resurgir de las cenizas cuando yo acabe con ellos. Y me aseguraré de que no quede absolutamente nada de lo que puedan renacer.