Capítulo 17
Matthew
—Así que lo tienes todo planeado.
La observo caminar hacia el escritorio para guardar la carpeta, sintiendo cómo una mezcla tóxica de fascinación y terror me inunda las venas.
Yo no siento miedo. Jamás. Pero saber que Maddox está dispuesta a cruzar cualquier línea moral para saciar su sed de sangre me aterra, porque significa que no le importa morir en el intento.
Tampoco le importa el monstruo en el que se convertirá cuando la masacre termine.
Sé perfectamente lo que es vivir solo para la venganza. Y también sé que no queda absolutamente nada cuando el último cuerpo cae. Ese es el verdadero infierno: aceptar que, aunque hayas asesinado a todos tus demonios, tienes que seguir respirando en un mundo vacío y sin consuelo.
Pero sería un maldito hipócrita si intentara convencerla de que hiciera las cosas de otra manera. Después de la carnicería que yo mismo desaté siendo un crío, no tengo derecho a juzgarla.
«Asegúrate de que nunca lo sepa. Jamás te lo perdonaría, Matthew».
La voz de Levi resuena en mi cabeza como una sentencia de muerte y trago saliva. Odio ocultarle cosas a Maddox, pero no puedo permitir que descubra la verdad. No todavía.
Ella se gira, apoya la cadera contra el borde del escritorio y se cruza de brazos, evaluándome.
—Necesito saber que estás conmigo en esto.
—Sabes bien que haría lo que fuera por…
—No —me interrumpe, tajante—. Hablo en serio. Necesito saber que no vas a acobardarte ni a echarte atrás cuando llegue el momento de apretar el gatillo.
—¿Lo dices por mi hermano?
Todos los músculos de mi cuerpo se tensan. Un escalofrío me recorre la espina dorsal cuando capto el levísimo temblor en su labio inferior.
—Sí. Pero también lo digo por Levi —confiesa—. Sé muy bien que no estás de acuerdo con hacer esto a sus espaldas y que, al final del día, le debes tu lealtad a él. Levi es el Don de Draghi .
—Y tú eres su heredera…
Niega con la cabeza, un movimiento tan imperceptible que casi lo paso por alto. Frunzo el ceño.
—¿Qué…?
—Después de lo que pasó, dudo mucho que mi padre quiera que yo siga siendo parte de esto de esa forma.
—Maddox, no es como si Levi pudiera chasquear los dedos e inventarse un heredero de la nada.
—Podría dejártelo todo a ti —suelta en voz baja.
El aire abandona mis pulmones. Acorto la distancia entre nosotros en tres zancadas hasta quedar frente a ella. Maddox inclina la cabeza hacia atrás para sostener mi mirada, y el terror en sus ojos verdes me golpea como un gancho al hígado.
—No puedes creer que Levi sería capaz de poner a un puto soldado por encima de su propia sangre.
—No lo sé, Matthew. —Su voz es apenas un susurro quebrado—. Nuestra relación ya no es la misma. Casi ni cruzamos palabra, y luego de lo que sucedió…
Algo se fractura dentro de mí al escucharla.
—Maddox, eres su hija —la corto, incapaz de soportar que piense así de sí misma—.
Ese hombre se muere por ti. Sería capaz de reducir Chicago entera a cenizas, o el maldito mundo si se lo pidieras.
Nunca dudes de su amor. —Veo el brillo de la antigua Maddox destellar en sus pupilas y me inclino aún más hacia ella—.
Puedes volverlo loco, puedes desafiar cada una de sus reglas, pero nunca vas a dejar de ser su hija.
Y nunca vas a dejar de ser la heredera de Draghi .
—¿Pero no te gustaría? —murmura.
—¿El qué?
—Heredar Draghi .
Se me escapa una sonrisa áspera. No puedo creer el nivel de su inseguridad, pero si necesita que le arranque el corazón de las dudas con mis propias manos, lo haré.
—El poder no me interesa en lo absoluto, Maddox.
—Pero serías el Don —insiste, como si genuinamente creyera que esa mierda podría tentarme. Me dan ganas de reír—. El imperio, el respeto, el territorio… todo podría ser tuyo.
—Sabes muy bien que soy un fantasma. Para todos. —Bajo la voz, asegurándome de que cada palabra se grabe en su mente—. Porque si mi abuelo supiera que sigo respirando…
Ella se paraliza.
