Traición y Sangre II (Draghi 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

Maddox

Ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que conduje una motocicleta.

El rugido del motor vibrando entre mis muslos, el viento helado cortando la piel desnuda de mis brazos; todo forma un cóctel de adrenalina cruda que me pone en alerta máxima y, al mismo tiempo, me inyecta un subidón adictivo.

Supongo que esto es lo que sienten los yonquis cuando la aguja perfora la vena.

Porque lo único que mi cuerpo registra ahora mismo es que quiero más.

Pero me obligo a recordar que esto es una cacería de último minuto. No es un paseo nostálgico por los viejos tiempos.

Los viejos tiempos , repite una voz venenosa en mi mente. Cuando recorría estas mismas calles asfalto tras asfalto junto a él. Abrazada a su cintura, con los ojos cerrados mientras el viento me enredaba el cabello.

«El mal te respira en la nuca cuando te vas a dormir con él».

La advertencia me atraviesa los oídos con tanta nitidez que casi puedo sentir el aliento fantasma en mi cuello.

¿Fueron palabras de Luc? ¿O de Kevin? La línea entre ambos es tan confusa que me irrita.

Es como si el pasado se estuviera materializando frente a mí otra vez.

Aprieto los dientes, cambio de marcha y acelero a fondo.

Necesito llegar a ese maldito lugar. Necesito encontrar a Máximo. Y necesito volarle la cabeza.

Una parte racional de mi cerebro, la que todavía funciona, me grita que esto es un error.

Que no debí robarle la moto a Will y dejar a Matthew atrás.

Puedo imaginar su expresión en este instante; la vena palpitando en su cuello, la furia homicida nublándole la vista.

Estará a punto de incendiar la ciudad para encontrarme.

Pero me importa una mierda. En lo único que puedo pensar es en que esta es la oportunidad por la que he estado esperando durante dos años.

Dos malditos años. Y esta noche, por fin, puedo apretar el gatillo.

Trago saliva. El sabor metálico de la adrenalina me obliga a forzar la frialdad en mi mente.

Quiero venganza, sí, pero no soy una estúpida suicida.

Ellos no se dejarían ver con tanta facilidad por un simple error.

Máximo sabe de la existencia del software que Will creó.

Si el sistema lo captó, solo significa que él quería ser visto. Quería anunciar que está en mi ciudad.

Pero, ¿por qué demonios lo haría?

No estaba segura de que la trampa digital funcionaría, pero lo hizo. Y sin embargo, la sensación de que me falta una pieza crucial del rompecabezas me carcome por dentro.

Sonrío de forma involuntaria bajo el casco. Las cosas con Máximo siempre fueron así: un juego mental macabro, un rompecabezas donde él movía las piezas a su antojo para torturarme. Pero las reglas cambiaron. Esto ya no es su juego. Es mi tablero de ajedrez.

Y yo dejé de ser un maldito peón para convertirme en la reina.

Giro a la derecha tres calles antes del punto de encuentro, adentrándome en un callejón estrecho y apagando las luces para que la oscuridad me trague.

Disminuyo la velocidad, deslizándome como una sombra.

El esqueleto de los viejos edificios se alza a mi alrededor como un cementerio industrial.

Según mis investigaciones, aquí hacían negocios esporádicos.

También sé que a un par de manzanas de aquí hay otro depósito que, misteriosamente, se redujo a cenizas hace dos años.

La firma de Máximo estaba escrita en cada escombro calcinado.

Pero el jefe ya no está. Su ejército fue diezmado.

Ahora, cada centímetro de este asfalto le pertenece a los Salvatore.

Estaciono la motocicleta a una distancia prudente del almacén, dejándola oculta tras unos contenedores oxidados. Saco la chaqueta de cuero del compartimento y me la pongo, asegurándome de que el caño de mi Mossberg recortada quede perfectamente oculto pero accesible bajo la tela.

Avanzo con pasos lentos, calculados, absorbiendo cada sonido del entorno. La quietud de la noche es opresiva. Quiero sangre, pero el instinto me advierte que esto apesta a emboscada. Tengo que mantener el control.

