Capítulo 20
Matthew
—¡Y una mierda!
Quiero arrancarme la lengua a mordiscos en el mismo instante en que esas palabras salen de mi boca.
Si quieres que de una maldita vez confíe en ti, tienes que dejar de gritarle, Matthew.
Es la segunda vez en el día que le alzo la voz, y es la segunda vez que ella me mira como si estuviera calculando el ángulo exacto para meterme una bala entre ceja y ceja.
No es mi intención gritarle, por supuesto.
Pero, ¡joder! ¿Cómo demonios espera que reaccione después de la locura que acaba de confesarme?
A diferencia de lo que yo esperaba, Maddox ni siquiera se inmuta por mi exabrupto.
Con una calma exasperante, abandona la silla de cuero detrás del escritorio de su padre y camina hacia el minibar de la oficina.
La observo servirse una medida generosa de whisky en un vaso de cristal pesado y bebérselo de un solo trago, sin hielo.
Echa la cabeza hacia atrás y cierra los ojos.
Sé que está contando mentalmente para reprimir el instinto de vaciarme el cargador de la Mossberg en el pecho.
¿Debería controlar mi puto temperamento? Sí. ¿Lo haré? No mientras siga escuchando estupideces suicidas y poniéndose en la línea de fuego.
—Dime, por favor, que no te tragaste ni una sola palabra de lo que ese infeliz acaba de escupirte —suplico, apretando las manos contra el respaldo de una silla.
Clavo los dedos en la madera de roble con tanta fuerza que casi espero que se astille. El roce del terciopelo me quema la piel.
—Maddox. Mírame.
Cuando ella huyó hacia el depósito en la moto de Will, lo más sensato que pude hacer fue conducir hasta el club y esperarla. Sabía que, tarde o temprano, aparecería por aquí.
No. Miento. Lo único que mi instinto me gritaba era salir tras ella, derribar la puerta de ese almacén a patadas y matar a quienquiera que se atreviera a mirarla.
Pero las palabras de Will se habían clavado en mi pecho como una estaca.
Tenía razón. Nuestra relación estaba atravesando una zona muerta; ella había cedido y flexibilizado algunos límites, pero otros seguían siendo muros de hormigón armado.
Y estaba cien por ciento seguro de que si yo interrumpía su cacería, no permitiría que lo de Nueva York volviera a ocurrir jamás.
Ella había sido muy clara: necesitaba un soldado para ejecutar este plan. Pero yo... yo solo podía pensar en arrinconarla contra la pared y llevarla a mi cama.
Trago saliva. Una punzada de pura necesidad me baja directo a la entrepierna y aprieto aún más el respaldo de la silla. Agradezco a los dioses que la madera me cubra y ella no pueda ver lo mucho que me afecta el simple hecho de dejar que mi imaginación corra libre.
No la busqué. Aparqué el BMW afuera del club y esperé como un maldito perro guardián hasta que escuché el motor de la motocicleta en el callejón. Ni siquiera le di tiempo a protestar cuando me pegué a su espalda y la seguí hasta el último piso. Hasta el despacho.
No sé si le agradó verme. No lo demostró.
Entró, comenzó a caminar de un lado a otro y, sin que yo tuviera que preguntar nada, empezó a hablar.
Me relató cada detalle: la ubicación del depósito, el coche negro, el encuentro, y todo lo que ese bastardo de Luc le había dicho.
No le pregunté por Máximo; estaba claro que, si mi hermano hubiera estado en ese patio, Maddox no estaría aquí ahora.
O, por lo menos, no se vería tan limpia. No supe si eso me aliviaba o me frustraba.
La veo volver a llenar el vaso de cristal y, una vez más, bajárselo de un trago. No estamos en la sala de operaciones del sótano donde planeamos las ejecuciones. Estamos en la oficina personal de Levi, el despacho principal, pero ella se mueve por el espacio reclamando su lugar.
Es suyo , pienso, observando su perfil. Todo este maldito imperio será suyo.
El despacho es una réplica exacta del que Levi tiene en la mansión, pero más asfixiante, diseñado para intimidar.
Es el lugar donde el Don lleva a cabo sus negocios más...
delicados. Una forma elegante de decir que estas paredes están insonorizadas para que pueda sacarle los ojos a alguien sin que los clientes del club escuchen los gritos.
La habitación es enorme, pero la presencia de Maddox inunda cada jodido rincón y necesito desabrocharme los primeros botones de la camisa para no asfixiarme. No lo hago; eso delataría mi tensión.
—No está mintiendo —susurra por fin.
Clavo mis ojos en ella. Mantiene la vista baja, pero casi puedo escuchar los engranajes de su mente girando a una velocidad letal. Está tejiendo un plan y no tengo idea de si nos salvará o nos condenará a ambos.
—Maddox —niego con la cabeza, incrédulo—. No puedes estar hablando en serio...
—Lo hago. —Levanta el rostro y el iris verde me fulmina con la ferocidad de un depredador—. Y si quieres seguir a mi lado en esto, más te vale que confíes en mi puto juicio.
—Tu juicio me parece que está bastante nublado ahora mismo...
Acorta la distancia con pasos decididos y yo me planto frente a ella, cruzándome de brazos.
Lleva puestas sus botas militares favoritas, pero ni siquiera con esa suela extra llega a mi altura.
Tiene que inclinar el rostro hacia arriba para enfrentarme.
Sus ojos brillan de rabia contenida bajo las espesas pestañas, y mi cerebro traidor solo puede pensar en que parecen dos esmeraldas perfectas.
