Traición y Sangre II (Draghi 2) Capítulo 18
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Capítulo 18

Matthew

Trago saliva. Su amenaza casi se materializa sobre mi piel, cortando el aire entre nosotros.

Con esos ojos verdes ardiendo y su cuerpo a centímetros del mío, puedo sentir el odio irradiando de sus poros.

Y lo peor de todo es que esta mezcla enferma de peligro y furia me excita tanto como me enfurece.

—Te expusiste —gruño entre dientes, sin retroceder.

—Sigo respirando, ¿verdad? —Se encoge de hombros con una indiferencia que me desquicia—. Nadie iba a ponerme un dedo encima...

Dejo escapar una risa áspera, carente de cualquier tipo de humor. Maddox arquea una ceja, desafiante.

—Maddox, caminaste directo a la boca del puto lobo sin dudarlo...

—Confío en Lucchese. —Da un paso al frente, acorralándome con la mirada—. Es de las pocas personas en las que de verdad confío.

Trago saliva otra vez, pero ahora el gesto me desgarra la garganta.

Se siente como si estuviera tragando vidrio molido.

Mantengo el rostro impasible, o al menos hago el mayor esfuerzo por lograrlo, pero el pulso violento que me martillea en las sienes amenaza con delatarme.

Mierda. Preferiría mil veces que me abrieran el pecho a balazos antes que escuchar esas palabras salir de sus labios.

«Confío en Lucchese».

Esas tres palabras se clavan en mi esternón, destrozando todo a su paso.

Lucchese lo sabe. Debe estar al tanto de sus planes, de la verdadera razón de su regreso, de cuál será su próximo movimiento en el tablero.

Porque confía en él. Y yo... yo me acabo de enterar de esto de casualidad, porque ya no confía en mí. No como antes.

Las cosas entre nosotros se fracturaron.

La certeza de esa realidad me golpea con tanta fuerza que me roba el oxígeno. Retrocedo medio paso por puro instinto, necesitando espacio, pero el aire no entra. Mis pulmones pesan, inútiles, como si estuvieran ahogándose en cenizas.

—Y para que te quede claro, no me reuní con mis torturadores. Me vi con alguien que al parecer hace negocios con el maldito gemelo misterioso —aclara, implacable.

—Maddox...

—Will —me corta. Su tono vuelve a ser una placa de hielo. Parpadeo para salir de mi propio estupor mientras ella me dedica una última mirada de advertencia antes de centrarse en el Will—. ¿En qué ubicación saltó la alerta?

—En Clearing —responde Will, tenso.

—¿Cómo...? —murmuro, incapaz de procesarlo.

Miro a Maddox de reojo. Tiene la vista clavada en el suelo y su pecho sube y baja con fuerza.

—Las calles de South —susurra ella.

—No solo son sus calles —añade Will—. Era su antigua guarida.

Maddox alza la vista hacia los monitores.

Entrecierra los ojos una fracción de segundo antes de apartar a Will y adueñarse de la silla.

Sus dedos vuelan sobre el teclado. Will la observa, desconcertado, pero no se atreve a detenerla.

Segundos después, la grabación granulada de una cámara de seguridad inunda la pantalla principal.

—Tiene que ser... —murmura.

—¿Maddox? —Will se inclina sobre el escritorio—. ¿Qué estamos buscando?

—Cállate y observa. —Se concentra en las imágenes, adelantando el video con clics precisos hasta que lo pausa de golpe—. Aquí.

Me acerco, escudriñando la pantalla, pero la mala calidad no me dice nada.

—¿Ese es...? —Will traga saliva—. ¿Luc? ¿El tal Kevin?

—Y Máximo —sentencia Maddox.

La veo pasar saliva. Mi corazón vuelve a acelerarse.

El silencio en la sala se vuelve tan denso que podría cortarse con un cuchillo.

Ninguno aparta los ojos del monitor. A simple vista, yo sería incapaz de reconocer a mi propio hermano en esa mancha de píxeles grises, mucho menos al infeliz que lo acompaña.