Apenas pongo un pie en el perímetro del depósito, mi móvil vibra en el bolsillo del pantalón. Me congelo. Escaneo la oscuridad a mi alrededor en una fracción de segundo, con la mano sobre la empuñadura del arma. Nada. Saco el aparato. Es un mensaje de Matthew.

Trago saliva y vuelvo a guardarlo sin leerlo. No tengo tiempo para lidiar con él.

El depósito es una bestia de concreto abandonada que ocupa toda la manzana.

Si no hubiera visto la grabación en el apartamento de Will, juraría que aquí no hay más que ratas y polvo.

Bordeo el muro descascarado hasta dar con una puerta metálica corroída por el óxido.

Ignoro la punzada de asco al tocarla y la empujo con el codo.

La bisagra cede con un chirrido agudo que suena como un puto grito en medio del silencio.

Me paralizo, agudizando el oído hasta que me duelen los tímpanos.

Nada.

No pueden haberse ido tan pronto , pienso, apretando la mandíbula. No tardé ni diez minutos.

Rechazo la ansiedad que amenaza con treparme por la garganta. Si el lugar está vacío, mejor. Significa que no caminaré directo a mi propia ejecución.

Me adentro por el pasillo. La oscuridad es densa, casi palpable, y el hedor a humedad estancada, orina y basura putrefacta me golpea el rostro, obligándome a contener la respiración por un segundo.

Me repongo de inmediato y sigo avanzando en silencio.

Llego a una segunda puerta. Las ventanas altas tienen los cristales reventados, permitiendo que la luz pálida de la luna bañe el interior, dándome la visibilidad exacta para no tener que usar la linterna y delatar mi posición.

Empujo la puerta. Cede con demasiada facilidad, asumo que alguien forzó la cerradura antes que yo. Y no me equivoco. Desemboco en un amplio patio interno techado a medias. La luz lunar rebota en la carrocería impecable de un coche negro último modelo, con el motor y las luces apagadas.

Y entonces, lo veo. Apoyado contra el capó del vehículo, hay una silueta masculina.

Mi corazón da un vuelco violento contra mis costillas y la cicatriz de mi rostro palpita de forma fantasma. La figura está de espaldas, encorvada en una postura insultantemente relajada. Una voluta de humo espeso se eleva desde sus labios, enredándose en el aire frío.

La altura. La amplitud de los hombros. La puta arrogancia con la que está de pie en la oscuridad. Todo en esa silueta grita el nombre del monstruo que me destrozó.

Máximo.

La sangre me ruge en los oídos. Mi mano se aferra a la Mossberg bajo la chaqueta con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos. Estoy a punto de sacarla y vaciarle el cartucho en la espina dorsal cuando su voz rompe el silencio.

—¿No les enseñan en Draghi a no cruzar las fronteras de su territorio?

El tono me golpea como un jarro de agua fría.

Me detengo en seco. Esa no es su voz. La decepción, cruda y amarga, choca contra una ínfima fracción de alivio que me niego a reconocer.

Cierro mis emociones bajo llave y hundo las manos en los bolsillos de la chaqueta, avanzando con la barbilla en alto.

El eco de mis botas repiquetea contra el pavimento agrietado del patio.

—¿Y a ti no te enseñaron quién es la dueña de estas calles? —replico, con voz fría.

Lo escucho exhalar una risa ronca antes de girarse por completo para enfrentarme.

Me detengo a tres metros exactos del parachoques de su coche. Levanto una ceja, evaluándolo. No es al diablo que venía a cazar, pero sirve. De hecho, esto podría ser incluso mejor. Él es la llave para entender qué mierda están tramando en mi territorio.

—Un placer conocerla, señorita Salvatore.

Los ojos oscuros de Kevin —o Luc, o quien demonios sea— me escudriñan de arriba abajo y una sonrisa torcida se dibuja en su rostro.

Alzo el mentón, exigiéndole silenciosamente que se explique.

Él capta el mensaje, porque la sonrisa se ensancha mientras se separa del capó y rodea el coche a paso lento, acechándome.

Se detiene a menos de un metro. Demasiado cerca.

—Ya me habían advertido que no era muy dada a la charla trivial —comenta, evaluando mi postura defensiva.

—¿Ah, sí? —murmuro, sin parpadear—. ¿Qué más le dijeron sobre mí?