—Empieza a joderme bastante que me trates como si fuera estúpida, Matthew.
Su voz es más afilada que las cuchillas que esconde en las botas. De eso estoy seguro.
Trago en seco al escuchar ese tono.
—No pienso que seas...
—Oh, claro que lo piensas.
—Maddox...
—Escúchame bien. No soy una maldita ingenua, ¿de acuerdo?
—Da medio paso más. Nuestros pechos se rozan a través de la ropa.
Cierro los puños a los costados para no dejarme llevar por lo que mi cuerpo me exige hacerle sobre ese mismo escritorio —.
Sé que Luc es un bastardo y que tiene mil motivos para mentirme en la cara.
—¿Entonces por qué carajos le crees?
—Porque sé lo que vi.
—¿Y qué fue lo que viste?
—Honestidad.
No puedo contenerlo. Una carcajada seca y cargada de sarcasmo brota de mi garganta. Maddox pone los ojos en blanco, fastidiada.
—Sé que no está trabajando con su padre porque puse a Lucchese a investigar su rastro financiero —suelta.
Un escalofrío de puro asco me recorre la espalda. ¿De verdad tiene que meter a ese imbécil engominado en todas sus frases?
—Luc no tiene ningún vínculo activo con South, pero nos va a servir para llegar a él.
—¿Cómo estás tan segura de que podemos trabajar con un tipo así y no amanecer con un tiro en la nuca?
—Nadie dijo que trabajaríamos con él.
Frunzo el ceño, intentando seguir su lógica.
—¿Qué estás tramando, Maddox?
Se pasa la punta de la lengua por el labio inferior, pensativa.
Mis ojos siguen el movimiento y tengo que morder el interior de mi mejilla para no levantar la mano, agarrarla por la nuca y devorarle la boca.
Cada vez se me hace más imposible controlar el instinto posesivo cuando estamos solos en una habitación.
Ella lo nubla todo. Y si encima le sumo lo que pasó en Nueva York...
Joder. Necesito besarla hasta que no recuerde su propio nombre.
Pone distancia entre nosotros, dándome un respiro que no pedí, y regresa al rincón de las bebidas. Sirve dos dedos de whisky en un vaso limpio, se acerca y me lo extiende. Levanto una ceja, desconfiado, pero acepto el cristal frío.
—Marcio le debe millones a su hijo y ahora ha vuelto para cobrarse la deuda con sangre.
—No está aquí para hacer negocios territoriales —comprendo. Ella asiente, alzando su propio vaso—. Está aquí para cazarlos. Igual que tú.
—Exacto. Su primer movimiento fue ir a Nueva York porque todo el mundo sabe que Lucchese es mi socio. Podemos llamarlo de mil maneras, pero nunca un traidor.
—Preferiría no llamarlo de ninguna maldita manera —gruño entre dientes, dando un trago al licor que me quema la garganta.
Maddox arquea una ceja mientras bebe y, con una lentitud calculada, deja caer la cadera sobre el borde del escritorio de caoba de su padre. ¿Qué tan jodidamente enfermo estoy por fantasear con desnudarla sobre la mesa del Don?
Basta, Matthew.
—No entiendo cuál es tu puto problema —murmura, evaluándome de pies a cabeza—. No me digas que estás celoso, Matthew. ¿O lo estás?
El silencio pesa. Trago saliva bajo su escrutinio. La veo sonreír detrás del borde del cristal y luego niega lentamente.
—Espero por tu bien que eso sea una negativa —dice, abandonando el escritorio para acorralarme de nuevo—. Porque de esa manera no me sirves para nada.
—¿Y de qué manera te sirvo? —La voz me sale en un murmullo ronco, rasposo.
¿Por qué se acerca tanto si me va a rechazar?
—Necesito que trabajes conmigo. Necesito a mi mejor soldado.
—Sabes que haría lo que fuera...
—Y para eso, no puedes perder el tiempo creándote falsas ilusiones en la cabeza.
El golpe me deja mudo un segundo.
—¿Falsas ilusiones? —Suelto una risa baja, oscura, y me inclino hacia ella, invadiendo su espacio de golpe.
La noto tensarse; sus ojos viajan a mis labios un microsegundo antes de obligarse a mirarme a los ojos—.
Ya te lo dije en Nueva York, Maddox. Vas a tener que esforzarte mucho más si quieres convencerme de que no sientes nada.
—Déjalo ya, Matthew —advierte, con la mandíbula apretada—. Acaba con estas estupideces de una buena vez.
—Pero lo que pasó entre nosotros...
—No pasó nada —me interrumpe, tajante. Un destello de algo parecido al dolor le cruza la mirada, y cierra los ojos un segundo, negando con la cabeza para borrarlo—. Nada sucedió en Nueva York. Y nada va a suceder. Jamás.
Mi corazón empieza a golpear contra mis costillas con la fuerza de un mazo.
— Tesoro ...
—Nunca va a ocurrir nada entre nosotros, Matthew. No me interesas de esa forma.
Me encantaría mentir. Me encantaría poder decir que no sentí absolutamente nada, que no hay nada en mi pecho capaz de hacerse añicos porque soy un asesino frío y vacío.
Pero sería la mayor mentira de mi vida. Tengo un corazón, uno que lleva el nombre de Maddox Salvatore tatuado a fuego desde que éramos un crío que jamás debió mirarla.
Y acaba de reventarlo en mil pedazos.