—Te arrastraría a Rusia para obligarte a aceptar la Bratva —completa en un susurro, bajando la vista, como si de pronto recordara que soy el hijo fugitivo de una heredera de la mafia rusa—. Lo había olvidado.
—Incluso así —tomo su barbilla con dos dedos, obligándola a mirarme—, no vine a este mundo a heredar coronas de sangre, Maddox.
Vine a ser tuyo. A protegerte y a matar a quien haga falta a tu lado.
El maldito trono no podría importarme menos.
Y si para demostrártelo tengo que encargarme yo mismo de volarle la cabeza a mi hermano, lo haré sin pestañear.
Te construiré un altar con sus huesos si es lo que me pides.
El brillo que enciende sus pupilas es todo lo que necesito para que mi corazón empiece a martillear contra mis costillas.
El hecho de que sintiera que yo podría arrebatarle su herencia me destroza, porque sé de dónde viene ese pánico.
Viene de la celda. De la tortura. Viene de cómo Máximo, mi propia sangre, la usó para reducirla a cenizas y hacerla sentir que no valía nada.
Si tengo que pasar el resto de mi vida demostrándole que ella es mi puta religión, lo haré.
La veo separar los labios y dejar escapar un suspiro tembloroso.
El instinto primitivo de acorralarla contra el escritorio y devorarle la boca me golpea con la fuerza de un tren de carga.
Todo mi cuerpo se tensa, endureciéndose de forma dolorosa.
¿Qué demonios nos detiene? La respuesta es todo.
Las reglas, su trauma, la familia. Y al mismo tiempo, me importa una mierda.
Si el mundo entero se va al infierno por besarla ahora mismo, que se queme.
Me muero por probarla, por marcarla, por demostrarle que soy suyo en cada sentido de la palabra.
—No me mires así, tesoro —gruño, con la voz ronca por el deseo—. Porque te juro que voy a terminar lo que empezamos en Nueva York.
Noto el instante exacto en que la atmósfera cambia. Ella traga saliva y se inclina ligeramente hacia adelante. Hago lo mismo. El espacio entre nosotros desaparece. Estoy a un puto milímetro de mandar la cordura al diablo.
Pero la magia estalla en pedazos cuando su teléfono emite un zumbido.
Me obligo a retroceder un paso, dándole espacio, sintiendo cómo el oxígeno regresa a mis pulmones de golpe. Maddox parpadea un par de veces, desorientada, antes de sacar el aparato del bolsillo trasero de su pantalón. Hace una mueca al ver la pantalla y descuelga.
—Will… ¿Qué? —Sus ojos se abren de par en par y presiona los labios en una línea fina. Mi modo letal se activa en menos de un segundo—. Llego en diez minutos.
Corta la llamada. Su postura vuelve a ser de puro acero. Intenta pasar por mi lado, pero le atrapo el brazo antes de que huya.
—¿Qué ocurre, Maddox? —Duda—. Estoy contigo, ¿sí? Puedes confiar en mí.
Traga saliva y asiente, cediendo.
—Will encriptó una alerta en la deep web —murmura, casi como si las paredes de la mansión tuvieran oídos—. Y acaba de saltar.
—¿Qué detectó?
—A tu hermano, Matthew —susurra—. Máximo podría estar en Chicago.
No necesito escuchar ni una maldita palabra más.
Abandonamos la mansión Salvatore sin mirar atrás. No tengo noticias de Levi desde la mañana, cuando me informó que estaría encerrado en la empresa, pero me obligo a recordar la promesa que acabo de hacerle a Maddox: el Don no puede saber nada. Aún no.
El viaje en mi BMW es un borrón de asfalto y velocidad. No me detengo a pensar que es la primera vez en dos años que ella viaja en mi asiento de copiloto. Y aunque una parte irracional de mí se emociona al sentir que algo de nuestra vieja dinámica está volviendo, sé que no debo ilusionarme.
Confía en mí, sí. Pero los límites de cristal que impuso siguen ahí, por mucho que yo me muera por hacerlos añicos.
Llegamos al apartamento de Will en tiempo récord, nos recibe con una expresión de gravedad que me hiela la sangre. Al verme, hace el amago de sonreír a modo de saludo, pero la energía asesina que irradia Maddox al irrumpir en el lugar lo hace retroceder.
—Dime exactamente qué ocurrió —ordena ella.
—Saltó una alarma en el software biométrico que programé.
Las cámaras de tráfico de la ciudad captaron a un sujeto que coincide con los parámetros —Will habla a la velocidad de la luz, nervioso.