—Que es poco sociable. —Da medio paso más, invadiendo mi espacio personal—. Impulsiva. Y que tiene una puntería excepcional.

—Es un alivio saber que sus fuentes no le mienten.

—¿Puedo hacerle una pregunta?

Intento mantener mi máscara de indiferencia, pero mi irritación debe filtrarse, porque él vuelve a soltar una carcajada baja.

Me saca de quicio no saber a quién tengo enfrente, especialmente cuando tengo el recuerdo vívido de haberle volado los sesos a esa misma cara hace dos años.

Quizás sea el momento de dejar de ignorar al puto elefante en la habitación.

—No —respondo. Acorto la distancia yo misma, obligándolo a bajar la vista para mantener el contacto visual, dado que me saca una cabeza de altura. Él alza ambas cejas, sorprendido por mi atrevimiento—. Pero yo sí voy a hacerte un par de preguntas.

—¿Y qué la hace estar tan segura de que voy a responderlas?

—El instinto de supervivencia —siseo—. Si quieres seguir respirando el aire de mis calles, más te vale que sí.

Su sonrisa se esfuma. El tono letal de mi voz le borra la diversión del rostro, reemplazándola por un brillo que oscila entre la rabia y una genuina curiosidad.

—Tenía entendido que este territorio no le pertenecía a Draghi .

—Desde que masacré a toda la escoria de South y los enterré bajo sus propios escombros, cada centímetro de este lugar es mío —sentencio, clavando mis ojos en los suyos—.

Y aquí solo ocurre lo que yo permito que ocurra.

Ni más, ni menos. Así que vamos a empezar de nuevo: ¿quién demonios eres?

Porque estoy casi segura de que te asesiné hace dos años.

La comisura de sus labios tiembla, reprimiendo un gesto de diversión.

—Me confundes con mi hermano, princesa.

—No me llames así —gruño, acariciando el metal de la Mossberg oculta—. Y esa no es una respuesta válida.

Él asiente, rindiéndose.

—Luc. Mi nombre es Luc.

—Tu hermano se hacía llamar exactamente igual.

—Sí, era una fachada. Pero él es Kevin...

—Era —lo corrijo, letal.

Asiente despacio, concediéndome la victoria.

—Era —confirma—. Tengo entendido que te dio muchos problemas.

—Nada que un par de balas en el cráneo no pudieran solucionar. —Me encojo de hombros con indiferencia y comienzo a caminar, rodeándolo como a una presa—. Así que dime... ¿Vienes a reclamar lo que te corresponde por... herencia?

Me detengo justo a su espalda. Luc gira la cabeza para mirarme de reojo, con una ceja arqueada.

—No tengo ninguna herencia que reclamar.

Frunzo el ceño. Él se da la vuelta por completo, suspirando mientras levanta la vista hacia el techo roto por un segundo antes de volver a mirarme.

—Estoy perfectamente enterado de todo lo que sucedió hace dos años, Maddox.

Desvío la mirada por inercia, pero es inútil. Siento el peso exacto de sus ojos clavándose en la cicatriz que me cruza el rostro. A veces, cuando el odio me ciega, olvido que la llevo puesta como un maldito trofeo de guerra de su familia.

—Y quiero que sepas —continúa él, endureciendo el tono— que no tengo relación alguna con lo que quedó de South.

—Permite que lo dude.

—Es lógico que desconfíes. —Asiente, y por primera vez, detecto un atisbo de sinceridad en su voz—. Sé cómo resultaron las cosas para ti. Pero debes creerme...

—¿Debo? —Una sonrisa afilada curva mis labios—. Yo no debo hacer absolutamente nada. Y si quieres salir de este agujero con los sesos dentro de la cabeza, tienes que entender que aquí nadie me dice qué debo o no debo hacer.

Veo el movimiento exacto de su nuez cuando traga saliva.

—De acuerdo —murmura, soltando el aire—. Empecemos de nuevo. No tengo el más mínimo interés en vincularme con South. Bajo ninguna circunstancia.

—Entonces, ¿qué carajos estás haciendo en mi ciudad?

Los labios de Luc se curvan en una sonrisa felina.

—Vine por negocios.

—¿Con quién quieres hacer negocios?

—Contigo.