Pero Maddox está completamente segura. Y me aterra la precisión con la que su trauma ha grabado esas siluetas en su cerebro.

—Las llaves de tu coche —exige Maddox, extendiendo la mano hacia Will sin mirarlo.

Él ladea la cabeza, haciendo una mueca.

—Debí dejarlo en el mecánico...

—Entonces las de tu maldita motocicleta —gruñe—. Ahora.

—Maddox...

—No lo repetiré, Will.

—Maddox, ¿qué demonios vas a hacer? —intervengo, bajando la voz.

Me lanza una mirada de soslayo, pero vuelve a enfocarse en Will.

—No tengo todo el puto día.

El soldado suelta un suspiro derrotado. Rebusca en el bolsillo de sus jeans y deja caer las llaves en la palma de Maddox de muy mala gana.

—Gracias.

—No hagas ninguna estupidez —le advierte Will entre dientes.

Frunzo el ceño, mi cerebro atando cabos a trompicones. ¿Para qué querría ir ella sola a...?

La comprensión me golpea en el instante en que Maddox cruza la sala a zancadas y sale dando un portazo que hace temblar las paredes. Miro a Will.

—Dime que no va a hacer lo que estoy pensando.

—¿Quieres que te mienta o...?

No espero a que termine la frase. Salgo disparado, cruzando el pasillo hacia las escaleras.

—¡Mierda, Maddox! —Golpeo la puerta cortafuegos con tanta fuerza que el eco metálico retumba por todo el hueco de la escalera—. ¡Mierda!

Bajo los escalones de dos en dos, agradeciendo al cielo que Will viva en un segundo piso. En menos de un minuto irrumpo en la calle. El aire helado de la noche de Chicago me golpea el rostro mientras intento recuperar el aliento. Escaneo todas las direcciones.

Nada. No hay rastro de ella ni de la motocicleta. El callejón está sumido en el silencio.

Mi pecho sube y baja de forma errática. Solo hay un destino posible en su cabeza ahora mismo: va camino a encontrarse con mi hermano.

Maldita sea. Me giro bruscamente y me encuentro con los ojos grises de Will.

Está apoyado contra la puerta del edificio, protegiendo la llama de un encendedor para encender un cigarrillo.

—¿Qué es lo que planea? —le exijo, acortando la distancia.

Will niega lentamente.

—A mí no es a quien debes hacerle esas preguntas, Matthew.

—Sabes muy bien que ella no va a decirme una mierda...

—Exacto.

Lo fulmino con la mirada, apretando los puños a los costados hasta que los nudillos me crujen. Contenerme para no romperle la mandíbula exige todo mi autocontrol. Mi cabeza es un puto caos: su pacto con Lucchese, sus secretos, su sed de sangre, y ahora esto. Se dirige directo hacia Máximo.

Y no es mi orgullo herido lo que me aterra. Es ella. Máximo ya la destrozó una vez, no voy a permitir que la toque de nuevo.

—William... —advierto.

—Matthew, escúchame —suspira, exhalando una nube de humo blanco—. Nadie va a lograr que se olvide de esta venganza. Créeme. Yo lo intenté.

—¿Tú lo intentaste? —Frunzo el ceño, descolocado.

Él asiente, con la mirada perdida en la calle vacía.

—No me gusta ver el monstruo en el que la han convertido...

—A mí tampoco —confieso, con la voz ronca.

—Pero es lo que es. —Tira la colilla al suelo y la aplasta con la bota—. Cuanto más rápido lo aceptemos, más sencillo será para todos. Nada va a saciar esa sed. Será mejor que nos mantengamos al margen.

Niego con la cabeza, mirando el cielo negro y sin estrellas.

—No puedo quedarme al margen si ella está en peligro.

Will se encoge de hombros, despegándose de la pared. Me da un par de palmadas en el hombro antes de darse la vuelta.

—Suerte, Matthew —murmura, chasqueando la lengua—. Porque la vas a necesitar.