Sus ojos viajan hacia mí un microsegundo antes de volver a Maddox—.
El sistema arroja una probabilidad altísima de que sea Máximo.
—¿Probabilidad? —La incredulidad afilada en la voz de Maddox hace que Will trague en seco.
—Sé cómo suena —se defiende él, pasándose las manos por el pelo—. La cámara no captó su rostro con nitidez, la resolución es basura. Pero mi código no se basa solo en rostros; lee patrones de marcha, altura, estructura ósea. Está diseñado para cazar a los perfiles que cargamos.
—¿Qué perfiles? —intervengo, dando un paso al frente.
Will me mira, incómodo.
—Maddox… ¿no lo pusiste al día?
Ella chasquea la lengua.
—En palabras sencillas: la misma base de datos que usamos hace dos años para rastrear al jefe de South es la que está activa ahora.
Tiene sentido.
—Lo capto —asiento—. ¿Pero a quiénes incluye exactamente esa alerta?
—A todos —sentencia Maddox sin mirarme—. Incluyendo a tu hermano.
—Pero en la redada que lideramos hace dos años…
—Masacramos a una gran parte de la organización, sí. Pero no a todos.
Mierda. Hablaba en serio cuando dijo que no iba a dejar a nadie respirando.
—Hace un par de semanas, el sistema también arrojó una coincidencia con alguien que dábamos por muerto —continúa Will, y la confusión me golpea—. Kevin. O Luc. O como demonios se llame el gemelo. Fue localizado en Nueva York.
Giro la cabeza hacia Maddox tan rápido que los músculos del cuello me tiran.
—Por eso viajaste a Nueva York. No tenías una puta reunión con Lucchese…
—Me reuní con Lucchese —responde con una calma que me desquicia. Sé que no miente porque yo mismo hablé con Harry y eso provocó que volara tras ella, pero es evidente que me ocultó la mitad de la historia—. Y lo hice porque la alerta que Will detectó no fue solo la presencia del gemelo de Kevin.
—¿El cabrón estaba trabajando con Lucchese? —gruño, sintiendo que la sangre me hierve.
No. Imposible. Si Lucchese hubiera estado involucrado, Maddox habría bañado el hotel en sangre antes de firmar cualquier trato.
—No. Estaba escoltando a alguien más —Maddox me mira de soslayo, calculando mi reacción—. Alguien con quien me crucé en la fiesta.
La memoria de aquella noche me asalta como un relámpago. El tipo estirado con el que la vi conversar apenas llegué. Ese maldito trajeado que le sonreía hipnotizado.
¿Quién carajos era ese tipo?
Mi corazón empieza a latir con una violencia descontrolada al ser consciente de lo que acaba de confesar. Se plantó en la boca del lobo. Se puso en peligro de muerte frente a mis putas narices, rodeada de la gente que le destrozó la vida, y yo fui tan imbécil de no darme cuenta.
Una furia ciega, ardiente y posesiva me nubla la visión. Saber que sus verdugos respiraron el mismo aire que ella y yo no estuve ahí para arrancarles la cabeza me enferma. Le volví a fallar.
«Tú quieres salvarme, Matthew».
Sus palabras de hace un rato me impactan de lleno.
Mierda, claro que sí. Quiero salvarla por todas las veces que la dejé sangrar sola.
No porque crea que es débil o incapaz, sino porque mi cerebro no puede procesar la idea de que sufra un rasguño más.
Sencillamente no concibo un mundo donde ella no esté a salvo.
—Maddox, ¿me estás diciendo que volaste a Nueva York para reunirte cara a cara con uno de los infelices que te secuestró?
—Acorto el espacio entre nosotros, incapaz de contener el rugido en mi garganta.
La agarro del brazo con firmeza, obligándola a mirarme—.
¿¡Cómo carajos te pusiste en ese riesgo!
? Lucchese se sienta a la mesa con nuestros putos enemigos, ¿¡y tú vas a su territorio a jugar a las escondidas con tus torturadores! ?
Me arrepiento en el mismo instante en que la temperatura de la habitación cae bajo cero. El verde de sus ojos se oscurece, convirtiéndose en un abismo letal, sin rastro de la vulnerabilidad de hace media hora.
Se suelta de mi agarre con un tirón seco y alza la barbilla.
—Vuelve a gritarme así, Matthew, y te juro por Dios que te arranco la lengua.